Trotsky, cultura y revolución

Existen numerosas ediciones de la obra más conocida de Trotsky sobre el debate cultural de la revolución,  Literatura y revolución, por lo general su obra más apreciada en los medios intelectuales. Aunque la más completa es la de Ruedo Ibérico en dos volúmenes (de los que salieron la selección Sobre arte y cultura que editó Alianza bajo la dirección de J. Álvarez Jubnco); igualmente son numerosos los debates y ensayos sobre sus textos, pero el más completo quizás sea el de Norman Geras. Masas, partido y revolución. Expresión literaria y teoría marxista (Fontamara, Barcelona, 1980, tr. F. Cuscó Torella) El Manifiesto que aparece en dicha obra, está editado con el título Por un arte revolucionario e independiente en El Viejo Topo, Barcelona, 1999), en el que se incluye una extensa selección de textos, así como un amplio trabajo sobre la relación de Trotsky con Diego Rivera, Frida Kahlo, y con el obcecado estalinista David Alfaro Siqueiros, y un artículo de Michael Lequenne sobre las relaciones entre el «trotskismo» y el surrealismo; complementario a este libro resultan mis trabajos: André Gide y el comunismo y André Malraux. Travesía de un siglo (El Viejo Topo nº 151 y 166, respectivamente y que se encuentran en la Webb de la Fundación Andrés Nin).

En los años setenta, Tusquets dio a conocer la controversia entre Breton y Louis Aragón con el título de Surrealismo contra realismo socialista. Ya entonces esta controversia se podía considerar superada, incluyendo en los medios artísticos e intelectuales próximos al PCE. Según testimonio de Manuel Sacristán, ya en un seminario del PCE y al PSUC en los años 60, él mismo y Carlos Blanco Aguinaga habían hecho una exposición y una defensa de los argumentos de Trotsky en este punto, y cabría añadir que, por entonces, ya el PCI había «permitido» una edición afín al partido. Un ensayo más que notable que abarca primordialmente esta controversia «entre coyoacanes y aragoneses» es el de Ángel García Pintado, El cadáver del padre reeditado por Los Libros de la Frontera, y que supone la contribución española más elaborada sobre esta cuestión del arte y la cultura. Artes de vanguardia y revolución (Akal, Madrid, 1981). Otras aportaciones a considerar son las de Peter Collier, Sueños de una cultura revolucionaria: Gramsci, Trotsky y Breton, en Culturas de vanguardia y política radical en la Europa de principios del siglo XX (Debats, nº 26, Diciembre 1988, Edicions Alfons el Magnánim), y la de Ronald Paulson, La revolución y las artes plásticas, que aborda la relación entre Octubre y el muralismo mexicano (visto a través de la relación entre Trotsky y Rivera) en la obra colectiva La revolución en la historia. ed. Roy Porter y Mikulas Tiech (Crítica, Barcelona,, 1990).

El mejor testimonio sobre los últimos años de Trotsky lo ha escrito Jean Van Heijenoort, Con Trotsky. Desde Prinkipo a Coyoacán. Testimonio de siete años de exilio (Nueva Imagen, México, 1979, tr. Tununa Mercado). Estas memorias de las que fue secretario, traductor y guardaespaldas de Trotsky entre octubre de 1932 y noviembre de 1939 recrean detalladamente la atmósfera en que éste vivía y trabajaba en esos años de exilio hasta los más ínfimos detalles. El relato simple y preciso de esa cotidianeidad trascendente permite, en no pocos casos, superar errores involuntarios de otros autores, de manera que Heijenoort no duda en «enmendar la plana» a Deutscher y a buena parte de los testimonios escritos sobre Trotsky entorno a esta época, a veces con contenida indignación. Obviamente logra disipar calumnias y despojar al personaje del aura mitológica que, como a todos los grandes hombres, suele creársele, ofreciendo detalles sobre sus relaciones personales, sus actitudes ante muchas cosas, sin olvidar detalles sobre su posiblemente platónica relación amorosa con Frida Kahlo. Se trata de una obra modélica por la frescura de una memoria, que fue minuciosamente verificada gracias a un archivo personal del autor que contiene 22 mil documentos (entre ellos 4 mil cartas de Trotsky), correspondientes al periodo que se extiende entre 1929 y 1940. El periodo del exilio en México es ampliamente considerado, aportando mucha —y nueva- información, de quien fuera testigo de la relación con Diego Rivera y Breton, amén de una gran cantidad de personalidades mexicanas y de otras partes del mundo como Gide o Gorki. Eludiendo la devoción incondicional tanto como la hostilidad sistemática, el relato de Heijenoort —que no pretende ser un examen integral de la personalidad de Trotsky, de sus ideas y de su carácter- contribuye sin embargo a la visión crítica de una etapa histórica que los sucesos posteriores actualizan hoy…

Al acabar su relato, Heijenoort, escribe: «Después de la muerte de Trotsky milité durante siete años en el movimiento trotskista. En 1948, las concepciones marxistas-leninistas sobre el papel del proletariado y su capacidad política me parecieron cada vez más en desacuerdo con la realidad. Fue también en ese momento cuando conocieron, quienes no querían cerrar los ojos ni taparse los oídos, toda la amplitud del universo concentracionario estalinista, punto que nos lleva al testimonio del destacado militante cuartista de los 30-40, David Rousset que fue editado por Anthropos. Bajo esa impresión, me puse a examinar el pasado y llegué a preguntarme sí los bolcheviques, al establecer un régimen policial irreversible, al anular toda opinión publica, no habían preparado el terreno sobre el que habría salir el enorme hongo venenoso del estalinismo. Rumié mis dudas. Durante varios años, sólo el estudio de las matemáticas me permitió conservar mi equilibrio interior. La ideología bolchevique estaba, para mí, en ruinas. Tuve que construir otra vida». No obstante, en sus últimos años, ya jubilado como un matemático de reputación internacional, Heijenoort ofreció esta contribución, prólogo el Journal d´ exil, de Trotsky (para Gallimard), intervino con su rigor acostumbrado en las jornadas que con pretexto del centenario de Trotsky congregó en México a especialistas del todo el mundo, y colaboró activamente en el desarrollo del Institut Léon Trotsky, especialmente en algunos números de su colección de Cahiers Léon Trotsky bajo la dirección de un equipo liderado por Pierre Broué.

Ecos de Heijenoort y de otros testimonios del momento, así como sobre el conjunto de las vidas opuestas y paralelas de Trotsky y Stalin, se pueden encontrar en una subyugante obra literaria, La casa azul de Coyoacán (Plaza&Janés, BARCELONA, 2002), de la joven escritora australiana Meagahn Delahunt, que fue una de las líderes del SWP australiano en los años ochenta y noventa. Otra obra que abarca este período es Trotsky. México 1937-1940 (Documents Payot, París, 1988), magníficamente ilustrado, con un retrato de Trotsky escrito por el novelista norteamericano James T. Farrell (el autor de Studs Ludigan y otras grandes novelas), potsfacio, cronología y bibliografía de Broué y texto de Alain Dugrand, responsable de dos documentales sobre Trotsky, Trotsky. Revoluciones, y Trotsky. Exilios, que han sido emitidos en el programa de TV2 La noche temática, y que como otros testimonios como el de Esteban Volkow, son perfectamente asequibles en youtube.

Aparte del ya clásico (y muy discutible) de Julián Gorkin, El asesinato de Trotsky (Círculo de Lectores, Barcelona, 1972, tr. Ramón Margalef Lambrich), cabe anotar también por su abundante documentación la ya citada El asesinato de Trotsky: antes y después). Pero sobre todo está el riguroso trabajo, digno de Sherlock Holmes efectuado por Pierre Broué en, L´ assassinat de Trotsky (Ed. Complexes, Bruselas, 1990). A título de curiosidad cabe señalar la presencia de un extenso capítulo incluido en la obra de Guillermo Cabrera Infante, Tres tristes tigres (Seix Barral, Barcelona, 1970) titulado La muerte de Trotsky referida por varios escritores cubanos años después —o antes, en el que Cabrera se refiere a «el viejo epónimo: profeta de una religión herética: Mesías y apóstol y hereje en una sola pieza» (p. 227).

El panorama se extiende a través de numerosas ramificaciones, en primer lugar con el del destino de los escritores soviéticos que  se opusieron al estalinismo con todas las consecuencias (la muerte o el exilio), de autores paralelos como Víctor Serge que –no por casualidad- fue su primer biógrafo con la complicidad de Natalia Sedova, y cuyas “Memorias de un revolucionario”  resulta complementaria a la autobiografía del propio Trotsky…Se ha escrito muchísimo sobre su “resurrección” mexicana que tanta importancia tuvo en las letras y en la pintura mexicana, e incluso podemos pasar por el Reino de la Españas…

 

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