Tenemos el derecho a hacerlo

Hay dos contestaciones atroces a la pregunta “¿Cómo estás?”. Una: ¡Pues anda que tú! Dos: Bien, o ¿te cuento?. En un viejo chiste, a uno se ha caído desde un alto le preguntan: “¿Cómo está?”. Hasta ahora bien, contesta. Porque más que caer duele dejar de hacerlo. Dicho de otro modo, si tenemos que seguir y hemos tocado fondo, sólo cabe escarbar. O quedarse quieto, esperar que lleguen las moscas, pongan sus larvas y estas se nos coman. Como nación, como sociedad, como civilización digamos que seguimos cayendo, que decimos “bien” para no tener que contar tristezas, que eso sería castigar tierra sorda, tener que empezar a escarbar.

   De repente la maldición de que cada vez van peor las cosas, cada vez los cambios son a peor parece volver. Nos dicen que la recuperación ha empezado; cuando hemos llegado al voluntarismo, a que decir que no nos estamos recuperando es ser poco patriótico, ser derrotista, quintacolumnista de la catástrofe, recordamos aquella manía de no querer ver la que se nos caía encima de los últimos años de aquel último gobierno que se decía socialista para ser más popular.

  En un mundo de protagonismo por representación, por consumo, el populismo, el voluntarismo son inevitables. Y si buscamos genealogía, origen, patria mítica para ello acabaremos remontándonos por un lado al mito aristocrático de la inteligencia como don natural y del rendimiento escolar como expresión de esa gracia; en segundo lugar al mito populista que pretende elevar la cultura de las clases desfavorecidas al rango de cultura vehiculada por la escuela; y, por último al mito voluntarista de la escuela republicana como correctora de las desigualdades sociales.

  Cuando alguien dice: Esto “tendríamos que discutirlo”, los filósofos nos abrimos; cuando en lugar de intentar hablar empezamos a contar, los que caen como buitres sobre nosotros son los economistas. Un viejo proverbio árabe lo recuerda, en cuanto empezamos a contar ya no podemos detenernos. La razón debe ser esclava de las pasiones, y los números también, por supuesto. Lo que España ha robado a Cataluña, lo que seguimos debiendo a los bancos… son números que cada uno puede hacer por saber o creer a su antojo. El olvido de la cantidad de veces que nos dijimos: ”creía que sabía”, nos recuerda qué difícil es hacer bien las cuentas.

  La consternación que producen las cuentas públicas, los malentendidos con los pedantes, de uno y otro pelaje, hace que  muchos nos refugiemos en el voluntarismo individualista. Para el voluntarismo individualista no es fácil distinguir entre actos no prohibidos y derechos, ya que por estos se entienden las cuotas residuales de libertad con que se cuenta, una vez que el Estado ha expropiado todo lo que el mantenimiento de la paz exija. De la convicción de que todo lo no legalmente prohibido está permitido se pasa a una consecuencia extrema: tenemos derecho a hacerlo. Podríamos, por tanto, acudir al ordenamiento jurídico para vernos libres de quién pretende obstaculizar nuestra opción.

  De hecho nos vendemos que todos nuestros amores han sido voluntarios o voluntaristas… que tenemos derecho a dirigir nuestra vida, a ser «pastores del ser» y no dejarnos llevar por nada. Un amor   voluntario puede llevar mucho más lejos que un amor de esos que se llaman fulminantes y que con frecuencia se quedan en capricho de verano o nube de un día.

  En la medida en que las cuentas están veladas, son interpretables, no hay quién las entienda, es posible la imaginación (Confusionem sensus) a su respecto, es posible que la respuesta revolucionaria a su provocación fuera imperativa. Pero ¡ay! es necesario acabar dando con el mensaje del artista para apreciar la belleza de forma. Y entonces es cuando el mensaje no es solo de una banalidad consternante, sino la misma belleza formal deja de ser. La verdad que deja de serlo al perder su último velo. Y, la verdad es que de cómo estamos: ¡Ni idea!… ¿O nos ponemos a contar?

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