Trabajador despedido, patrón colgado

Por Iñaki Urdanibia

Lograda novela que mantiene en tensión al lector, y que es actual como la vida misma

Por Iñaki Urdanibia

No hace tantos años que la consigna con la que titulo este artículo era habitual en no pocos carteles y publicaciones sindicales; obviamente en centrales que no se movían por los estrechos pagos de las componendas y el mamoneo. Hoy tales palabras serían objeto de sanción tanto por las leyes mordazas en vigor ( delito de odio al canto ) como por el amplio sentir del personal, adocenado en gran medida – en la medida en que los sindicatos amarillos, por no decir marrones, tengan capacidad para ello- por las componendas de sus supuestos representantes.

Si Jean Genet situaba su querella en Brest, el libro de Tanguy Viet ( Brest, 1973) sitúa los hechos en el mismo lugar; su Artículo 353 del código penal ( Destino, 2018); y de entrada podríamos decir que en cierta medida hace bueno, adecuándolo, el encabezamiento de este comentario, quedaría convertido en : constructor y timador cabrón , constructor y timador ahogado. Cierto que no asoma por ningún costado la vena sindical, ni organizativa, sino que la acción se reduce a unas relaciones personales y directas, que, no obstante, reflejan a las claras un tinte claramente social, ya que si el protagonista pasa a la acción, y posteriormente es juzgado por ello, las injusticias a que se ve sometido no le son aplicadas únicamente a él, ya que los despidos del astillero en el que trabaja son numerosos, y los engaños posteriores urdidos por un vende-humos también, lo que hace que la precariedad no sea exclusiva del tal Martial Kermeur, mas sí que hace que ante la pasividad general de la adormilada clase obrera, éste sea el que harto de los engaños y chapuzas del promotor inmobiliario Antoine Lazenec no se conforme con su suerte sino que toma la decisión fatal para este último. La implicación del Estado y la administración local es clara, en las decisiones adoptadas con respecto a las condiciones de despido, al asignar unas cantidades que responden a cálculos de tiempos pasados, y posteriormente encaminando el destino de las indemnizaciones al engorde del emprendedor ya nombrado. Si en general las condiciones fueron aceptadas sin chistar, y el destino del dinero recibido por los despedidos era, en principio, en casi todos los casos a la compra de alguna embarcación para dedicarse plácidamente a la pesca, Kermeur no seguirá esta línea mayoritaria, aunque ciertas ensoñaciones sí que le asaltan, sino que dirigirá sus dineros a invertirlos en el sector inmobiliario…ya señalará el juez que si en vez de seguir su vía, hubiese optado por la de la mayoría las cosas no habrían desembocado en lo que lo hicieron…Abierta apuesta por el gregarismo y por la peregrina afirmación de que la mayoría no puede equivocarse, y que el intentar desmarcarse de ésta no conduce más que al desastre. El caso es que el bueno de Kermeur se vio condicionado por el encuentro casual con el tal Lazenec lo que supuso la adopción de una camino determinado…que mas tarde le dirigiría por derroteros peligrosos, y acabar sentado ante el juez instructor. El personaje llegó a las inmediaciones del que era denominado por la población, castillo de la localidad , en donde se hallaba Kermeur, cortando el césped del lugar del que se había convertido en administrador ( allá vivía con su hijo adolescente) gracias al alcalde Le Goff que era de su cuerda –socialista- y más tarde adoptó, el recién llegado, el papel providencial de quien iba a renovar la zona creando un completo turístico costero que iba a traer riqueza a la deprimida zona. Al final Kermeur se deja seducir, por una bruma esperanzada cuya fuerza viene a ser la misma que derrumbó a Pablo de Tarso del caballo, por los planes diseñados por el ser providencial y sus seductoras promesas que quedan en eso, en promesas incumplidas, y es arrastrado hasta el fondo del más al fondo; « es algo extraño, el pensamiento, ¿ verdad? No es que hay mucha distancia entre los labios y el cerebro, pero a veces pueden parecer kilómetros…», y así lo que en su interior era un no rotundo, se convirtió de repente, como un fantasma que se oye a sí mismo, en un por qué no, dónde firmo. Y estampó delante de un notario 147 firmas en las cuarenta y tantas páginas del contrato. Peor resultaba el caso del alcalde que invirtió no su dinero sino el de las arcas municipales…la misma cantidad que la de nuestro Kermeur, y los otros timados, mas multiplicada por diez…y el ayuntamiento a la ruina.

Ante el juez que va a juzgar los hechos, el acusado no niega lo sucedido, sino que expone su existencia accidentada, y llena de problemas, lo que le convierte en víctima de las diferencias sociales, al tiempo que desde el punto de vista de la legalidad ha cometido un asesinato. Esta duplicidad es la que va a poner en un brete al juez que se ve obligado a tener en cuenta el artículo del código penal que consta en el título de la obra, galardonada con el Grand Prix RTL-Lire 2017 y con el Prix du public du Salon du livre 2017, que apela a la conciencia del juez, y por extensión a la del lector, que se ve interpelado por la paradójica contradicción recién señalada, del mismo modo que el lector se verá sorprendido con un final logradísimo por lo inesperado..

El gris y la lluvia propios de Bretaña se contagian a la historia que queda expuesta desde las primeras páginas cuando en la embarcación van ambos personajes y uno de ellos – el timador- queda en las aguas con la constante y estridente música de los graznidos de las gaviotas, únicas testigos de la muerte. A pesar de esta claridad inicial que señalo, el suspense y la tensión no cesan a lo largo de la novela, ya que el caso personal juzgado refleja una situación social general, de la que el acusado es paradigmática representación, además de que la atmósfera de duda y de problemas de conciencia y sus crujidos con respecto a la realidad de los hechos juzgados y la letra de la ley, hace que la cargada atmósfera que planea sobre lo narrado no cese ni un instante, en la tensión que enfrenta a los de abajo y quienes dominan el cotarro sin reparar en gastos a la hora de recurrir a todas las armas, de seducción, engaño e imposición, a su alcance. La credulidad y el desencanto sumen al pobre engañado ( que ha invertido todo el dinero recibido por su despido, quinientos doce mil francos, en comprar un, hipotético y, lindo apartamento frente al mar, al igual que lo hicieron treinta mindundis más ) en un fondo de amargura que contagia a su adolescente hijo que, con la sangre caliente de sus años, reaccionara con desbordada rabia…estallando tras toda la furia que había ido acumulando como una pila, tras la contemplación de la injusticia cometida con su padre y la pasividad de éste.

Y en primera persona el juzgado se explica ante el juez de instrucción y los lectores, desvelando su existencia en sus diez últimos años ( la separación de su mujer, France, en el mismo momento en que comenzó a estar más tiempo en casa debido al abandono de su dedicación a la política…) y los avatares políticos , desde la victoria de François Mitterand en 1981- fecha por otra parte del nacimiento de su hijo Erwar- , y en la que comenzó el mamoneo de los llamados socialistas y las esperanzas, rápidamente desvanecidas, de algunos. En voz alta habla de sus abandonos y renuncias, del desencanto creciente tras haberse entregado a los tejemanejes de la política local y haberse dejado arrastrar por el esperanzador futuro prometido por Lazenec, que iba a crear el Saint-Tropez de Finisterre; Tanguy Viet mantiene el pulso de la narración, cediendo la palabra al acusado que no se priva de recurrir a ricas metáforas y comparaciones para exponer su travesía hacia el final de su enemigo…y el espíritu, y la letra, del mentado artículo 353, incitando al lector a pringarse en el posible veredicto.

Las confesiones de un perdedor que pensaba que « lo que cambia la vida es ganar, pero perder no, perder es lo normal, no cambia nada , porque siempre se pierde. Pero hay maneras de perder y maneras de perder » … y una lectura que supone una sacudida acerca de la justicia entre lo hombres, y la salida por medio del artículo nombrado.

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