Stefan Zweig: adiós a Europa

Por Pepe Gutiérrez-Álvarez

Por la persistente recomendación de los amigos tenía previsto ver esta obra de María Schroeder por el cine pero finalmente ha tenido que ser por FILMIN…

Por Pepe Gutiérrez-Álvarez

Por la persistente recomendación de los amigos tenía previsto ver esta obra de María Schroeder por el cine pero finalmente ha tenido que ser por FILMIN. Retrato en “cuadros” de Stefan Zweig al que llegamos a leer con devoción en los años jóvenes, centrado en los años de exilio, huyendo de la barbarie nazi, de un mundo que se descomponía a su manera de ver. Zweig fue uno de los personajes más singulares de principios del siglo XX. Culto como pocos, judío no sionista se vio obligado a huir de su país debido al régimen nazi. En su huida hacia adelante, se refugió en París primero y, más tarde, en Londres, pero Zweig acabó huyendo de Europa para instalarse en un Brasil naciente, donde acabará suicidándose en 1942. El film está concebido como una serie de pequeños “momentos estelares”, una de sus obras más logradas, reflejo de su momento más activista. Ya no es el mismo. Trata de mantener su sabiduría de poeta: “Guarda tus mejores recuerdos y si llegas a viejo, que te sirvan”, pero el mundo es ahora ancho y ajeno, irrespirable para alguien que soporta el espectáculo del fascismo, la persecución de los judíos, de los escritores que protestan. En su voz resuena el estupor: “He sido homenajeado y marginado, libre y privado de libertad, rico y pobre. Por mi vida han galopado todos los corceles amarillos del Apocalipsis, la revolución y el hambre, la inflación y el terror, las epidemias y la emigración. Todo lo que olvida el hombre de su propia vida, en realidad ya mucho antes había estado condenado al olvido por un instinto interior. Solo aquello que yo quiero conservar tiene derecho a ser conservado para los demás. Así que hablad recuerdos, elegid vosotros en lugar de mí y dad al menos un reflejo de mi vida antes de que me sumerja en la oscuridad”.

Su sensibilidad le arrastra  a una oscuridad agobiante. Poco después, Zweig se suicida junto a su esposa. Ocurre en Brasil. El europeo más inteligente, cultivado y humanista debió de sentirse muy cansado de su exilio, de su acorralamiento, de su desolación. En consecuencia, me acerco a la película Stefan Zweig: adiós a Europa con máxima expectación, anhelando un retrato emocionante, complejo y veraz de alguien cuya escritura amas, cuya existencia envidias, cuyos últimos años compadeces. Y quiero pensar que somos legión los enamorados de su obra y de su personalidad. Y que a todos nos invade idéntica curiosidad por constatar cómo le ha tratado el cine. Se ha atrevido a ponerle rostro y a narrar su obligado y dolorido vagabundeo por América esperando una solución para que su angustia se detenga y el futuro exista la directora alemana María Schrader, que se mueve con detalle y sensibilidad.

En su proyecto no ha pretendido hacer un retrato vitalista, tampoco manipular a los espectadores subrayando las emociones, ni centrarse en el lado heroico de este hombre, ni utilizar música para provocar la lágrima ante la tragedia ajena. En su voluntad de componer una suma de momentos, en su vocación de honestidad, intenta no forzar el lado sentimental, retratar sin énfasis ni intensidad a los personajes ni la desesperada situación que malviven, tiene horror al pasote dramático y la desmesura de las sensaciones, pero creo que se queda corta en su contención. Me interesa mucho lo que cuenta y respeto su estilo narrativo, pero no me hace vibrar. E incluso en algunos momentos me despisto ligeramente de lo que estoy viendo y escuchando. Sospecho que esta película va a satisfacer el paladar de crítica, aunque puede resultar fría o algo fatigosa para la mayoría del público. Y están notables y creíbles los intérpretes (espléndida Barbara Sukowa en su breve papel dando vida y naturalidad a la primera esposa de Zweig), y muy bien captados los ambientes que rodean a Zweig en su continua huida, pero me resulta difícil implicarme hasta el tuétano en una historia que habla de la deprimida cotidianeidad de este hombre consciente que el mundo en el que había crecido y amaba, estaba desapareciendo.

Viendo la película, el que escribe no ha podido por menos que rememorar todas sus deudas con el autor de “La piedad peligrosas”, especialmente en su faceta de biógrafo.

Niño de la  larga postguerra, crecido en un pueblo que había sido “peinado” por los militares fascistas lejos de la cualquier trinchera en una familia que se quedó en puertas de la República, mi primer antifranquismo fue decididamente cultural, aunque luego con el tiempo todo se fue aclarando. Recuerdo unas líneas de Simone de Beauvoir de Los mandarines, en uno de esos libros prohibidos que se encontraba entre los libros de las trastiendas de las librerías-, que el franquismo tenía pavor a que la difusión cultura llegara al pueblo llano y pensé, ostia claro, claro por eso me he criado en un medio tan inculto, incluso con miedo a la cultura. Un miedo del que tuve noticia expresa a través de un peluquero del barrio que mientras me cortaba el cabello allá a principios de los años sesenta, me preguntó sí me gustaban muchos los libros. Cuando le respondí que sí creyendo que me iba a felicitar por ello, el hombre me advirtió por ello instándome a que tuviera mucho cuidado porque a su padre lo había matado por eso mismo, porque tenía muchos libros en su casa La escritora francesa venía a decir que de alguna manera, los fascistas habían hecho la guerra contra el pueblo porque creían que el pueblo comenzaba a saber demasiado…

Estas y otras cosas parecidas las fui escuchando aquí allá, sobre todo entre los veteranos de los talleres y las fábricas, gente que mascullaba su derrota y su indignación, y que te contaban lo que nadie te había contado tan claramente. Fue por entonces cuando, entre en el mercado de las pulgas que los domingos por la mañana se desplegaba en las puertas del mercado de Coll-Blanch, L´Hospitalet, me encontré los libros de Stefan Zweig en ediciones breves y muy baratas. Por entonces, el autor vienés figuraba junto con el francés André Mourois y Emil Ludwig, como un consumado biógrafo. En uno y otros, pero sobre todo en Zweig te permitía abrir la puerta a la una cultura que se le negaba al pueblo en el que sí había alguna biblioteca era de los señores. Baste anotar que, entre nosotros, el concepto de biblioteca pública no ha sido asumido plenamente hasta finales del siglo pasado.
Por entonces, a Zweig se le encontraba un poco en todas partes, en los escaparates de las escasas librerías de bario, y en las de “Top manta”, de larga tradición. Se le leía, aunque obviamente, menos de lo que se debiera. Una vez, con ocasión de una cosa llamada “el amigo invisible”, que se montó en la oficina en una oficina en la que trabajé ocasionalmente, y que consistía en intercambiar regalos entre una veinte de personas, se me ocurrió contribuir con El candelabro de siete brazos, una obrita de Zweig sobre las tradiciones judías, creyendo que era una buena idea. Luego comprobé que el afortunado se había enfadado de mala manera, pero lo pude arreglar cambiándoselo por el mechero que me he había tocado en suerte, a mí precisamente, que era el único que no fumaba.
Entre lecturas y conversaciones pude saber que Stefan Zweig era un judío al que la vida había tratado muy bien, hasta que llegó el nazismo. Provenía de casa bien, sus padres eran judíos de fortuna en la Viena de fines del siglo pasado. A Stefan le hicieron estudiar en aquélla ciudad y en Berlín, aunque él se graduó en Filosofía en Viena, a comienzos de este siglo. A los 16 años ya cultivaba la poesía Versos, que eran primorosos ecos de los poemas de Rilke, que conocía bien. También comenzó a escribir teatro, y seguía al respecto el ejemplo de los grandes dramas simbólicos de Hofmannsthal. Por último, sus experiencias de narrador se iniciaron bajo la influencia de otro escritor austríaco que el aniversario reactualiza: Arthur Schnitzler (1862-1931), al que acabaría conociendo a través del cine gracias a un cineasta extraordinario Max Ophuls, responsable de obras maestras como La ronda (1950), el mejor Schnitzler jamás filmado (lo siento por Kubrick), y también del mejor Stefan Zweig del llamado Séptimo Arte, Carta a una desconocida, realizada dos años antes, una joya más conocida gracias en buena medida a sus dos protagonistas, Joan Fontaine y Louis Jourdan, que tuvieron en esta película una de sus oportunidades más logradas.

Durante una buena temporada me metí en el universo de las novelas cortas de Zweig tienen siempre rasgos schnitzlerianos, si bien de su producción juvenil sólo le quedó a Stefan Zweig algo esencial en un escritor afanoso de “profesionalizarse”: la conciencia aguda y omnipresente del papel decisivo que el estilo propio ha de desempeñar en su obra, así como de una exquisita preocupación por llegar a los lectores, incluyendo a los más zopencos. Pero, al menos durante casi toda su juventud, no fue la literatura lo que absorbió al inteligente y culto judío y viajero que fue Zweig. Antes que escritor fue un hombre de mundo, un buscador, un cosmopolita que residió en Francia, Italia, Inglaterra, Bélgica. Tradujo a los simbolistas franceses, Rimbaud, Verlaine, a Baudelaire, se hizo amigo de Verhaeren, estuvo en la India, China, Canadá, África… y fue lo suficientemente inteligente y conocedor de sus propias limitaciones para no caer en la fácil tentación de hacer libros de viajes, un terreno suyo que desconozco.
Cierto es que como un buen autor de los tiempos del cine, a Zweig le sucedía lo que a muchos personajes cultos y viajeros: cultivaba en sí toda una sutil mitología del desarraigo en la que la ausencia, la fuga, el viaje eran conceptos y realidades centrales. En 1912 conoció a la que fue su esposa, la también escritora Friederike Marie von Winternitz, que se separó de su anterior marido para unirse a él. Los viajes le sorprendieron en 1917 en Suiza, en plena guerra mundial, de esta fecha y de este país hay mucho en el capítulo que le dedicó a Lenin en Momentos estelares de la humanidad, uno de sus libros que recomendé a todos los que no desdeñaban “perder el tiempo con la lectura”, o sea la mayoría. La forzada inmovilidad de su estancia lejos de la odiosa guerra interimperialista (un concepto que Zweig no habría utilizado), la aprovechó para estrenar en Suiza un drama antibélico Jeremías y entablar una larga amistad con otro escritor pacifista, el novelista francés Romain Rolland, famoso por su opción neutralista y pacifista en la onda de Lev Tolstói, un escritor y un personaje altamente apreciado por Zweig. Está claro que entre el cine y Zweig me llevaron a cultivar la lectura con pretensiones exhaustiva del autor de Guerra y paz, al que por cierto, acabé dedicándole uno de mis libros.

Después de los desastres de la guerra, Zweig se estableció en Salzburgo. Fue su época más fecunda de escritor, la que va de 1918 a 1934. Publicó entonces novelas cortas: Amok (1922) Confusión de sentimientos (1926) y empezó a trabajar en abundantes ensayos de base psicoanalítico-freudiana sobre: Holderlin, Kleist, Nietzsche (La lucha con el demonio, 1925), Balzac, Dickens, Dostoievski (Tres maestros, 1919). Frente al rechazo del psicoanálisis freudiano por parte de autores de su generación como Robert Musil, Hermann Broch, Hugo von Hofmannsthal e incluso de su otrora admirado Rilke, Zweig era y fue siempre un freudiano preparadísimo.

Zweig fue lo suficientemente agudo para ver clarividentemente el campo de posibilidades literario-biográficas que ofrecían las teorías del Dr. Freud sobre la relación “sique”-destino individual.
No se olvide que el mismo Freud confesaba (el lamentable fascista pero gran escritor Giovanni Papini, nos lo recuerda en su libro Gog) haber tenido grandes ambiciones literarias. Zweig vino a constituirse en el realizador capaz de tales ambiciones. Y ello fundamentalmente con la serie de libros que conocemos de él en España: las biografías históricas: María Aritonieta (1933, que ha conocido una revalorización reciente, pero al que nunca presté atención porque ya por entonces la señora me interesaba menos que los personajes turbios como Fouché (1931). Seguramente fue esta parte de debilidad aristocrática el que menos me convenció…

Creo que mi primera lectura fue Erasmo de Rotterdam (1934) del que había leído el Elogio a la locura, un lejano precedente del surrealismo, y a las que le siguieron unas tras de otra hasta llegar a la última de la serie: Américo Vespucio (1942). Estos libros habían sido precedidos por el tomo Tres maestros: Casanova, Stendhal, Dostoievski, Tolstói. Y toda esta obra le había ayudado a verse a sí mismo como escritor europeo culto, hijo de una cultura moribunda, la burguesa europea, cuya decadencia significaba también la tragedia íntima de su vida. Desde 1934, Zweig emprende una serie de viajes, vive en Inglaterra (su libro sobre María Estuardo lo terminó allí) por último, en 1935, se va a Brasil y a Argentina. A su vuelta, vive en Italia algún tiempo.

Aquellos años son para él de difícil adaptación a una crisis interior que afecta también su vida afectiva: en 1938 se divorcia de Friederike von Winternitz para unirse a Lotte Altmann, su secretaria, si bien sigue manteniendo una buena amistad con su ex esposa.

A Zweig la descomposición de la Austria de su juventud y el apogeo de la barbarie fascista le amargara los últimos años de vida, tanto es así que en 1940 deja su muy amada Europa –la Europa de Erasmo y de Freud- para emigrar como tantos otros y otras a los Estados Unidos que no los recibe precisamente con los brazos abierto, y finalmente al Brasil. Por esta época escribe un libro que será una especie de testamento intelectual suyo: El mundo de ayer 1946). Son unas memorias en que va asomando un desencanto cada vez mayor, una pérdida creciente de las esperanzas depositadas en el poder de la cultura y del elemento racional en la historia, que a él, como judío alemán culto, le parecían una conquista de las masas y a la vez, baluarte y garantía contra el avance de la barbarie. Al cabo de dos guerras mundiales (1914 y 1939) ve que todas estas esperanzas no han servido para nada. Quiere huir de ese desengaño y se refugia en la novela: Impaciencia del corazón (1945), conocida entré nosotros por La piedad peligrosa, una intensa y sensible aproximación al mundo de la piedad, en concreto hacia las personas disminuidas, y los problemas que comporta el paternalismo.
La huida a lo largo de la geografía mundial no le parece suficiente garantía contra el avance de las fuerzas de la barbarie. La vida, es en la vida, en cualquiera de sus rincones, donde está implícito el riesgo. En su novela vuelve por última vez al mundo de la Austria de 1914 que es también el de la confusión de sentimientos previo a la irrupción de algo que está devorando la vida del escritor, que le persigue vaya donde vaya…

El 23 de febrero de 1942, en Petrópolis, localidad del Brasil, se suicida; un momento que la película dibuja con un sobre3entendido Stefan Zweig culminando así una vida de creación, viajes, esperanzas, en el peor momento de un mundo que parecía derrumbarse entonces por todos lados. Una muerte que será sentida por todos aquellos lectores que tanto tenemos que agradecer a este vienés que tanto nos ayudó en unos tiempos en los que encontrar a una persona leyendo en el metro en el Bus era una rareza. En medio de ese vacío, el acceso a la cultura resultaba casi inasequible para los hijos de la clase obrera, sobre todo para aquellos que no encontraron en su casa el menor incentivo en este sentido. En mi ambiente, el libro era un objeto extraño, y para la mayoría, el fútbol llenaba todas sus expectativas de ocio con el añadido de alguna película de tanto en tanto.

Ahora, aunque he adquirido algunas de sus últimas ediciones, no he vuelto a Zweig salvo para revisar sus escritos sobre Tolstói y sus “Momentos estelares”. Pero no ha sido por falta de ganas sino, lisa y llanamente, porque se me he echado encima el tiempo.

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