Todos los hombres son iguales

Por Jose Luis Merino

La novela de Marguerite Duras (1914-1996), El amante, refiere la relación entre una chica francesa de 15 años y medio, con un joven chino de 25. Ella era blanca, hija de franceses. Vivía con su madre y dos hermanos, y eran pobres. El chino, hijo de un banquero, nadaba en la abundancia. La historia se desarrolla en Indochina (Saigon), a orillas del Mekong, lugar de nacimiento de Marguerite.

La mezquindad del hermano mayor arrastra a toda la familia a la degradación. Marguerite acude al recuerdo de su adolescencia. Puntea en su cabeza la relación sexual con el joven chino, el primer hombre que se acercó a su cuerpo. La relación es intensa. El libro se impregna de una atmósfera lúbrica. De la habitación de la deshonra (como la llama la autora), tras las cortinas, se ve la ciudad. Hasta el lecho enajenante de los sentidos llegan olores a cacahuetes tostados, sopa china, caramelos, carne asada, hierbas, jazmines, incienso…

Los contactos físicos de la relación están descritos con una frialdad artística excepcional. Todo viene como de un vuelo profundo. La penetrante ensoñación es real. Ella lo ha confeccionado para los lectores removiendo sus fibras vitales. Las relaciones con su madre y hermanos, son estados entrevistos, cuya transcripción es más difícil de conseguir. Se hacen patentes probaturas sintácticas, además de juego con el tiempo (idas y vueltas). Subyace el aroma de la gran poesía, junto a la belleza de lo perverso. El recuerdo duele.

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