Todo puede cambiar: la lucha en la Sanidad

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Por Pepe Guitérrez-Alvarez

Estos días he tomado parte en toda clase de discusiones sobre el significado de la (relativa; no recupera para nada lo que alcanzó en el 2011) victoria electoral del PP, algo que ha asombrado a todo el mundo, al menos aquí en Cataluña donde los mal llamado “conservadores” (sí los que quieten conservar sus privilegios, pero esos representan una minoría electoralmente), están rodeados por todas partes y son casi testimoniales. Se habla de que parece que su electorado, lejos de rechazar la corrupción y todo lo demás, lo que quiere es participar de ella, y todo el mundo se refiere al jovencito entrevista por Bonzo en el Intermedio que parece concluir que solamente dejaría de votar sí todos estuviesen imputados (y no le dieran a él su parte)…a mi esta descripción me parece a veces esconder una coartada desmovilizadora (“Con gente así no hay nada que hacer”), una sentimiento ante el cual suele blandir diversos ejemplos bajo el franquismo. De cuando en lugares como la Sanidad Pública, en la que funcionaban mandos del régimen, médicos militares que habían conseguido muchas veces el título por “méritos de guerra” (había un dentistas que no sabía ni poner una inyección, ginecólogos y comadronas del Opus, enfermeras de la guerra, y sobre todo un variopinto personal, normalmente impresentable (por no decir esperpéntico) repleto de enchufados agradecidos. Me cuento entre los primeros que ingresé por oposición, e ingresé a principios de 1973, por cierto ya el primer día llevaba un libro de Lenin en francés en el bolsillo con el envoltorio de una novela de amor. Durante años, a nadie se le podía ocurrir que en el Ambulatorio de referencia, el CAP de la Torrassa todavía permanece erguido y funciona. Sin embargo, allá por 1976 las nuevas generaciones de enfermeras, médicos y celadores no solamente comenzaron a hacerse notar, sino que comenzó a tomar la iniciativa para convertirse en uno de los centros más asambleario y reivindicativo del entramado sanitario…Lo que sigue es un fragmento de mi libro Memorias de un bolchevique andaluz (Ed. De Intervención cultural. El Viejo Topo)…

Como agitador profesional, curiosamente no mostré ningún interés a la hora de aplicar mis actitudes en mi ámbito laboral. Al menos, no más allá de alguna actividad puntual a la hora de enmendar algunos de los muchos entuertos con los enfermos, actuando como una especie de asistente social. De ahí que me diera risa la manida teoría de los agitadores, de los enanos infiltrados, etcétera, empleada habitualmente por las derechas. Aunque estaba en el ajo de lo que ocurría en las siete plantas de aquella empresa de reparar usuarios, fui, quizás, el primer sorprendido cuando me encontré inserto en la dinámica de asambleas, que desbordaban las previsiones iniciales de los más optimistas. Y es que podía reconocer a personas que antaño torcían el morro delante las huelgas obreras y que, ahora, hablaban de su cuñado del PSUC y de los problemas del trabajo con una vehemencia extraordinaria. Con estas asambleas, se iniciaba un cambio poderoso por la base que, aunque se quedó a mitad de camino, fue de los más tangibles que llegué a vislumbrar personalmente durante aquellos agitados años.

Desde tiempo atrás, existía un núcleo de compañeras sindicalistas, pero lo que dio mayor impulso fue la emergencia de una nueva generación de trabajadoras y trabajadores que, animados por el contexto, ya no aceptaban las cosas que se habían asumido antes. El movimiento, aunque conoció sus altas y sus bajas, se mostró imparable durante varios años. En la fase inicial, nos enfrentamos con un tal señor Alfaro, un administrador típicamente fascistón. El hombre se mostraba más preocupado porque fuéramos «reglamentariamente», que por los problemas del servicio. Era, además, provocadoramente admirador de los militares, por cierto, muy presentes entre los médicos. Sobre todo, entre los más impresentables, aunque aquí, como en toda regla, también existían unas excepciones que aprendimos a matizar. En los tiempos más duros, tuvimos algunas enganchadas, pero un día, la asamblea le perdió todo respeto. El conflicto surgió por el atraso con que pagaban la mensualidad. Un atraso sospechoso que amargaba la vida a los que tenían que apechugar con sus hipotecas, o lo que fuera, a principios de mes. Los ánimos estaban exaltados y, mientras yo tendía a mostrarme relativamente comprensivo con explicaciones, la asamblea se mostró tajante: ocuparíamos la sala de actos hasta que nos ofreciera una respuesta concreta en vez de disculpas. Cuando, entre el griterío, le puse los auriculares, me comunicó que «seguro que al día siguiente, estaría todo en orden», que el ingreso estaría listo. Y así fue.

Algo similar sucedió con el trato de los médicos más arrogantes con las enfermeras y las auxiliares. Ocurrió que, harta de médicos que utilizaban a las enfermeras como a alguien a su servicio, una de nuestras compañeras más activas, María Luisa, plantó a un pediatra viscoso y repulsivo altamente creído de su categoría, algo que solamente podía refrendar con un título, no con su forma de trabajar y relacionarse con la gente. El personaje la echó de la consulta y la asamblea, después de parar el servicio durante un buen rato, decidió que el señor pasaría solo la consulta hasta que pidiera disculpas. Al tiempo, se redactaba una hoja de advertencia contra cualquier otra actuación prepotente. Animados por la capacidad unitaria del personal, incluido el más timorato, que se sentía arropado por los más decididos, se formó un comité de empresa que, primero, funcionó por elección directa y que, luego, arrolló en las primeras elecciones. El comité influyó poderosamente en la inclinación de la dirección —cargos afiliados al PSC o al PSUC— hacia posiciones cuanto menos «reformistas enérgicas», que era para un servidor lo mínimo que se podía pedir. Esto se tradujo en actos tan audaces como cantarle las cuarenta a un comandante dentista o con amenazar con expedientes a un ilustre componente de una familia de médicos más pendiente de las curvas de las usuarias que de cumplir mínimamente con su trabajo.
El comité –compuesto por mujeres en su mayor parte, compañeras como Carmen Sieiros, Rosa Andorrá, Montse Ballabriga y Maria Teresa Romeu, entre otras, más un encantador enfermero gallego llamado Luís Caldas – siguió una línea que servidor llamó pomposamente de los «tres principios». El primero era el de las reivindicaciones laborales del personal y su dignificación, apartado en el que se incidía en aspecto como el respeto al máximo en el trato con el público, así como la exigencia de que éste también ejerciera su obligación de respeto hacia nosotros, y en esto me las tuve con un parroquiano que se había atrevido la menospreciar la minusvalía de un compañero. El segundo establecía una línea de defensa y de reforma en profundo de la Sanidad Pública hasta entonces saqueada y carcomida por el sórdido engranaje que envolvía el régimen con sus adictos y legiones de enchufados de los cuales teníamos allí pruebas fehacientes hasta en los escalones más modestos, unas palabras que, sin embargo, siempre estuvieron muy lejos de responder a los hechos. El tercer principio era algo así como establecer a alguien como el «defensor del usuario». Sin embargo, la línea planteaba llegar hasta las asociaciones vecinales y la coordinadora de jubilados, pero esto no pasó de ser unas meras buenas intenciones.
Para empezar, el comité –de “bolcheviques” según uno de los médicos “carcas”- redactó un informe exhaustivo sobre todos y cada uno de los servicios. Un trabajo exhaustivo que recogía las críticas y los malestares que venían de muy lejos, de cuando te encontrabas a una amiga llorando por la calle porque la había magreado su ginecólogo y ni ella misma quería ir más lejos. Me sorprendí con el entusiasmo y el interés mostrado por trabajadores y trabajadoras, que antes parecía que lo daban todo por bueno. El cuadro que ofrecía la investigación no tenía desperdicio, era un chequeo que apenas si olvidaba algo, y si lo hacía era por consideración al “factor humano”, por ejemplo con gente del personal cuyo lugar más apropiado era algún sanatorio. Allí había de todo. Funcionarios prepotentes, celadores desagradables y ladrones hasta extremos inconcebibles, compañeras que abusaban abandonado, día a día, el servicio, beodos y beodas extremos que se bebían el alcohol de las consultas, voyeuristas, médicos desconocidos, violentos, aprendices eternos, etcétera, etcétera.


El capítulo más espectacular lo cubría, naturalmente, el sector médico; no en vano era la clave de todo el sistema. Los casos más indignantes estaban amalgamados con otros protagonizados por personas a las que se les reconocía como auténticas profesionales y personas de bien. En una misma consulta, te podías encontrar lo peor y lo mejor. La lista detallaba prolijamente desde casos de titulares que nadie conocía hasta los mafiosos que controlaban las suplencias. El capo no tenía escrúpulos en emplear a gente que ni siquiera tenía el título. Esto ocurría en plazas tan delicadas como la de cardiología. El abanico era tan impresionante que cuando lo cuento, los que me escuchan ponen cara de incrédulos. Los había que alternaban sus visitas a las consultas, situadas a su izquierda y a su derecha, para interrogar a sus compañeros sobre qué harían ellos ante tal caso de enfermedad. O que uno –un coronel- le rompió la nariz a un enfermo porque cuando le dio las «buenas tardes», éste le contestó: «Querrá decir buenas noches». Y es que él siempre había llegado tarde. O que otro empujara a una anciana porque se había atrevido a entrar en la consulta sin su permiso.

Esto, sin hablar de los errores de bulto, inconcebibles e inadmisibles. El sistema había nacido o había engendrado una singular enfermedad: el desprecio hacia los pacientes. Éstos eran considerados como gente baja, sucia, pesada… Este desprecio se manifestaba, incluso, entre los médicos con un historial de izquierdas y, por supuesto, entre el personal subalterno. Pero el apartado más llamativo lo ocupaban los obsesos sexuales. Estaban, claro está, los voyeurs más o menos repulsivos, pero con éstos, la dirección se atrevió a maniobrar cuando tuvo interés y el miedo los acogotó, al menos, por un tiempo. Pero había un médico cuya historia tenía toda la pinta de ser un delirio. Su consulta se había convertido en una casa de citas. Todas las mujeres necesitadas o seducidas, o ambas cosas a la vez, tenían su tratamiento. En los casos selectos, utilizaba la consulta de urgencias, que podía cerrar por dentro sin que nadie le preguntara. Esto, que era un secreto a voces, no pudo ser contrastado con testigos que dieran la cara. Las auxiliares y las enfermeras no querían repetir lo que contaban en el vestuario. Las mujeres que le habían cortado el tratamiento, no presentaron ninguna denuncia. Con esta contradicción, los representantes del cuerpo en el comité se negaron a cualquier investigación, incluso amenazaron a un compañero que tuvo la torpeza de contarlo como un hecho cierto. Al final, una entrevista con el director, además, como es de suponer, de una advertencia de sus colegas, modificó sus costumbres. A los pocos meses, el médico se marchaba con un traslado.

Con esta dinámica, (de la que me erigí sin quererlo en portavoz) nos situamos en la primera línea de las huelgas generales del sector. Participamos directamente en la coordinadora estatal de Madrid, que era la que tenía potestad para negociar, con mandato imperativo, una serie de puntos con los que, en principio, coincidían los sindicatos. El ambiente estaba enfebrecido y desde la recepción, el núcleo más comprometido daba explicaciones a los usuarios, desviaba los casos de urgencia, discutía con los médicos más reaccionarios y atendía las llamadas de otros centros de trabajo. Cuando se convocaba una coordinadora barcelonesa o catalana, allí estábamos un grupo. Todo funcionaba a tope. Existía una voluntad de seguir con paros durante el tiempo que fuese necesario. Hasta que nos llegó la noticia de que Comisiones (un tal José Maria Fidalgo) y UGT habían consentido en firmar un acuerdo por debajo de nuestras exigencias, y a espaldas de la coordinadora. La consecuencia fue semejante a tantas otras huelgas abortadas de la época del apogeo eurocomunista. Las rupturas de carnets fueron masivas, la baja drástica en la afiliación y el cambio de un ambiente reformador y participativo a otro deprimido. No había nada que hacer, repetían aquí y allá, hasta los de la CNT (Paquita Embid), al final se desanimaron.
Por la misma época, la batalla en las Cámaras por conseguir una Sanidad Pública digna de este nombre, se ahogó, también, en el pantano de los pactos. Según me contó en un debate Josep M. Solé Sabaris, representante en el Senado de Entesa dels Catalans, que era uno de los teóricos sanitarios más críticos y que fue a Madrid con su libro negro sobre la corrupción sanitaria. Era el trabajo de toda una generación, lo que nosotros habíamos hecho, pero a escala estatal. No se pedía la guillotina, simplemente hacer un poco de limpieza. Pero era demasiado y en sus propias filas le obligaron a olvidarse de semejante propósito, de persistir en el empeño de tirar de la manta, pues la magnitud de la basura podía acabar provocando una auténtica crisis de Estado. Se llegaba así a la invención de un sistema en el que la democracia servía para tapar los establos de Augias del franquismo, un régimen que tenía en la Sanidad Pública tal representación que por cada 20-N, la Central de Balmes/Gran Vía fletaba al menos un autobús pleno de nostálgicos.
(Todo esto quedaría como parte de una realidad lejana, totalmente irreconocible tiempo después, y como muestra de las cosas que se cambiaron desde abajo para ser gestionada por arriba. El franquismo casi desapareció, y se consiguieron derechos y mejoras que, después de muchas vueltas, se han ido perdiendo. Pero esta es ya otra historia).

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