Sobre ‘chalecos amarillos’ y piedras T

Por Maciek Wisniewski

¿Qué es la violencia de esta gente, los automóviles de lujo quemados, comparada con la violencia estructural de las élites francesa y global?.

Por Maciek Wisniewski

Treinta años del neoliberalismo rematados con 18 meses de la intensificación desreguladora y una verdadera “blitzkrieg (anti)social” de Emmanuel Macron, un presidente de los ricos –ex banquero y él mismo un millonario–, éste Júpiter altivo y pretencioso –que una vez instruía a un desempleado que sólo bastaba que él cruzara la calle para encontrar trabajo– y los franceses dijeron ¡No!

Vestidos con chalecos amarrillos (gilets jaunes) –una prenda que cada conductor por ley debe llevar en su automóvil para casos de emergencia, un quintaesencial significante vacío vuelto ahora en contra del Estado– careciendo de una estructura y liderazgo, con demandas heterogéneas y contradictorias –derecha/izquierda, corto/largo plazos–, unidos únicamente por la rabia acumulada, la (ambigua) demanda de la justicia económica y el grito “Macron démission!” hicieron temblar al gobierno.

• “¡No se trata de un movimiento; es un levantamiento!”, escribía Fréderic Lordon, añadiendo que “los chalecos amarillos –cuya singularidad radica en llevar el fuego a donde éste no había estado antes: a las sedes de los ricos (los barrios adinerados de París)– representan una oximorónica figura, incomprensible para los poderosos, de ‘gente buena/gente enfurecida’, una –supuesta– contradicción, ya que para ellos la ‘gente buena’ es sólo ‘la mayoría silenciosa’, pero que hoy se siente empujada hasta el límite por el neoliberalismo y su aceleración macronista”.

• “París no es un actor, sino campo de batalla –observaba Eric Hazan–, una gran diferencia frente a lo que pasaba en 1968 o durante la Comuna (1871). Hoy las cosas ocurren allí porque ahí está el poder –¡el hecho de que los disturbios tengan lugar en barrios de clase alta, también es una novedad!– pero la ciudad no juega un gran papel. Si insistiéramos en ser históricos, lo de hoy se asemeja a 1848, una ‘insurrección de las provincias’, igual sin líderes”.

• “Gilets jaunes son una ‘muestra representativa’ de lo que pasa con la población –no sólo francesa– bajo las nuevas tendencias en el capitalismo –apuntaba Étienne Balibar– (un movimiento que) encarna y denuncia la precarización de trabajo y vida (la supresión salarial y la acelerada uberización), y cuyo modo de representación política lo hace tan original, al proponer una alternativa al declive de la política, basada en la auto-rrepresentación –‘la presencia en persona’– de un ciudadano indignado”.

• ¡La revuelta popular en contra del rey: algo tan típicamente francés!, exclamaba Toni Negri, en alusión al soberbio estilo de Macron, subrayando la manera en que los gilets jaunes –“un movimiento que no es ‘ni de derecha, ni de izquierda’ [típico de Negri]”– lo cuestionó en su propio terreno representacional –siendo ésta la consigna de su movimiento (en marche) y la fórmula que lo catapultó al poder– “provocando la primer grande crisis de su ‘populismo centrista’”.

Macron no sólo allí acabó echándose piedras en el propio tejado (como reza el dicho popular).

Piedra uno: su emblemática reforma del código laboral (Loi Travail) que buscaba –entre otras cosas– imponer una nueva cultura de la mayor movilidad geográfica: él mismo –con su característica arrogancia– decía que los trabajadores despedidos en un lugar, en vez de hacer lío, harían mejor en ir a buscar trabajo en otro (incluso a varias horas de camino en automóvil).

Piedra dos: la eliminación del impuesto sobre las grandes fortunas (ISF) y la introducción del impuesto ecológico al diésel, que afectaba a los más pobres –¡ahora forzados encima a moverse más!–, un claro ejemplo de cómo no –¡no eximiendo a las trasnacionales y a los ricos!– mitigar el cambio climático.

Después las piedras ya caían como lluvia, también en dirección del propio Macron (atrincherado en el Elíseo).

Pánico, confusión, interpretaciones sesgadas sobre todo desde el centro (neo)liberal –que si los gilets jaunes son los “ neo-poujadistas” (¡sic!) o los “Croix de Feu del siglo XXI” (¡sic!)– con tal de sólo ir cerrando filas en torno al niño-rey, la estrategia que sirvió para subirlo –por defecto: ¡Le Pen!–, al trono en 2017, pero que hoy se queda insoportablemente corta.

Algo realmente está pasando cuando los comentaristas o figuras mainstream pierden cualquier contacto con la realidad y reflejan apenas la perplejidad de las élites –miren a Daniel Cohn-Bendit, el ex héroe de 1968, “aterrado por la violencia de los chalecos amarillos”– y cuando una de las voces más penetrantes resulta ser… Pamela Anderson.

Sí, no Perry –por ejemplo (aunque desde luego sería interesante saber lo que piensa)–, sino Pamela, la de Playboy, de Guardianes de la bahía, hoy una feroz y lúcida –¡JA!– crítica de la austeridad europea: “Detesto la violencia…, pero qué es la violencia de esta gente (tirando –por ejemplo– piedras), los automóviles de lujo quemados, comparada con la violencia estructural de las élites francesa y global?” (bit.ly/2BCgU0C).

Quien siembra vientos, recoge tempestades (ya que estábamos en lo de los refranes).

@MaciekWizz

 

La Haine

 

 

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