Subasta de pescado en el Estado español

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Por Rafael Cid

Nace de una sonrisa del destino,
Y la esperanza, arrúllale en la cuna;
Crece después, y sigue aquel camino
Que la ingrata fortuna
En hacerle penoso se complace,
Las desgracias le estrechan, imposibles
Le cercan por doquiera;
Hasta que al fin violento,
Y tenaz, y potente se exaspera,
Y atropellando valladares, corre
Desatentado y ciego,
De su ambición llevado, para hundirse
En las desdichas luego.
(Ignacio Manuel Altamirano)

“Que sea presidente es una sonrisa del destino
que me tendrá que agradecer”
(Pablo Iglesias sobre Pedro Sánchez)

Durante los tres meses que duró el tira y afloja sobre la investidura de Artur Mas entre Junts pel Sí y la CUP, la oposición al “procés” no dejó de despotricar para sabotear las negociaciones. Desde el PP hasta el PSC, pasando por los emergentes Ciudadanos y la franquicia de Podemos en el Parlament, Catalunya Sí que es Pot, todos saludaron esas conversaciones con lo más granado de su vocabulario lunfardo. Y sin comerlo ni beberlo, la heroica gente del mar se vio metida en el enredo institucional cuando hizo fortuna la expresión “una subasta de pescado” para definir la degradada política de pactos como un burdo negocio al mejor postor. Como si la ecuación oferta-demanda no fuera por definición el leitmotiv del tinglado que llamamos sistema.

Ha bastado que ese enredo se trasladase al ámbito nacional para que donde antes todo era censura y rechifla aparezca ahora una especie de alta escuela de esgrima digna de las mentes más lúcidas, aviesas y preparadas. A la “subasta de pescado” de esos catalanes desquiciados en su deriva hacia el independentismo que nadie comprendía ni estimaba, ha sucedido todo un repertorio de valoraciones a diestra y siniestra que van desde singularizarlo como un toque de genialidad a una obra maestra de la estrategia. Y sin embargo, el plante de Mariano Rajoy renunciando temporalmente a la investidura y el órdago de Pablo Iglesias en su asalto a los cielos, no son sino viejos remedos de aquellas filigranas de cadetes jugando a la ruleta del poder de la Primera Transición que honraron al presidente Adolfo Suarez con título de “el tahúr del Misisipi”.

Llama especialmente la atención en esta puja entre apocalípticos e integrados, la posición siempre evanescente de Podemos y de su líder Pablo Iglesias, que como en su día ocurrió con Felipe González y Santiago Carrillo parece ir de victoria en victoria hacia el desposorio final. Cuando, si se desbroza el botafumeiro propio y el añadido por la estulticia de sus denigradores, lo que queda es un trending topic de espléndidos amagos y fantásticas renuncias.

Podemos fracasó en su apuesta local al despreciar el ámbito de esa democracia de proximidad en donde se afianzaron las condidaturas ciudadanistas en ciudades tan importantes como Barcelona, Santiago de Compostela, A Coruña, Ferrol, etc. Podemos no dio la talla en las plebiscitarias del 27-S al concurrir con el colectivo Catalunya Sí que es Pot, que menospreciaba el hecho diferencial bajo la excusa de primar el debate de clases. Y Podemos, en fin, necesitó la pértiga de las confluencias En Comú Podem, En Marea y Compromís- Podem-És el Moment en las generales del 20-D para auparse sobre los exclusivos 42 escaños que logró la marca (menos votos que Ciudadanos) por sus propios méritos. Esto último, y como prueba de sus limitaciones, después de haber tenido que incluir en su programa a última hora, el 25 de noviembre, el “referéndum con garantías en Catalunya” en el punto 277 de su programa, donde hasta ese momento solo existía un vaporoso enunciado sobre “las formas del derecho a decidir”.

De ahí que resulte chocante la algarabía desatada entre propios y extraños por esa nueva propuesta de Pablo Iglesias para constituirse en casta por encima de los criterios de su gente. Porque Podemos, negacionista del desenlace dado por la CUP a su contencioso con Junts pel Sí, está siguiendo en su relato estatalista el modelo de los asambleístas en lo malo por conocer pero no en lo bueno conocido. Donde la CUP mantuvo su palabra de vetar a Mas y abrir procesos de decisión de abajo-arriba, Podemos ha hecho todo lo contrario, en el más genuino estilo del ordeno y mando. Llueve sobre mojado, Iglesias y el gobierno en la sombra de lo que luego balbucee el secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, hace tiempo que facilitó la investidura de los barones de Ferraz en Asturias, Extremadura, Aragón, Baleares y Castilla la Mancha. Precisamente el núcleo duro del partido que activó el austericidio; hizo la primera contrarreforma laboral, congeló el sueldo de los funcionarios; agravó las condiciones de percepción de las pensiones; liquidó las cajas de ahorro como instrumentos de financiación semipúblico; selló la reforma del artículo 135 de la Constitución a favor de los mercados de deuda; amplió la presencia militar de Estados Unidos en España accediendo a la instalación de la sede de escudos antimisiles; y suma y sigue.

Lo que ocurre que el mantra “que no gobierne el PP” todo lo puede. Como con la fe, en la política el ritual y la superstición también cuentan. Por eso se contempla como una genialidad lo que simplemente es un juego de monopoly. Un intento de Iglesias por recuperar mediáticamente la iniciativa que le birló Sánchez al automarginarse aquel mostrando unas líneas rojas preventivas que luego oportunistamente solaparía diciendo como Groucho “estos son mis principios pero si no le gusta tengo otros”. Forma parte del guion. Como prometer una cartera a IU en su proyecto de gobierno con el PSOE después de haber impedido que los candidatos de esa formación insertos en las confluencias sirvieran a Alberto Garzón para formar grupo propio. Por cierto, Iglesias lanza su oferta a IU y no a Izquierda Unida-Unidad Popular, que fueron las siglas que concurrieron a las elecciones, en un mensaje que cabe interpretar como un intento de engullir ex post al dirigente de IU que ex ante no tragó.

Con su envite Iglesias responde a la acusación de “pataleta” que decía Sánchez con el perdonavidas de la “sonrisa del destino” que le hará presidente. Esa ha sido su “remontada virtual”, su contraprogramación, con el reconocido efectismo con que siempre ha sabido dotar a sus puestas en escena. Anunció el fichaje del ex JEMAD como “su ministro de Defensa” la víspera de publicar la encuesta del CIS que rebajaba a Podemos al cuarto lugar. Acaparó la atención mediática en el Congreso con el baby-boom de Carolina Bescansa, catapultado al olimpo de la eticidad con las infamias de la caverna. Y ahora ha implosionado su gabinete en la sombra en el rostro de Pedro Sánchez cuando arrecia el vendaval de sospechas sobre financiación ilegal de Podemos.

Ni juego de tronos, ni asalto a los cielos importa demasiado si de la chistera de esta Segunda Transición se sacan los mismos efectos especiales que sirvieron para adoquinar la Primera. Facilitando una restauración que cuando vienen duras entrega el poder a la sedicente izquierda para imponer las medidas reaccionarias que la derecha no puede aplicar porque llevaría a la gente a echarse a la calle. No vaya a ser que mientras nos distraemos de lo esencial, fuese flato y frustración. Como concluye el poema del escritor mexicano Altamirano que utiliza Iglesias como quijada de asno contra Sánchez :<<… desalentado y ciego /de sus ambición llevado /para hundirse / en las desdichas luego>>.

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