Socialdemocracia. La guerra de las palabras

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Por Pepe Gutiérrez-Álvarez

Es verdad cuando Pablo Iglesias dice que la socialdemocracia la crearon Marx y Engels.  Se refería a la II Internacional creada en el Primer Centenario (1889) de la Revolución francesa. La que instituyó el Primero de Mayo con un programa que resulta utópico: 8 horas de trabajo, 8 de sueño y 8 de ocio creador…La revolución de Octubre de 1917 la lideró el Partido socialdemócrata ruso que en 1919 pasó a llamarse “comunista” en protesta contra el socialpatriotismo…Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht murieron siendo socialdemócratas, eso sí, asesinados por Noske y Ebert que habían envilecido el concepto. Socialdemócrata fue Salvador Allende el “irresponsable” (Kissinger) que  quiso gobernar para el pueblo. Aunque más discutibles,  también lo era Olf Palme que denunció los crímenes de guerra del imperio en el Vietnam. Lo era el primer Partido del Trabajo brasileño en el que coexistían corrientes muy diferentes a la manera clásica.

Al principio de la Transición, a Felipe González le gustaba subrayar que ellos no eran socialdemócratas sino socialista. Lo decía porque en aquel entonces se llamaron socialdemócrata Jordi Pujol, Fernández Ordóñez, e incluso jerarcas de las Cortes franquistas como Iglesias Selgas que hasta escribió un libro que tituló La vía española al socialismo, y el olvidado Manuel Cantarero del Castillo que sería uno de los prebostes de Alianza Popular presidía un grupo “socialdemócrata” y escribió otro libro sobre la “historia perdida” del PSOE, un título en verdad acertado.

Y es que no son las palabras las que hacen las cosas. Lo que había de socialdemocracia en el felipismo se quedó en el camino cuando todo lo prometido en el programa fue invertido como sí se tratara de un guante. De una goma que se estira a conveniencia.  En el caso del historial del PSOE se puede hablar de un principio, del tiempo en que, siguiendo la tesis central Lampedusa en El Gatopardo, primero  fueron los leones.  En los años de formación hubo unos cuantos: Pablo Iglesias, Jaime Vera, Juan José Morato, Antonio García Quejido, Facundo Perezagua, Tomás Meabe, Virginia González, Evaristo Acevedo, Luis Llaneza, Belarmino Tomás, Wenceslao y Santiago Carrillo…Ellos sentaron las bases de un partido y de un sindicato (García Quejido en Barcelona). Dieron cuerpo a la mitad del movimiento obrero organizado, un objetivo ya de por sí extraordinario. En el después no es abusivo hablar de los gatopardos, de los hombres de la República a los que la historia les pasó por encima: Largo Caballero, Indalecio Prieto, Daniel Anguiano, Ramón Almoneda, González Peña, Juan Negrín, Luís Araquistáin, Jiménez de Asúa, Max Aub, Julián Besteiro, Fernando de los Ríos…

El después tiene dos fases. En la primera se trata de recuperar la memoria de unos y otros, de recuperar una tradición propia que, por cierto, en Cataluña conoció inquietudes nacionales luego recuperadas (Serra i Moret, Marti i Juliá), que luego recuperó el PSC, aquel que se manifestaba clamando con slogans como  Cataluña socialista, Sempre amb la clase obrera, etc. Es el PSOE que en la moción de censura contra Suárez y la UCD insiste en la socialdemocracia que Ken Loach describió en El espíritu del 45. Se nos decía: queremos lo mismo que vosotros –los radicales- solo que de una manera más tranquila y prolongada o sea el discurso del viejo Eduard Bernstein,  orgulloso gai, pacifista durante la “Gran Guerra” y partidario de verdad de las reformas socialistas graduales. Este tiempo acabó y llegó la época de las hienas: Felipe, Guerra, Narcís Serra, Virgilio Zapatero, José Barrionuevo, Roldán y un largo etcétera, personajes con biografías protegidas creyeron que la lucha de clases era cosa de la historia, que había que privatizar las empresas nacionalizadas, desmantelar la industria, aceptar una Europa que últimamente está andando cada vez más hacia atrás, una Europa que da con las puertas en las narices a los refugiados. Una Europa que en Francia está tratando de aplicar otra vuelta de tuerca contra los cada vez más mermados derechos de los trabajadores, a las expectativos de la juventud, etc. Es el PSOE del “enriqueceos” de Solchaga; el de “se pensaban (los de la derecha) que se iban a enriquecer ellos solos….” (Juan Guerra), el de OTAN de entrada sí, el de bajar impuestos es de izquierdas, el de la Trilateral y todo lo demás.

Sí queda algo de socialdemocracia-socialdemocracia, como aquello del café-café que nos decía Manolo Sacristán, es lo que subsiste en unas bases cada vez más augustas, cada vez más alejadas de la juventud, entre aquellos que creen que lo menos malo posible que siendo la única opción viable porque más allá está la derecha furiosa, la misma que trata de extremista, de comunista, de radical cuando ellos están haciendo socialmente bueno el régimen de Franco. Cuando los empresarios y el Banco de España abogan por el esclavismo, aquel de la peonadas que todavía perfectamente visibles en los años sesenta. Cuando los trabajadores del campo se agrupaban en el “pollo” del pueblo a la espera del capataz que los contratara a su placer. Que no sabían sí lo iban a escoger al día siguiente.

Estamos pues en medio de la guerra de las palabras, La misma guerra que se manifestaba con el 15-M clamando multitudinariamente “Oeoeoeeé, ¡le llaman democracia y no lo es¡”. Es una guerra  necesaria, le llaman democracia, se llaman patriotas, católicos, socialdemócratas e incluso comunistas –Carrillo por ejemplo era carrillista y punto-, y no lo son. Tenemos que volver a Diógenes que se paseaba a luz del día por las calles de Atenas con una antorcha, y cuando le preguntaban sobre lo que estaba haciendo, respondía: “Busco un hombre”.

Nosotros buscamos la socialdemocracia de los leones, aunque de momento ya nos vale la de los gatopardos siempre que estos acaben con las hienas. Por cierto, ya que estamos con las palabras, Lampedusa utiliza a unos animales que merecían el significado peyorativo que se les ha dado, pero esta es ya otra historia.

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