Son los «hijueputas» del palacio

Jan Thielen, periodista y documentalista holandés, escribe para SEMANA la impresionante historia que presenció hace 22 años en una fosa común en el Cementerio del Sur de Bogotá.

Sábado 15 Noviembre 2008

El olor penetrante de los cadáveres me persiguió físicamente por lo menos dos días más. Sicológicamente se vuelve a sentir cada vez que me acuerdo al ver cómo arrojaron un cadáver que, por más desfigurado que estaba, parecía de una mujer.

Todo ocurrió a comienzos de enero de 1986. Ya había vivido en Colombia hasta 1984, cuando me fui a vivir a Argentina, y en el 86 hablé con mis jefes en Holanda para volver a Bogotá para hacer un reportaje sobre La Violencia. Para el reportaje necesitaba, como decimos los periodistas, ‘color local’, es decir, en este caso, elementos que ilustraran el clima de la violencia. Fue así que alguien me sugirió ir al Cementerio del Sur, donde supuestamente, de vez en cuando, hacían fosas comunes en donde depositaban los muertos no identificados.

Fuimos, Harry Van der Aart y yo. Harry era un fotógrafo holandés que me acompañó al cementerio en ese viaje, y hablamos con alguien que me pareció el administrador. Fue una conversación donde yo le mentí y le dije que estaba haciendo un reportaje sobre la forma como enterraban a los muertos en diferentes culturas . ¿Y cómo era en Colombia?, pregunté. Y a propósito, ¿cómo lo hacen con un muerto que no tenga parientes o alguien que se preocupe por un funeral o por lo menos una tumba decente? Fue así que nos confirmó que en el cementerio con cierta frecuencia se abrían fosas. Y que generalmente era los miércoles o los sábados a las 8 de la mañana. Y que era muy probable que el miércoles siguiente iban a abrir otra fosa. Ese miércoles llegamos a las 7:30 al cementerio. Fue el miércoles 22 de enero. Lo recuerdo porque fue al final de mi estada en Bogotá. Recuerdo, también, porque a los pocos días de haber grabado en el cementerio, y mientras que estaba procesando el material, se conoció la noticia de que la nave espacial norteamericana Challenger había explotado a pocos minutos de su lanzamiento. Eso fue el 28 de enero de 1986.

A los pocos minutos de llegar al cementerio, ingresaron dos camionetas cerradas, una un poco más grande que la otra, pero las dos ya viejísimas. La fosa ya estaba abierta. Antes de que abrieran la puerta trasera de la primera camioneta, que si mal no me acuerdo estaba trabada con un cable, se reveló la carga que traía. Fue insoportable, porque conocía ese mal olor de anteriores reportajes en Nicaragua, en El Salvador, Honduras, Guatemala.

Bandejas de aluminio, una encima de la otra, y nada que las separara, donde se veía pies y más pies. Y de lado, varios baldes. Había varios hombres,unos mirando desde una modesta distancia, mientras otros comenzaron a tirar los cadáveres. Y uno de esos hombres se quedó mirándonos a Harry y a mí más que al espantoso espectáculo que estábamos presenciando. Este señor casi nunca nos quitó los ojos de encima y parecía ser uno de los encargados de la macabra escena.Bandeja tras bandeja, donde sobraba líquido medio rojizo de sangre y agua, fueron descargadas. Y los cadáveres fueron arrojados en la fosa de unos dos metros de profundidad. ¿Cuántos? Creo que eran unos 10. Ya había visto cadáveres en varias oportunidades, sobre todo en los países de Centro América envueltos en guerras civiles, pero estos cadáveres eran diferentes.
Los baldes estaban llenos con restos de cadáveres. Restos calcinados. Hubo algún u otro cadáver también medio calcinado. Al llevar los baldes a la fosa, cayeron pedazos de cuerpos al piso. Fue algo de esto que seguramente pisé sin querer, porque horas después, ya en el hotel, descubrí algo de esto en las grutas de mi zapato.Pensé que eran cadáveres comunes. De indigentes. Hasta que uno de los hombres que cargaba una bandeja con un cadáver, aparentemente de una mujer, y me dijo: “Son los hijueputas del Palacio”.

Recuerdo que al escuchar este comentario, vomité y mucho. Nunca supe y nunca sabré con seguridad si aquel miércoles de fines de enero 86 presencié el destino final de algunos de los desaparecidos del Palacio. El olor penetrante de aquellos cadáveres todavía me persigue. Si eran los del Palacio o no, falta descubrir todavía, pero por lo deshumano que vimos, sólo puedo suscribir lo que mi amigo Harry, escribió pocos días después, relatando aquella mañana: “Carece de toda dignidad humana lo que vi, arrojando un muerto, desconocido, desnudo, en una fosa común. Carajo, estas cosas no pueden seguir aconteciendo”.

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