Tras la declinación de Fidel: ¿tiene el General un proyecto?

El 19 de febrero, cuando Fidel Castro anunció que declinaba volver a ser nominado/designado como jefe de estado, se cerró un ciclo y comenzó otro.

Se cerró el ciclo del post-fidelismo larvado que se inició mucho antes del 26 de julio del 2006. Probablemente desde que, agotada su ventajosa inserción a la sub-mercado soviético, el país comenzó a transitar hacia una reforma económica orientada al mercado con sus implicaciones sociales, y entre ellas, muy especialmente, el surgimiento de una élite tecnocrática empresarial derivada de la propia clase política revolucionaria. La entrada de Chávez en escena, con sus sustanciales subsidios, pospuso muchos de los arreglos restauradores del capitalismo y dio un nuevo brío a los arrebatos voluntaristas de Fidel Castro, el más elocuente de los cuales fue la llamada Revolución Energética. En realidad no había un proyecto alternativo, como tampoco lo hay ahora, dato que reconoció tan agudamente el estudiante de la UCI en su debate con el retraído Alarcón.

Pero Fidel pudo malgastar los escasos excedentes solo por un tiempo. Su retiro en el 2006 puso sobre el tapete nuevamente la grave realidad de una economía derruida, de un consenso en retirada y de un sistema político autoritario e inmovilista, y por eso, eminentemente antisocialista. Nunca como en estos dos años la Revolución Cubana demostró su incapacidad para digerir sus propios éxitos.

Hacia el 2007 fue evidente que el presidente provisional Raúl Castro no había logrado concertar a la clase política en un esfuerzo reformista (sin dirección precisa) lo que le obligó a movilizar apoyos extra-elite, en particular mediante una convocatoria a un debate público en que la población fue convocada a expresar libremente sus opiniones.

No fue un hecho insólito. La dirigencia política cubana ha acostumbrado convocar estos debates cuando ha necesitado rearticular el consenso o afinar políticas en una u otra dirección. Pero en todos los casos han sido debates de un limitado contenido democrático por tres razones:

1-La agenda de los debates ha estado decidida o acotada centralmente, y aunque siempre resultaba más amplia que la crítica permitida en la cotidianeidad, en todos los casos resguardó la idea de que la dirigencia política y en particular Fidel Castro y su séquito de “históricos”, eran los depositarios naturales de la solución aunque en realidad fuesen parte del problema. La carencia de autonomía para decidir la agenda fue sin lugar a dudas un obstáculo insalvable.

2-Nunca se produjo explícitamente un compromiso de los dirigentes políticos cubanos con el resultado de los debates. En particular Fidel Castro, quien con su astucia política habitual siempre mantuvo una distancia olímpica frente las discusiones de los profanos, adoptaba lo que le convenía y finalmente terminaba aliado con los grupos más conservadores para boicotear la implementación de las propuestas más progresistas. Esto fue evidente en los debates de 1990 y la manera como las propuestas más avanzadas surgidas de los debates fueron mediatizadas brutalmente. Un ejemplo de ello fue la propuesta de elecciones directas para los diputados, lo que terminó plasmado en un intratable sistema electoral con un solo candidato por puesto, una suerte de voto negativo al revés y numerosas aporías legales, paradójicamente proclamado como el más democrático del mundo.

3-Los debates siempre estuvieron regidos por las normas de la fragmentación que hacen gobernable al sistema cubano. Nunca un colectivo humano podía saber que discutía otro, sino de manera informal. La prensa, siempre infectada por una letánica parquedad informativa, solo anunciaba lo que el alto mando aprobaba, toda vez que el debate solo alcanzaba dimensión nacional, y por consiguiente de “interés general” cuando era organizado por la élite, vista como el compendio concluyente de la moral y la política positivas. Empíricamente ello significaba la manipulación de la información resultante por los luctuosos.aparatos ideológicos partidistas a los diferentes niveles. El debate, por consiguiente, no podía madurar como opinión pública.

Este nuevo debate no ha sido excepción y por eso no conocemos exactamente que se discutió o que se propuso. Tampoco conocemos que entienden Raúl Castro y sus colaboradores más cercanos por los cambios deseables, ni siquiera por los cambios que podemos suponer orientados al socialismo. Nuevamente recuerdo al agudo estudiante de la UCI: no hay proyecto.

No me detengo en esta elucubración, y dejo el tema para los chicos encargados de la batalla de ideas y que embadurnan con sus artículos cuanta página web les resulta accesible.

Solo quiero apunar dos cosas.

La primera es que Raúl Castro tiene como primera misión hacer que la economía funcione, que produzca alimentos preferiblemente baratos y que logre exportar bienes o servicios para que el país no retorne a la reproducción simple de los 90s. Y con ello a la bancarrota total del sistema, a un colapso histórico que abriría las puertas a los revanchistas de la derecha cubana, cubano/americana y americana.

Y para hacerlo, además de desconfiar de las teatrales estadísticas del Ministerio de Economía y de su devaluado titular, debe introducir cambios que favorezcan la inversión extranjera, amplíen los espacios para la actividad privada y permitan al mercado un rol regulador más efectivo. Todo lo cual conduce gradualmente a la introducción de modalidades de funcionamiento capitalista que pudieran resultar dominantes.

Culpar a la clase política cubana por esto es un pobre entendimiento de la historia. Persistir en defender a ultranza, como un deber sagrado, este proceso, es otro error mayor.

Para la izquierda, y en particular para los socialistas cubanos, fuera y dentro del PCC, dentro de Cuba o exiliados, la única alternativa es apoyar críticamente este proceso de reformas económicas pro-mercado y al mismo tiempo levantar un programa de izquierda que busque contrabalancear los cambios inevitables fortaleciendo las posiciones del sujeto popular. El único que finalmente podrá defender lo que son sus conquistas socialistas en temas como los servicios sociales y los espacios de participación.

Como que en el 2000 me vi obligado a abandonar mi patria por razones políticas, no pude participar en el debate convocado por Raúl Castro. Por ello, adelanto algunas ideas (sin la menor aspiración programática) no para que el general las tome en consideración -el general no es un demócrata y solo es socialista de cierta y lamentable manera- sino solamente para colocarla sobre la mesa en este excelente foro que ofrece la efectivamente democrática y socialista KAOSENLARED.

En resumen propondría:

1-Creación de espacios autónomos para la organización de los sectores populares en sus diversos perfiles (femenino, juvenil, laboral, ambiental, consumidores, etc.) lo que contribuiría a crear una base de poder genuinamente democrático. Esto podría implicar eventualmente la revitalización, autonomización y dinamización de aquellas organizaciones de masas que hoy funcionan como mecanismos de control y en el estado más negativo de decrepitud burocrática.

2-Descentralización estatal y dinamización de los mecanismos de participación en la gestión local del desarrollo, incluyendo la estimulación a la formación de organizaciones comunitarias autónomas. Existen notables experiencias al respecto, pero todas han languidecido debido al celo y las intromisiones burocráticas en sus funcionamientos.

3-Estimulación a la propiedad cooperativa, particularmente en la agricultura y en los servicios. Existe en este sentido un potencial incalculable en experiencias que hoy yacen en la bancarrota.

4-Establecimiento de mecanismos de democracia laboral, con la incentivación de formas y mecanismos de participación de los trabajadores en las toma de decisiones de las empresas y centros laborales, y eventualmente la introducción de formas de cogestión y autogestión.

5-Democratización interna del Partido Comunista de Cuba, autorizando el surgimiento de grupos y tendencias. Construcción de un sistema multipartidista.

6-Reforma al sistema electoral, estableciendo el voto directo entre varias alternativas con debates públicos.

7-Establecimiento de un nuevo marco de relaciones con la comunidad cubana emigrada, permitiendo como norma el retorno de los cubanos emigrados a su patria cuando lo estimen conveniente.

Como puede observarse, ninguna de estas propuestas es disruptiva respecto al poder establecido, y nunca lo podría ser si la clase política revolucionaria pensara su rol como una «dirección ético-política» y no como una imposición supuestamente dada por la historia. Se trata, en otras palabras, recordar un viejo debate socialista sobre la democracia y el poder. Recordar lo que nos decía Rosa Luxemburgo sobre el peligro del fracaso del experimento bolchevique por no reconocer el derecho de expresión a quienes pensaban diferente. 1991 le dio trágicamente la razón.

Ojala el general lo conozca.

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