Publicado en: 8 febrero, 2019

Stefan Zweig hurga en la historia

Por Iñaki Urdanibia

Nuevas geografías y el problema de nombrarlas

Por Iñaki Urdanibia

El escritor vienés ( 1881-1942) fue un escritor de éxito, tanto en lo que hace a la novelística, a las biografías ( Erasmo de Rotterdam, Verlaine, Rolland, Tolstói, Dostoievski o Montaigne y no sigo por no abusar)sin obviar sus memorias; su amigo , Romain Rolland, le calificase como cazador de almas y qué duda cabe que las hurgó en profundidad y con finura ( véase su La confusión de los sentimientos, por nombrar una, o el discurso fúnebre ante la tumba de Sigmund Freud, lo que resulta realmente significativo), en esta ocasión nos traslada al campo de la geografía y hurga en él, desvelando algunas confusiones o malentendidos.

« Américo Vespucio. Relato de un error histórico» ( Acantilado, 2019) es una verdadera exploración acerca del personaje que da título al librito, pequeño pero matón, cuyo nombre fue atribuido al Novus Mundus, la competición entablada entre tal protagonista y Cristobal Colón ( conste que por lo que se da a entender la relación entre ambos era francamente cordial, y el hijo del segundo se deshacía en elogios hacia el otro), los dimes y diretes acerca de ambos y los errores y malentendidos que surgieron en torno al tema, dejando una estela de leyendas posteriores.

Para unos , el florentino era un gran navegante, un erudito, el amplificator mundi, mientras que para otros fue un estafador y un sinvergüenza. En esta disparidad de valoraciones centra su mirada Zweig y muestra cómo el Nuevo Continente bien podría haberse llamado Alberica ( si hubiese tomado el nombre con el que se conocía a Vespucio, Albericus), mas fue la equivocación de un poeta la que dio lugar a la confusión en la atribución del nombre; queda claro que cuando una palabra se pone en marcha , emprende el vuelo y se extiende por doquier, es lo que sucedió.

Antes de entrar en el asunto propiamente dicho, el autor traza el cuadro histórico en que se hallaba el Viejo Continente en el año mil y posteriores: por una parte se deba un desbrujule de aquí te espero marinero, a lo que se ha de sumar el espíritu milenarista y apocalíptico que dominaba a la mentalidad de la época. Se daba, por otra parte, una distinta valoración de Oriente que de ser un lugar – según se pensaba- carente de civilización fue considerado una mina tanto en lo que hace a modos de organización social, a nivel de conocimientos ( y de materias primas), lo que condujo a numerosas campañas viajeras hacia allá, amén de las cruzadas, viajes para el este y, también, para el oeste…En la base también son dignos de tomar en consideración factores como la implantación del antropocentrismo ( frente al dominante teocentrismo) que otorgaba protagonismo a los humanos, haciendo que estos hubiesen de preocuparse de hacerse cargo de las riendas de su destino. Los viajes señalados, el espíritu comercial imperando, hizo que se diesen nuevos conocimientos en el terreno de la cartografía que hasta entonces había estado monopolizada por Ptolomeo, abriéndose nuevas hipótesis acerca de que tal vez, yendo hacia el oeste se hallase el paraíso desplazado, el sueño de Eldorado hallaba su lugar en las mentes. El descubrimiento de la imprenta hizo de altavoz a todas estas cuestiones , a diversas conjeturas y a que las crónicas viajeras tomaran cuerpo. En lo referente a los mapas , éstos se fueron modificando al tiempo que se cambiaban los nombres de las nuevas tierras halladas: así si inicialmente fueron las tierras brasileñas la que fueron conocidas como “América” el nombre fue ampliando su extensión a otras zonas en la medida en que iban conociendo ; papel destacado en estos cambios tuvo el joven matemático y geógrafo Martin Waldeseemüller , de quien por cierto es el mapa con que se ilustra este artículo.

Stefan Zweig no propone imaginativas teorías interpretativas sino que acude a archivos hechos y textos de la época con el fin de poner luz al embrollo. Por una parte, expone un balance entre los méritos y deméritos atribuidos tanto al florentino como al genovés: interpretaciones las hay para todos los gustos, y disgustos, pues sabido es que las comparaciones son odiosas…en especial, para quien sale perdiendo. Así para unos, Américo Vespucio no pisó un barco en su vida, era un mero comerciante enviado a atender los negocios a la península ibérica ( en las sucursales, digamos, que hispanas y portuguesas), mientras que para otros, era un avezado navegante, un hombre al que solo guiaba la aventura y el conocimiento en sus viajes, etc. En lo que hace a Colón, para unos –podría decirse que para todos- un arriesgado navegante, a la vez que un despiadado jefe que no temblaba a la hora de ajusticiar a los miembros de su propia tripulación al menor acto de desobediencia, preocupado únicamente por los beneficios de la corona que le fletó el viaje, etc. En esta disputa de valoraciones, terciaron unos a favor del primero y otros del segundo, más cuando comenzaron a difundirse diferentes escritos que narraban los viajes de Américo Vespucio, crónicas en la que se podían captar contradicciones que hacían sospechar que tales navegaciones habían sido pura invención ( De las Casas, enfurecido embestía contra el protagonismo de éste, y se posicionaba a favor de Colón; criticando al hijo de este por sus elogios hacia Vespucio). Miguel Servet por su parte tomaba una postura más temperada desalojando la disyunción ( Américo Vespucio o Cristobal Colón) por una conciliadora conjunción : el uno y el otro.

En lo referente a la atribución del nombre al hasta entonces desconocido continente: se consideraba que Colón había pisado las islas, mas no el propio continente , a la inversa de Vespucio que fue el primero en pisar la terra incognita, y lo que es más decisivo, fue éste quien habló por primera vez de aquella tierra nueva, que nada tenía que ver con las Indias de oriente, con lo que la historia concedió el nombre al descriptor en vez de al descubridor; a quien habían nombrado y descrito la novedad absoluta del hallazgo. Ha de añadirse que algunos gazapos en las descripciones , mentiras y medias verdades, con respecto a Américo Vespucio no fueron obra suya sino la de algunas mentes calenturientas que por medio de la imprenta se movieron entre la confusión, las contradicciones y las exageraciones, siendo el protagonista de tales historias completamente ajeno a las versiones difundidas. Es de justicia señalar, en medio de todo esto, que la vocación y el conocimiento de las artes de la navegación del florentino debían ser amplias ya que en caso contrario resultaría incomprensible que tanto la corona hispana como la portuguesa confiasen en él para algunas de sus importantes exploraciones.

La obra aclaratoria del vienés se dedica a lo que se dedica, sin entrar en aspectos que resultan indisolublemente ligados al tema, dicho lo cual si que servidor e queda más tranquilo señalando un par de cuestiones: 1) hay algunas coletillas que dan el tono general a la brillante investigación: « siempre que la humanidad hace un nuevo descubrimiento quiere ponerle nombre», o «nacimiento del nuevo continente», lo que hace que sin rizar rizo alguno los resabios eurocéntricos asomen, ya que se toma la parte por el todo, al considerar una parte de la humanidad como si de la humanidad toda se tratara; y ligado con lo anterior, 2) el llamado “descubrimiento” fue mutuo: los unos conocieron a los otros y viceversa,otros que hasta entonces eran desconocidos, no para sí mismos claro, con algunas diferencias no eludibles en lo que hace a dicho encuentro ( ¿podría decirse más atinadamente “encontronazo”?, evitando las edulcoradas versiones de la labor civilizadora que pintan la cosa como un cúmulo de favores realizados: se les dio la lengua civilizada, las costumbres civilizadas , y… de paso el dios verdadero, el occidental) ; mas estas últimas cuestiones serían, y son objeto, de otros libros como por ejemplo: la historia de las Indias y las crónicas de los viajes colombinos de fray Bartolomé de las Casas ( publicados por Alianza Editorial), la recreación magistral de Rafael Sánchez Ferlosio:Esas Yndias equivocadas y malditas. Comentarios a la historia (Destino, 1994) o la necesaria obra de Tzevan Todorov: La conquista de América, la cuestión del otro ( siglo XXI, 1982), sin obviar La controversia de Valladolid ( Península, 1998), recreada con mano magistral por Carrère.

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