Tentativas sobre la cuestión del aborto (en Argentina): política, ¿no metafísica?

De camino a un nuevo ocho de marzo, y a la presentación gubernativa de un nuevo proyecto de Ley

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“Educación sexual para decidir, anticonceptivos para no abortar, aborto legal para no morir”

Lema oficial de la campaña nacional en favor del aborto seguro, legal y gratuito

 

Acaso nadie mejor que Simone de Beauvoir haya establecido la relevancia histórico-política de la lucha por el aborto libre, legal y gratuito para la práctica ético-política del feminismo, sin ello, “el combate político no puede ni siquiera comenzar”. Claro está, por otra parte, que, asimismo, se trataba “simplemente de una exigencia elemental” que no agotaba las luchas feministas en pos de la emancipación de las mujeres del orden burgués-patriarcal, ni mucho menos. Sin embargo, el aborto, como bandera, configura(ba), a su criterio, el símbolo mayor en la lucha de las mujeres por lograr “recuperar, reintegrar nuestro propio cuerpo”. Y es precisamente esa dimensión simbólica la que hay que destacar, pues, como se ha dicho, que el aborto devenga una práctica legalmente libre y gratuita, no lo transforma en práctica normativa u obligatoria, sino que se tratará de una conquista, con implicancias materiales indudables, pero, fundamentalmente, de una “eficacia simbólica” fundamental a la hora de configurar una nueva subjetividad femenina, y de ahí en más. Sin embargo, y salvo que se quiera reducir la perspectiva de la buena de Simone a la de una liberals radical, bueno sería no perder de vista que la exigencia de condiciones materiales que permitan a las productoras, “controlar el flujo de nacimientos” en función de sus deseos o no de maternar, lo que vuelve a situar al aborto, simplemente como una “exigencia elemental”, en la que de ninguna manera se agota la lucha de “las productoras”, por el “control de la producción”, al contrario. Y es a partir de éste punto que me interesa pensar.

Del aborto y la lucha por (el sentido de) la vida

Progresismo ¿implica fofería? En su momento, me hubiera gustado poder escribir un articulillo bajo el título de; “El doctor Albino, Lacan y Durkheim”. No he podido conjugar los tiempos. Pero sucede que a uno le asalta la inquietud, luego de apreciar tanto regodeo progre con las dimensiones más caricaturizables (fácilmente objetables, por lo demás) del geronte en cuestión. Tal parece que no se pudiera ir más allá del cansino método (xenófobo por demás) de fabricarse un otro a medida, caricaturizándole, estereotipándole, denostándole. Un viejo truco narcisista para autopostularse como las almas bellas (impolutas, puras, bien pensantes). A esto parece reducirse, por momentos, toda esta kulturkampf tan en boga por estos tiempos, a ver quién se queda con el cetro de “la reserva moral” de la patria.

Tantos años de estructuralismo-postestructuralismo para terminar reduciendo “la crítica”, a la mofa y el encono sobre las malas artes en el uso de un lenguaje. ¿No hubiera sido mejor realizar algo así como una arqueología de lo inconsciente, y elucidar las tramas de sentido que configuran el lenguaje por el cual el doctor Albino es hablado?

No era precisamente una tarea titánica el advertir cómo, a través de su discursividad se plantea la lucha de aquello que se presenta casi como el último reducto de las “solidaridades orgánicas” (la familia como “comunidad natural”) frente a los continuos, disolventes y anómicos asaltos “liberal-mercantiles-contractuales” de la sociedad capitalista (Marx/Polanyi). No lo era, asimismo, esbozar una lectura lacaniana sobre la cuestión del amor y el sexo en tanto que fundantes de vínculo social (¿hay relación sexual/social?). Pensar, en base a ello, no solamente la cuestión del “discurso del amo” (patriarcal) y su actual socavamiento por el “discurso capitalista” (vuelta aquí sobre el tema de la posibilidad de fundar, o no, una nueva vinculación social), sino también la dimensión de lo femenino en tanto que lógica del “no todo” (¿mera carencia o apertura radical?). Más, siendo que el propio Albino, en algunos de sus pasajes, refirió, por el contrario, a la “completitud” de las mujeres, frente a la incompletitud varonil.

Ni que decir ya, por otro lado, de la chance de decir algo respecto de las articulaciones contradictorias del “discurso universitario” con el “discurso del amo”, de una parte; y con el “discurso capitalista”, de la otra. Qué se yo, tantas aristas para enriquecer la discusión. Pero no, tal parece que progresismo implica fofería (alcanza con invocar los sacrosantos DDHH, la epistemología de la buena voluntad y el moralismo bien pensante de las almas bellas).

Pues bien, en el texto que sigue, intentaré, mal que bien, escabullirme al binarismo maniqueo, y esbozar algunas “tentativas” para pensar otras dimensiones socio-históricas que determinan la actualidad de la temática/problemática del aborto, en nuestro país. Proponer otras coordenadas para pensar sobre el tema, de eso va lo que sigue.

Del aborto como “debate histórico”

En términos generales, el debate sobre el aborto se ha venido planteando como una lucha de “las pibas” -vaya el porteñocentrismo- contra “el medioevo” -vaya el modernocentrismo.  A la propia campaña por su legalización, se la ha postulado como un reanudamiento feminista del viejo proyecto “progresista” de la ilustración. En este escrito, y sin desplazar tales interpretaciones, intentare pensarlo desde otros ángulos, comenzando por suponerlo un movimiento político que se encuadra en un modelo ya prescrito en el horizonte posmoderno; como un momento más en el continuo relanzamiento de la subjetividad neoliberal. Cierto es que se enarbolan las viejas banderas, se actualizan antiguos ropajes y que se agitan las viejas consignas, pero las articulaciones socio-históricas son otras y, por tanto, el contexto constitutivo, o configuracional, es muy diferente, a saber:

* De la curatela sobre la nuda vida, a la auto-valorización de los estilos vitales.

* De la normalización psico-física, a la regulación medio-ambiental de las conductas.

* De los regímenes de sobrepoblación relativa, a las relativas campañas contra la superpoblación.

* De los derechos al bien-estar, a los derechos del mal-estar.

* De la repatriarcalización regresiva, a la despatriarcalización progresiva de la sociedad.

Estos cinco puntos capitales para comprender las condiciones de emergencia de la actual tematización de la problemática del aborto, marcan algo así como la agenda histórico-política del denominado “neoliberalismo progresista” (Nancy Fraser), claro está que existen otras alternativas en esta agenda, tales como las marcadas por los así llamados “populismos de derechas” (Chantal Mouffe), o acaso también -cuando no van de la mano con éste-, devenires más de tipo fundamentalistas (toda la avanzada evangélica parece ir en tal sentido). Mas lo que aquí me interesa, es desarrollar algunas tentativas sobre el clivaje neoliberal-progresista, asumiendo que es casi algo así como lo impensado, desde el campo de quienes nos posicionamos en favor de la legalización de la práctica del aborto, y demás.

Del aborto en la lucha contra el patriarcado

Lo mejor para habilitar la reflexión, en éste sentido, me parece, sería el intento de atisbar la duplicidad propia de las relaciones de poder, cualesquiera que éstas sean. Las que de una parte pueden percibirse como de carácter oprobioso, mas de otra pueden apreciarse como protectoras, etc. Esto nos permitiría (A), salir de las lecturas unilaterales de cierto progresismo anarco-liberal que tienden a ver al poder como “el mal”. (B) Atender a que, va de suyo, las relaciones de hegemonía y subordinación tienen, asimismo, momentos “benéficos y satisfactorios” para los sectores subalternos, y, que, por lo mismo, resulta imperioso llamar la atención de cómo tales o cuales formas de sujeción se desplieguen y desarrollan a través de vinculaciones “afectuosas”, de “cuidado” y de “cariño”, etc. Y, por último, (C) comprender mejor las sensibilidades otras, que lejos de percibir el oprobio de las relaciones de poder tales o cuales, aprecian más sus posibles dimensiones “benéficas y satisfactorias”, etc.

Y todo esto, claro, cabe para las narrativas que de uno u otro lado se realizan sobre algo así como “el patriarcado”, también en sus manifestaciones pastorales eclesiales-estatales. De ahí, me parece, que desde el campo “pro-vida” se ponga tanto el acento en algo que se les presenta como una convalidación progresista de “la retirada del Estado” (paternal) en todo lo que hace a la protección y el cuidado de la vida, etc. Como un abandono. Claro que todo esto puede ser interpretado de otra manera, pero me interesa advertir el anclaje socio-afectivo de las dimensiones más “nobles” de los posicionamientos “pro-vida”.

Por otro lado, en un clivaje más etno-nacionalista, lo que “la resistencia del catolicismo al aborto” manifiesta, es una defensa esencialista de algo así como “el Ser nacional” (de ahí el énfasis en el uso de la bandera argentina, etc.). Al parecer, desde un ángulo tal, cada avance en derechos disolventes de ligazones o ataduras primordiales del ordenamiento social-cristiano de este país, supone e implica una mayor vulnerabilidad a sujeciones neo-coloniales, vía la imposición de un modo de vida liberal-protestante de raigambre anglo-americano, etc.

Es mucho lo que se podría reflexionar a partir de esto, mas me limitaré a señalar, aquí y ahora, que una definición tan precisa como técnica de lo que es un aborto –la interrupción de un proceso de gestación que se desarrolla en el seno de una persona gestante-, obtura la posibilidad de pensar respecto de la malla de relaciones de poder que lo atraviesan y configuran. Claro, se puede agregar a tal definición, una más poderosa y pertinente, aquella que lo concibe como la expropiación hetero-patriarcal del poder soberano (poder de vida y muerte) de las mujeres, y demás personas gestantes, sobre su cuerpo y sobre lo que en él pudiera gestarse. Perfecto, pero en general sucede que tal definición es asumida sólo en el sentido del impedimento de abortar, y no tanto en el sentido de los impedimentos para dar vida, una vez más, el énfasis en la heteronomía no permite advertir las ironías de una autonomía mitificada (que se abstrae del efectivo control sobre las condiciones materiales de existencia), en otras palabras, se yerra, pues, por no advertir la duplicidad de las relaciones de poder, también de las patriarcales.

Del aborto como asunto bio(s)-político

En principio, se ha visto ya, el aborto es una temática/problemática social, irreductible a un mero asunto (técnico-político) de “salud pública”, aunque tal reducción parezca resultar tan urgente como necesaria, en términos de “cuidado” y “sanidad” de los cuerpos gestantes.

Pero una cuestión quizás tanto o más relevante como su dimensión sanitaria -más en el sentido que es antes un determinante que una determinación de ésta- es la de comprender y hacer comprender la posible significancia histórica (ético-política) tanto de una acérrima defensa de los derechos de la “nuda vida” (Giorgio Agamben), como de la postulación intransigente de los derechos de la “vida privada” (Hannah Arendt).

Mas, para comprender el porqué de este reduccionismo, habría que tener presente que cualquier política de “salud pública” ancla siempre en una determinada formación económico-política, a la vez que hace parte de determinados clivajes político-culturales.

En todo caso, podría intuirse que la reducción de la temática/problemática del aborto a un mero asunto de “salud pública”, nos muestra no solamente el estrecho horizonte liberal-burgués de la polémica (con un polo más o menos progre vital-polítiko, frente a otro más o menos bio-políticamente más conservador -Michel Foucault-, o, si se quiere, entre una agenda impulsada desde el neoliberalismo progresista, paleoliberalmente impugnada y/o resistida).

Y es que tanto la defensa sin más de “los derechos” de la “nuda vida” como de las potestades de la “vida privada”, parecen llevarnos ineluctablemente a una tácita y soslayada aceptación de la in crescente privacía y privación de condiciones de existencia dignas para el desarrollo de una “vida activa”, de una vida poiético-políticamente asumida.

En otras palabras, el desplazamiento teórico-político del “feminismo del bienestar” (social) por un “feminismo de los derechos” (civiles), no parece significar una superación de la “zoe” en el “bios” (al contrario). Y el acuerdo fundamental entre ambas posturas parece evidenciarse en sus auto-reivindicaciones como “pro-vida”.

La ausencia de un tercero superador, en este horizonte de sentido, hace aparecer a las posturas en favor de la legalización, como la apuesta más reivindicable (al menos para quienes reivindicamos que no se puede forzar a las mujeres y demás personas gestantes a continuar con un embarazo no deseado). Sin embargo, no podemos dejar de llamar la atención sobre la solapada aceptación (para no claudicar ante ella) de lo que Nancy Fraser, una vez más, denomina como la agenda político-cultural del “neoliberalismo progresista”.

Por fin, y dado que, en general, las izquierdas se encuentran presas o subsumidas en el sentido común progresista, bueno sería recordarles las tempranas advertencias marxianas respecto de “la confusión” que suele generarse durante los momentos de “autoexaltación” política de la sociedad burguesa; momentos de activismo, participación y militancias pletóricas de “entusiasmo juvenil”, mas donde la vida política continua siendo un simple medio para resguardar las condiciones generales que hacen a “la vida privada” (laboral, doméstica, oiko-nómica).

Con todo, hay una veta –o varias- en los movimientos de mujeres, en la cual parece resonar la vieja demanda de “cambiar la vida, transformar la sociedad”, y es a ese filón subversivo al que tendríamos que aferrarnos, “aborto sí, aborto no…”.

Aunque no se puede dejar de llamar la atención de ciertos desplazamientos en “la marea feminista”, entre las marchas del 8 de marzo (con un contenido político-social más amplio e izquierdista), y las vigilias en pos de la legalización del aborto (mucho más liberal).

Del aborto, y las “concepciones de vida”

Pero veámoslo desde otro ángulo. El de las epistemes y gramáticas puestas en juego. En ambos bandos ha primado el empirismo/positivismo más pueril y ramplón. Desde Darío Sztajnszrajber (que parece suponer que poner en consideración la dimensión inmaterial del ser, es, de por sí, recaer en la “metafísica”), pasando por Facundo Manes (quién de la manera más fofa y tosca llegó a declarar sin sonrojarse que, “científicamente el espíritu no existe”), hasta el inefable de Agustín Laje tratando de definir la personalidad de un cigoto a partir de su singular combinación genética (que lejos quedaron los poemas fetales de Bullrich). Pero dejemos de lado a estos egregios y santos varones. Veamos cómo, desde el bando progre, sindican al polo conservador de sustentar sus opiniones en “creencias” o “valores” ético-religiosos, mientras que estos otros procuran denodadamente dar algún tipo de apoyatura “científica” a sus posiciones.

Biologicismo, fisicalismo y materialismo mecanicista para “concebir la vida” y “sus derechos” de una manera -ahora sí- metafísica. ¿Y por qué esta reducción de la vida a una suerte de nihilismo biopolítico? Ya se ha dicho, pero agreguemos que, así como en la antigüedad clásica “el hombre” tenía una existencia destinada a la vida política, en la modernidad se invierte esa relación, teniendo la política como objeto al mismo ser viviente. Si en aquella antigüedad la existencia biológica se superaba a sí misma en la participación activa de la vida social (ciudadanía-libertad). En la modernidad en general, la existencia social se reduce a la mera salvaguardia de la vida biológica.

Para el individuo moderno, “lo animal se convierte en lo humano y lo humano en animal” (principio de monstruosidad y/o zombificación). La vida misma sólo se le representa como medio para conservar la existencia física. Y es que el advenimiento de la sociedad industrial propendió a situar “la defensa de la vida” (biológica) como un concepto social supremo, en función de la “salvaguardia” de la fuerza de trabajo destinada a ser consumida por el capital como poder vampírico. Las mujeres de las diferentes clases trabajadoras se han visto reducidas a la condición de incubadoras de fuerza de trabajo social. Condición que se torna más patente aun (o aún) con el advenimiento del “proletariado” moderno.

La actualidad de la temática/problemática del aborto, en tal sentido, no es tanto un problema ideológico-moral como económico-político. Digamos que ya no se trata de la lucha contra el control religioso de las conductas –un plus de fuerza moral-, como de la lucha contra la disposición tecno-científica de la vida; contra la imposición científica de una vida [Frankestein]. Y en esto se toca con la cuestión de la eutanasia o “muerte digna”. Resulta necesario advertir, en este mismo sentido, que el advenimiento de la modernidad significaría, también, el paso de la regulación ideológico-moral de las relaciones sexuales, a la regulación científico-ideológica de la sexualidad en general (aquí entra todo lo referido a la hetero-normatividad, etc.). Y la propia trayectoria de la iglesia católica así nos lo muestra. Recién en 1869 comienza a defender la vida desde la concepción (en la Biblia, por ejemplo, el aborto no se considera un asesinato). Y no tan sólo por los nuevos descubrimientos científicos, sino porque participa(ba) del cambio de significación social de la vida que tales descubrimientos suponían e implicaban (se pasa así de la teoría de la hominización tardía del feto –San Agustín, Santo Tomás y el “alma racional”– a la teoría de la hominización inmediata del mismo).

La post-modernidad, a su tiempo, parece haber significado una mutación del régimen civilizatorio inaugurado con la modernización, y la capitalización de la vida por las industrias culturales parece desplazar a la bio-política (la subsunción de la política en la policía / el control policial sobre los procesos de vida) como forma de regulación del conjunto de la vida social.

Todo esto, una vez más, parece conllevar una nueva transformación en las estructuras de sensibilidad que configuran los sentidos de la vida (bios-política), etc.

El desarrollo y la capitalización de los diversas géneros/formas o estilos de vida social (auto-cuidado, auto-reconocimiento, auto-valorización, etc.), en tanto y en cuanto el capitalismo actual parece más inclinado a producir ganancias, sin necesariamente producir riquezas, aparenta implicar y suponer una nueva transformación en la significación social de la existencia, volviendo a desplazar (relativamente) el sentido de mero aseguramiento de la vida biológica, en aras de propiciar un desarrollo “productivo” (o re-productivo) de diversas formas y/o maneras de una “vida activa” (vive y deja vivir / vive y deja morir), emprendedora de sí.

Y así tenemos hoy la ironía de que a un feminismo de los derechos -más o menos franco- se le opone un antifeminismo del bienestar (más o menos hipócrita). En eso estamos. Tales son, me parece, las coordenadas histórico-políticas para comprender la temática/problemática del aborto, en su argenta actualidad. Anclado en la biopolítica, mas proyectándose en una biopolítica ex post (bios-política / vital-politik). ¿Es un debate histórico? Claro que sí, sólo resta saber exactamente en qué sentido (hay que estar atento/a/e al devenir de las reacciones político fundamentalistas que “la marea verde” parece haber generado; evangélicas, nazionalistas, ultramontanas, etc.). ¿Qué los/as/es conservadores/as se han apropiado del concepto de “pro-vida” ?, pues que se lo queden. Lo que no habría que cederles, en cualquier caso, lo que no se debería abandonar, es el concepto del “bien-estar”. Ese es el anclaje en base al cual una propuesta en pos de la despenalización/legalización del aborto, adquiriría un nuevo impulso y una mayor envergadura (en términos de una política del deseo, del goce, del cuidado y la libertad). Y advertir esta deriva posible, parece que es y será el mérito del actual gobierno, que partiendo de la premisa de que «es con todos», parece haber sabido articular las demandas feministas como las de los sectores opositores a la despenalización/legalización del aborto. Y si el movimiento feminista argentino no quiere quedar anclado en un clivaje neoliberal del que ya el propio gobierno supo correrse (más no sea para este caso puntual), está obligado a luchar tanto por la efectiva legalización del aborto, como por la concreción de la ley de los 1000 días para las embarazadas y sus criaturas (allende, claro está, a la lucha por la implementación efectiva de la ley de educación sexual integral). Hete ahí un nuevo punto de partida.

Hic Rhodus, hic salta

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