Sudáfrica: La estela de Shaperville

Por Pepe Gutiérrez-Álvarez

Durante varias décadas, el movimiento nacional sudafricano persistió en su línea pacifista que había iniciado el joven Gandhi, poniendo la otra mejilla. Hasta que la represión y la brutalidad del colonialismo le obligó a plantarse la necesidad de una respuesta armada. El hombre encargado de esta respuesta fue Mandela, sobre el que tanto tenemos que hablar sí queremos comprender la historia de Sudáfrica y por extensión, la del continente.

En 1958, durante una de las sesiones del Juicio por Traición en la que declaraba Albert Luthuli, éste insistió en una de las ideas básicas del movimiento que representaba: su lucha no era contra los blancos sino contra la segregación. En aquel momento se oyó una risa irónica entre los espectadores africanos que llamó la atención. Seguramente se trataba de un militante del recién formado Pan African Congress (PAC), una escisión del African National Congress CNA que hundía sus raíces en el sentimiento penafricanista de esta formación y más concretamente en algunos aspectos del ideario de Antonio Lembele, que tanta influencia tuvo en los primeros años de la Liga de la Juventud. El objetivo declarado del PAC era la instauración de «une sociedad original en su concepción, africanista en su orientación, socialista en su contenido, democrática en su forma». Su principal dirigente era Robert Monagaliso Sobokwe, un catedrático universitario de treinta años cuyos dictados ideológicos reflejaban ante todo, la impaciencia de un sector radicalizado del CNA amén del peso del ideario africanista -expresado, entre otros, por Lumumba, Frantz Fanon, M´Krumah, etcétera– en aquel período cuando en toda África la cuestión de la independencia del colonialismo estaba al rojo vivo hasta el punto de “marcar” el proceso de radicalización juvenil universitaria-obrera de los años 60-70 que se alimentó contra la barbarie yanqui en el Vietnam como antes se había conmovido con la gyerra de Argelia pero sobre todo con el ejemplo de Cuba y el ejemplo del “Che”.

La impaciencia del PAC, plenamente comprensible viendo la situación sudafricana, le llevaba a cifrar un calendario para el reconocimiento de los plenos derechos de la mayoría africana, nada menos que para antes de 1963, una fecha en la que el movimiento estaría prácticamente diezmado. En los debates teóricos se caracterizaba por el repudio del eclecticismo clásico del CNA que combinaba las tradiciones africanistas con el cristianismo tolerante y pacifista, un cierto marxismo y un socialismo de corte laborista más o menos radical que convergían en la Carta de la Libertad. El PAC subrayaba especialmente la exigencia de un orgullo negro, de la independencia política de los africanos, de ser dueños de su propio destino sin protección de los blancos, aunque fuesen comunistas. Los pactos -decían– se hacen siempre entre iguales, y no era este el caso de los liberales blancos. Sobowke consideraba que el CNA trataba de acomodarse a las exigencias de estos. La reacción dentro del CNA de la escisión fue muy dura y todos los líderes de la organización, empezando por Mandela y Luthuli, vieron en ella la mano del poder blanco. Con este esquema simplista, el PAC fue tratado durante años sin muchos miramientos. También el SACP, así como los propagandistas independientes afines al CNA, fueron muy duros con ellos; el SACP incluso habló de “trotskismo”, refiriéndose sin duda a la minoría que había mantenido desde los años treinta una posición de «conciencia crítica» en relación a la URSS y al partido comunista (SACP).

Más allá de las palabras de lo que, en perspectiva, podemos considerar una natural crispación, Mandela expresó la opinión oficial de su grupo asegurando que el PAC se convertía en un peligro objetivo pera el movimiento de liberación ya que lo dividía, obstaculizando de esta manera su proyecto central: el aislamiento del gobierno nacionalista. Para él, el CNA era «la oposición, el centro de toda las resistencias, un movimiento-frente capaz de integrar a las más variadas tendencias de oposición, además el único capaz de convencer a un sector decisivo de la población blanca, sin la cual se hacía muy difícil romper el segregacionismo. Por eso, Mandela insistirá una y otra vez en que su lucha no era contra los blancos, en que rechazaba cualquier forma de racismo. La impaciencia era por otro lado un problema ya que significaba confundir los deseos –que naturalmente compartía- con una realidad muy difícil, necesitada de un trabajo muy arduo, y a largo plazo. No en vano Sudáfrica era el principal enclave del «poder pálido» en el continente, el país donde el imperialismo contaba con mayor fuerza social, económica y sobre todo, policial y militar.

Cabe matizar que, en principio, el PAC no ponía en cuestión los métodos pacíficos, incluso Sobukwe insistió en ellos como la única vía posible en aquel momento. Lo que pretendía era acelerar el proceso de movilización que encabezaba Mandela. El PAC anunció a principios de 1960, una Statute Campagn con la que se trató de obligar a los blancos a ser correctos con los africanos en los comercios. El problema no era tan fácil y le campaña pasó prácticamente desapercibida. El paso siguiente fue pisar un terreno que el ANC estaba fraguando hacía tiempo: un plan general contra las leyes del «pase» y el PAC anunció que para 21 de marzo del mismo año, la convocatorias de manifestaciones en todo el país. Llevaron la propuesta al ANC que se negó a secundar lo que le parecía una acción inmadura y prematura.

El «pase», una norma que fue comparada con la marca de la estrella de David que los nazis impusieron a los judíos, se había convertido en el punto más odiado del apartheid. Con el «pase», el gobierno establecía un instrumento de inseguridad constante entre los africanos que, en cualquier momento, en cualquier lugar y bajo el más descabellado pretexto, podían ser parados, cacheados, maltratados y detenidos por una policía que perecía omnipresente y los despreciaba. El «pase» los convertía en extranjeros en su propia tierra, con muchísimas más limitaciones que las conocidas por extranjeros en cualquier país normal; se podría bromear sin exagerar diciendo que ningún extranjero habría permanecido en un país que los tratara tan policiacamente. Los nativos lo necesitaban para trabajar, para viajar…Cualquier mancha en dicha documentación significaba problemas de gravedad, por ejemplo, el traslado forzada una «reserva» o a una granja para trabajar casi gratis para un terrateniente blanco.

El 21 de marzo por la mañana, un lunes, a la siete en punto, Sobokwe y uno grupo de dirigentes del PAC, descalzos y absolutamente determinados se hicieron detener voluntariamente delante de la comisaría de la policía de Orlando, después de haber quemado públicamente su «pase», acción que fue seguida por mucha gente incluyendo a los militantes y dirigentes del ANC como Albert Luthuli (uno de los Nobel de la Paz más justificados), que supieron sobreponerse a cualquier sectarismo. El PAC estaba convencido de que esta iniciativa iba a ser extraordinariamente apoyada en todo el país. Sin embargo solamente se dio un seguimiento masivo en Langa y Shaperville, dostownships cercanos a la ciudad de Veseniging, conocida por haberse celebrado en ella el fin de la guerra Boers. En 1961 era una importante ciudad industrial blanca, un avanzado centro fabril que daba trabajo a unos quince mil africanos que residían en los suburbios.

Durante los días anteriores se había registrado en ambos lugares una gran agitación. Langa y Shaperville eran también dos townships considerados oficialmente entre las mejores «reservaciones» planeadas y construidas por el gobierno, no obstante, muchos de sus habitantes vivían por debajo del nivel mínimo de subsistencia y los había todavía por debajo de este mínimo. A mediados de marzo el cura anglicano del lugar había informado al obispo Reeves –una de las voces blancas más claras en la denuncia del racismo– que la miseria había llegado a Shaperville a un punto inadmisible. Un cronista de los acontecimientos describió como sigue algunos de los rasgos de dicha situación: «…Una familia de diez miembros –y eran numerosas– apenas podía enviar tres de sus niños a la escuela: un matrimonio con cinco niños debía considerarse afortunado sí lograba escuela para dos. La mortalidad infantil era muy alta y la mayor parte de las tumbas del cementerio de la «reservación» correspondían a niños víctimas de gastroenteritis y neumonía. En Shaperville, al igual que en otras áreas urbanas de Sudáfrica, el negro puede confiar en alcanzar a lo sumo un promedio de treinta y ocho años de vida… Sólo cincuenta y seis de cada cien negros llegan a los 16 años”;

El día señalado por el PAC una muchedumbre de africanos comenzó a manifestarse pacíficamente dirigida por un medio millar de jóvenes que hacían sonar sus silbatos. Su música correspondía a la de un canto africano y su ritmo obsesionante hacía mover a la gente, primero hacía adelante, luego para atrás. Cuando la policía disparó algunas bombas lacrimógenas, la multitud retrocedió un poco gritando al compás «¡África!¡». Espontáneamente, respondiendo a las indicaciones del colectivo más militante, el gentío se encaminó hacia las calles principales gritando también» !Izwe Lethu! » (!Nuestra Tierra! ), y sus formas eran más bien la de una tranquila procesión. Empero, la policía comenzó a sentirse nerviosa y reclamó…la colaboración de la aviación. Cuando los aviones empezaron a planear sobre la multitud, ésta no encontró ningún motivo aparente de inquietud. La manifestación creció hasta alcanzar unos quince mil asistentes según estimaciones policiacas También aparecieron carros de combate, pero los africanos siguieron creyendo que no tenían nada que temer y dejaban que los niños jugaran en los alrededores de la marcha, hasta que, según cuenta un testigo, en un momento dado: «…Oímos el tableteo de una ametralladora, luego otro, y otro más. La primera ráfaga vino sobre nosotros y luego se desvió. Había cientos de mujeres, algunas riendo. Por lo visto, creían que la policía disparaba salvas. Una mujer fue tocada a unas diez yardas de nuestro coche. Su compañero, un hombre joven, se volvió cuando ella cayó: pensó que se había desmayado. Al darle la vuelta advirtió que tenía la mejilla destrozada. Miró la sangre en su mano y exclamó: «!Dios mío, ha muerto!»…Cientos de niños corrían también. Un chiquillo llevaba una especie de vieja capa negra que rodeaba detrás de su cabeza, a manera de protección contra las balas. Otros chicos, apenas más altos que la hierba, saltaban como conejos. Algunos resultaron también heridos, El tiroteo continuó. Uno de los policías estaba de pie sobre su Sarecem y parecía disparar su ametralladora contra la multitud. Giraba sobre sí mismo dibujando un arco, como si estuviera manejan una cámara (…) Regados sobre la cámara que pasaba junto al lugar en que nos encontrábamos, se veían numerosos cuerpos tendidos. Un hombre se erguió trabajosamente sobre sus pies, avanzó bamboleante algunas yardas y volvió a caer en una cuneta. Vimos una mujer sentada, que sostenía su cabeza sobre las manos (…) Antes del ametrallamiento, no escuché que se ordenará a la gente disolverse. Tampoco hubo salvas de atención. Una vez iniciado el tiroteo, no se detuvo hasta que todo ser viviente desapareció…”

La gran matanza concluyó a la una y media. Las ambulancias aparecieron poco después. El balance final dio 69 africanos muertos más varios centenares de heridos, entre ellos muchas mujeres y niños. En Langa, el mismo día, a las seis de la tarde, un oficial blanco mandó disparar sobre la muchedumbre y las calles también se llenaron de cadáveres y de heridos. El gobierno hizo inmediatamente una declaración justificando e incluso felicitando la acción policiaca. La responsabilidad de todo recaía en los agitadores que habían tratado de «soliviantar a los buenos bantúes» sumisos ante las leyes. Naturalmente, la conmoción que causaron estos acontecimientos en la población negra fue tremenda. Cuando el CNA y el PAC convocaron a una huelga general ya los obreros se habían negado a trabajar, las manifestaciones se sucedieron en todo el país y en algunos lugares se dieron luchas en barricadas creadas por jóvenes negros. El gobierno reaccionó suspendiendo temporalmente el «pase» y declarando el Estado de Excepción, al tiempo que ponía fuera de la ley al CNA y al PAC. El denso arsenal de leyes represivas se incrementó, ahora ya era motivo de persecución pertenecer a una organización «sediciosa» y se puso en .marcha la ley llamada de “noventa días» (sobre la que se habla extensamente en la película Un mundo aparte), que permitía a la policía mantener a un detenido en comisaría por todo este tiempo «hasta que haya respondido en forma satisfactoria a los interrogatorios». Teniendo en cuenta que la tortura era una práctica totalmente habitual para la policía, no es difícil imaginar lo que esto significaba.

Quizás por primera vez en su historia, tuvo lugar un clamor internacional de indignación que se plasmó en el comienzo de un verdadero acoso de la República de África del Sur en la Asamblea General de la ONU que declaró el 21 de marzo Día Internacional de la Eliminación de la Discriminación Racial. Desde 1961 esta fecha ha sido una convocatoria obligada para la resistencia africana que cada año ha dejado su secuela de muertos, heridos y detenidos en su «celebración». La matanza de Shaperville tuvo enormes consecuencias políticas, cerró un libro de la historia de Sudáfrica y comenzó otro en el que la actitud gandhiana de no violencia comenzó a ser cuestionada abiertamente entre los africanos comprometidos. Para Mandela representó el colofón de una acción criminal de larga raïgadumbre. En una de sus elocuciones durante el juicio de Rivonia, se refirió a estos acontecimientos con las siguientes palabras: «En 1920 cuando el famoso líder Masabala fue encarcelado en Port Elizabeth, veinticuatro africanos que se habían reunidos para pedir su libertad fueron asesinados por la policía y por civiles blancos. En 1921, más de cien africanos murieron en el asunto de Bulhoek. En 1924 más de 200 africanos fueron asesinados cuando el administrador de África Sudoccidental mandó sus fuerzas contra un grupo que se había rebelado contra los impuestos a los dueños de perros. El 1 de mayo de 1950, 18 africanos fueron asesinados a balazos por la policía durante una huelga. El 21 de marzo…».

Lo ocurrido el 21 de marzo pues, era como la gota que desbordaba el vaso. Como portavoz del movimiento, Mandela planteó los siguientes interrogantes a sus adversarios: «¿Cuántos Shaperville más habrá en la historia de nuestro país? ¿Y cuántos Shaperville más podrá soportar el país sin que la violencia y el terror se conviertan en el pan de cada día? Creíamos que a la larga íbamos a vencer, pero ¿a qué precio para nosotros y pera el resto del país? Y sí esto pasara, ¿cómo podrían los blancos y los negros vivir juntos de nuevo en paz y armonía? Estos eran los problemas que afrontábamos, y éstas eran nuestras decisiones». La ira, la impotencia, el dolor, todo llevaba a la oposición africana a replantearse los métodos tácticos tradicionales. Una discusión sobre las formas de lucha atravesó todo el movimiento y fue especialmente viva en las cárceles y en los rincones donde –ya ilegalmente– se trabajaba contra el régimen. Las condiciones de ilegalidad crearon obviamente nuevos problemas. Entre otras cosas, ya no fue posible un debate abierto entre los dirigentes del CNA. No se podían hacer asambleas ni contrastar las opiniones en un .sentido democrático, horizontal, como era la costumbre en el CNA.

La más afectada fue la tradición pacifista que era ciertamente muy fuerte y nadie la representaba tan completamente como Albert Luthuli, conocido ya en los medias de todo el mundo como «el Gandhi sudafricano», y al que la escritora izquierdista británica Rebeca West describió como un «hombre de cara apostólica», como “…un africano íntegro y un cristiano íntegro”, y al que Mandela, no cabría decirlo, profesaba una abierta admiración. Precisamente fue en el año de Shaperville cuando la Academia Sueca concedió a Luthuli uno de los Premios Nobel de la Paz más justo que se recuerde, un gesto que significaba el reconocimiento de Occidente de una lucha, una tradición que sería décadas más tarde renovada por Desmond Tutu. Mandela lo definió en la ocasión como «el más poderoso y popular líder de nuestro pueblo africano y del CNA, escudo y espada del pueblo en los últimos cincuenta años (…). Su valor y devoción a la causa de la libertad se conocen en cada casa del país. Dentro y fuera de los comités, él permanece como el indiscutible y más respetado líder del pueblo africano y como una fuente de enorme inspiración pera todos los luchadores de la libertad en Sudáfrica…»

El cambio en el libro de la historia de la resistencia negra iba a significar igualmente un cambio en el liderazgo del CNA, y el liderazgo de Luthuli, lo iba a jugar en adelante Mandela, que sería el que encarnaría el inicio de un nuevo ciclo de lucha en el que los antiguos métodos legales iban a ser sustituidos por otros ilegales incluso violentos. A Luthuli no se le escapaba el carácter de la nueva situación, y en sus memorias ha ce reflexiones como le siguiente: «….No ganaremos nuestra libertad más que al precio de grandes sufrimientos, y debemos estar preparados para aceptar esto. Se ha vertido mucha sangre africana y, es seguro, todavía se verterá más. Como ya he dicho, nosotros no deseamos verter sangre blanca, pero no podemos hacernos ilusiones sobre el precio que exigirá».

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