Solzhenitsin después del olvido

Por Pepe Gutiérrez-Álvarez

No se puede decir que el centenario de Alexander Solzhenitsin después del olvido haya suscitado nada parecido a la “inmortalidad” que le acompañó en las últimas décadas del siglo XX, cuando fue adoptado como una de las cartas favoritas de la “guerra cultural” contra el “totalitarismo”, un concepto cínicamente manejado del que sustraía el núcleo central –el colonialismo- para acabar con una amalgama en la el nazismo derrotado –forjado por el gran capital- se mezclaba con el “comunismo”, un concepto que carecía de otro matiz que no fue la del “Imperio del Mal” que, ante todo, lavaba los océanos de sangre causados por la trata de negros, la devastación de los nativos, el sufrimiento de la mayoría trabajadora, la opresión de la mujer y una largo etcétera sobre el que Solzhenitsin, el flamante Nobel ruso revestido con la toda autoridad mediática posible, no tenía nada que decir. De hecho, en sus cuentas personales, su revisión de la historia llegaba hasta la negación del Renacimiento, lo cual no era poco ya que Franco se quedó en maldecir la historia desde la toma de la Bastilla.

El truco no era ninguna novedad. Sabido es que el primer país que acabó con la esclavitud (1803), fue la República jacobina de Haití, una victoria que pagó tan cara que acabó convertido en uno de los países más pobres y subyugados de la historia reciente; curso que no desdice un ápice una odisea que solamente los más infames amalgamaran con lo que significó la dictadura de Duvalier, por cierto uno de los “hijos de puta” adoptado desde Washington. Como es sabido, el “caso Soljenitsin” tuvo un prólogo en 1976, cuando fue entrevista en hora punta por José Mª Iñigo en TVER para proclamar que en España había mucho más libertad que en su Rusia, tan marcada por la herencia zarista. La respuesta airada de Juan Benet, y una cierta trifulca en la que el autor de estas líneas intervino en la prensa militante diciendo algo no muy diferente a lo que voy a decir: Benet tenía razón porque los comunistas bajo el franquismo habían sido el principal núcleo de la Resistencia; por otro lado, las libertades se estaban abriendo paso contra el régimen algo que no estaba sucediendo en la URSS donde el peso de la barbarie zarista se había manifestado a través de la burocracia –zarista y advenediza- que había sido la base social del estalinismo. Un estalinismo que había retrocedido rudamente.

Otra cosa es que en su obra convenga distinguir entre las primeras, y la “consagrada” “Archipiélago Gulag” que es más buen una “causa general” contra el comunismo…

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Recordemos que en su fase “natural”, la revolución rusa significó el protagonismo de las masas en la historia. El viejo mundo caía cuando hasta los sectores sociales más atrasados se movilizaban por sus derechos. El Octubre ruso provocó –todavía lo hace aunque en menor medida- una empatía que atravesó como un rayo luminoso el movimiento obrero. Socialistas pero sobre todo los anarquistas, la recibieron con entusiasmo, y vieron en ella un referente para acabar con la opresión y la miseria que oprimía a la mayoría. Este entusiasmo remitió, pero en la segunda mitad de los años treinta tuvo lugar otra oleada “prosoviética” aunque los factores ya habían cambiado. Esta ilusión impregnó la cultura comprometida de la época, e incluso tuvo su traducción hasta en Hollywood. Stalingrado y la derrota del nazismo llevó esta empatía al entusiasmo, tanto fue así que se cuenta que en el exilio no faltaron anarquistas y poumistas españoles que llegaron a creer que la severidad de Stalin se había demostrado como necesaria para vencer a un enemigo tan terrible y tan odiado.

También conviene recordar que cuando los USA se aliaron con el régimen franquista, se hizo muy difícil llamarse demócrata y partidario del llamado “mundo libre”. A lo largo de los años sesenta, la actuación de Jruschev en defensa de Cuba y sus promesas reformistas hicieron que estas simpatías se renovaran. No fue hasta la ocupación de Checoslovaquia en agosto de 1968 que este sentimiento positivo comenzó a declinar, pero aún y así, la visión crítica se fue situando dentro de una cierta lógica que podríamos caracterizar como próxima al área trotskiana (La revolución traicionada), y de la que sería un buen exponente Isaac Deutscher con La revolución inconclusa,  considerada como su “testamento” 1/.

De alguna manera, este mismo modelo de base estaliniana se reprodujo con la “revolución cultural” china y el culto al pensamiento de Mao. Este sentimiento alimentó el desarrollo de varios partidos de signo maoísta hoy olvidados, pero que tuvieron una importancia a lo largo de los años setenta. Luego, la muerte de Mao, más la caída de la llamada “banda de los cuatro”,  acabó siendo fatal para esta corriente que no tardó en descomponerse. En menor grado, esta fascinación tendría igualmente una variante cubana, e incluso una más reciente prochavista con Venezuela, siempre con sus propios matices 2/

Esto explica que el declive del prosovietismo como del maoísmo fue coincidente con la creciente restauración conservadora en la que todavía estamos, lo que explica que en los medios más instalados, este discurso de “enmienda a la totalidad” de la revolución rusa, y con ella de lo que se ha venido a llamar impropiamente “comunismo”, un concepto que se refiere a una lejana meta final de libertad y abundancia. Sin embargo, esta uniformidad resulta bastante sospechosa. De entrada, raramente se habla de las condiciones socioeconómicas, que Rusia era un país miserable a principios de siglo y que llegó a ser el contrapunto del Imperio, globalmente, su caída ha significado un paso atrás en la historia. Sin dicha caída no se puede comprender las dificultades de los países expoliados, ni la ofensiva neoliberal contra el “Estado social” europeo con sus ramificaciones en la propia Norteamérica. Se olvida por ejemplo que la distancia económica entre Rusia y los Estados Unidos disminuyó a pesar de todos los pesares. Igualmente se escamotean datos primordiales, baste algunos ejemplos:

–1) Rusia era un país primitivo y atrasado que estaba siendo dominado económicamente por las potencias occidentales (Gran Bretaña sobre todo), de ahí que fuese empleado como “carne de cañón” durante la I Guerra Mundial, un acontecimiento que se suele omitir;

–2) Esta maniobra metódica ha permitido enfocar la historia del siglo XX como una oposición entre los “totalitarismos”  (comunistas y fascistas, como sí ambos polos fuesen hermanos gemelos), y las democracias, esto sin cuestionarse que dichas democracias negaban la libertad a los países que habían colonizados;

–3) Además del atraso secular, de la guerra mundial, Rusia sufrió singularmente una guerra civil devastadora animada por las potencias occidentales que emplearon la táctica de la “contra”, o sea reforzar a la contrarrevolución derrotada para llevar a la revolución al borde del abismo;

–4) Al final de esta lucha a vida o muerte, las principales clases sociales que habían protagonizado la revolución (obreros y campesinos), estaban extenuadas, y una parte considerable de los cuadros militantes cayeron en la lucha, también sucedió que, en su preocupación por la lucha contra los “blancos”, los líderes bolcheviques no se percataron de las graves deformaciones producidas en su seno, sin ir más lejos, en el crecimiento de la Cheka….

–5) Los bolcheviques abordaron la conquista del poder en nombre de su mayoría en los soviet de obreros, soldados y campesinos, o sea de la democracia directa. También  lo hicieron como prólogo de una revolución internacional que quedó a mitad de camino. No obstante, sin el apoyo del movimiento obrero internacional, del miedo que producía la extensión revolucionaria en Europa y en los países colonizados (China en primer término), el imperialismo no habría cedido en sus planes de intervenir por la restauración, planes que no fueron desechados hasta 1929…

Por otro lado, el curso revolucionario conoció varias fases. Por supuesto, la más creativa fue la inicial, antes de la guerra civil, y esto se plasma en la Constitución de 1918 para la que la definición de “totalitarismo” sería totalmente injustificada, antes al contrario, se plantea la libertad desde su forma más radical: la igualitaria. A pesar de la guerra y del creciente ascenso de la casta burocrática (fruto de un “matrimonio” entre las antiguas castas debidamente puestas al día, y las nuevas compuesta por los sectores revolucionarios que se han ido enquistando en el partido triunfante y en el Estado, un Estado obrero con deformaciones burocráticas, al decir temprano (1922) de Lenin.  Hasta el final de los años veinte, los disidentes de cualquier color pudieron optar por el exilio. No será hasta la culminación del ascenso de Stalin que tendrá lugar lo que Víctor Serge llamaba “los años sin perdón”. El propio Victor Serge subrayó que sí bien el estalinismo fue una “continuidad” de la revolución de Octubre, no era menos cierto que pudieron darse otras.

Por ejemplo no se explicaría sin la derrota de la revolución espartaquista que, al mismo tiempo, acabó siendo el prólogo de la contrarrevolución nazi.

–notas

–1/ Isaac  Deutscher (Chrzanow, 1907 – Roma, 1967), fue sin duda el más influyente historiador de la Rusia soviética, un anti-anticomunista autor de obras, artículos y conferencias que influyeron poderosamente en la generación de los sesenta-setenta. Esta influencia fue igualmente extensible al otro gran especialista, E.H. Carr, que después de la muerte de éste, convino en trabajar con su compañera, Tamara, igualmente historiadora. La revolución inconclusa recoge sus conferencias en la Universidad de Cambridge entre enero y marzo de 1967, y fueron editadas por ERA, México, que fue también de la mayor parte de sus obras. Paco Fernández Buey  la escoge como punto de partida para analizar el estalinismo en La barbarie, de ellos y la nuestra (Ed. Paidos,  1993,  concretamente en el capítulo 17, titulado Socialismo y/o barbarie. Sobre Deutscher se puede consultar mi recopilación recogida en www.moviments.net/.

–2/La lógica  del prosovietismo se apoya antes que nada en la reacción contra la existente. En plena posguerra española, a mi padre que era un hombre profundamente acobardado le preguntó un patrón que era lo que pensaba sobre Rusia, pero atribuladamente respondió:”Peor que esto no puede ser”, lo que no le costó el despido de milagros. La misma lógica ha funcionado entre mucha gente de los países del “socialismo real”  que, como los emigrantes del siglo XIX y principios del XX, querían creer en “las Américas” como Jauja. Algo no muy diferente hace que muchos jóvenes de los países expoliados, sueñen que en Occidente van a encontrar lo que no tenían en su tierra.

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