Sin piedad

&nbsp La religión católico-vaticanista lo dominaba todo en ma­teria de costumbres. Lo que equivalía a empapar el ordenamiento ju­rídico y en consecuencia el código penal de la dictadura, con sus mandamientos, los su­yos y los de la ley de Dios. Al final era una dictadura teocrática, como cualquiera de esas asiáticas.Los delitos de sexualidad, aquí, en el aspecto jurídico y penal, no eran sino los mismos pecados dictados por la Iglesia. Así nos tiramos cuarenta años. Y así nos fue…

&nbsp Ahora, muerto el dictador en su cama; es decir, desde 1975 en que Fraga y compañía nos obsequiaron con una democracia a su me­dida; es decir, a la medida de Franco, las cosas han dado un giro de 180 grados hasta el punto de que, siendo los derechos de hombre y mu­jer los mismos, casi podría decirse -en esos vaivenes a que tan dada es la historia este país que va de un extremo a otro sin mira­mientos- que la mujer es la que ahora influye y gobierna al mismo tiempo, y además decisivamente.

&nbsp Pues bien, conservamos aún en algún reducto del cerebelo y en la retina la situa­ción vivida de la legislación franquista. Y ahora, en es­tas fechas, una mujer, una madre de otra religión, es condenada a 17 años de cárcel porque, amparándose en un derecho religioso –que naturalmente no es el católico de hace 30 años que nos regía a nosotros- obligó a su hija de 14 a casarse “con un hombre mayor, y a mantener relaciones sexuales con él”. Así lo dice la sentencia. Vulgar y mediáticamente se hace creer que las mu­sulmanas se ca­san obligadas y que conciertan el matrimonio los progenitores. Eso pasa en algunos países y de acuerdo con ciertas cul­turas, pero no por ser musulmanes. Sean de la religión que sean, en ese pais se practica así. Con esto quiero de­cir que el Islam no es lo mismo que “cultura” y hay que diferenciarlo.

&nbsp De todos modos, nada que decir en cuanto al atraso moral, a juicio de la cultura a la que pertenecemos, que hay en esa otra cultura que rige así pero que no es lo que prescribe el Islam. Estos equívocos son frecuentes en unas sociedades que tratan por todos los medios de demonizar al Islam pese a esa alianza de civilizaciones que algu­nos por aquí han proclamado con prosopopeya.

&nbsp En todo caso lo que me llama la atención -aunque ya nada me la llama en realidad porque hay mucho de caótico en todo este sistema y estas sociedades contradictorias por todos los costados- es el én­fasis que puso el juez en esa condena irremisible, y la saña que hay en la forma de dar la noticia los medios. Pequeños detalles lo dela­tan. Delatan esa especie de regusto concupiscente de los que aca­ban como quien dice de sufrir un castigo y se apresuran a comunicar urbi et orbe que otro ha sido condenado a un castigo mucho mayor que el sufrido por él. El detalle, por ejemplo, no está tanto en ese “una ma­dre que ha obligado a su hija a casarse”, sino en resaltar primero, que el otro contrayente era un “hombre mayor”, y luego, en ese “…y a mantener relaciones sexuales con él”. Como si el casa­miento no llevase aparejado el coito. No interesan más detalles que ayuden a la comprensión de la víctima, una madre condenada a tan dura pena.

&nbsp Me dan asco en este país tantos intolerantes con los demás en la medida que son permisivos consigo mismo hasta la náusea. Tene­mos, a puñados, a esos tipos entre los políticos, entre los obispos, entre los ricos, y todas esas legiones que se dan golpes de pecho mientras hacen y dicen barbaridades.

&nbsp Es innecesario decir por su obviedad que es normal mantener re­laciones sexuales entre dos personas que se casan. Por lo tanto la frase sobra. La obligó a casarse y punto. Lo que hace el juez que la condena, desentendiéndose de la causa de la causa, es decir la costumbre de otra cultura imbricada en la nuestra, es no tener en cuenta, para nada, esa circunstancia; ni como eximente ni como atenuante. Así la condena, implacablemente, a la pena que ni si­quiera se aplica a un proxeneta.

&nbsp Me avergüenza que haya todavía personas que conminen a sus hijas a casarse con un hombre mayor, de la misma edad, igual o me­nor que ellas. Pero me avergüenza mucho más pertenecer a una socie­dad y un ordenamiento jurídico donde hay jueces inmisericor­des, justicieros, que no se contentan con anular a todos los efectos el matrimonio contraído que con arreglo a nuestra legislación sería nulo de pleno derecho, liberando al mismo tiempo a la hija de la obligación de permanecer con ese hombre “mayor”. Me avergüenza que habiendo, además, tantos delitos consentidos por jueces, pode­res y medios por diversas razones y relaciones de poder, se encierre a una madre en última instancia víctima de una religión o una cultura que no tiene posibilidad alguna de integrarse en la nuestra. Da igual que luego, tras la sentencia de un juez atronante, vengan ape­lacio­nes… Así no se ejemplariza.

&nbsp Al diablo los que obligan a hacer a otro lo que no quieran, sea justo o injusto; al diablo asimismo los incapaces de impartir justicia con misericordia. Pero al diablo también los medios que se mueven siempre mirando hacer caja y fábricas de noticias para sa­car tajada de una barbaridad, dándoles excesiva resonancia para evitar la sus­pensión de pagos que constantemente les amenaza; obligando en definitiva, a menudo y a esos fines, a un hombre a morder a un pe­rro para contarlo..

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&nbsp No me extraña que Flaubert, en sus Pensées, dijese: “un hombre juzgando a otro constituye un espectáculo que me haría mo­rir de risa si no me moviese a compasión”.

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