Sobre el Poder en la Coyuntura Chilena

Publicidad

El reciente estallido social inicia con el rechazo al alza de 30 pesos en la hora punta del metro de Santiago, que se ejecuta mediante las evasiones masivas, la “toma” de algunos puntos de pago de estaciones del metro y disturbios en varias estaciones. Esto determina la decisión de cerrar el metro, lo que genera un caos en el transporte de Santiago que hace que una mayoría de personas se entere de la reivindicación y rápidamente se sienta identificada, pero ya no solo por el alza del metro, sino por las alzas en general, por un costo de la vida que sube para el pueblo mientras que al mismo tiempo se tiene conciencia de que muchas empresas y los políticos en general se enriquecen a partir de corrupción, colusión, evasión de impuestos, en fin, de abusos en general. Así se instala el contenido de que la protesta es contra las alzas y los abusos.

Pero la crítica no tiene un foco puntual, sino que se instala como el carácter del sistema, donde hay una gran mayoría que siempre pierde y una pequeña minoría que siempre gana. Pero lo importante es que el que la mayoría siempre pierda deja de verse como producto de una propia culpa, como ha instalado el neoliberalismo durante cuarenta años, donde se instalaba que la pobreza era por falta de capacidad o esfuerzo, en el sentido de que si uno se esforzaba podía surgir y “ascender” socialmente. Si bien en un momento el acceso de la práctica totalidad de la población a bienes de consumo hizo pensar a toda una generación que “estábamos mejor que antes” con el acceso a bienes tecnológicos y servicios, ahora se estaría inclinando la balanza hacia el “estamos peor” debido a que muchos de esa generación van jubilando ven una gran precarización en su vida y las nuevas generaciones que nacieron con todo el acceso al consumo van viviendo todas las frustraciones y precariedades del neoliberalismo pero sin nunca haber pensado que antes se estaba mejor.

Así, el que la mayoría siempre pierda se ve hoy más como culpa de otro, que no logra ser del todo definido, pero que se generaliza como que es el sistema, pero de forma difusa y cuando a ratos se personaliza el dedo acusador cae en las autoridades, políticos y grandes empresas.

Volviendo a las formas de lucha, la protesta se desata y generaliza ya no solo en Santiago, sino todo el país, hay concentraciones masivas y se atacan muchos símbolos de poder y ostentación, el transporte público con quema de micros y estaciones de metro, instituciones públicas y de gobierno y el saqueo a supermercados, farmacias y grandes tiendas. Ante este escenario el gobierno saca a los militares y declara estado de excepción y toque de queda en las principales ciudades del país. Si bien el gobierno apostó por el miedo (que fue efectivo para una parte de la generación que vivió la dictadura) y la represión, a la distancia se evidenció que fue una mala decisión, tanto porque se jugó una de sus mejores cartas muy al principio del conflicto, como porque no causó el efecto esperado de restablecer el orden público, sino que encendió más la protesta. Es un hecho que la primera semana (18 al 25 de octubre) es donde hubo mayores protestas, destrozos, incendios y saqueos, fue esa semana la que logró remecer y desorientar un poco a los poderosos. El efecto de esa semana cambió la agenda de todo el espectro político institucional (desde la derecha hasta el Frente Amplio) y el acuerdo para desmovilizar al pueblo y retomar el control se empezó a fraguar. Los anuncios de la nueva “agenda social” del gobierno, el fin del estado de excepción fueron allanando el camino para el logro del “acuerdo por la paz social y la nueva constitución”, el cual se vio acelerado por el acotado repunte de la protesta en el llamado a huelga general los días 11 y 12 de octubre. Ahí ya definitivamente se sepulta el remezón al poder que logró este estallido social, todo lo que ocurre en adelante y seguirá ocurriendo está ya bajo los márgenes aceptables y de control del poder (sistema político, medios de comunicación, fuerzas del orden, etcétera), el pueblo pierde ya toda iniciativa.

Tomando en cuenta la debilidad de organización y conciencia del pueblo que ha sido y sigue siendo su condición en toda la fase neoliberal ¿qué hubiera sido necesario para hacer avanzar al pueblo hacia una transformación social real? ¿Y qué sería necesario para que el pueblo logre una vida digna y una real justicia?

Con la profunda desorganización del pueblo, el carácter general y sistémico de la crítica que impulsa a la movilización que en un sentido es una fortaleza, en otro sentido cae en la dispersión, ninguna demanda o consigna logra represar el sentir de la movilización y no hay capacidad organización que permita la conducción hacia algunas demandas que pudieran desestabilizar al sistema y abrir otro escenario de lucha. Y aquí hay que retomar la claridad de que, en la lucha revolucionaria, ningún logro de alguna demanda (que siempre será una reforma), nos hará avanzar por si misma en el proceso revolucionario, sino que lo importante es el proceso en que el pueblo que avanza en su organización, conciencia y capacidad de lucha a costa de quitarle poder realmente a su enemigo de clase. Por tanto, cualquier demanda que no sirva realmente para fracturar el poder establecido, que en este caso simplificando y a modo de ejemplo podría ser el sistema político e institucional, no generará un real avance para el pueblo. Si son los mismos los que tienen el poder y gestionan por más cambios de agenda o concesiones que hagan al final siempre perfeccionaran su modelo para seguir dominando y explotando al pueblo.

Obviando a los que creen que un cambio en la constitución será un avance en sí mismo para una sociedad donde se vida con dignidad y exista real justicia, algunos plantean que el proceso de una asamblea constituyente lograría remecer el sistema y permitir acumular fuerza a la “ciudadanía”. Por tanto, más allá del debate de que un cambio jurídico no cambia lo económico si no hay un cambio real de poder de clase previo y que finalmente el cambio institucional es un perfeccionamiento del estado burgués, tanto por los términos en los que se va a hacer el cambio constitucional y el estado organizativo de conciencia del pueblo ya cierran completamente la posibilidad de que este proceso no sea otra cosa que una relegitimación de la institucionalidad y el sistema político actual. Los miembros de la convención o asamblea constituyente serán puestos por la misma maquinaria económico, electoral y mediática que ya elige las cámaras del congreso (más allá de cambios más o menos en los mecanismos), y no hay posibilidad de que el pueblo arme un proceso paralelo por las razones antes dichas y por otras más, como que todo el proceso por definición es en un estado de desmovilización y se enmaraña en lo técnico y burocrático de las instituciones y su ingeniería. Aun cuando se viera como un “escenario de disputa” están puestas todas las variables que siempre han estado para que el pueblo pierda en el escenario institucional.

¿Entonces qué? La coyuntura tocó techo en términos de desestabilización al cabo de la primera semana, pero si pensamos en qué sería necesario para generar otra situación de poder podría analizarse en tres ejes, que también se podrían dar mezclados:

  1. Ir a la ofensiva contra las fuerzas del orden: Si bien carabineros no logra llegar a todos los focos de disturbios, la respuesta en términos de lucha callejera no ha logrado disminuir su capacidad operativa, que iría por inutilizar vehículos e instalaciones fundamentalmente. Cierto es que se han registrado una buena cantidad de ataques a comisarías, sin embargo, solo se ha llegado a un nivel de “acoso”, mas no de inutilización.
  2. Afectar la red de abastecimiento, de transporte y eléctrica: Durante la primera semana, con la quema de buses y el ataque a las estaciones de metro se produjo en muy pequeña magnitud este eje. Hace poco también se atacó una subestación eléctrica en Copiapó, pero solo se atacaron las oficinas y vehículos cercanos, no se logró afectar la red eléctrica realmente.
  3. Paralización productiva: Esto sería la llamada “huelga general”, que si bien se ha agitado por parte de la Mesa Social en realidad no hay capacidad para generarla, el sistemático empobrecimiento y desaparición de la organización sindical en Chile hace que esta opción sea inviable, incluso a largo plazo.

Ya debiera ser claro que la masividad en marchas “pacíficas” y concentraciones no genera un hecho político real, el sistema es capaz de absorberlas, tiene todo un aparataje operativo para mantener una relativa normalidad del funcionamiento de la ciudad en estos hitos.

La tarea ahora es sacar aprendizajes políticos de esta coyuntura, desarrollar la organización y la conciencia del campo popular ahora con este aliciente y esta experiencia de lucha, y prepararse para deslegitimar y enfrentar el plebiscito y el proceso constituyente desde marzo del próximo año. El objetivo, por lo pronto, debe ser mantener abierta y en lo posible ensanchar la fisura que generó este estallido social.

Publicidad

También podría gustarte

Publicidad

Deja una respuesta

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

This website uses cookies to improve your experience. We'll assume you're ok with this, but you can opt-out if you wish. AcceptRead More