Trump, en la era de las políticas identitarias

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Cuando pienso en la respuesta liberal a la elección de Donald Trump, me vienen sobre todo a la memoria las descripciones del shock traumático que los alemanes experimentaron al final de la Primera Guerra Mundial. Los alemanes comunes y corrientes habían quedado anegados por años de propaganda bélica que sostenía que Alemania estaba ganando la guerra. Y la súbita y tardía noticia de que la habían perdido y de que, encima, serían responsabilizados por completo de su estallido chocó y desorientó a los alemanes, lo que contribuyó al nacimiento de la célebre leyenda conspiratoria de la “puñalada en la espalda”, según la cual el ejército alemán habría sido derrotado, no en el campo de batalla, sino a manos de fuerzas traidoras del interior del país. Aunque nadie culpa ahora a los judíos de la derrota de Hillary Clinton, los liberales enloquecidamente echados al monte la toman, sin embargo, con los izquierdistas, los rusos, el FBI y, más recientemente, con la corrección política o aun con las políticas identitarias.

Es muy notable que liberales que ahora abogan por salir de las política identitarias aduzcan para ello exactamente la misma razón que los llevó en su día a abrazarlas: promover los intereses del Partido Demócrata. Así, la crítica liberal, recientemente desarrollada por Mark Lilla, es un ejercicio de flagelación y autoincriminación que, más que otra cosa, revela los chovinismos nacionales y raciales de la ideología liberal, chovinismos que anduvieron hasta ahora periódicamente más o menos latentes por razones de conveniencia política. Como observa Katherine Franke: “los argumentos de Lilla se centran en lo que es común a los norteamericanos, sosteniendo que tenemos que pasar a defender un ‘liberalismo post-identitario’, refocalizando nuestra atención y saliendo de las identidades para abrazar unas nociones más amplias y abstractas de ‘ciudadanía’.”

Ese esfuerzo de construcción de un “liberalismo post-identitario” dentro de los parámetros del estado nacional capitalista contemporáneo no superará o dejará atrás –no puede hacerlo— las políticas identitarias. Al contrario; sólo las reproducirá en formas todavía más perniciosas: obnubilando el reconocimiento de las disparidades sociales y económicas continuamente reproducidas por el estado capitalista, ese “liberalismo post-identitario” no puede sino caer en la norma del varón blanco “norteamericano” tal y como está históricamente definida por la subordinación a ella de cualquier otra cosa.

Significativamente, la prescripción ofrecida por Lilla –la unificación nacional— es precisamente lo que Trump ha prometido hacer: “Volver a hacer Una a América” (o, como ha declarado Newt Gingrich: “Yo estoy a favor del 100 por cien”), fórmula que elude la cuestión de en qué consiste esa unidad y qué –o a quién— hay que borrar o someter para lograrla. (Es notable que otras instituciones jerárquicas y violentas, como las grandes corporaciones empresariales, también profesen unos deseos, indudablemente sinceros, de crear comunidades unificadas, capaces de amalgamar a jefes y trabajadores en un “bien común” que oculta el hecho palmario de que el agrandamiento de los primeros se da fundamentalmente a costa de la explotación de los segundos.)

Mientras que la crítica de Lillian a la corrección política es, como bien observa Franke, nacionalista y supremacista blanca, el contraargumento, según el cual “hablar de identidad o, mejor aún, de poder basado en el estatus no estorba a las discusiones en términos de clase, guerra, economía o bien común”, minimiza, sin embargo, los orígenes históricos de las políticas identitarias y su imponente capacidad para adaptarse a sociedades pluralista de clase. En manos del Partido Demócrata, las políticas identitarias se han convertido en un instrumento valioso precisamente a causa de las restricciones materiales sistémicas sufridas por las políticas económicas que, desde los años 70, vinieron a reemplazar al keynesianismo de postguerra con creciente consenso orientado a regenerar el crecimiento económico a través de un acelerado empobrecimiento de los trabajadores.

Es notable que esa transformación económica haya sido un asunto bipartidista internacional, lo que sugiere que difícilmente el “neoliberalismo” es una cuestión de cultura, ideología o estrategia política extraviada, al que pudiera simplemente despedirse por obra y gracia de unos “buenos” políticos. Precisamente porque el neoliberalismo vino de la mano de las exigencias de la evolución del capitalismo mundial, y no de un capricho, es por lo que socialistas como François Miterrand anunciaron en su día que “los franceses empezamos a comprender que son las empresas las que crean riqueza, determinan nuestro nivel de vida y fijan nuestra posición en la jerarquía global; por lo que el Primer Ministro Laborista James Callaghan “explicó apesadumbrado a sus colegas que ‘nosotros solíamos pensar que podías salir de una recesión simplemente gastando… Y yo les digo a ustedes, con todo el candor, que esta opción ha dejado de existir’”; o por lo que Bill Clinton declaró: la “era del Gran Gobierno pasó”. Y todos los que andan ahora melancólicamente obsesionados con las posibilidades perdidas de una Presidencia de Bernie Sanders lo que necesitan es simplemente reflexionar un poco sobre la reciente victoria electoral de Syriza: el espectáculo de un partido explícitamente antiausteridad convertido en el último bastión de la austeridad debería bastar para ver los límites del reformismo económico en el presente estadio del capitalismo.

Necesitado de ofrecer algo, lo que fuera, a los votantes en una era configurada por una economía global encogida, en la que las soluciones “prácticas” entrañaban privatizaciones, desregulaciones y reducciones fiscales, el Partido Demócrata instrumentalizó las políticas identitarias. Convirtiendo en estrategia electoral el potencial liberador y universal de las políticas radicales de la liberación negra y del feminismo, los Demócratas instrumentalizaron las políticas identitarias propagando una crítica liberal del racismo en la que el problema no es que el racismo suministre una explicación intelectualmente falsa de la realidad social, sino que esa explicación resulta ofensiva. Los Demócratas se vieron obligados a aferrarse a esa crítica subjetiva, no objetiva, del racismo, porque un reconocimiento de las manifiestas falacias del racismo pondría en cuestión no solamente la identidad de los perdedores del sistema, sino el hecho mismo de que el sistema necesita por lo pronto perdedores.

La semilla de la reacción violenta contra lo políticamente correcto estaba sembrada, y era solo cuestión de tiempo el que los llamados nacionalistas blancos se apropiaran ellos mismos del lenguaje de las identidades. Viendo que también ellos pueden ser perdedores, los nacionalistas blancos se toman equivocadamente a sí mismos por Unos entre muchos Otros (más que como antítesis de todos los Otros), infiriendo de aquí que luchan a causa de la raza, no a pesar de ella. Su simultánea identificación con el Estado los lleva a internalizar su apariencia pluralista, en la medida en que la toman obsesivamente con unos críticos que lo son más de los efectos racistas y sexistas de un sistema alienante y explotador que del sistema como tal.

El clímax del encuentro Demócrata con las políticas identitarias se dio en la elección de 2008. Confrontado con un electorado indignado con George W. Bush y abierto a soluciones políticas alternativas en medio de una economía en implosión, los Demócratas ofrecieron a los votantes una opción electoral sin precedentes: un hombre afro-americano o una mujer blanca, ambos, sin embargo, centristas consumados, lo que garantizaba que su raza o su género no serían obstáculos para las exigencias del capital. En realidad, cualquier discusión sobre el legado de Obama tiene que empezar por observar que Obama, munido con un mandato para el cambio tras ocho años de permanente expansión del poder ejecutivo bajo George W. Bush, lo que hizo fue robustecer la vigilancia, perseguir a los denunciantes de prácticas ilegales, confeccionar listas de asesinables, incrementar las acciones bélicas con drones y, en fin, garantizar que el estado de emergencia de Bush estaba aquí para quedarse.

Otro aspecto significativo de 2008 fue no sólo la elección del primer presidente afro-americano, sino que algunos blancos conservadores, racistas incluso, votaran por él. David Roediger y Kathryn Robinson han mostrado recientemente que poblaciones históricamente racistas en Wisconsin –los llamados “Municipios del Ocaso”— votaron, en efecto, más intensamente por Obama en 2008 que por Clinton en 2016. Estos y otros hechos sugieren que el grueso de los votantes blancos no son obsesivamente contrarios a las políticas identitarias per se –están incluso dispuestos a aceptarlas, si las ven de la mano de alguna promesa de mayores cambios—, sino que se vuelven hostiles a ellas en cuanto las perciben como vinculadas finalmente a una estrategia general de gobierno que no hace nada significativo para reducir su sufrimiento y aun, al contrario, lo aumentan y exacerban. Precarias y visibles, las políticas identitarias se convierten en el chivo expiatorio: se las califica de “elitistas”, no por su contenido, sino a causa de un cínico mensajero Demócrata que está transparentemente comprometido con el logro del poder por el poder. Es decir, la violenta reacción racista, sexista y homófoba contra las políticas identitarias es el precio que el Partido Demócrata está dispuesto a pagar por negarse a desafiar significativamente el carácter predatorio del capitalismo (o renunciar a la política).

Para decirlo todo, también Trump se enfrenta a restricciones. Su retórica sobre el comercio y China es la expresión del nacionalismo económico ingenuo de quien sólo se ha enfrentado a las exigencias de la economía global desde la perspectiva de un hombre de negocios miope, no de un hombre de Estado. En medio del duradero declive del crecimiento global, es harto improbable que Trump se libre a una guerra comercial perdida de antemano con China, no obstante la nueva ocurrencia expresada por Mike Pence, según la cual “el libre mercado ha ido repartiendo cartas, y América ha ido perdiendo”. Igualmente improbable es que Trump trate de deportar a 11 millones de trabajadores inmigrantes. Lo que, en cambio, hará con casi total certeza –y es plenamente coherente tanto con el espíritu racista de la época como con las necesidades materiales del Estado— es seguir robusteciendo lo que Nicholas De Genova ha descrito como el “régimen de deportación”: intensificar la precariedad política y social y, a su través, la explotabilidad de los trabajadores indocumentados, no precisamente deportándolos, sino asegurándose de que subsistan todos en un permanente estado de “deportabilidad”.

Mientras que los emigrantes sin papeles y los musulmanes se hallan en el punto de mira de los ataques con que amaga Trump, la sugerencia que estos últimos días ha hecho Trump de privar de la nacionalidad a quienes quemen banderas revela la crecente vulnerabilidad de todos y cada uno. Buscando reducir a los críticos a la condición jurídica de combatientes enemigos, Trump se parece a Putin, pero sólo en la medida en que ambos vienen a ejemplificar un ejecutivo cuyo poder y agresividad resultan proporcionales a las exigencias de la crisis sin fin del capitalismo global. Representando la lógica, no sólo de la historia de los EEUU, sino también del sistema global contemporáneo, Trump promete un furioso asalto al mundo del trabajo, pero un asalto presentado, por lo pronto y sobre todo, en forma racializada.

Así pues, no es sólo que los liberales hayan fracasado a la hora de mitigar significativamente la intensificada miseria de un capitalismo global en crisis; es que han suministrado activamente a autoritarios como Trump las capacidades materiales y las justificaciones ideológicas para incrementar esa miseria.

Joshua Sperber es un analista político norteamericano radicado en Nueva York, columnista habitual en Counterpunch.
Fuente:
Counterpunch, 9 diciembre 2016
Traducción: Ventureta Vinyavella

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