¿Todos cómplices? Sobre ética y compromiso cívico en España

Hablamos mucho y apasionadamente de los políticos, de si son buenos o malos, de lo que deben hacer o no deberían haber hecho nunca. Pero una convivencia democrática y justa no la hacen sólo las decisiones de los electos. Hay problemas que los políticos ni crean, ni pueden resolver. Sin embargo, los cuatro años que separan unos comicios de otros son testigos de un mayoritario desinterés por el bien colectivo, de una total apatía cívica ante aquellos problemas de los que una sociedad de veras democrática debería hacerse cargo en primera persona, con sus propias manos. Problemas que miran de frente a cada ciudadano, también a usted y a mí, y ante los que tomamos decisiones que ayudan a atajarlos, o que los agravan, convirtiéndonos entonces en cómplices de sus desastrosas consecuencias.

Por desgracia, la sociedad española es hoy mayoritariamente tolerante con la codicia más allá de toda legalidad. A veces llega a las pantallas la grabación con cámara oculta de algún siniestro trapicheo inmobiliario o financiero, pero, ¿cuántas conversaciones como esas, a pequeña, mediana o gran escala, se producen cada día en España? ¿Decenas, cientos, quizás miles? ¿Cuántos ciudadanos están al tanto de su contenido? ¿Y qué sucede entonces, quién denuncia? ¿Qué pasa en este país para que, cada día, tantas personas se jacten, en público y sin el menor recato, de haber defraudado a Hacienda, de beneficiarse de una subvención cuyos fines no se van a cumplir, de disponer de un "contacto" que irregularmente va a recalificarles un terreno o aprobarles una oposición, de haberse saltado una normativa laboral o medioambiental? ¿Y qué respuesta reciben entonces de sus interlocutores? ¿Oprobio o aplauso? Hagan memoria de ello. ¿Qué sucede en este país cuyos campos, mostradores y andamios están plagados de trabajadores sin contrato, horas extra no declaradas y vulneraciones flagrantes de las normas de seguridad, ante la vista de todo el mundo y casi siempre sin consecuencias? ¿Qué pasa en un país en el que casi cualquier transacción comercial superior a 50 euros va invariablemente acompañada de la coletilla "lo quiere con IVA o sin IVA"?

Si sólo hablásemos de dinero, estaríamos ante una sociedad de la picaresca, un triste sambenito que nos acompaña a los españoles desde el siglo XVII. Pero también hablamos de vidas humanas. El terrorismo de ETA ocupa primeras páginas hasta el hartazgo, pero hay un terror mucho más sangriento cuyas víctimas, decenas y decenas cada año, mueren a diario en la letra pequeña de las páginas de sucesos, alcanzando sólo las portadas cuando una única jornada nos deja dos, tres, cuatro mujeres muertas, quizás acompañadas en su suerte por un hijo, un amigo, una nueva pareja o un héroe anónimo que interpuso su cuerpo entre el agresor y su víctima. Pero antes, ¿cuántos habíamos sido testigos de un insulto, una humillación, una bofetada, un rostro amoratado, una desesperada mirada de auxilio? Y, sinceramente, ¿qué hicimos entonces? ¿Nada? ¿Y no nos convierte eso en cómplices? La respuesta sólo puede ser afirmativa.

El fraude, la corrupción y el terror machista son hoy los mayores problemas de la sociedad española. Tienen en común su caldo de cultivo: una sociedad en descomposición ética, tolerante hasta lo enfermizo con la ilegalidad, con el abuso y con la violencia. Hasta que ese fermento no desaparezca de raíz y para siempre, estos problemas seguirán ahí. La solución no llegará por vía de ningún decreto-ley. Llega cada día en las decisiones de todos y cada uno de nosotros, de cada ciudadano, de usted y de mi. Ojalá lo tengamos en cuenta la próxima vez que una decisión semejante recaiga sobre nuestras manos. Por el bien de todos.

Jónatham F. Moriche

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[Nota: publicado originalmente en La Crónica del Ambroz, num. 36, sept. 2007.]

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