Trump, porque tú lo has querido

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Por Rafael Cid

“Un hombre es un voto, y una boina también”

(El portero de mi casa)

Para empezar dejemos claro que hablamos de votocracia, la versión espuria pero dominante de la democracia vigente, y de que el “tú” del título de este artículo es alegórico, como equivalente descriptivo del “nosotros”. Porque lo que ha ocurrido en las últimas elecciones presidenciales en Estados Unidos hace tiempo que viene pasando en áreas más próximas. En la Hungría de Viktor Orbán; la Rusia de Vladimir Putin y con el referéndum del Brexit planificado en modo visceral, aparte de estar en la agenda del próximo año 2017 bajo el palio de las siglas del Frente Nacional Francés de Marine le Pen.

Pero no es el “retorno de los brujos”, ni hay una conspiración judeo-masónica, y mal haríamos en no verlo así. Los nuevos salvadores no llevan pistola al cinto, ni visten camisas pardas con correajes, ni siquiera levantan a la romana. Al contrario, son “unos de los nuestros”. Quieren privilegiar a los de casa frente a los extraños; denuncian las tropelías del sector financiero (las bolsas descontaron la victoria de Hillary Clinton); prometen seguridad en tiempos de zozobra, y compiten en las urnas con todas las de la ley. Abanderan, en fin, programas de corte nalcionalsocialista (¿le suena?), aunque en el lenguaje de moda se proclaman “patriotas” y representantes de “la gente” (¿le suena?).

Por tanto, no hay nada más insulso y lerdo que esas lamentaciones y juicios de parte que se preguntan histéricamente: ¿cómo ha sido? Está más claro que el agua: porque tú lo has querido. A Donald Trump no le han votado (directamente o vía compromisarios) sus amigos multimillonarios, ni los magnates de las grandes corporaciones multinacionales conjurados con los lobos de Walt Street. Le han dado un “sí se puede” reaccionario y abrasivo una masa de trabajadores ávida de revancha social contra sus malhechores; buena parte de la clase media proletarizada por la crisis; y hasta muchos latinos, negros y mujeres que comulgan con su “fuego amigo”. Incluso los principales medios de comunicación no le eran favorables (por eso “todo el mundo” bien creyente pensó que no ganaría).

Con esos mimbres, Trump tiene a su favor la legalidad y la legitimidad que le ha dado la “votocracia”, es decir, una concepción de la política vacía de valores humanos, mercantilizada y ritualizada en la obediencia debida. Esa ruleta rusa que aquí sigue prosperando como si el tiempo pasara en balde. Ayer era un triunfante Felipe González quien estableciera su particular código de conducta con aquel “gato blanco, gato negro, lo importante es que cace ratones”, y hoy tenemos a otro líder emergente como Íñigo Errejón reconociendo que “la obligación de un revolucionario es ganar y para eso es necesario tener un partido nacional popular”. La ley del número, la democracia cuantitativa, al peso y al dente, se impone sobre cualquier otra consideración cualitativa.

De ahí que estemos ante un momento decisivo, con consecuencias incalculables para el porvenir de una sociedad que se reconozca civilizada. Es la propia gente, el pueblo, la clase trabajadora, las personas vulnerables, los sectores humildes de la ciudadanía, quienes están entregando el poder a los nuevos bárbaros. El núcleo duro de las bases del FN de Le Pen se nutre de antiguos afiliados y votantes del Partido Comunista. En Alemania, los ultraxenófobos de Alternativa Alemana hunden sus raíces en la antigua República Democrática (ex comunista). Y si eso no se reconoce y se actúa en consecuencia rectificando el tiro, tenemos el riesgo de regresar al túnel del tiempo, pero con las amenazas de un robotizado siglo XXI (lo que Slavoj Zizek denomina la etapa del “trading algorítmico”). Berlusconi, Trump, Orbán, Putin, Le Pen y los que están en camino, son fetiches puestos en circulación atendiendo a una demanda popular cierta.

El sistema económico-político-cultural-mediático realmente existente, aquí y allá, en el capitalismo de Estado y en el socialismo de Estado, ha troquelado un individuo de reacciones primarias, solo atento a mejor proveer su instinto de reproducción y de conservación, pavloviano en cuanto a responder exclusivamente a estímulos solipsistas, el verdadero pensamiento único. Y por eso, cuando estalla una crisis que arruina sus expectativas, pasando de la abundancia a la precariedad, falto de recursos y estímulos humanos, cognitivos y afectivos, se comporta con la misma lógica que rigió su estéril existencia en cautividad: gritando ¡viva mi dueño!

De ahí esa irresponsabilidad democrática, patética mezcla de victimismo e infantilismo, con que actúa en una sociedad que ni comprende ni lo pretende. Ha perdido el sentido de la autonomía personal, desconoce el alcance del concepto libertad y entiende la igualdad solo como el grado óptimo con que acceder al consumismo, al confort y a la propia prosperidad. Porque no se pertenece. Solo es carne de cañón de lo que toque. Y en esa condición de agradecidos escudos humanos de los poderosos pueden llegar hasta “la anomalía” de encumbrar a su declarado enemigo de género y de clase como su líder antisistema. Trump resumió el dilema que estas elecciones presentaban antes de abrirse las urnas con un cínico “se trata de seguir votando por la corrupción o dar la palabra a la gente”.

En ese panorama, curiosamente la España actual, con todos sus defectos (¡sublime estupidez la de Echenique comparando a Trump con Rajoy, porque alguna ocurrencia hay que ofrecer a las teles!), sigue siendo un mundo aparte. Seguramente porque aún colea la conciencia solidaria, intergeneracional, inclusiva, horizontalista y participativa que fomentó el 15M en calles y plazas. Un legado precioso que nos protege de los cantos de sirena de los nuevos cruzados de la demagogia populista cuya obsesión es tomar el poder cueste lo que cueste. Bastaría con que volviéramos la vista atrás, a cuando las personas entendían la vida y la existencia como algo más que ganar, trabajar, consumir y morir por la patria o el patrón. Recuperando el sentido más profundo de la democracia como autogobierno de hombres y mujeres libres, solidarias y responsables. Aquella rotunda divisa democrática que proclamó la Primera Internacional en dos párrafos memorables: “la emancipación de los trabajadores ha de ser obra de los trabajadores o no será”, y “no más deberes sin derechos, ni más derechos sin deberes”.

Nada está escrito.