Spam(tando) el abstencionismo

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Por Rafael Cid

“Me gusta cuando votas porque estás como ausente”. Con ese aroma poético a lo Pablo Neruda mostraba su indiferencia al evento electoral una pintada callejera en las pasadas elecciones europeos de 2014. Las primeras que se celebraban después del atraco austericida perpetrado por la Troika, con la lógica cosecha de abstencionismo consecuente, más del 56 por 100 de los convocados le dieron la espalda. Un principio lógico de cualquier persona bien nacida es no besar la mano que te abofetea. Ya van 42.621 millones de dinero público perdidos en el rescate financiero.

Esta flagrante desafección resulta poco asumible por un sistema político, teóricamente democrático y formalmente representativo, que se legitima en el consentimiento expreso de los gobernados. Una golondrina no hace verano, pero que en una consulta no y en cinco sí los electores se queden en casa y que el quorum sea meramente virtual, es harina de otro costal. Por más que los así ungidos se sientan elegidos a divinis, el efecto gota malaya se deja sentir cuando desde arriba se piden sacrificios y comprensión a los subordinados damnificados.

Para jalear a los perezosos recalcitrantes el sistema lo ha intentado casi todo. Desde presentar los comicios como la gran fiesta de la democracia hasta espabilarlos con derroche de purpurina mediática. “Vota pueblo, vota”, y tiro porque me toca. Algunas medidas eran tan obscenas que no tuvieron más remedio que poner límite a tanta impudicia. Se inauguraban obras públicas y se usaba la publicidad institucional, a nivel de Estado y de Comunidades Autónomas, para dar un empujoncito a las candidaturas afines. Aunque quien hace la ley suele hacer la trampa. El gobierno de Pedro Sánchez, por muestra vale un botón, aprobó una inversión de 1.100 millones de euros para el Campo de Gibraltar a una semana vista de que Susana Díaz convocara a las urnas para el 2 de diciembre en Andalucía.

No obstante, los hay peores. El confesionalismo institucional llega al punto de considerar el sufragio como una obligación y no como un derecho. Es lo que ocurre en países como Grecia, Bélgica, Chipre, Italia o Luxemburgo, donde incluso se puede multar a los infieles. Un conflicto entre libertades positivas (las que se originan en la razón de Estado), en plan supremacista, y las libertades negativas (el ámbito de autonomía del individuo), que Isaac Berlin no valoró. Un buen ciudadano, como probo feligrés, es aquel que santifica las instituciones con su óvolo. Los que prefieren no hacerlo brillan como apestados. Aunque también contribuyan a través de los presupuestos a la caja de los partidos concursantes con ese nuevo diezmo que pagamos por escaños logrados y votos recibidos.

Por esas cosas de la vida, el caso español era hasta ahora una rara avis entre tanto integrismo rampante. Hasta el punto que en las pasadas elecciones europeas, Bruselas tuvo que retirar vallas y carteles que animaban a votar aquí porque nuestra legislación lo prohíbe, en una interpretación extensiva del sufragio como derecho y no como obligación. Es lo que prescribe la vigente Ley Orgánica de Régimen Electoral General (LOREG). La propaganda desplegada por todos los actores durante electoral deberá ser informativa “sin influir en ningún caso en la orientación del voto de los electores” (Art.50, 1).

Y en eso llegó el spam. Como lo que no puede ser no puede ser y además es imposible mientras la gente responda con la indiferencia y el abstencionismo activo a la carnicería social que propende la UE, el parlamento se ha inventado la dialéctica del spam. Que es tanto como decir, si no querías caldo, dos tazas. Ha aprobado una ley que permite a las formaciones políticas acceder a los dispositivos electrónicos de los ciudadanos para enviar mensajes a móviles y correos sin su autorización. Con la posibilidad de que crear archivos con los perfiles ideológicos de la población. Un paso más en la videovigilancia masiva (ensayada por vez primera con el panóptico carcelario), por más que el portavoz del PSOE en el Senado, Ander Gil, asegure que se trata de una ley garantistas que respeta la Ley de Protección de Datos. Orwell nunca pensó que su distopia seria moneda de curso legal por las democracias de rancio abolengo. Cual derecho de pernada partitocrático. Por cierto, el 25 de mayo entró en vigor en toda la UE el Reglamento para la Protección en el Tratamiento de Datos de las Personas Físicas (RGPD) por parte de empresas y organizaciones que establecía el consentimiento previo de los afectados. Todos fichados.

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