Tras Barcelona: Religión e irreligión en la izquierda transformadora

Por José Luis Carretero Miramar

El reciente y sangriento atentado en Barcelona ha convertido en candente la cuestión relacionada con la convivencia religiosa en nuestro país. Mientras los fundamentalistas de todo tipo ven el caos creciente que se desata en el escenario del capitalismo senil como una muestra de la impureza de los tiempos y la falta de adecuación culpable a los mandamientos de tal o cual fe monoteísta; el ateísmo militante culpa a la religiosidad, fundada en lo irracional y radicalmente involucionista, de las reacciones criminales del fascismo islámico, invocando una pronta laicización forzada de musulmanes y otras creencias minoritarias.

¿Es la islamofobia amparada en un supuesto laicismo radical la única salida para la generación de un espacio de seguridad y convivencia en los países occidentales? ¿Puede ser ese un proyecto asumible por la izquierda ibérica? ¿Es la extensión del anticlericalismo tradicional de gran parte del movimiento libertario a imanes y mezquitas, costumbres tradicionales islámicas, y otras pequeñas confesiones como las evangélicas, la estrategia adecuada para hacer frente al gran derrumbe cultural y civilizacional que acompaña la gran crisis sistémica del capitalismo senil? Procuraremos debatir sobre ello.

Partamos de la base de que el que escribe estas líneas se reconoce, inequívocamente, en la tradición del materialismo filosófico que va de Spinoza a Marx y Bakunin, y del ateísmo , representado tanto por Diderot, Meslier y D´Holbach, como, hoy día, por Dawkins o Hitchens. Eso implica, por supuesto, la apuesta por el Estado laico (siempre y cuando, por cierto, nos sea impuesto eso del Estado), la separación entre Iglesia (o Iglesias) y Estado y la plena libertad de expresión (también respecto de los dogmas de todas las confesiones religiosas). Así, se explica que reiteradamente haya tomado posiciones determinadas, como la crítica explícita a la concesión de medallas públicas a vírgenes católicas por los representantes de la “nueva política” o la defensa de la interrupción voluntaria del embarazo según una legislación de plazos.

Pero este materialismo filosófico confeso, y acompañado de la plena conciencia de hasta qué punto el ateísmo ha sido marginado y perseguido, incluso sangrientamente, por todas las religiones constituidas en iglesias, que a su vez han exhalado muchas veces una oscurantista apología de los más brutales regímenes políticos, no ha de llevar, pienso, a quienes defendemos una transformación social a gran escala hacia la libertad y la justicia, a desconocer la potencia y los también reales efectos beneficiosos del pensamiento religioso, en su realidad material, si lo estudiamos animados por un análisis nominalista.

Hemos de recordar que, en puridad, el materialismo no es, o no debe ser, una nueva fe que imponer a los conversos o una Verdad Revelada, dogmática y no sometida a discusión, sobre la base de un positivismo pseudo científico, que elude la preeminencia de la duda y el debate en la verdadera ciencia. En el nombre del materialismo, a su vez, también se han cometido una buena ristra de crímenes y salvajadas. Y lo que nos debe interesar subrayar, en estos momentos de crisis global y sistémica con plena subordinación y acallamiento de los discursos de ruptura y anticapitalistas, es lo que tenemos en común los que luchamos por cambiar este mundo a mejor, y no lo que nos separa.

El materialismo no tiene la exclusiva de la lucha por la transformación social. Es más, probablemente fuera de Occidente cumpla en muchos sitios una función residual en las luchas populares, animadas muchas veces por personas firmemente religiosas. Hay que tener presente que igual que el materialismo puede llamar a la transformación del mundo (como lo ha hecho el materialismo dialéctico e ilustrado en Occidente), también puede convertirse en una oscura y lóbrega justificación de lo existente (como en el caso del darwinismo social animado por lo que Marx llamaba el “materialismo mecánico” que, entendiendo la realidad como algo impuesto e imposible de transformar, una máquina ante la que poco podemos hacer, dice que lo único que nos queda es adaptarnos a ella, ya sea en la forma de lucha por la vida en el seno de la selección natural, ya en la forma de sobre-determinación genética). Y, igualmente, hay que comprender que también desde el pensamiento religioso se puede justificar lo existente (pues el propio Dios es el que lo ha querido así, y así debe de ser) o buscar su transformación (porque lo que realmente quiere Dios es el mensaje de bienaventuranza, justicia y amor por la vida que expresaron las más de las veces sus profetas originales, traicionado por los hombres con poder).

Hay que tener presente, además, que la dialéctica ilustrada y laica, que en Occidente tiene una evidente ligazón con las luchas por construir un mundo mejor y con la emergencia de la alternativa socialista al capitalismo, ha llegado muchas veces al resto del mundo en la forma de una imposición firmemente ligada a los crímenes del propio capitalismo. La tendencia universalista del pensamiento occidental, recuperada para sus fines por las potencias imperialistas de los últimos siglos, ha sepultado bajo una firme losa de silencio y sangre los pensamientos periféricos, impidiéndoles continuar su propia evolución y congelándoles en una etapa de subordinación ideológica a lo más negro y oscuro del pensamiento único global. La connivencia del imperialismo occidental con los más retrógrados discursos de la religiosidad periférica no ha sido simplemente táctica o financiera, sino que ha marcado esos mismos discursos imponiéndoles una evolución centrada en las ideas de poder universal, violencia y jerarquía.

Eso nos lleva al asunto central a tener en cuenta: el desarrollo de los fascismos contemporáneos, en el vértigo de la crisis civilizacional del capitalismo. Hay que ser capaces de ver que el imperialismo occidental, pese a la supuesta misión civilizatoria, liberal y democrática que ha utilizado como pantalla para sus crímenes, ha basado su poder en el racismo, la violencia y la imposición, también cultural. La actual estrategia del caos de los norteamericanos en Oriente Próximo es una clara muestra de lo que estamos hablando: no se trata, ni siquiera de generar un régimen racional de gestión estable de las zonas bajo control económico occidental, sino que se juega al genocidio, la involución y la guerra permanente como clave geoestratégica fundamental.

Y frente a las resistencias de los pueblos sometidos al imperialismo occidental, que arreciaron en el marco del 68 global, éste respondió financiando y apoyando culturalmente y con recursos de todo tipo a lo más negro y oscurantista de sus sociedades. El fascismo islámico de ISIS o AL Qaeda, inequívocamente, tiene esos orígenes. Ahora se ha vuelto contra sus inventores, que no por ello han dejado de financiarlo, aún sea indirectamente.

Así que hemos de tener en cuenta que tan fascista es el cuerpo de Marines entrando violentamente en Bagdad como el ISIS atentando en Barcelona, que de los vídeos de las torturas en Abu Ghraib a las brutales escenas que filma el califato sólo hay diferencia idiomática, pero no en términos de respeto a los Derechos Humanos. Como debemos, también comprender, que los kurdos musulmanes que luchan contra el ISIS o los campesinos firmemente cristianos que realizan misas en los asentamientos del Movimiento de los Trabajadores Sin Tierra, en Brasil, luchan contra el fascismo con la misma legitimidad, y probablemente afrontando mucho mayores peligros, que los apóstoles del ateísmo normativo occidental.

Porque si de lo que se trata en esta fase es de impedir la concreción del ecofascismo global, que dé una salida involutiva a la crisis sistémica del capitalismo, la única posibilidad que tenemos de lograrlo pasa por la generación de espacios de confluencia y colaboración entre las distintas corrientes que buscan transformar el mundo. Es implica, por supuesto, a las distintas ramas del movimiento obrero clásico occidental, pero también a quienes luchan por la transformación social liberadora y progresista desde una perspectiva centrada en los valores religiosos. No creo que Leonardo Boff o Enrique de Castro, por ejemplo, por no irnos muy lejos, sobren en una comunidad de ese tipo.

Así pues, en este momento de oscuridad global, debemos arreciar en los esfuerzos de conectar en red a todos aquellos que luchan por la humanidad, la justicia, la libertad, más allá de ideologías, corrientes y credos religiosos. Centrarnos en un discurso basado en el dogmatismo anti-religioso que nos lleve a la islamofobia o a una violenta afirmación de los valores universalistas de Occidente que, precisamente, no nacieron para ser violentamente impuestos, y que también han sido traicionados por los hombres con poder, no nos llevará muy lejos. Eso no implica, por supuesto, renunciar a someter a debate e incluso a la corrosiva acción del animus iocandi al fenómeno religioso, sea el que sea, pero sí tener muy presente y muy claro que, más allá de la discusión interminable sobre la existencia de Dios que ha animado nuestras sociedades, la diferencia fundamental, el parte aguas esencial entre el bando que lucha por la liberación humana y el que no lo hace, no está en estos momentos afincada en el asunto religioso.

La degradación y descomposición del capitalismo en crisis se ha convertido en la génesis de todos los monstruos, en el vórtice de todas las miserias culturales y sociales de un mundo globalizado. Lo que ha ocurrido en Barcelona es la expresión de todo ello. Ha llegado ya la hora de que quienes queremos cambiar este mundo en dirección a una profundización de la libertad, la igualdad y la fraternidad, construyendo un socialismo protagonizado por los más, empecemos a debatir, más allá de todas las divisiones ideológicas, religiosas o nacionales que nos han sido legadas, que es lo que entendemos por “liberación”.

 

NOTICIAS ANTICAPITALISTAS