Sin la validación necesaria

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No resulta extraño que en España una gran mayoría coincidamos en que a nuestros principales líderes políticos les falta identidad partidista. Todo sugiere que no han sido validados totalmente ni por sus mismas organizaciones.

No se trata del carácter que imprimen en sus discursos, o de la oposición más rentable que hagan; quizá coincidamos más en el conocimiento de lo que intentan decir en los mensajes que repetidamente nos lanzan los primeros postores a la presidencia del gobierno nacional.

Sobre Pablo Casado flota un ambiente de atleta de 100 metros planos, nada de fondo. Su compromiso de aplicar el 155 sin consultar a Ciudadanos ni al Psoe – sin señalar a Vox -, ha dejado claro el estilo del orden y la realidad española que quiere. Lo curioso es que se compromete a ello aspirando solo a una mayoría suficiente. Hay que imaginarse a este chico, como le llama Aznar, sentado en la Moncloa.

Algunos han creído ver en sus discursos un grifo de errores tan elementales que resulta increíble cómo ha podido caer en ellos; el mismo presidente Sánchez le pidió no siguiera haciendo el ridículo, facilitando las apuestas sobre el cuándo terminará estrellándose. En todo caso la silla de la Moncloa parece quedarle lejos.

A Albert Rivera está a punto de llegarle el formar parte de algún Gobierno y, aunque se le ven sus maneras, todavía disfruta del desconocimiento general de su verdadero estilo de mando.

Sin embargo, la UltraEspaña pareciera que le está limitando mucho más su estrecho margen de maniobra, así que aquellos que se hacían los sordos e insistían es que se trataba de una nueva forma de progresismo liberal, ahora están prestos a entrar en su alcoba para recordarle todas las partituras que ha venido escribiendo en su larga luna de miel.

El caso es que cuando vengan las próximas elecciones generales, en la derecha será Casado o Rivera quien se lleve el gato al agua y, aunque durante el duelo siempre puede surgir un empate, el paisaje que se avecina se antoja difícil porque después de semejarse tanto entre ellos parece casi imposible pensar que tengan más imaginación.

Están tan convencidos de representar la realidad española que no escuchan los desatines que sueltan, da la impresión de que se han convertido en impermeables, en ajenos a algo tan fundamental como es la misma política.

De Pablo Iglesias el papel de mesías de 2011 se le ha ido apagando como las figuras labradas en hielo. Pero dispone de una superioridad intelectual que tiene acobardado a Rivera, mandándole un día sí y otro también a leer libros de historia.

Aunque Iglesias pueda arrogarse el ser el iniciador del descalabro bipartidista en España y, aunque sus propuestas puedan tener método, el eterno discurso de la izquierda ha venido demostrando que la lógica es una cosa y otra el ponerlo en práctica.

Además parece que su ojo clínico no lo es tanto, la unión con Izquierda Unida no le ha hecho ganar los votos de aquella, ni lograr un número mayor de escaños en el Congreso de los Diputados: de los 926.763 votos de IU en 2015, Iglesias pudo raspar 28.539 en 2016.

En una España necesitada de grandes acuerdos, las explicaciones individuales no terminan por ser creíbles o mínimamente probables de que puedan llevarse a puerto. A cada uno de estos tres mosqueteros no les une ni la edad de jubilación: A partir de los 65 años para Rivera, desde los 61 para Iglesias y, Casado no lo deja claro, dice que deben ser excelentes, justas y sostenibles.

En cuanto al estilo del presidente Sánchez, andamos algo perdidos, no sabemos si no sabe  gestionar, si su brillante equipo no lo es tanto, o si su estilo de mando es el del siglo xxi.

En todo caso, tanto como a Rivera, Casado o Iglesias, le escuchamos día tras día su empeño en continuar con el mando, está convencido de su invencibilidad teórica y dialéctica y, de que no queda otro camino que el de creerle aunque su bandera de la transparencia se le haya cuestionado sin duda ninguna: Su gobierno ha negado la existencia de devoluciones en caliente denunciadas por Amnistía Internacional, organismos de derechos humanos de las Naciones Unidas, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, el Defensor del Pueblo, Ayuda en Acción, Comisión Española de Ayuda al Refugiado, Coordinadora de ONG para el Desarrollo, Fundación Cepaim, Fundación Entreculturas, Médicos del Mundo, Oxfam Intermón y, Red Acoge.

Del presidente se está esperando que dé solución al complejo fenómeno social catalán a través de un diálogo que parece imposible con los independentistas.

Al final estos líderes no pueden olvidar que por muchas cualidades que tengan, somos, los de a pie, quienes contratamos y despedimos y, que no estamos por la labor del ensayo y el error.

Deberían estar alertas.

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