Todo ángel es terrible

Falta poesía en el pensamiento, elegancia en el gesto, amor en el corazón. Ya lo advirtió el apóstol: Si no tengo caridad, nada soy. All you need is love es su versión cantada. Uno puede seguir unido a gente que no quiere, una vieja broma acerca de gente que convive odiándose es que deberían casarse. Los cortejos a la bronca son una manera particular de confirmar que el infierno es el otro. Se proyecta el doble monstruoso en otro, establece con el otro alianzas de miseria, algunos entienden así la vecindad, incluso la familia.

  Supongo que es mejor que el monstruo esté fuera, si hay que tratar con él mejor establecer distancias con él, todos somos agentes dobles en los microescenarios de la vida cotidiana, en los encuentros cara a cara. Algunos prefieren suponer dobles celestiales, encuentran el ángel bueno, la eudaimonía, en todas sus relaciones.

  Muchos pueblos de África Occidental creen que, antes de llegar al mundo, cada uno establecemos contacto con un doble celestial que prescribe qué haremos con nuestra vida: cuánto viviremos, con quién nos casaremos, cuántos hijos tendremos, etc. “Entonces, justo antes de que nazcas, te conducen al Árbol del Olvido, al que abrazas y a partir de ese momento pierdes todo recuerdo consciente de tu contrato”. Sin embargo, si no cumples todas tus obligaciones contractuales “enfermarás y requerirás la ayuda de un adivino, que empleará toda su habilidad para contactar con tu doble celestial y descubrir qué artículos de tu contrato estás incumpliendo”.

    Según Jung en el proceso de individuación, pasamos del inconsciente personal al inconsciente impersonal y colectivo: de lo daimónico a lo divino. Cuando nacemos se nos asigna un daimon, que gobernará y dirigirá nuestras vidas, pero nuestra labor es obtener un Dios en su lugar. Esa sensación extraña pero familiar de que siempre hemos sido quienes somos, de que no somos sino la manifestación de cosas decididas tiempo atrás, como si estuviéramos viviendo con un daimon personal clarividente, en el fondo sabemos quienes somos.

  Ángel o demonio el que se ocupa de nosotros es necesariamente un agente doble. Se ocupa de nosotros y de él mismo. ¿A partir de un momento dado defenderá nuestros intereses o los del sistema? Mediante el transitivismo proyectamos nuestros síntomas al doble con el fin de salvaguardarnos de ellos. El doppelgänger se hace cargo del sufrimiento por nosotros. A veces parece también encargarse de nuestra doble vida. Como señala Virgilio en la Eneida: “Cada uno sufre con la otra vida que se merece”.

  ¿Es posible que tengamos el sistema que nos merecemos? Supe una vez de un paciente con el Síndrome de Tourette que, después de que sus tics desaparecieran gracias a un medicamento, los echaba tanto de menos que empezó a dejar de tomar el fármaco algunos fines de semana para entregarse otra vez, con feliz abandono, a la sensación que le provocaban los tics. Nadie elige su sistema, del mismo modo que nadie elige una enfermedad crónica. Es ella quien nos elige a nosotros. Con el correr del tiempo termina entretejiéndose en nuestra identidad consciente, en nuestro ser narrativo, es cada vez menos la doblez detestada y cada vez más el que hemos acabado siendo.

  La perspectiva desde dentro y la perspectiva desde fuera; la una negando la identidad y al otra la diferencia nos llevan en el primer caso al tema de la víctima sacrificable y en el segundo al del doble. El principio fundamental, siempre malentendido, es que el doble y el ángel, el doble y el monstruo no hacen más que uno. El mito sirve para poner en relieve uno de los dos polos, generalmente el monstruoso para disimular el otro. No hay monstruo que no tienda a desdoblarse, ni doble del que no recelemos una monstruosidad secreta. 

  En cuanto a los ángeles, hay que echar mano de la poesía, porque: “¿Quién, si yo gritase me oiría desde los órdenes angélicos? Y suponiendo que un ángel me cogiese de repente contra su corazón: me desharía por su más fuerte existencia. Porque lo bello no es más que el comienzo de lo terrible, ese grado que todavía soportamos; y lo admiramos tanto porque como al desgaire desdeña aniquilarnos. Todo ángel es terrible”.

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