Su Santidad de nuevo

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Ha pasado tiempo ya desde aquella lamentable respuesta que dio el Papa Juan Pablo II a Monseñor Romero cuando le informó de los crímenes que el gobierno de su país con la colaboración del de EEUU estaba perpetrando entre quienes luchaban por una sociedad más justa: «Usted exagera, Monseñor. Regrese a su país y ocúpese en mantener buenas relaciones con su gobierno». No exageraba; lo dejó claro su asesinato al cabo de pocos días.

De entonces acá las “buenas relaciones” entre la jerarquía eclesiástica católica romana y los gobiernos asesinos no han cambiado. A las fotos con los sanguinarios dictadores de América Latina hemos añadido las recientes con Bush, tanto de JPII como de Benedicto XVI y para no perder comba las que si no lo impiden los servicios de prensa vaticanos puedan surgir ahora de su encuentro con Uribe, otro de los grandes criminales del presente. ¿Qué más le puede hacer falta a la gente católica para que se le caiga la cara de vergüenza?

Pero lejos de avergonzarse y de manifestarlo abiertamente a fin de que quienes ocupan la sede de Pedro y sus seguidores más o menos próximos tengan algún motivo para corregir su conducta, las buenas gentes católicas prefieren ignorar esos detalles o bien, cuando son inocultables, salir del paso quitándoles hierro cuando no disculpándolos y aun aceptando y dando por buenas esas complicidades. ¿Puede alguien dar una explicación razonable de semejante conducta?

Para alguien con un mínimo de conciencia, que no tenga la mente secuestrada por el amor a la Santa Madre Iglesia Católica Romana, dar soporte emocional a políticos responsables de acciones criminales no puede significar sino complicidad con los crímenes por ellos cometidos. Y para alguien que haya recibido en su educación las enseñanzas de los evangelios, alinearse al lado de los poderosos del mundo, los verdugos que crucifican a los pobres de la tierra, en ningún momento puede ser una actitud cristiana. Porque ¿en qué consiste ser cristiano, en ir a misa acaso? «Misericordia quiero, que no culto». ¿Dónde está la misericordia cristiana de esos altos dignatarios religiosos y sus seguidores ante tanto sufrimiento causado por la codicia del mundo rico?

Que los jefes de gobiernos de los países ricos pacten entre sí políticas y acciones cuyo fin es dar mayor beneficio a quienes los auparon al poder aun sabiendo que ello comporta el sufrimiento de millones de seres humanos, parece razonable, por más que en conciencia sea un crimen. Es un pacto entre criminales, semejante a los que exigen las mafias a sus miembros. Pero que siga ese juego la jerarquía católica… Que a cambio de beneficios políticos pacte con políticos criminales, eso, se mire como se mire, es una aberración inaceptable, una burda perversión del más elemental espíritu cristiano.

A nadie se le oculta que el mundo cristiano es plural. No tan sólo hay distintos comportamientos personales sino que los hay también colectivos. Hay distintas Iglesias que son consecuencia de distintas formas de interpretar las enseñanzas que supuestamente nos legaron las primeras comunidades cristianas. Y esa diversidad de pensamiento y acción se da incluso dentro de la misma ICR (Iglesia Católica Romana), como bien demuestran quienes siguen los criterios de la Teología de la Liberación, por citar uno de los posibles ejemplos. Pero aun así, el escándalo que representa la conducta de la cúpula católica es motivo de rechazo para toda conciencia que anteponga la equidad y la justicia a cualquier interesada conveniencia.

Resulta difícil para quien no mire con ojos de pasión filial ver e esa clerecía un modelo de vida cristiana. Resulta difícil creer que ese cristianismo institucionalizado pueda traer nada bueno al mundo, porque el bien que hacen unos queda fuertemente anulado por el gran mal que hacen quienes se ponen del lado de los poderosos. Y esa dificultad para creer en la bondad de esa ICR le duele en lo más hondo del alma al hereje impenitente que esto escribe. Ojalá les duela también a quienes en el libre ejercicio de su conciencia eligen seguir fieles a su Iglesia. Que les duela hasta el punto de hacerles estallar en una gran manifestación de rabia. Y no para su castigo, sino para bien de su alma, de su Iglesia y de toda la familia humana.

Pepcastelló

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