Tesis sobre la formación de la nación panameña

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Recientes investigaciones y publicaciones permiten repensar críticamente la evolución histórica de la nación panameña. Estos aportes historiográficos iluminan nuestro pasado permitiendo nuevas reinterpretaciones.

Dicho sucintamente, la interpretación que ha prevalecido respecto a la formación de la nación panameña señala que la misma tiene como su actor y ejecutor central a la burguesía comercial citadina, cuya tarea histórica habría consistido en crear una nación (en ciernes desde el siglo XVIII, y construyéndose a lo largo de todo el siglo XIX, y emergiendo en 1903) con una misión histórica: el «transitismo».

  1. Partiendo del marco metodológio marxista expuesto por Ricaurte Soler, respecto a la estrecha relación que guarda la conformación de la nación con el desarrollo capitalista. El primero como condición del segundo, sentando las bases del mercado nacional que estimule el proceso de industralización burguesa, hemos de concluir que el proyecto transitista levantado por la clase comercial istmeña siempre ha sido un obstáculo para ese desarrollo capitalista autóctono.

El proyecto transitista ha estado estructurado en función de intereses foráneos y de una clase comercial que vive de espaldas al país, dificultando un progreso agrícola, artesanal e industrial propio que pueda dar sustento al estado nacional. La falta de desarrollo e integración económica de vastas regiones panameñas, hasta el presente, así lo corrobora.

  1. Si tenemos que utilizar el criterio propuesto por Soler, de clasificar las clases sociales como antinacionales o nacionales, dependiendo de si constituyen o no un obstáculo al desarrollo capitalista, debemos señalar que el transitismo siempre ha sido un proyecto antinacional.

Por la mezquindad de sus perspectivas, y su carácter de apéndice del capital extranjero, la clase comercial istmeña ha sido incapaz de cohesionar al conjunto de las fuerzas sociales del país en torno a una perspectiva de nación. Más bien ha sido un factor de dispersión del mercado interior, y conscientemente ha saboteado los esfuerzos por la conformación de una identidad nacional panameña, colombiana o hispanoamericana frente a las pretensiones comerciales inglesas o norteamericanas.

  1. Las características descritas de esta clase comercial istmeña ya se perfilaban desde la colonia, especialmente desde el siglo XVIII, cuando el contrabando (con los ingleses) se transformó en una forma privilegiada de acumulación. Hasta la propia incruenta independencia de 1821 estuvo signada por los cálculos taimados de estos comerciantes de intramuros que, viéndose forzados por el Grito de la Villa de Los Santos y su llamado a las fuerzas de Bolívar para que enviaran un contingente al Istmo, se convirtieron rápidamente a la causa separatista.

El cálculo carente de todo proyecto nacionalista de esta clase mercantil istmeña, quedó patentado desde el inicio mismo de la Gran Colombia, cuando permanentemente exigía apoyo financiero e inversiones al Estado colombiano, mientras que se resistía férreamente a pagar tributos y frenar el contrabando. Por supuesto, este sabotaje constante a los esfuerzos bolivarianos por constituir una gran nación hispanoamericana no fue exclusivo de las clases dominantes panameñas, sino que caracterizó a todas las oligarquías regionales, dando al traste con el mismo.

  1. En cada coyuntura crítica del decimonono se expresó el proyecto antinacional de la burguesía comercial istmeña, pero también se manifestó un proyecto confrontado a éste, que nace de lo profundo del «arrabal», y a veces del «interior».

Tan temprano como 1826, aprovechando la crisis producida por la confrontación entre Bolívar y Santander, en un acta del 13 de septiembre, los mercaderes istmeños plasman su proyecto histórico: no importa cómo se resuelva el problema político en Colombia, siempre que ambas partes concedan en convertir al Istmo en un país hanseático. Pero esta actitud no fue compartida por el conjunto de la sociedad, lo que quedó expresado en el apoyo que recibió Bolívar de diversos municipios del interior.

  1. El hanseatismo de la clase comercial volvería a salir a flote en las coyunturas críticas posteriores. En 1830, ante el retiro de Bolívar del gobierno y de Bogotá, el general José Domingo Espinar, jefe militar de Istmo, propone el desconocimiento de las autoridades centrales e intenta proclamar su separación para, desde Panamá, ofrecer el mando a Bolívar y reiniciar la reconquista del poder y revivir la Gran Colombia. Bolívar rechazaría este ofrecimiento de Espinar.

Pero al mismo tiempo un grupo de notables  agrupados en la sociedad conocida como el Gran Círculo Istmeño (entre los cuales destacaban Juan José Argote, Agustín Tallaferro, José Agustín Arango, José de Obaldía y Mariano Arosemena) gestionan ante el cónsul británico la secesión de Panamá colocándolo como un protectorado inglés.

Es evidente que el proyecto hanseático tiene una connotación claramente antinacional y, más bien constituye la reedición de un nuevo estatuto colonial, bajo el dominio inglés. Lo que indica una pretensión histórica reaccionaria y no progresiva como lo ha presentado la historia oficial.

Con el apoyo del arrabal santanero y de los sectores populares mestizos, indios y negros, Espinar pudo someter estos intentos anexionistas de los comerciantes criollos blancos del intramuros. Según Castillero Calvo, éste hecho «constituye el primer ensayo de las masas populares urbanas por oponerse a las nacientes burguesías comerciales detentadoras del poder. Fue, en todo el sentido del término un movimiento de clase…» .

De esta manera, las masas populares istmeñas rechazaban el transitismo a ultranza, es decir, bajo sujeción de una potencia extranjera, y reivindican para sí un proyecto nacional de unidad colombiana.

  1. Otro mito tejido por la historia oficial, es aquel que traza un signo de igualdad entre separatismo istmeño y la concepción federalista de los círculos liberales. El federalismo, tal como fue expuesto brillantemente por Justo Arosemena no es separatista, por el contrario, busca preservar la unidad nacional colombiana.

Entre otras cosas, dice Arosemena: «… no pretendo probar que convenga decididamente formar esos pequeños Estados independientes, más bien que conservarlos grandes, en que están refundidos sus pueblos. La moral internacional no ha hecho suficientes progresos en el mundo civilizado, i las naciones débiles no logran siempre hacer respetar sus derechos…»; luego de considerar la posible independencia, agrega «Es esto más de lo que el Istmo apetece…, mucho más cuando solo  quiere un gobierno propio para sus asuntos especiales, sin romper los vínculos de la nacionalidad«; más adelante clarifica: «En la federación rigurosa hai un pacto de pueblos soberanos que sacrifican parte de esa soberanía en obsequio de la fuerza y la respetabilidad nacional…».

  1. La concepción federal de Don Justo debe ser diferenciada del proyecto hanseatista, que buscaba la separación a toda costa para supeditarse comercialmente a la potencia inglesa o norteamericana.

Inclusive, cuando Arosemena propone una neutralidad para el Istmo de Panamá garantizada por Gran Bretaña, Francia, Estados Unidos y Cerdeña, como hizo en 1857, está tratando de evitar una anexión unilateral por parte de Estados Unidos como había ocurrido con el estado de Texas. El objetivo de Arosemena es que las cuatro potencias se neutralicen mutuamente al ser todas garantes de que el Istmo no sería puesto bajo dominio exclusivo de una de ellas.

Arosemena sueña con la explotación comercial de la zona de tránsito, pero no bajo el designio inglés o norteamericano, sino como punta de lanza de un desarrollo industrial nacional. No se trata de un librecambismo absoluto.

  1. Otro aspecto del mito construido con la finalidad de justificar la actuación de los «próceres» panameños de 1903, consiste en otorgar objetivos separatistas a los liberales istmeños que lucharon en la Guerra de los Mil Días. Si bien el liberalismo tenía en su programa la divisa federalista, éstos no pretendían de ninguna manera la secesión.

Por el contrario, de las fuerzas conservadoras istmeñas, las que enfrentaron la insurrección liberal-popular encabezada por Porras y Victoriano, es de donde provinieron las propuestas separatistas. Sobre la derrota de los sectores populares y progresistas del liberalismo es que estos sectores conservadores y oligárquicos, pudieron fraguar la conspiración que nos convertiría en un protectorado norteamericano, y que entregó parte de nuestro territorio a Estados Unidos «como si fueran soberanos».

Porras deja bien clara la opinión de los liberales radicales cuando repudia el Tratado Herrán Hay. De salida aclara que habla en nombre de «todos los colombianos«, que ambicionan la construcción de un canal, pero no a costa de la soberanía de la patria. Para calificar al otro sector, los denomina «los canalistas a toda costa», incluida la hipoteca de la soberanía.

Y agrega: «No somos, sin embargo, de los que creemos que el Istmo de Panamá debe construir el Canal a toda costa, aún a riesgo de la desmembración de nuestra patria colombiana, si es verdad que el Istmo ha adquirido su propia personalidad a través de toda su historia y que tiene derecho de exigir, … La autonomía federal, para conservar nuestra independencia interna, no soy, repito, de los que creen que debemos separarnos de Colombia… no podemos pensar mezquinamente en que debemos separarnos de Colombia

  1. Las consideraciones anteriores deben servirnos de pauta para acabar de una vez con la mezcolanza de acontecimientos históricos disímiles que la historia oficial nos ha servido en el mismo plato, con el único objetivo de legitimar lo sucedido en 1903, como si del cumplimiento de un «destino manifiesto transitista» se tratase.

Pese a la resistencia de muchos historiadores por admitirlo, del cúmulo de hechos resalta con claridad que la «separación» de 1903 no fue producto de un movimiento popular nacionalista, sino la confluencia de intereses imperialistas norteamericanos en asocio con algunos de sus empleados de la Compañía del Ferrocarril y otros mercaderes istmeños.

Claro que la oligarquía colombiana (o «cachaca») no sale moralmente mejor librada que la panameña pues, al final la secesión panameña fue el justo pago que recibió por sus constantes apelos al intervencionismo norteamericano desde 1846, y en especial durante la Guerra de los Mil Días.

Ricardo Arias, en defensa del Tratado Herran-Hay espeta a Juan B. Pérez y Soto «tú no tienes propiedades de mayor cuantía aquí (…) yo si poseo extensas propiedades (…) De allí nuestra manera diferente de  ver las cosas».

  1. El 3 de Noviembre de 1903 no surgió al mundo una nación independiente, libre al fin de ataduras contra las que luchó su pueblo por mucho tiempo, como nos han querido hacer creer, sino un país intervenido por una potencia extranjera que había sido desgajado de lo que quedaba del gran proyecto nacional bolivariano.

De allí que, dadas las nuevas circunstancias, la constitución de un nuevo concepto de la nación y lo nacional ha sido un parto difícil y traumático, nacido fudamentalmente de dos perspectivas diferentes, que muchas veces se cruzan o confluyen, y otras se contraponen:

  1. Los sectores ilustrados de las capas medias de la sociedad istmeña, abrumadoramente liberales que (como Eusebio A. Morales, Carlos A. Mendoza, Belisario Porras, Moscote, Méndez Pereira, etc.) habían pactado con la oligarquía comercial terrateniente para ser asimilados en el gobierno y la administración pública de la nueva república.

Por supuesto, el carácter social ambivalente de estas capas medias, así como su pacto con la oligarquía (y el imperialismo norteamericano a través de ella) los llevaron a un discurso contradictorio, a la vez nacionalista, pero que ante las disputas internas y la sublevación popular no vacilaba en apelar a la intervención militar norteamericana.

  1. En el otro extremo, desde lo más bajo de la escala social se ha ido construyendo, a lo largo del siglo XX, otro concepto del nacionalismo panameño, que se ha edificado espontáneamente, sin raciocinios profundos, pero con claro instinto de defensa de la cultura y la dignidad históricas mancilladas por la presencia ignominiosa del imperialismo norteamericano.

Es la respuesta popular heredada desde el Incidente de la Tajada de Sandía, reiterado tantas veces desde la misma década de 1910, tatuada en la sangre de los mártires del Movimiento Inquilinario de 1925, del 9 de  Enero de 1964 y del 20 de Diciembre de 1989.

Este concepto de lo nacional panameño, no es para nada chauvinista, ni anticolombiano, y si tiene un claro toque antimperialista. 

  1. Se desprende del análisis concreto una conclusión metodológica, el hecho nacional no es un todo orgánico unánime, ni inmutable. Por el contrario, es esencialmente dialéctico, es decir, contradictorio y cambiante. Sobre la base de una comunidad cultural heredada históricamente, las clases sociales de cada país poseen proyectos nacionales propios, que no siempre son convergentes y las más de las veces son contradictorios.

La burguesía de las grandes naciones imperialistas logró consolidar su régimen social agrupando bajo la bandera nacional y revolucionaria a las clases subalternas en el momento clave de su historia. Pero las clases dominantes de Nuestra América fracasaron en dicho empeño, porque sus propios intereses fundamentados en su atraso económico y social, y al dominio comercial inglés,  llevaron al fraccionamiento sucesivo del proyecto nacional hispanoamericano y grancolombiano.

A partir de inicios del siglo XX, esta burguesía ha sido sometida con mayor fuerza, perdiendo cualquier arista revolucionaria y, por lo tanto, siendo incapaz de culminar su obra histórica, la constitución de naciones independientes.

Por eso las clases subordinadas, encabezadas por el proletariado y otros sectores populares (estudiantes, intelectuales, campesinos) son las que retoman (conscientemente o no) la tarea de defensa de la nación frente a la voracidad imperialista.

El proyecto histórico del proletariado no es la constitución de naciones, sino el de un régimen social de libertad e igualdad para toda la humanidad, el socialismo; pero para poder llegar a él debe luchar por la redención de las naciones oprimidas. En Nuestra América, ambos proyectos confluyen en la brega por reconstituir nuestra gran nación fragmentada, encabezada por la clase revolucionaria del presente, los trabajadores y el pueblo.

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