Sobre una disputa en el aeropuerto

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Por Mikel Arizaleta

Este lunes pasado comenté con mi amigo alemán, Harald Martenstein, el resultado de las elecciones, el éxito del PP –posiblemente el partido más corrupto de Europa- y la bellaquería corrupta y prevaricadora entre el ministro de Interior Jorge Fernández Díaz y el director de la oficina antifraude, Daniel de Alfonso, un juez (¿uno de tantos?). Y Harald Martenstein me explicó el talante europeo con un ejemplo:

Me encontraba, dijo, en el aeropuerto, quería volar de Berlín a Colonia. En el control de  equipajes de mano me mandaron observar mi mochila  en la pantalla del monitor. El poli de seguridad me dijo: “¡Eh, venga aquí!”. Un tipo desagradable; me trató con aires de superioridad, y no me gusta.

“¡Ya, dijo, qué vemos ahí!”. La palabra “muchachote” se palpaba en su lengua, se percibía en su risa burlona. En el monitor yo tan sólo veía algunas sombras, puntos y líneas con salsa de pixeles. Al fin dijo: “¡No ve, hay cinco mecheros y sólo se permite uno en el equipaje! ¡Uno, y hay cinco!”. Y calló, dejando colgado cierto dramatismo en el aire con cierto recochineo triunfalista, como diciendo: ¡estás en mis manos! ¡Yo soy la ley y tú eres una mierda! Algo así expresaba su mirada. Y esas miradas tampoco me agradan.

Casualmente utilizaba mecheros con el anagrama- anuncio de una funeraria, lo que encender el cigarro con uno de ellos conlleva de manera inteligente una cierta declaración no exenta de ironía, que me gusta. Pregunté: “¿Y si tan sólo se puede portar uno en la mochila, puedo quizá uno segundo llevar en el bolsillo del pantalón?”. El policía dibujó ahora una mueca en su rostro, una mueca realmente asquerosa. Y dijo: “¡Aquí no nos encontramos en un bazar turco!”. Y de nuevo apareció en el ambiente, sin ser pronunciada, el palabro “muchachote”. Entonces tuve una idea. Dije: “¡Acaba usted de hacerme una observación racista; se denotaba racismo en su expresión!”

El poli, afortunadamente,  pareció ligeramente irritado. “En el bazar se negocia, yo tan sólo he dicho que aquí no”, me respondió. Pero “usted ha utilizado la palabra turco de manera despectiva, y eso lo sabe usted. Ha utilizado un cliché racista”, le respondí. En cuestión de segundos las tornas de poder había cambiado, y se notaba, una sensación como en el song Under Thumb de los Rolling Stones.

El poli dijo: “¡No soy racista, yo mismo tengo un pasado migratorio!”. Puede que fuera verdad. Y yo respondí con la esperanza de acertar: “Pero en cualquier caso no un pasado migratorio turco, de lo contrario no habría hablado despectivamente sobre los turcos. Y no lo tolero. Yo tengo nacionalidad turca, estoy casado con una turca y nosotros y nuestros hijos estamos hartos de vuestro racismo”. Y quien ahora se encontraba en apuros era él. Y dijo a uno de sus colegas: “¡Llama al jefe”. Y vino el jefe. Y el poli del control dijo: “Éste hombre afirma cosas que no son verdad. Yo tan sólo le he indicado que esto no es un bazar”. Y yo dije: “Se me ha ofendido de manera racista”. El jefe callaba y cavilaba. La situación le resultaba desagradable. Entonces se acercaron dos controladores más y uno de ellos dijo: “Hemos escuchado todo y la palabra turco no se ha pronunciado, lo podemos atestiguar. Por lo que le rogamos vaya a la puerta de embarque, de lo contrario le vamos a denunciar. Feliz vuelo”. Y de nuevo reinó la alegría.

Me marche con tres de los cinco mecheros, y nadie más me molestó por ello. Si hubiera sido un terrorista mis ardides no hubieran valido y se me habría clavado la angustia en el alma. Antes del embarque tomé un café y desde el taburete del bar vi cómo los controladores discutían acaloradamente entre sí, y recriminaban con insistencia al colega que me denostó. No dejó de ser para todos una experiencia.

Mikel Arizaleta

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