Suicida

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Por José Luis Merino

La poeta norteamericana Sylvia Plath nació en Boston en 1932. Su vida terminó de manera trágica el 11 de febrero de 1963. Se levantó ese día a las seis de la mañana y llevó al cuarto de los niños la bandeja del desayuno (pan untado de mantequilla y dos jarritas de leche). Luego se encerró en la cocina, tapó todos los resquicios posibles con toallas, metió la cabeza en el horno y abrió la manilla del gas…

La poesía de Sylvia Plath es un permanente fragmento de su vida. Una vida que se hace bella y distinta a la propia vida mediante la poesía. Al leer sus poemas se nos presentan situaciones anímicas divergentes. Por un lado, nos prometemos estar pendientes exclusivamente de lo que los poemas dicen de suyo, sin tener en cuenta cómo fue la vida de la poeta. Por otro lado, nos atrae su periplo vital, al tiempo de pensar que, tras el conocimiento de sus pasos existenciales, comprenderemos mejor el contenido de su expresión poética. Sylvia era una flor muy audaz. Su corazón latía con ritmo surrealista (imágenes alógicas o soñadas). El surrealismo es el recurso, la base, la médula, pero también puede llegar a ser lo efímero, la poquedad, el aditamento casi prescindente.

Los contenidos existenciales proceden de muy diversos fondos: el amor paterno, la naturaleza inextinguible, el sentido profundo de su condición femenina y la insondable campana de cristal, con los recorridos por la habitación interior de sus nervios.

Mas la hora del presente es la única que nos pertenece en toda la existencia. Lo sabía muy bien Sylvia Plath. Cómo pasa el tiempo: se fueron las mariposas, y tras ellas se irá el otoño.

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