«Solidarios»

Publicidad

Por Antonio Lorca Siero

Practicar la solidaridad, es decir, adherirse circunstancialmente a la causa o a la empresa de otros porque se considera humana, trata de fomentarse socialmente como muestra de mejora de la civilización y, en definitiva, como si se quisiera demostrar mayores índices de sensibilidad en las personas. Es discutible que este sea el propósito real y no se trate de una moda más a las que nos tiene acostumbrados el mercado, puesto que en algunos ocasiones así podría entenderse. Sobre todo cuando se da excesivo bombo a un tema y se saca a escena a algún influenciador con fines publicitarios, pretendiendo que se le vea como solidario, cuando es un simple vendedor de imagen, que la utiliza con la finalidad de ganar adheridos a la causa que patrocina, o se enfoca como una actividad comercial a cargo de profesionales y empresas. En todo caso debería entenderse que ser solidario es algo más serio.

De seguir la tendencia dominante en un determinado momento, podrían pasar por solidarias aquellas personas que apenas encuentran satisfacción en sí mismas y para aliviar el problema se abren al prójimo desinteresadamente. Por contra, quienes viven pendientes de la consideración ajena, los actos de desprendimiento que se derivan del hecho de ser solidarios con alguna causa les hace ganar interesadamente méritos tanto ante la sociedad, que es lo fundamental, como para satisfacer su propio ego. Se trata de dos posturas contrapuestas que se mueven en el plano de la individualidad convencional en cualquier sociedad. Hay una tercera, la de quienes merecen la consideración de solidarios en estado puro. Son personas especiales, difíciles de encontrar, totalmente ajenas a las modas y al margen del sentido publicitario, que se entregan consciente y voluntariamente a la causa a la que se adhieren, haciéndola suya.

Los solidarios individuales comunes carecen de interés mercantil, porque suelen ser personajes anónimos que pasan sin pena ni gloria y casi nunca aparecen en los titulares de la comunicación, en cuanto no se les encuentra utilidad para la publicidad o no está dentro de sus previsiones publicitarse. Del otro lado, se sitúan los entregados públicamente a la solidaridad, son los que interesan al mercado, entre otros motivos porque sirven de modelos que animan al auditorio a hacer de la solidaridad una aproximación a la moda. Entre ellos no es difícil encontrar profesionales famosos dedicados a la solidaridad de rótulo a falta de ocupación. A tal fin es requisito imprescindible haber destacado previamente en alguna actividad que procure nombre y haberse convertido en icono objeto de atención de las masas. Algo así como ese globo que se hincha a voluntad, si se mueve dentro de los intereses dominantes, y se desinfla de la misma manera. Cuando su prestigio artificialmente fabricado decae, porque ya no sobresalen en la actividad que les dio fama y están a punto de pasar a ser juguetes rotos, buscan otro argumento para hacerse notar. De esta manera, aferrándose a la solidaridad, con la complicidad de quienes se dedican al negocio, tratan de continuar en el candelero bajo la etiqueta de solidarios. Es el último recurso para atraer titulares y réditos cuando ya no son estrellas en lo que se les dio a conocer por los medios.

Esos personajes en decadencia son útiles para estos otros profesionales del negocio de la solidaridad, es decir, los que viven de un empleo dedicado a practicar la defensa interesada de las distintas causas que se mueven en el panorama existencial, causas que se abrillantan conforme a una pluralidad de intereses para sensibilizar al público. Es ese modelo de solidaridad el que de forma organizada se dedica a explotar cualquier situación siempre que genere rentabilidad empresarial. Aprovecha un rótulo que suena a las masas para que mantenga en auge el posible negocio, que coloca por delante de su labor solidaria. Con lo que, primero, está lo comercial y, si hay lugar, publicitar la solidaridad para mantenerse en la onda.

No hay que ignorar a esos otros que ven la solidaridad como puro negocio mercantil, excluyendo a los pillos que aprovechan una circunstancia puntual para pulsar la emotividad ajena y promover el desprendimiento dinerario para llevarlo a su propio bolsillo. Se trata de algunas empresas capitalistas, siempre atentas a aquello que pueda ser comercialmente rentable, ya sea inmediato y computable o en potencia, calculando el apalancamiento que supone la causa a efectos publicitarios y con la mira puesta en incrementar el dividendo. Animan al auditorio a soltar el efectivo para darse nombre ellos mismos o se desprenden de una parte simbólica de sus beneficios para, con ayuda de la ingeniería fiscal, reducir al mínimo el pago de impuestos del grueso de las ganancias. Al final resulta que quedan ante la opinión pública como solidarios —aunque sea de pacotilla—, lo que supone ganar méritos y traducirlos en incremento de beneficios. Vamos que quieren vender al gran público que una empresa capitalista, por principio dedicada a obtener beneficios sin contemplaciones, es en realidad pura filantropía, por el hecho de dar una limosna con el propósito de colgarse el rótulo de solidaria.

A todo esto, los que mandan ven bien lo de que la gente sea solidaria, aunque algunos lo entiendan como una moda, porque está de actualidad, lo fundamental es que sirven de ejemplo de humanidad para la ciudadanía. No obstante ese inapreciable valor, lo sustancial es que la solidaridad hace a las personas más sensibles y comprometidas con esas causas que los poderes públicos, si se consideran progresistas —calificativo que se adjudican los políticos para lucirse—, debieran asumir como de su competencia. Sin embargo pasan el testigo a los ciudadanos, porque basta con darles un poco de coba para que les eximan de una función para la que no están preparados. Toda vez que lo de adoptar soluciones eficaces para aquellas situaciones que afectan a la sensibilidad humana va más allá de la rutinaria y la lenta parafernalia burocrática.

Por último, convendría dejar bien claro que ser solidarios no es dedicarse a hacer simple publicidad o negocio con lo que se entiende como buenas causas, sino implicarse real y desinteresadamente en ellas. Amén.

Antonio Lorca Siero

También podría gustarte

Los comentarios están cerrados.

This website uses cookies to improve your experience. We'll assume you're ok with this, but you can opt-out if you wish. Accept Read More