Sobre el «malinchismo»

Publicidad

El malinchismo político hace referencia al personaje histórico de “la Malinche”. En 1519, Hernan Cortés adquiere una esclava indígena que lo ayudaría a derrotar el imperio Azteca y a someter a los pueblos originarios de México. La Malinche actuó como interpreté, guía, asesora militar, e incluso llevó a cabo tareas de inteligencia para el imperio español. La Malinche no sólo trabajó para los conquistadores, sino que terminó siendo la amante de Cortés, y la madre de uno de sus hijos. La canción la “Maldición de la Malinche” del cantautor mexicano Gabino Palomares describe de un modo magistral esta “maldición”, esta suerte de “chauvinismo a la inversa”Hoy en pleno siglo 20/ nos siguen llegando rubios/ y les abrimos la casa/ y los llamamos amigos. Pero si llega cansado/ un indio de andar la sierra/ lo humillamos y lo vemos/ como extraño por su tierra. Tu/ hipócrita que te muestras/ humilde ante el extranjero/ pero te vuelves soberbio/ con tus hermanos del pueblo. Oh/ maldición de malinche/ enfermedad del presente/ cuando dejaras mi tierra/ cuando harás libre a mi gente.”

Desde cuando padecemos este mal en España es algo difícil de responder, no obstante Hobsbawn toca una tecla fundamental cuando expresa que en la Europa Occidental del siglo XX el principal problema de los comunistas era ser revolucionarios en condiciones no revolucionarias. Según el mismo Hobsbawn (y según los pactos de Postdam,no lo olvidemos) los comunistas occidentales debían olvidarse de revoluciones sociales en sus países. Los procesos revolucionarios que podían o no apoyar, que podían o no entender, e incluso de los que eventualmente podían participar, estaban lejos, en las luchas por la descolonización en África y Asia, o en las guerrillas latinoamericanas de inspiración maoista o guevarista. Según la corriente del marxismo a la que uno se hubiese adherido, podían suscitar ilusión y un sin fin de análisis y panfletos los procesos “ya consolidados” de China, la URSS, Albania, Yugoslavia,etc. Pero, en resumidas cuentas, las revoluciones sociales tenían lugar en países asiáticos, eslavos, africanos..y los revolucionarios eran de otras “razas”, hablaban otras lenguas y poseían otras culturas. La clase obrera autóctona, “dopada” por el “Estado de bienestar”, estaba institucionalizada, participaba en huelgas ordenadas y “controladas”.Salvo conatos puntuales y “sobredimensionados” por la historiografía izquierdista, el movimiento obrero en europa occidental aceptaba los moldes del Estado Liberal Democrático. Las “exitosas” transiciones portuguesa y española, en especial esta última, apuntalaban la idea de que Europa seguía otros derroteros, era el momento del eurocomunismo.

Los resultados del Mayo francés apuntaban en esta dirección. Como explica el profesor Jorge Vestrynge, los estudiantes franceses, y la izquierda radical en general, vivieron con decepción como el movimiento obrero y la clase obrera francesa pactaban con el gobierno del General Charles de Gaulle, como aceptaban concesiones parciales, o incluso se oponían vehementemente a los “vanguardismos de la Sorbona”. Los adoquines terminaban siendo aceptables, y a nadie parecía interesarle mucho la playa. Cuando los estudiantes parisinos salían de sus facultades e iban a las refinarías “en busca de la clase obrera” se encontraban con que los trabajadores echaban la verja y les proferían insultos. Estaba claro, la clase obrera francesa se había acomodado, se había “aburguesado”, de ahora en adelante haría falta buscar un sujeto más agraviado, y , por ende, más revolucionario. Es la época de la antipsiquiatría, de la “plebe no proletatizada” de Foucault, y de “los condenados de la tierra” de Frantz Fanon.

La idealización de un sujeto es directamente proporcional al grado en que este resulta desconocido. Los clase trabajadora autóctona, esa con la que los activistas intentan hablar de política “en vano”, esa que vota a “los partidos burgueses”, esa que piensa en clave de estrechez nacional, esa que es rabiosamente anticomunista y que se confiesa demócrata, constitucionalista, liberal, o incluso “capitalista”, carece de la épica emancipatoria que dibujaban los panfletos revolucionarios del siglo XIX.

Las feministas prefieren hablar de prostitutas antes que de cuidadoras, los ecologistas prefieren a Wangari Mathai antes que a la Mesa de la Ría de Huelva, el sindicalista revolucionario prefiere ir a conferencias de LAB (sindicato abertzale) antes que a una huelga de limpiadoras en Sevilla, y muchos socialistas de la academia prefieren analizar más rigurosamente la “Revolución Ciudadana” de Correa que el profano “fenómeno de Podemos”. Lo que está claro es que aquello que se vive, aquello que se conoce, carece de toda épica y emoción.


Pero en el contexto del Estado Español,y, en concreto, en las zonas de nacionalidad española del mismo, la cuestión se complica aun más. Las élites españolas, vinculadas (voluntariamente sometidas) históricamente a las oligarquías europeas del norte, producen y reproducen la enfermedad de la Malinche. La burguesía liberal española ha construido un relato en el que el camino de la modernidad concluye con la integración europea. Es el mantra de “los países del entorno”. Los procesos de legitimación de las grandes políticas nacionales en clave neoliberal se fundamentan por la emulación de lo que tiene lugar en Francia, Alemania,Inglatera o Escandinavia. España tiene que imitar al Norte si quiere salir de su sempiterno atraso. Así, los alemanes son descritos como laboriosos y cívicos, frente a los vagos y pícaros españoles (a pesar de que según la OCDE trabajamos más, y que nuestras tasas de delincuencia son menores). Los ingleses son ahorradores y pragmáticos, frente al despilfarro (a pesar de que la deuda publica británica ha alcanzado ya el 89%) y la mentalidad quijotesca que predomina aquí (idea que difundía el cipayo Ortega Y Gasset) . Los franceses son gente ilustrada y competitiva, mientras esto es un “país de pandereta” y de ladrones ( a pesar de que España tiene más titulados universitarios que Francia).

La izquierda tampoco es ajena al virus malinchista que inoculan nuestras élites, lo que ocurre es que se incuba de otra manera. Para nosotros los alemanes siguieron una transición modélica (aunque prohibieron el Partido Comunista y tienen una constitución elaborada por norteamericanos) y las eventuales huelgas en Francia son un modelo a imitar (aunque ninguna gozó de la explosividad y carácter disruptivo del 15-M, y ni siquiera fueron huelgas generales en sentido estricto, como si ocurrió aquí). España es un país racista, frente al cosmopolitismo nórdico (a pesar de que todas las encuestas demuestran lo contrario y que aquí ningún partido hace del discurso anti-inmigración el eje central de su campaña).

Por último, nosotros mismos nos fustigamos con el genocidiio americano, la reconquista, el franquismo,etc. En lugar de construir un relato nacional alternativo, aceptamos el dominante, lo tomamos en serio y cargamos sobre nuestras espaldas toda la responsabilidad, la culpa y la vergüenza. Aceptamos (incluso envidiamos) el patriotismo venezolano, cubano, griego,etc. Y nos parece impensable que algo así pueda suceder aquí, aquí sí se es comunista o se tiene una mínima “sensibilidad de izquierdas” sólo se puede experimentar una vascofilia acomplejada o decretar cualquier tipo de identidad nacional inexistente, o incluso declararse enemigo de toda construcción nacional, pero nunca español.

Y claro, si no se acepta la existencia de una nación española, no hay lucha posible en clave de liberación nacional frente al imperialismo germánico o americano. Bruno Carvalho, periodista portugués describe lo absurdo que resultó el fervor pro-zapatista en su país tan sólo unos meses después de la firma de Maastricht. Los mismos que aceptaban Maastrich como única vía posible hacia la modernidad europea, los que estaban ofreciendo en bandeja sus países al saqueo alemán, se recreaban con un movimiento que, entre otras cosas, impugnaba el poder del Norte Global. Lo que allí era aceptable, aquí no. Ellos eran indígenas, eran latinoamericanos,nosotros blancos y europeos.

Incluso ahora, que una buena parte de la izquierda radical está comprendiendo la realidad imperial alemana, maquillada por el proceso de integración europea, se crean argucias teórico-políticas para no hablar de revolución en clave nacional. Tanto desde la Nueva Izquierda , como desde el poscomunismo,o, como viene siendo habitual, desde el trotskismo, empieza a estar de moda la idea de la Unión de los Pueblos del Sur. Pero ni que decir tiene que los procesos políticos siguen y seguirán siendo en clave nacional, la realidad es que los marcos cognitivos de nuestros pueblos siguen atrapados entre los moldes del Estado-Nación, los cosmopolitismos y los europeismos de izquierda sólo tienen lugar en capas muy minoritarias e “instruidas” de nuestras sociedades. Las movilizaciones son en clave nacional, aunque sean más o menos contagiosas. Los procesos electorales de primer orden son y seguirán siendo nacionales. Por otra parte, el inglés sigue sin ser una auténtica lengua puente entre las masas populares europeas (y mucho menos entre las de la periferia europea). Y, lo que es más importante, el desarrollo económico, social e histórico-político, incluso en europa del Sur, es completamente asimétrico. De manera que es imposible soñar con “la revolución permanente” de Trotksy , el Plan B de Varoufakis o la unidad de los gobiernos del cambio que predican Garzón, Iglesias y Errejón.

No queda más que concluir que si queremos transformar nuestra realidad autóctona tenemos que contar con nuestros propios sujetos autóctonos.Nuestra revolución no la van a importar Maduro ni Tsipras, ni la van a hacer los kurdos, ni los palestinos. Y, por supuesto, de ser, sería un proceso en el que se identifique la mayoría, no sólo las subjetividades marginales que tanto inspiran a la izquierda posmoderna. Para finalizar, nos quedamos con una reflexión del periodista Bruno Carvalho en la lógica que hemos venido siguiendo hasta ahora: “Durante la larga noche fascista, había quien entendía que Portugal sólo se liberaría del yugo salazarista después de la caída del franquismo.Quedaba en las manos de los pueblos oprimidos por Franco el destino del pueblo portugués. No fue así. También ahora, debemos crear las condiciones para que los trabajadores asuman en sus manos las riendas del futuro. Independientemente de la fundamental solidaridad entre quien trabaja en diferentes países, la batalla, en cada sitio, por la derrota del proyecto capitalista europeo es la mejor forma de ayudar a la victoria de los trabajadores portugueses”

También podría gustarte

Los comentarios están cerrados.

This website uses cookies to improve your experience. We'll assume you're ok with this, but you can opt-out if you wish. Accept Read More