Sobre la pérdida de conciencia de clase de los trabajadores españoles

Más de 30 años de vaciamiento de la conciencia ideológica y de clase de los trabajadores españoles no han sido en vano.

No es ajeno a ello la sociología estructuralista que diferencia a las clases sociales antes por su comportamiento ante el consumo que por su papel en la producción. Así, se hablará de status más que de clases sociales y se distinguirán status alto-alto, alto, medio-alto, medio-medio, medio-bajo y bajo o, más simplificadamente, alto, medio y bajo. La elección de un modelo analítico de consumo antes que de producción no es baladí ni caprichoso. Sirve para arrancar a los individuos de su función social, o papel en la producción, que diría Karl Marx, para reinsertarlos en los modelos de consumo.

¿Qué hay detrás de ello? Pensemos sólo por un momento en la ideología de propietariado que se ha instalado desde antes de los años 70 en la clase trabajadora: piso en propiedad, segunda residencia en muchos casos, automóvil, con frecuencia en muchas casas más de uno. Añadamos a ello la gigantesca expansión de la industria del ocio (Internet, móviles, tecnologías para la comunicación, pantallas de TV de plasma, cines, hoteles, restaurantes, viajes low cost al extranjero,…), a la que se ha permitido entrar a los trabajadores para favorecer el crecimiento y el desarrollo capitalistas, y de la imagen personal (cremas cosméticas, liposucciones, operaciones cada vez más accesibles de cirugía estética, ropa de semidiseño al alcance de amplios sectores sociales,…). Veamos entonces como es fácil que nadie quiera reconocerse en una encuesta en la que se pregunte al entrevistado si pertenece a la clase alta, media o baja, en la baja;sobre todo si la pregunta no es si se es empresario o trabajador por cuenta propia o ajena. El consumo se ha convertido en un generador de ideología “democrática e igualitaria”, hasta hace bien poco financiada desde el crédito (en estos momentos ese recurso no funciona), aparente nivelador de desigualdades sociales, y mecanismo que extiende la explotación desde la producción a la reproducción. Alienados en el trabajo y en el consumo, trabajamos para consumir, no para liberarnos de la necesidad y construir el reinado de la libertad, aquél que el revolucionario de Treveris concebía en los Grundisse como“reducir al mínimo el trabajo necesario, lo que se corresponde, por consiguiente, con el desarrollo artístico, científico, etc., de los individuos en el tiempo liberado y con los medios creados, para todos… «. En estos momentos de la crisis estructural del capitalismo se trabaja para evitar caer por debajo de los niveles de vida adquiridos.

Pero vayamos más allá y analicemos la esfera de lo político. ¿Cuál ha sido el papel de la izquierda reformista y de los trabajadores en la transición democrática y desde entonces acá? De comparsa del sistema capitalista que se relegitimaba en una nueva ritualidad “democrática”, sin ruptura sino con reforma, dónde no se pusieron sobre la mesa los elementos decisivos de cada programa máximo de los partidos sino que se impuso una lógica de pacto social (tomado en el sentido de Rousseau)para que no se desbordasen los límites de la esfera de lo político en una transición que tenía más de Carta Magna, por otorgada (no se cuestiono la forma de Estado, que venía heredada del franquismo), que de auténtica Constitución, en la que los contratantes parten de cero para definir la nueva situación. De ahí que el modelo económico quedase consagrado e intocable. No entraré en cuestiones de correlaciones de fuerzas o de posibilidades de ir más allá de lo que se hizo, ya que ahora no viene al caso.

Las fuerzas de la izquierda reformista entraron pues a una práctica política (incluimos a los sindicatos) en la que la definición de izquierda acababa por ser lo que no es derecha (pero vaciando el contenido de proyecto socialista como modelo de sociedad alternativo). De este modo, su función era la de ser correctora de los desigualdades más sangrantes del sistema, mediante políticas fiscales redistribuidoras y a través de los salarios. El objetivo era asegurar el nivel de vida de los trabajadores pero sin tocar su papel en la producción, esto es, la cuestión de la propiedad y la gestión de los medios de producción.

Alrededor de los Pactos de la Moncloa se estableció una estrategia de paz social, no abandonada sino acentuada hasta el día de hoy, en la que se aseguraba no desbordar los límites (ni siquiera acercarse) de la crítica al sistema, a cambio de mejoras puramente salariales. Salvo las luchas de los años 80 contra el desmantelamiento industrial (eufemísticamente “reconversión industrial”), practicado por González, y cuyo carácter fue el de un combate de resistencia de segmentos de la clase obrera que se sentían amenazados como llamados a desaparecer de la composición social de los trabajadores, la gran mayoría de las luchas posteriores han sido salariales. Es cierto que las Huelgas Generales desarrolladas contra los Gobiernos PSOE de González y PP de Aznar lo han sido en defensa del empleo, de su carácter indefinido y contra la precarización(1985, Huelga en solitario de CCOO contra la Primera Reforma de las Pensiones. 1988, Política económica del Gobierno-Plan de Empleo Juvenil 1992 Real decreto sobre fomento de empleo y protección por desempleo. 1994, Reforma Laboral del Gobierno. 2002 Real decreto sobre protección del desempleo y medidas de fomento del empleo), los contratos basura, los empleos temporales y a tiempo parcial. Pero lo han sido a la defensiva, sin un proyecto político, de modelo alternativo y anticapitalista. El objetivo era no retroceder, nunca avanzar.

Tenemos pues que en la mente de los trabajadores se ha ido instalando, a lo largo de todo este período, un aburguesamiento brutal de “propietariado” consumista, cuyas luchas han sido ante todo salariales y en la que el sentimiento de clase se ha ido desdibujando así como los significados de la dicotomía izquierda-derecha. Hoy para los trabajadores, socialismo no es una nueva formación social y económica, basada en la propiedad colectiva y social de los medios de producción sino las políticas de capitalismo amable realizadas durante los períodos de Gobiernos socialistas. A ello hay que añadir que la izquierda comunista mayoritaria fue abandonando la lucha ideológica a favor de una acción básicamente parlamentario que, pronto se acabaría convirtiendo en la digestión de un plato de amanita faloides (muerte por envenenamiento masivo). Si te desarraigas de lo que es tu identidad, te suicidas, al abandonar lo que es tu esencia y la formación ideológica de la que debe ser tu base social.

Un último factor, cuyo grado de impacto sobre la conciencia personal y colectiva de los trabajadores españoles y del mundo, aún no ha sido estudiado pero que sin duda habría de causar un efecto en forma de pesimismo político y de mazazo sobre las esperanzas en las posibilidades de cambios políticos y sociales, de que otro mundo fuera posible, fue sin duda el hundimiento, con efecto dominó de unos países sobre otros, del llamado bloque socialista. La caída del Muro de Berlín el 10 de Noviembre de 1989 y la desaparición de la Unión Soviética, tras varios años de experimento de perestroika trajo, lejos de la esperanza de una reforma hacia Estados socialistas democráticos, procesos de transición hacia países capitalistas. Significo una de las mayores derrotas de las ideas marxistas, socialistas y comunistas, por encima de la calificación que dichos regímenes tuvieran para los trabajadores españoles y del mundo, y la desilusión hacia los procesos revolucionarios durante cerca de una década. Algo de lo que apenas empieza una parte de la clase trabajadora a recuperarse con los procesos democráticos hacia el socialismo en países como Venezuela, Bolivia o Ecuador, por citar sólo algunos. Pero el giro a la izquierda de Latinoamérica sucede en otros contextos políticos, económicos, sociales e ideológicos del mundo y su impacto sobre las conciencias colectivas de los trabajadores no está siendo, ni de lejos, el que tuvo la aparición del primer Estado socialista en 1917.

Esta debacle en el campo que se reclamaba del socialismo posiblemente haya tenido un efecto psicológico sobre los trabajadores brutal. Lejos del modelo capitalista, nunca roto por los partidos socialistas o comunistas de dichas sociedades, existían experimentos que demostraban la viabilidad de procesos de cambio no capitalistas, independientemente de que lo generado en ellos se alejase mucho, demasiado, del proyecto emancipador del marxismo y de lo que una formación económica y social socialista debe ser. Significaba ante todo el fracaso de un experimento y el fin de un sueño, de una utopía.

En esta encrucijada de gran crisis estructural y agónica del capitalismo, por un lado, y de ausencia de conciencia de clase de los trabajadores y de desmovilización social, por el otro, nos encontramos, ante la que va a ser la agresión más dura que sufran los trabajadores en más de 100 años del movimiento obrero.

¿Qué hacer?, que diría Lenin. Esa es harina de otro costal y motivo de otro artículo. Por hoy, dejaremos que este repose ante la crítica de los lectores.

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