Tratado de la desesperación.

La esperanza consiste en que en cierto modo podemos volver a empezar, aunque la fe en los propósitos sea cada vez más escasa. El “mientras hay vida hay esperanza” marca el vaivén del péndulo de los momentos del mundo. Que otros mundos sean posibles es una creencia útil, pero es casi una esperanza de ricos. En la modernidad, la primera exigencia política y social sigue siendo que haya un mundo, un propósito al menos al despertarse. El milagro de la vida entendido como la química con un propósito. ¿No encontramos belleza en la vida? Encontrémosla en otra parte. En el arte o en la literatura el propósito interviene después y no antes: “La impresión es para el escritor lo que la experimentación para el estudioso, con la diferencia que en el estudioso el trabajo de la inteligencia precede y en el escritor se realiza después” (M.P.) El del lector todavía más tarde. ¿Qué pretendió, qué pretendí leyendo, escribiendo esto?

  “La mano con que llama hoy la muerte a mi puerta es la mano de sombra de una esperanza muerta”. Hay un momento que hay que optar entre pensar o vivir. Yo he de sentir siempre, como los grandes malditos, que es mejor pensar que vivir. Recordar que esperar. Esperanzas y recuerdos tienen ese amargor lejano y añorante de no ser realidad que tiene el buen gusto. El  gusto… “la suprema manifestación del  discernimiento  que reconciliando el entendimiento y la sensibilidad, el pedante que comprende sin sentir y el mundano que disfruta sin comprender, define al hombre consumado”.

  ¿El mundano?: “Me digiero mal» decía uno para explicar su sociabilidad. «El estómago de la sociedad es más bueno que el mío, me soporta”. Esbozo una imagen de la esperanza tan vivaz, que todo el que abrigue esperanza se reconocerá en ella; sin embargo, no es más que un engaño. No bien dibujo a la esperanza lo que tengo ante los ojos es el recuerdo. Año nuevo en casa, intentando no hacer propósitos: con recuerdos de esperanzas y esperanzas de recuerdos. Hay que ser muy viejo, muy tonto o muy valiente para vivir sin esperanzas. La esperanza, por muy engañosa que sea, porque es muy engañosa, sirve al menos para llevarnos al fin de nuestra vida por un camino agradable. ¿Abrigas esperanzas? El fin se acerca.

   Sea lo que sea, el acontecimiento mismo que te arroja en la desesperación, manifiesta de pronto que toda tu vida pasada era desesperación. En el Tratado de la Desesperación S.K. decía que los más desesperados eran los que no se habían dado cuenta de que lo estaban, estaba acostumbrado a ir más allá. Sabía que que la desesperación a medias, la desesperación que busca excusas, impide «ser» y la desesperación total y crítica no. Por Desesperación-debilidad no creemos (no nos atrevemos a creer por escándalo, porque nos da vergüenza). Desesperación-desafío (nos negamos a hacerlo, nuestra desesperación persistiría aunque estuviéramos equivocados). El primero niega que es un pecador para pasárselas sin la remisión de los pecados. El segundo quiere ser pecador hasta el punto de que le falte el perdón.

  Después de todo, ¿en que medida cabe unir la plena claridad sobre uno mismo con la claridad con que se desespera, cuando se desespera? – es decir si no ocurre más bien que la claridad en el conocimiento y en el autoconocimiento sacan justamente al hombre de la desesperación, al punto que sea necesario que se horrorice ante si mismo para que deje de desesperar.

  La desesperación del hombre de izquierdas está en combatir en nombre de principios que le prohiben el cinismo. Por un momento, a primeros de año, al desaparecer el apoyo de la necesidad, desaparece también la necesidad de apoyo. El dolor y  la desesperación se abre al alborozo de la ligereza y ambos se extasían juntos en la risa, en esa risa cuyo aprendizaje recomendaba Zarathustra a los hombres superiores… «toda tarea intelectual es esencialmente humorística»…  Salta la paradoja, la chispa jocosa de la aparente incompatibilidad entre dos ideas, que sin embargo deben ir juntas.

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