Tres regalos para altruistas

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¿Es usted altruista, o hace que lo es esperando ver sus molestias recompensadas?
Decir que altruismo es una actitud desinteresada hacia uno mismo, hacia los demás y hacia Dios, si es que se es creyente,  parece a primera vista una afirmación demasiado académica. ¿Significa, sin embargo, que no es real? Aunque parezca mentira, a veces lo real y lo académico vienen a coincidir. Así, según el diccionario de María Moliner, la palabra altruismo, del latín “alter” (Otro) significa “inclinación a preocuparse del bien ajeno y dedicarle sacrificios y esfuerzos”. Guarda una profunda relación con términos como abnegación, filantropía, desinterés, desprendimiento, olvido de sí mismo, renunciación, y con ciertos verbos como consagrase, inmolarse, sacrificarse… Términos, todos ellos, muy relacionados con el espíritu.
Tal vez la capacidad de ser altruista señala la frontera entre dos mundos: el mundo del dar y el mundo del desear recibir. O, si se quiere, del mundo del que tiene para dar y del que da para tener. No es un juego de palabras, sino que revela la existencia de dos actitudes muy diferenciadas que en ocasiones pueden resultar engañosas, pues el altruismo será considerado una actitud honorable en la intimidad, como todos sabemos, pero igualmente denostada  social y económicamente, como se suelen comentar públicamente  entre las mismas gentes que lo alaban en sus casas.  ¿Cuántas veces hemos escuchado eso de  que  “los buenos son tontos”?  Afirmación  que se basa en la idea arraigada  en  el subconsciente colectivo que eso de dar sin interés en la recompensa, es de tontos.

No tenemos más que mirarnos en el espejo y preguntarnos qué es lo que hacemos desinteresadamente por ese al que llamamos Otro; preguntarnos si lo que hacemos por otras personas con un aparente desinterés no encierra una actitud oculta de esperar ser recompensado más tarde. Eso es dar para tener, y, por tanto, astucia egoísta.

La ley universal, que manifiesta la propia Naturaleza, es dar sin esperar recibir, aunque  cualquiera recibe sobradamente lo que se da si se hace altruistamente. Pero la ley universal es trastocada por la ley del ego, la ley personal, que no da si no es porque espera compensación, y solo por eso hace algo a favor de otro. Este  es un modo de proceder muy extendido, pero no legítimo espiritualmente, y a menudo el que da para recibir su recompensa  sufre una desilusión por la desproporción que cree percibir entre lo que da y lo que toma, y así  surgen enfados, discusiones, conflictos de intereses.

Por un insaciable querer recibir más y mejor, que es ambición camuflada en el egocentrismo  y expresión de la insatisfacción de la propia vida,  muchos amigos se sienten defraudados y rompen relaciones, las parejas discuten, los compañeros de trabajo no son solidarios,  y llegado el momento todos se echan en cara la falta de proporcionalidad entre lo que reciben del otro y lo que aquel recibió de uno.

Entre tanto, la  persona altruista, que actúa por amor o por solidaridad, encuentra en sí misma, en su interior, la recompensa que la conciencia libre de expectativas otorga a quien así actúa: la alegría, la paz, la libertad interior.

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