Sin tener claro lo del referéndum

O te van de megaciudad o te quedas. O sigues en el pueblo o te vas. O lo uno o lo otro. En mi pueblo catalán hay muchos de vuelta. Visten con ropa más holgada, hay más rastas, más barbas, tienen el plásico de okupa en comuna rural, están de vuelta de la gran ciudad, es posible que hagan huerto. En mi pueblo castellano, tienen apariencias más tradicionales, mejores coches, son los que no se han ido o si se han ido ha sido para volver enseguida, no se les nota el bautismo urbanita, a veces les veo sobre un tractor, puede que se hayan hecho cargo de la finca de los padres.

   O independencia con todo lo que supone o no. Es para eso el referendum que se pide, ¿no? Pues adelante con él. Los que no lo quieren así es porque suponen que somos tan tontos como ellos al suponernos más tontos de lo que somos. O seguimos en el euro con recortes o salimos y nos quedamos con nuestraos huevos pero en lugar de recortarnos entre nosotros nos recortan ellos, nos dejan solos con ellos. Para no caer en el deshonor no quisimos ni recortes ni dependencia. Pues bien sin tener claro lo del referendum tendremos más dependencia, más recortes y mucho menos honor.     

   Los malentendidos, la mano invisible, los ilegalismos… lo que no se dice pero opera, lo que se consigue persiguiendo otra cosa, lo que está prohibido pero no expresamente perseguido… hacen funcionar nuestro sistema, son la grasa de nuestros engranajes, aislamiento para nuestras neuronas, manera de apartar los venenos. Pero para otras cosas se trata de lo uno o lo otro, para otras cosas son grasa que se queda en nuestras arterias que estrecha la luz de los vasos, que envenena, que vuelve pesado y fofo, que mata. ¿Muchos matices de gris entre lo blanco y lo negro, queridos presidentes? Y un huevo. O ¡manda huevos! o ¡no hay huevos!, como prefieran, honorables y excelentísimos señores.

   Estamos tan acostumbrados a entender otra cosa, a las estrategias de la señora y el diplomático, que parece natural en la sociedad sofisticada, es decir falsificada, tomar una cosa por otra. Entendemos que cuando una diplomático dice sí es quizás, si dice quizás es que no y si dice que no no es un diplomático. Y que una señora cuando dice que no, es quizás, cuando dice quizás es que sí y si dice que sí es que no es una señora. Pero nunca sabemos si estamos hablando con una señora o un diplomático. 

  Decía Lacan, harto de sus propios sacerdotes, que no había metalenguaje. Otro antes que él había dicho que no había hechos sino sólo interpretaciones, anticipando la sociedad informacional en la que peceamos, en cuyas redes a veces nos quedamos enganchados. Pues bien en cuanto a estas dos votaciones, si queremos o no independencia, si queremos seguir en el euro o no, no hay metalenguaje. No busquemos nada detrás de estas decisiones, no hay en ellas metalenguaje que valga, ellas son la doctrina o en todo caso de ellas saldrá. Los órdagos se ven o no se ven, la apuesta, el farol, se ve o no se ve. No se es catalán no español, español no europeo o europeo según. El tercio excluso hace buena la lógica, facilita el entendimiento.

   Democracia o no. ¿Podemos votar eso? No es si se vota o no, sino cómo, a quién, qué se vota. Qué es más justo. ¿Un ejemplo? ¿qué es más justo cuando un colectivo vota, por ejemplo, medidas de reconversión en que se juega el destino de algunos puestos de trabajo? Quien por las razones que sea está seguro de su puesto de trabajo puede sentir la tentación de votar por medidas que no garantizan el puesto a otros. En tal caso ¿qué es más justo, el voto secreto o la presión moral del voto a mano alzada? Para votar cómo se vota ¿el voto debe ser o no ser secreto? 

  Si se da a los pobres la posibilidad de elegir entre tener libertades políticas y satisfacer las necesidades económicas -lo que es darles libertades políticas- invariablemente eligen lo segundo. Por lo tanto, según este razonamiento existe una contradicción entre la práctica de la democracia y su justificación, a saber, la mayoría tendería a rechazar la democracia si se le diera a elegir. Esto llena de gozo a los moralistas, a los intelectuales, pues recuerda que la verdadera cuestión no es qué eligen en realidad los individuos sino qué tienen razones para elegir… ya pueden volver a dar clases de cómo entenderse.

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