«Sin identidad, pero sin miedo»

Soy de la generación de españoles que ya no soporta más zancadillas. Estudiante de la educación pública, que ha pasado toda su vida viendo como la privada siempre gana. Desde la infancia se nos conciencia de ello. Cansina del esfuerzo y la tenacidad, hoy puedo decir que estudio una educación superior y me siento orgullosa. Desde cría he concebido la idea de realizar una carrera como una opción que aportaba prestigio y cuyos frutos y esfuerzos se materializaban y recompensaban. A día de hoy poco queda de esa concepción de la educación.

Con el afán de querer y no siempre poder nuestros padres pagan las matrículas de las universidades. Y digo “nuestros padres”, porque a nosotros, a los que nos consideráis “vagos y maleantes”, nos cierran todas las puertas que suponen recibir un salario. En esté país de pandereta o bien tienes un enchufe, o tienes que pasar por debajo de la mesa. Y parecerá crudo, pero es con lo que se ha encontrado una servidora.

La profesionalidad, la formación y la actitud son conceptos olvidados. La independencia, la ambición y el afán de superación simplemente inaccesibles. A cada paso encuentro jóvenes capaces, luchadores e incansables, que podrían levantar esta España de podridos cimientos. Gente que con esfuerzo han logrado ser lo que son, cuyas familias a base de sudor y lágrimas van ingresando los pagos de matrículas y tasas. Gente que ni luchando consigue nada, que ve como se le pasa la vida y nadie apuesta por ellos. Gente que vale y que se está haciendo vieja de callar tanta rabia y tanta impotencia.

Caminando por la calle sin saber qué va a ser de ti alzas la mirada y no es a Dios a quién ves, encuentras una bandera ondeando en un balcón. Tres colores que a más de uno ya no representan, pues el valor se ha perdido, ya no es más que un simple trozo de tela. Los encargados de que los ciudadanos sintamos la patria como resguardo han conseguido que el símbolo que nos unía no cause emoción, ni siquiera respeto. La rojigualda es el símbolo de lo que éramos, de lo que fuimos. Ahora no somos nada, no tenemos identidad, yo no soy nada, pero los que mandan tampoco. Pueden sentirse tan vasallos como me siento yo. Tan humillados como cuando a mi me cierran las puertas de un posible trabajo en mis narices. Pueden y deben sentirse escoria, porque a diferencia que yo, ellos reciben ingentes sueldos y tienen en sus manos las responsabilidades de un país.

No soy la única que no puede soportar esta situación, no sé quién leerá esto, pero puedo decir alto y claro que yo no nací para resignarme. Quizás otros muchos si lo hagan, sin embargo estoy completamente segura de que hay mucha gente que opina como yo.

Hace mucho aprendí que las palabras no sirven de nada, que se las lleva el viento, que las pisotean y las ensucian, que las manipulan y las engañan. No obstante no abandono hoy, ni tampoco lo haré mañana.

Nos comparan con Uganda y me gustaría recordar a todos aquellos que han luchado por los derechos individuales y colectivos en este país. No hay que olvidar la historia, ni tampoco tergiversarla, somos nietos de vencedores y vencidos, ¿Vamos a permitir que la situación se repita? ¿Permitiremos la destrucción para emprender de nuevo la reconstrucción, una nueva creación?

Mi religión es la supervivencia. Mis ganas las saco de lo común, de lo cercano, de la sonrisa de un niño que mañana será hombre. Mi fuerza del esfuerzo que mi familia hace a pesar de que cada día entra menos dinero en la casa. Pero, mi lucha es lo único que considero mio. Nace de mi cabeza y la llevo a cabo con mis manos. Todos tenemos cabeza y manos, por lo tanto todos estamos obligados a luchar por lo que creemos.

María García

@Libertad_gg

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