Simone Signoret: cine (del grande) y compromiso militante

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Hace 20 años que falleció Simone Kam/nker, conocida como Simone Signoret (Wiesbaden, Alemania, 1921-Auteuil-Authouillet, 1985), actriz de primer orden y mujer comprometida con la izquierda y el pueblo a lo largo de una vida que contó en una inolvidable autobiografía, La nostalgia ya no es la que era (La nostalgie n’est plus ce qu’elle était Ed. Seuil, Paris, 1971; hay una traducción castellana en Argos-Vergara, 1983), que fue un éxito y del que reproducimos varios fragmentos que hemos estimado de interés. Actualmente parece bastante olvidada, tanto es así que en las necrológicas que se ofrecieron con ocasión de su muerte (después de largo y doloroso cáncer),  no se mencionan varios de sus títulos clásicos más importantes (1).

Pero regresemos a Simone que cuenta. «Nací (…) una tarde de marzo de 1941 en un asiento del Café de Flore»… El primer encuentro decisivo, en efecto, de una vida que ni el medio familiar burgués, ni la educación clásica recibida en Neully parecían destinar al escenario, fue a la edad de veinte años con cálidos amigos procedentes del famoso grupo Octubre en el que trabajaban tanto trotskistas como surrealistas y anarquistas.  Gracias a estos, obtuvo durante la Ocupación -y a pesar de su ascendencia semi judía que la obligó a cambiar de nombre, algunos papeles de figurante en una decena de películas, entre ellas Les visiteurs du soir (Marcel Carné, 1942) y Adieu…Léonard! (Jacques Prévert, 1943).

El segundo encuentro fue con un activista del grupo Octubre, Yves Allégret (hermano del también realizador Marc), cuando éste aún era un joven realizador novel con el que compartió su vida durante seis años y que le dio sus primeros papeles importantes, en Les démons de l’aube (1946) con la que comenzó a ser conocida, más tarde los de Dedée de Ambares (1948), la obra más reconocida de su autor que cuenta la historia de una muchacha de marineros, apática y fatalista) y Manéges (1950, la esposa calculadora y amoral de Bernard Blier);  se casó con Ives al que atribuye el papel de secretario de Trotsky cuando éste paraba en Barbizón, una fantasía o un “pegote” desmentido por Jean Van Heijenoort en sus memorias, de lo que no hay duda es que fue militante entonces. Ambos tuvieron una hija, Catherine Allégret, actriz efímera que se mantuvo al lado de su madre hasta el final.

A los treinta años, la Signoret parecía condenada a interpretar papeles de prostitutas y muchachas ligeras y esta imagen fue la que explotó Max Ophuls en La ronda (una extraordinaria adaptación de la célebre obra de Arthur Schnitzler), o que alejó con ternura Jacques Becker en una de las mejores obras del cine francés: París, bajos fondos (1952), en la que Simone Signoret, estremecida de amor en medios propios del anarquismo francés de finales del siglo XIX, de vida y de nobleza, junto a Serge Reggiani, realizó la creación más bella de su carrera.

(Mientras tanto tuvo su tercer encuentro decisivo, el del cantante y actor Yves Montand, con el que se casó en 1951 y que sería su compañero en el activismo político hasta el final, aunque en los ochenta, Montand, después de una trayectoria  que le llevó a ser el actor “fetiche” del cine político de autores como Costa-Gravas,se “convirtió” en un miserable neoliberal junto con su amigo Jorge Semprún, un episodio que merece un artículo aparte).

Después del papel principal de la película de Marcel Carné: Teresa Raquin (1953), una adaptación de la novela de Emile Zola que no se estrenó en España hasta principios de los años sesenta; después ofreció  una caracterización muy «negra» en una de sus películas más celebradas Las diabólicas de Clouzot (1955), un verdadero clásico “noir” del que Holywood realizaría un patético “remake”. Más tarde rodó en México La muerte en este jardín (FR-MEX, 1956), una de las obras menos valoradas de Buñuel pero que habría que revisar.

Por este misma época, Simone debutó en el teatro junto a Montand en la obra antimacartista de Arthur Miller Las brujas de Salem (1954-55) que obtuvo un gran triunfo y que adaptaron para la pantalla en 1957, en los mismos estudios de Berlín Este donde el año anterior interpretó la prostituta francesa en una versión filmada por Wolfang Staudte de la obra de Brecht Mutter Courage und ihre kinder, desgraciadamente sin acabar. De sus estudios secundarios Simone conservó excelentes conocimientos del inglés (interpretó Macbeth en Londres en 1966, frente a Alee Guiness, experiencia de la que se arrepentirá como se puede ver más abajo), de lo sería muestra la traducción al francés la obra de Lillian Hellman, The Little Foxes, La loba según la versión de William Wyler interpretada por Bette Davis, y que Sinome llevó a teatro.

En 1958, interpretó el papel de Alice Aisgill, la mujer de mundo mal casada de Un lugar en la cumbre (Room at the Top, de Jack Clayton), uno de los títulos más emblemáticos del “free cinema” que le permitió obtener el Osear a pesar de que no podía viajar a los EEUU donde era tachada de “comunista”. Estuvo notable como mujer que envejecía en Los malos golpes (François Leterrier, 1960)…

Fueron más que notables sus dos incursiones sobre tema de la Resistencia,  en El día y la hora (Le jour et l’heure 1963), una de las mejores del irregular René climent y en la que encarna como burguesa que despierta a la conciencia política; El ejército de las sombras (L’armée des ombres, 1969), obra intensa y sombría de Jean-Pierre Melville, ambas figuran entre las mejores y más ajustadas sobre la lucha antinazi en Francia. Por cierto, según cuenta Simona fue Melville quien le regaló Memorias de un revolucionario, de Victor Serge, que pasó a ser “su libro de cabecera”.

Entre 1965 a 1968 interpretó varios papeles importantes en los Estados Unidos, tales como El barco de los locos (Stanley. Kramer, 1965), en la que establecía un cierto duelo con una Vivien Leigh que falleció poco después; Games (Curtis Harrington, 1966), en compañía de  James Caan, Katharine Ross; Llamada para un muerto (The Seagull,  1968) imponente adaptación de una obra de John le Carré por Sydney Lumet…

De regreso a Francia se dedicó cada vez más a películas de «amistad y de convicción» que eligió con gran rigor. De La confesión (Costa-Gavras, 1970) sobre las purgas estalinianas que marcó su distanciamiento con el PCF con el que mantenido una relación de amistosa “compañera de ruta” no exenta de contradicciones (denunció la represión de la revolución húngara de 1956). No es por casualidad que Sinome reconocía sus influencias anarcotrotskistas de juventud, y cuenta en sus memorias que cuando un periodista yanqui le preguntó si conocía a algún norteamericano, respondió, Sí, a Rosenberg, y a una pregunta similar en la URSS, la respuesta fue “Sí, a León Trorsky”.

De esta época datan también Judith Therpauve (P. Chéreau, 1978), un alegato por la libertad de prensa, pasando por la exploración de un imaginario popular alienado, que es Dura jornada para la reina (1973), una joya feminista de René Ayillo, un autor injustamente tratado, todo un itinerario que da muestras de su nivel de exigencia. Hay que citar también L’américaín (Marcel Bozzuffi, 1969), una bella película poco conocida sobre la amistad y fidelidad a los ideales; El gato (P. Granier-Deferre, 1971), que la enfrentó por primera vez a Jean Gabin en una ajustada adaptación de la obra homónima de Georges Simenon que sobresale por las interpretaciones; La vie devant soi (Moshe Mizrahi, 1977), en la que su Madame Rosa -¡de nuevo una prostituta!- llena de humanidad y ternura le reportó un César.

Aparte de (a nostalgia ya no es lo que era, Simone escribió una segunda parte, Le lendemain, elle était souriante (1979), mucho menos reconocida y una novela (Adiós, Volodia (1985), que obtuvo el resonante aplauso de la crítica.

Desde los tiempos de la Resistencia, la Signoret fue una simpatizante activa del PCF, al que identifica por un gran número de hombres y mujeres anónimos que creían en una causa y con los vendía L´Humanité en los mercados cuando se lo pedían. actriz no militó nunca en un partido político, pero, al lado de Montand, defendió hasta los años sesenta a la Unión Soviética, justo hasta cayó Kruschev al que apreciaban por su denuncia de los crímenes de Stalin y por sus talante más abierto. A raíz de la ocupación de Checoslovaquia, Simone Signoret se convirtió en una crítica combativa, encabezando escritos y manifestaciones en favor de la liberación de disidentes soviéticos…Tomó parte en las jornadas del 68, en manifestaciones contra la guerra del Vietnam y se mostró siempre dispuesta a participar en manifestaciones antifranquistas, la última con ocasión de los fusilamientos de 1975. El escritor Marek Halter declaró sobre ella: «estuvo a mi lado cuando lancé la campaña a favor de las locas de la plaza de Mayo, y todos los jueves, bajo la lluvia, con frío o con sol, se manifestaba delante de la Embajada argentina.

 

Nota

1/ En este olvido tiene no poco que ver el hecho de que en los medios de distribución dominantes (sea en la pantalla pequeña sea en formato DVD), la hegemonía norteamericana es asfixiante, muy superior a la que pudo ser en otras épocas; también tiene que ver el  deterioro de la cultura cinematográfica, justamente cuando ahora existen más medios de conocimiento que nunca…

 

 

 

Fragmentos de La nostalgia ya no es lo que era

 

  1. Los comunistas. El Manifiesto de Estocolmo “era un texto pacifista, hecho por el Consejo Mundial de la Paz, que exigía la prohibición de armas nucleares. Había comunistas, pero también no comunistas. Pastores, curas, burgueses, obreros e intelectuales. Era un gran No a la bomba atómica. Cuando la gente se negaba a firmarlo se les preguntaba: «¿Entonces usted está a favor de la bomba atómica?». No se atrevían a contestar «Sí»; contestaban que ellos no hacían política…, mentían, ya que estaban haciendo política al no querer ponerse en contra de los americanos, los únicos que en aquella época tenían la bomba y la habían utilizado. Era difícil que dijeran «¡Ah! ¡a mí me gusta!» mirando las fotos de Hiroshima, y también era difícil dejar de firmar el Manifiesto. Le Fígaro hizo una encuesta a las gentes que habían firmado el Manifiesto (…) Hubo contestaciones sorprendentes. Las del llorado Maurice Chevalier, que decía más o menos: «No lo había leído, lo firmé sin querer. Si lo hubiese leído no lo hubiese firmado…» Fernandel lo firmó y dijo que lo había hecho para que «el cámara estuviera contento». Fue François Périer quien dio la contestación más bonita, más inteligente y más digna. «Me dice usted que el Manifiesto tiene claras influencias comunistas. Yo no me planteé la pregunta. Lo leí y me pareció un texto muy inteligente e interesante. Yo soy cristiano, y hubiese preferido que viniera del Vaticano, desgraciadamente no fue el Vaticano el que me pidió la firma.»

¿Le Fígaro los entrevistó?

S.S. —No.

¿Eran ustedes comunistas?

S.S. —No. Estábamos de acuerdo con el Partido en muchas cosas. Prácticamente en todo. Pero nunca pertenecimos, ni Montand ni yo, al Partido Comunista.

¿Por qué creyó todo el mundo que ustedes eran del Partido?

S.S. —Era una época en que enviar un mentís a un periódico que te «trataba» de comunista —pongo comillas a propósito— era como si quisieras disculparte frente a una acusación. No considerábamos que el ser comunistas fuera un delito.

Los comunistas que conocí durante la guerra, por aquel entonces yo no sabía que lo eran, eran gente a la que yo respetaba mucho. En 1950, mientras América hacía la guerra en Corea, nosotros la hacíamos en el Vietnam, quiero decir en Indochina, en Tonkín. El marino comunista Henri Martin estaba en la cárcel por haberse negado a apuntar con los cañones de su barco en una dirección que no era la misma por la cual se había enrolado como voluntario en 1944… Ya no era el Japón. La militante comunista Raymonde Dien, de diecinueve años, se tumbó sobre los raíles de la vía del tren para impedir que saliera un convoy cargado de armas, en la estación de Saint-Nazaire. En esta misma época en las manifestaciones del Barrio Latino, eran los comunistas, la CGT y los estudiantes de la UNEF los que se llevaban los golpes. Viejas palabras como rebeldes, mercenarios, imperio colonial, leyes facinerosas, el pan de los trabajadores, el oro de Moscú, volvían a estar de moda, según el tipo de prensa que se leyera.

Desde mi contacto con el Flore había vivido dentro de un ambiente llamado de «izquierdas» y me encontraba muy a gusto en él. Pero no había tenido contacto con lo que se llama la clase obrera. Solamente la conocía por lo que leía y por lo que me contaban de ella. Yo era lo que la gente llama «una intelectual de izquierdas» con todo lo que comporta de ridículo y, a la vez, también, de generoso. Curiosamente, mi encuentro con Montand fue mi primera incursión en el mundo obrero, en lo que guarda el mundo del trabajo, en el proletariado, para no decir el subproletariado, de gente de buena fe fueron engañados, utilizados, mistificados, hasta el punto de desconfiar de sus reacciones más naturales, juzgándolas subversivas y antirrevolucionarias. Hay muchos libros que cuentan eso, existen otros que cuentan las amarguras y las penas. Son libros de antiguos militantes que lo perdieron todo cuando perdieron la fe. Nosotros caímos de muy alto en 1956, con el informe «atribuido a Kruschev».

Bueno, Stalin para mí no era «el padrecito bueno». Me habían quedado malas costumbres de mis frecuentaciones anarco-floreo-trotskistas. Lo que acababa de revelar Kruschev fue como una cuchillada en pleno corazón a todos aquellos que no habían dudado nunca, que nunca habían querido admitir que dudaban y que se habían tragado los «blusas blancas», » el traidor de Tito y su camarilla», «Claude Bourdet agente del Intelligence Service», «Nizan, confidente de la policía» «Sartre a sueldo del Imperialismo» «Marty y Tillen policías». Por otro lado, era como un bálsamo al corazón para algunos militantes a los que excluyeron por no querer tragarse ciertas culebras que más bien parecían serpientes pitón…

Nosotros nos habíamos tragado algunas y escupido otras. Al fin y al cabo nosotros éramos libres, incluso de nuestros errores. Creíamos en cosas en las que pienso que debíamos creer. Intentar salvar a los Rosenberg era indispensable, y era  indispensable despreciar a la gente que no quiso firmar. En la misma época, también creímos en cosas que más bien no debiéramos haber creído. Contrafirmar el texto en el que Paul Eluard se había creído obligado a escribir: «Tengo demasiado trabajo con los inocentes que claman por su inocencia, para ocuparme de culpables que gritan su culpabilidad» en el momento del proceso Slansky en Praga, no era indispensable, nada indispensable sino más bien monstruoso y criminal.

Creer a Jaeger, que te explicaba que era necesario firmar, no era indispensable, incluso si era alguien a quien respetábamos. No era suficiente. Afirmar que no hay campos de concentración en la Unión Soviética apoyándose en Lettres frangaises que está en un proceso con (Viktor) Kravchenko porque éste escribió un libro denunciando estos campos de concentración, es inocencia e ignorancia. Por el contrario, saber que en América la Comisión de Actividades Antiamericanas persigue a la gente porque un día, en 1936, dieron cincuenta centavos para la España republicana, y que diez guionistas de Hollywood fueron encarcelados por negarse a cooperar con la Comisión y no denunciar a sus amigos, diciendo si alguna vez habían sido comunistas; saber que Dashiell Hammett, autor de la Llave de cristal, de Thin Man y del Halcón maltes, está en la cárcel por las mismas razones; saber que Lillian Hellman, autora de The Little Fexes, no puede seguir trabajando porque se negó a contestar a las preguntas que le hacía el senador McCarthy —diciendo que en la escuela  lo primero que le habían enseñado como ciudadano americano, era no denunciar a sus compañeros—, saber todo aquello era estar al comente de la actualidad, no los chismes y el dicen que… Lo que publicaba la prensa americana y que era difundido por la televisión, fijada permanentemente en los «acusados» de Washington. Saber que Elia Kazan compró una página entera del New York Times para denunciar a setenta de sus viejos amigos, también era estar al corriente de la actualidad y era tener ganas de vomitar por haber apreciado sus películas. Bien. Era la guerra fría. No era indispensable, tampoco, el tener un carné del Partido Comunista para saber todas esas cosas. Había cosas que sabíamos y cosas que no sabíamos. Las que no sabíamos eran las más horribles. Los culpables eran aquellos que las sabían y las ocultaban. Como hace tiempo que no hago referencias literarias, me voy a dar el gusto de hacer una ahora mismo: «Aquel que no sabe es un ignorante, aquel que sabe y calla es un malhechor». (Galileo, Bertolt Brecht) Brecht también pasó por el Comité de Actividades Antiamericanas durante su exilio en América…

S.S. —Sí. Existe un disco de su interrogatorio. Le hacen unas preguntas increíbles: «¿Conoce usted a un tal Kurt Weill?.. ¿Habló usted de política alguna vez con él?» Y también: «¿Por qué abandonó usted Alemania en 1933?» Sus contestaciones no ayudaron mucho a los investigadores. Volvió poco después al Berlín Este, donde le esperaban nuevas aventuras. Bien, le he explicado por qué no éramos comunistas y el por qué no éramos anticomunistas.

 

  1. 2. Una época. Cuando hace usted el recuento de esa época, ¿qué dice?

S.S. —Que en ocasiones ha sido-difícil, pero estupendamente enriquecedora. Difícil, en particular, debido a las molestias producidas por un cierto tipo de prensa. Me veían periódicamente «vendiendo l’Huma-Dimanche con abrigo devisen» o peor todavía, «mandar hacerlo a la criada y vigilar de lejos si lo hacía bien»… Me hacía hacer «monos azules en Hermés»… Esto era menos tonto, ya que los jeans que llevan ahora las niñas de la buena sociedad no son nada más que monos de trabajo americanos. *En realidad fueron una docena de excompañeros de los grupúsculos comunistoides de «roulotte», ya que puede vivir un montón de gente sin molestarse unos a otros, incluso se puede trabajar bien. En las horas de comer todo el mundo se reúne alrededor de la mesa excepto el que no tiene hambre, cosa que no suele ocurrir. Se convirtió en una casa comunitaria en la que nos divertíamos mucho y en la que también trabajábamos seriamente. La casa se presta a dar grandes fiestas de «embajadores» o de «asesinos», a ensayos de un recital, a la creación de un guión o de una novela. Es una buena casa donde la gente que va siempre vuelve. El día que la vimos por primera vez la encontramos muy grande pero entonces no sabíamos que nos faltaría sitio con tantos invitados. Siempre hubo niños en Autheuil, ahora están los niños de los niños.

Para Catherine (Allegret), era la casa de campo como la que habían tenido mis compañeros en Neuilly y como la que no habían tenido los compañeros de juego de Montand en la Cabucelle. Para Benjamín, Autheuil es Marcelle y Georges. En 1954, Georges y Marcelle eran muy jóvenes. Marcelle era la cocinera de la «roulotte» y Georges trabajaba en los Halles, y tenía añoranza del campo. Por una vez hicimos las cosas bien, no buscamos a nadie para que cuidara de la casa, cuando la compramos. A nosotros nos gusta la gente a la que le gusta el campo y llevamos a Marcelle y a Georges en la segunda visita que hacíamos antes de comprarla, a ellos les gustó y la compramos. Por este motivo Autheuil para Benjamín y otros, es Marcelle y Georges. Creo que José Arthur en Micro de nuit, ha contado mejor que yo lo que es Autheuil. En Autheuil, donde casi toda la troupe vino a pasar un fin de semana, Raymond Rouleau hizo por vez primera Las brujas de Salem, mucho antes de los primeros ensayos de verdad. The Crucible —es su título en inglés— se dio en Nueva York sin ningún éxito. Su autor, prácticamente desconocido en Francia, era un «brujo de Washington», perseguido por McCarthy. Sólo sabíamos de él lo que nuestros amigos Jules Dassin y John Berry nos contaban, también por otros brujos refugiados en París.

 

  1. Los Rosenberg. Siempre nos hablaban de que iban a traernos el texto a París, pero luego no lo hacían. Sabíamos que The Crucible era la historia de los Rosenberg disimulada evidentemente por otra historia, la de los John y Elizabeth Proctor, víctimas de la represión de otra iglesia en 1692, en Salem, Massachusetts.

De vez en cuando le recordábamos a John que se había vuelto a olvidar de escribir a Arthur Miller y nos decía «lo haré mañana», pero Miller desde Brooklyn, donde vivía entonces, sin poderse mover de allí porque le habían retirado su pasaporte, dio su obra a su agente literario y fue así como un día Elvire Popesco nos llamó por teléfono a propósito de «una obra, querrrido señor, querrida señorra, de un inglés que no conozco su nombre, habla del diablo y muñecas y que todavía no he leído. perrro una rrápida trraducción estarrá lista la prrróxima semana, estarrré encantada de que la lean y yo les harrrré el montaje«.

Con todo afecto y admiración imito a la Popesco. Había que tener mucha imaginación para hacer una comparación con lo que ella nos contaba y con lo que sabíamos nosotros sobre la obra. Pero era lo mismo. Lo pudimos comprobar cuando llegó el texto y lo leímos palabra por palabra; el texto llegó a través de A. M. Julien. Había «tomado» del camerino de la Popesco el texto, para hablar más claro, había intentado quedarse con los derechos de la obra. Fue un pequeño incidente. Elvire y Julien se dieron todas las explicaciones, se abrazaron y se aliaron finalmente para coproducir el espectáculo. Desde Brooklyn, Miller había puesto una condición: que la adaptación la hiciera Sartre o Marcel Aymé —nadie más. Había que pedírselo a Jean-Paul Sartre y, en caso de negarse, pedírselo a Marcel Aymée y Sartre dijo no, o mejor dicho Jean Cau, entonces su secretario, la rehusó antes de que Sartre la hubiese leído. Marcel Aymé también la rechazó, odiaba América y no quería leer la obra. Fue a través de una excelente actriz, que también había oído hablar de The Crucible y, sobre todo, del papel de Abigail, que Aymé terminó por leer la obra. Aceptó y The Crucible se convirtió en Les sorciéres de Salem, el papel de Abigail, lo interpretó Nicole Courcel (no era la misma actriz de quien hablé antes). La Popesco y Julien contrataron a Raymond Rouleau; los ensayos estaban previstos para el mes de octubre y estábamos en julio.

Yo me preparaba para esta gran prueba. No había puesto jamás los pies en un  escenario desde que me expulsaron del teatro de los Mathurins dentro de las sandalias de Gabin-Poncio Pilatos. Tenía mucho miedo. Le hice prometer a Rouleau que si «la cosa no iba bien» que me lo dijera y que no se preocupara, ya que yo ya era «una vedette del cine» y él podía sustituirme por quien quisiera. Estaba pensando en todas esas cosas, en mi jardín de Autheuil, cuando Marcelle me anunció » Monsieur Clouzot al teléfono».

 

  1. Clouzot, Buñuel…Mis relaciones con (Henri-Georges) Clouzot después de El salario del miedo habían seguido variados caminos. Llamándome para hacer la película Les Diaboliques, Clouzot se movía por razones que no eran aquellas que le habían llevado a contratar a Montand para hacer El salario. Yo nunca le había impresionado con mi talento, si lo tenía. Consideró Casque d’or como un «non film», me demostró cómo hubiese sido la película si él la hubiese dirigido en lugar de Jacques… y si Martine Carol hubiese hecho la interpretación. A Martine Carol yo le tenía mucho afecto, era una muchacha simpática. Le aconsejé a Clouzot que volviera a hacer otra versión de Casque. Así era el tono de nuestras conversaciones. Nos peleá-refugiado político… Y viva el limpiabotas de once años que se niega a tomar una limonada que le ofreces con el pretexto que él es un hombre y que una mujer no paga a los hombres. Viva México que no tiene embajador de Franco. Y vivan los sombreros grandes, las trompetas y las guitarras de los mariachis que tus amigos te llevan el día en que te marchas, y que tocan La golondrina y te hacen llorar. ¡Viva México! En medio del ruido de los petardos, zapateado de los bailarines de bambas, aires de guitarra a dos pasos de la prisión, donde el asesino de Trotsky parece que llevaba una buena vida, nos llegó un rumor, no «atribuido a Kruschov» sino firmado por Kruschov. Fue ampliamente comentado por los viejos republicanos españoles, compañeros de Buñuel, que se reunían a menudo para contarse la batalla de Teruel: eran viejos militantes del POUM y de la FAI o del Partido Comunista. Se contaban su guerra perdida desde hacía dieciocho años y después de dieciocho años se peleaban afectuosamente alrededor de algunos vasos de tequila. Aquel día encontraron explicaciones a muchas cosas de su pasado e incluso justificaciones. Stalin no era lo que muchos habían creído, Stalin era lo que otros habían dicho que era. «¡Que viva Kruschov!»

Al otro lado del mundo, en los Abruzzos y la nieve, Montand oía los comentarios italianos. Allá tampoco el informe era «atribuido a» sino bien firmado por Kruschov. El equipo en su mayoría era del Partido Comunista y como Gramsci había escrito: «Sólo la verdad es revolucionaria», los compagni encontraban que el compagno Kruschov tenía la valentía de los verdaderos revolucionarios. Yo no estaba allí pero Montand me lo contó. Yo volví de México y él volvió de los Abruzzos. Estábamos en forma para combatir con Las brujas. Estábamos de buen humor, íbamos a abordar los países del Este con otra óptica, los misterios y las ambigüedades no existían ya. La amargura de haber sido engañados durante tantos años estaba compensada por la satisfacción de haber tenido razón alguna vez, al no tragarnos algunas culebras que ya mencioné anteriormente.

 

  1. Arthur Miller. Fue grande la sorpresa descubriendo, al llegar a París, que la reacción de los comunistas franceses no era la misma que en otros países: en París, el informe era «atribuido a…» y su contenido discutido. Para el rodaje de Las brujas un ejército de franceses invadió la Gastebaus. Fráulein Erika continuaba allí. El muro de madera había desaparecido de la calle elegante. Los Rouleau habían llevado con ellos a sus niños; nosotros nos llevamos a Catherine. Toda la casa era para nosotros. Nosotros quiere decir: Claude Renoir, el operador, y su equipo, Myléne Demongeot que volvía al mundo del cine con el papel de Courcel; Alex, para nuestros cabellos y barbas; pero no maquillador: Raymond, Lila y Renoir nos querían absolutamente verosímiles como puritanos del siglo XVII, que no conocían los polvos de arroz ni las pestañas postizas. En el Sarah Bernhardt tampoco nadie iba maquillado. Las luces se encargaban de embellecernos cuando era preciso. Hubo algunas mañanas heladas al borde del Báltico, en que una pincelada de Monique, la mujer de Alex, «maquilladora— acompañante de su marido —en exteriores— con prohibición de ejercer» hubiese dado a esa pobre señora Proctor, que tenía tantos problemas, un poco de esa alegría que nos asoma a todas cuando las cámaras se acercan. Pero nunca hubo ningún pincel ni rayas de lápiz encima o debajo de los ojos, ni un gramo de rimel. Estábamos como estábamos a las siete de la mañana. Como estaban y están los campesinos que ya no tienen veinte años cuando marchan a su trabajo.

El guión de Sartre era un guión sartriano, completamente fiel a la obra de Miller. Había sido el fruto de una larga correspondencia entre Miller y Sartre durante el tiempo de la preparación. Miller todavía no tenía pasaporte (no tardaría en recuperarlo, pero esto es otra historia… una historia de amor). Sartre no iba a América, se comunicaban por escrito. El guión de Sartre profundizaba la verdadera situación histórica y social en que se encontraban esos pioneros de Nueva Inglaterra. Todos juntos habían llegado pobres y ya, en algunos años, las barreras sociales se habían levantado poco a poco en esta comunidad entre los antiguos pobres y aquellos que lo seguían siendo. Había aquellos que escogieron la tierra buena y los que habían caído sobre la mala. Había los que trabajaban más que otros.

Había los honestos y los que lo eran menos. En resumen, rápidamente hubo los notables y los otros. Todo esto estaba entredicho en la obra de Miller. Había fascinado a la gente porque la acción contaba en cuatro actos un drama abominable en que las premisas habían sido indicadas por las palabras. Ahora había que mostrar. Salíamos de los tres muros de decorado, íbamos a ver esos campos más o menos extensos según pertenecieran a los pobres o a los ricos, íbamos a penetrar en la iglesia que tantas veces sale en la obra, y percibir que también allí ya los ricos tenían sus bancos, los pobres los suyos, y los negros sus sitios designados allá en el fondo, en la galería, de pie junto a los perros…

Los extras de color eran estudiantes africanos inscritos en la Universidad de Leipzig. Estaban muy contentos con la idea de hacer cine hasta que Raymond, muy cortésmente, les pidió que ocuparan su sitio entre algunos perros grandes. Protestaron y se marcharon de aquella decoración de iglesia para encontrarse en la calle mayor de la pequeña ciudad de Salem que Lila había reconstituido en los estudios pero no podía imaginar vivir los que le quedaban fuera de su patria.

 

  1. Ylia Ehrenburg. Ehrenburg le explicamos la cena. No le enseñábamos nada nuevo en el fondo. Él conocía nuestra posición y la del Presidium. Por el contrario, la forma era otra cosa.

Cuando le describimos la cortesía y el lado de franqueza de las discusiones, nos interrumpió con una gran carcajada y nos contó la siguiente historia. Algunos días antes de la cena sorpresa, una señora, militante en el Movimiento de la Paz, había llegado especialmente de Bélgica, pagándose ella el viaje, para intentar una entrevista con Kruschov y decirle exactamente lo mismo que le dijimos nosotros. Al final consiguió una audiencia. No le dejó abrir la boca, le cerró groseramente la puerta en las narices y prácticamente la expulsó del territorio. Pero esto lo sabían muy pocos en Moscú…

Ehrenburg era muy divertido. Había vivido mucho tiempo en París, hablaba un francés perfecto y ese argot parisiense y anticuado que emplean los extranjeros que han vivido en París antes de la guerra y que llaman a una bici un velocípedo. Tenía expresiones muy suyas para decir ciertas cosas, por ejemplo: «Me han hecho un corte de pelo en mi último libro…» lo decía para explicar el lío en que estaba metido otra vez, pero «momentáneamente» añadía «siempre vuelvo a caer sobre mis patas e incluso a veces sobre mis manos… Nosotros los escritores soviéticos, si todavía estamos vivos, es que somos los acróbatas más grandes del mundo… Todos nosotros… excepto Pasternak». Era la primera vez en nuestra vida que oíamos aquel nombre. Entonces Ehrenburg nos contó quién era Pasternak, el poeta soviético más grande, el más grande traductor de Shakespeare, el único que rehusó ceder delante de Stalin, y el único que Stalin no se había atrevido a tocar. No había nada suyo publicado, pero estaba vivo. Vivía retirado pero no olvidado. «Es el único entre nosotros que merece respeto». Luego nos contó cómo Stalin lo había despertado, a él, Ehrenburg, una noche por teléfono, para darle la instrucción de volver a emplear la palabra «nazi» en un folletón político en el que anteriormente le habían dado instrucciones de llamar alemanes a los nazis, y por ahí se enteró antes que nadie que el pacto se había hecho.

También contó cómo Stalin los había convocado a todos un día en el Kremlin para una comunicación urgente: «Hay solamente dos maneras de escribir.» Hay que escribir como Shakespeare o como Chejov. Yo no soy escritor pero si lo fuera lo haría como Shakespeare. A vosotros os doy el consejo de que escribáis como Chejov. Ya os podéis marchar.»

Ehrenburg era divertido, desilusionado y lúcido. Su mujer era lúcida,  desilusionada y divertida, y las dos viejecitas judías no decían nada y contemplaban a su hermano pequeño, en aquella bonita datcha en la que seguramente, sin su talento, no hubiesen podido jamás vivir. En los muros de su casa habían bellos cuadros, Picasso y Miró. También cuadros de jóvenes pintores soviéticos que nunca habían estado coleados en ninguna exposición. Eché una mirada a la biblioteca y saqué del estante un pequeño libro, se llamaba París. Eran fotografías hechas en París y publicadas en la Unión Soviética hacia 1933, en la época en que Ehrenburg estaba de corresponsal de Izvestia,

Se veían niños miserables llevando un cesto del que sobresalían una botella de vino y un pan, vagabundos echados en las bocas de aire caliente del metro, prostitutas en el bario de Les Halles, un personaje triste en una esquina de Aubervilliers y mendigos, muchos mendigos. Le pregunté si realmente para él, en aquella época, París era solamente esto. «Todos teníamos pequeños olvidos, querida, nosotros, los acróbatas…» Como era divertido, todos nos reímos. La Casa de los Escritores, en Moscú, es un encantador hotelito particular. Es la antigua residencia de un gran duque. Si, como aseguran, sus salones fueron testigos de abominables orgías hasta octubre de 1917, una noche de diciembre de 1956 lo fueron de un abominable escándalo. Desde hacía ya una semana, habíamos aceptado una invitación a acercarnos, después del espectáculo, a. una recepción ofrecida por la casa en cuestión. La fatalidad o el diablo quiso que esta reunión fuera al día siguiente del almuerzo en casa de Ehrenburg… Al que nos trajo la invitación, Montand le había especificado que no cantaría. Cantaba por la mañana, por la tarde y a las dos de la madrugada. Estaba contento de hacer horas extraordinarias para los que no podían ir al teatro, pero no quería hacerlo para aquellos que prácticamente iban cada noche. Hay que decir que el que nos llevó la invitación formaba parte del famoso grupo que siempre encontramos en nuestro camino. Estaba furioso: ¿Por quién los tomábamos? Nos invitaban. Nos invitaban a comer cualquier cosita y a beber, después del trabajo, y así a intercambiar algunas ideas («¿a cambio de qué?» habría añadido Jacques Prévert si hubiese estado allí). No… Montand lo había entendido mal, no era cuestión de otra cosa que la de un encuentro cultural y amistoso entre gente de buena compañía, sobre todo ni un concierto más. Los músicos serían bien venidos si querían ir con nosotros. Entendido, gracias, hasta la próxima semana.

 

  1. Montand. Una vez llegados a la que debía ser para nosotros «la casa de los acróbatas», cuál no sería nuestra sorpresa cuando nos encontramos sobre un estrado. Sobre el estrado había sillas, un piano y un micro. Delante de ellos sí sabían dónde estaba Bratislava y sabían que yo tenía vínculos en Bratislava. Lo sabían. Yo en aquel tren todavía no lo sabía. Debía descubrirlo al día siguiente. Tenía una prima en Bratislava. En Neuilly-sur- Seine, no llevábamos la contabilidad de los parientes de Europa central. Era completamente normal que ignorara a mi prima de Bratislava. Me llamó al día siguiente de nuestra llegada a Praga al hotel Alkron.

Hablaba en inglés. Me explicó brevemente qué parentesco nos unía, por parte de mi abuela paterna. Había leído en la prensa de Bratislava que Montand iba a dar un recital allí y estaba encantada de podernos conocer. Le dije que no había nada seguro; se sorprendió mucho… Estaba anunciado oficialmente. Ella deseaba vernos. Había algo tan urgente en la necesidad que tenía de vernos que cuando colgué el teléfono me dije que debía ser una de esas pesadas que descubren parentescos con gente célebre y quieren presumir de ello en el barrio. Me había dicho su nombre, lo olvidé así como la llamada telefónica. El hotel Alkron era la puerta giratoria del mundo del Este y del Oeste. El hall y el restaurante estaban siempre llenos de corresponsales extranjeros y periodistas checos, gente de tránsito de Pekín o de Moscú, industriales de países del Oeste, escritores, gente de embajadas. El hall del Alkron era el Flore, el Fouquet’s y el Algonquin de Nueva York… pero yo todavía no lo sabía. El hall del Alkron era un territorio difícil de cruzar sin que alguien que no tenía nada que decir te parara, sólo porque quería verte de cerca.

Montand cantaba en una gran sala; no era un teatro, era una sala de congresos. No habíamos visto de nuevo a los embajadores de la policía y del ejército. Debían haber dado nuestra información y no debíamos haber caído muy bien. De todas formas, la tercera noche, creo, Montand no cantó. Una llamada telefónica muy breve y extremadamente amable le anunció que sobre las seis la sala no estaba libre. El gobierno necesitaba la sala para una sesión extraordinaria… Si él lo deseaba podía cantar en otro lugar. No, Montand no quería cantar en otro sitio… sería día dé descanso. Al día siguiente volvió a cantar en la sala, nadie nos dio ninguna explicación… Nadie hablaba de Bratislava. Desde Berlín-Este, teníamos a otro intérprete que nos acompañaba, Monsieur Lenoir, pero a él tampoco le dieron ninguna explicación.

Durante el día conocíamos a mucha gente. Los estudiantes de cine nos pidieron que fuéramos a la universidad. Eran muy divertidos y agudos. Fueron ellos quienes más tarde dieron a conocer al mundo el cine checo —(Milos) Forman, ()ván) Passer, Kadar—; un día me recordaron esta visita que los había marcado cuando solamente eran unos adolescentes. Jiri Trnka, nos enseñó en su estudio algunas películas animadas que tuvieron dificultades en proyectarse… Me regaló una de sus vedettes de Sueño de una noche de verano, una cabrita de madera con sus finas patas de abedul que todavía está en una vitrina en Autheuil junto a unos huevos de Pascua rusa, ángeles mexicanos y flautas búlgaras. Creía que haciendo Shakespeare en marionetas tendría menos problemas que con temas contemporáneos.

 

  1. Nazim Hikmet. Cenamos una noche con Nazim Hikmet; quizá porque era la noche de descanso improvisado, Montand ha olvidado esta cena, lo que hizo que dijera en la película de Chris Marker que no conoció nunca a Nazim Hikmet de quien canta Comme un escorpión mon frére (soy tan precisa porque no quiero caer en el delito de invención). Cenamos en el Alkron. Nazim Hikmet era guapo, inmenso, estuvo encarcelado en Turquía porque era lo que era: el más grande poeta revolucionario de su país y generación. Hablaba muy alto en el comedor. Hablaba de libertad y de falta de libertad. Marchaba a Moscú donde iba a quejarse de algo. Quería que todo el mundo se enterara. El escritor checo que lo acompañaba se preguntaba si había sido una buena idea aquella cena.

Almorzamos un día en la Embajada francesa, en un magnífico palacio barroco. Me olvidé de decir que, después de la copa de oporto en casa de los señores Dejean, en Moscú, había dado luz verde el Quai d’Orsay y que los embajadores de todos los países que atravesábamos eran acogedores y muy amables con nosotros. El embajador de Francia en Checoslovaquia tenía unos bonitos tapices de Lurgat y nos contó el desasosiego de los capitostes checos cuando iban a visitarlo y descubrían que Lurgat, de quién detestaban su falta de realismo socialista, era un antiguo militante del Partido Comunista Francés. La semana tocaba a su fin. Montand preguntó por el recital de Bratislava, ya que no se había vuelto a hablar; alguien dijo que decididamente no iríamos a Bratislava. Demasiado complicado… muy cansado el viaje de ida y vuelta. Los eslovacos ya lo comprenderían… Bien, perfecto. Al día siguiente me llamó la prima de Bratislava. Había leído en los periódicos eslovacos que Montand había decidido no ir a cantar a Bratislava. Era una pena, decía, le tuve que explicar que no era por culpa de Montand, pero que era muy complicado y muy cansado el viaje de ida y vuelta. Le conté que era una lástima, «It’s too bad, it’s too bad», murmuraba.

Su voz era triste. Entonces le aseguré que quedaba aplazado para otra ocasión, o algo parecido: «Nos veremos algún día…» ella contestó «quizá». Cuando colgué el teléfono, me dije que seguramente nos habíamos perdido la visita a una hermosa ciudad pero qué suerte haber escapado de Era el que concernía a mi infortunio y a mi firma bajo el manifiesto de los 121 (a favor de la independencia de Argelia).

Había regresado al viejo país cargada de honores. Y con una gran cantidad de historias que contar de mis días pasados en la bola irisada. Los compañeros desfilaban para que les mostrara y demostrara con toda clase de detalles a qué se parecía en realidad un Oscar. Había adquirido el tinte de los californianos, tenía bonitos conjuntos y pantalones de chez Jax, mocasines bordados de falsa pedrería, fabricados en las reservas donde los indios suelen ser tan felices… Yo era un poco fútil, un poco de otro país. Rápidamente se encargaron de reintegrarme a mi medio natural.

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Precisamente hoy, releyendo el texto de este telegrama, es cuando me doy cuenta de que habíamos utilizado la imagen del «rebaño de corderos». La habíamos vuelto a tomar inconscientemente, tal vez porque Montand empezaba su recital con el poema de Nazim Hikmet «Como el escorpión, mi hermano», que seguía así, «como el cordero, mi hermano».

Hasta hoy eso no se me había hecho evidente. Nazim Hikmet es el comedor del Alkron. La carta escrita sobre papel cebolla rosa, es mi prima de Bratislava. No lo sé todavía, puesto que no lo sabré hasta más adelante: pero quizás ella está en el hall del Alkron, esta noche, mientras nosotros estamos en el comedor con Hikmet. Hikmet

que se dirige a Moscú para quejarse en nombre de la libertad. Si acaso nos ve, es de lejos, y no nos entiende. No puede acercársenos. Nazim Hikmet es el que decía: «En 1917 éramos felices, estábamos contentos, éramos pobres, éramos hermosos, bien vestidos de harapos.»

Y cuando decía «éramos» quería decir: Maiakovski y Esenin. Vanesa antes de interpretar La Gaviota había hecho el papel de Isadora Duncan, en la obra se casaba con Esenin. Semprún escribía La segunda muerte de Ramón Mercader. Resnais había puesto en escena La guerre est finie, de Semprún, Montand cantaba poemas de Hikmet y Eluard, Prevert y Desnos, y también de Aragón. Todos los fantasmas de las libertades escarnecidas sirven para canciones hermosas, y aquel día de descanso posiblemente planeaban sobre nosotros y por eso se nos ocurrió redactar juntos

el texto de aquel telegrama. Posiblemente a causa de los bombardeos sobre Vietnam, seguramente a causa de 2 que Costa estaba montando, lo que explicaría su ausencia aquel día, seguramente un poco a causa de Chejov, y seguramente no para causar disgusto al Partido Comunista Francés. Durante este otoño de 1968 quisimos hacernos solidarios de aquellos que habían tenido el valor de mostrar desacuerdo con todo lo que en su nombre se estaba haciendo, tanto en el Oeste como en el Este.

¿so fue todo.

 

  1. El manifiesto de los 121 Fue Claude Lanzma quien se encargó de hacerlo. Tenía que verme rápidamente, de parte de Sartre. ¿Podía venir? Por su tono se comprendía que no venía para admirar la estatuilla ni para hacerme describir el Sunset Boulevard. Cuando sacó de su bolsillo el papel yo ya sabía que todo iba a recomenzar. Las vacaciones habían terminado.

Leí. El texto era conciso, audaz, y en cierto modo provocador —en el buen sentido de la palabra— para no pasar desapercibido. He ahí las últimas líneas:

Los abajo firmantes, considerando que cada uno debe pronunciarse sobre actos que en adelante resultará imposible presentar como hechos de una aventura individual: considerando que ellos mismos, según el lugar que ocupan y sus medios, tienen el deber de intervenir no para aconsejar a los hombres que tienen que pronunciarse sobre problemas tan graves, sino para pedir a los que los juzgan que no se dejen atrapar por el equívoco de las palabras y los valores, declaran:

–Respetamos y juzgamos justificado el rechazo a tomar las armas contra el pueblo argelino.

–Respetamos y juzgamos justificada la conducta de los franceses que consideran su deber aportar ayuda y protección a los argelinos oprimidos en nombre del pueblo francés.

–La causa del pueblo argelino, que contribuye de una forma decisiva a derrocar el sistema colonial, es también la causa de todos los hombres libres.

 

Firmado por: Arthur Adamov, Robert Anthelme, Georges Auclair, Jean Baby, Héléne Balfet, Marc Barbut, Robert Barrat, Simone de Beauvoir, Jean-Louis Bédouin, Marc Begbeider, Robert Benayoun, Maurice Blanchot, Roger Blin, Arséne Bonnafous-Murat, Geneviéve Bonnefoi, Raymond Borde, Jean-Louis Bory, Jacques-Laurent Bost, Fierre Boulez, Vincent Bounoure, André Bretón, Guy Cabanel, Georges Condominas, Alain Cuny, Jean Dalsace, Jean Czarnecki, Hubert Damisch, Bernard Don, Jean Douassot, Simona Dreyfus, Marguerite Duras, Yves Elleouet, Dominique Eluard, Charles Estienne, Louis-René des Foréts, Théodore Fraenkel, André Frenaud, Jacques Gernet, Louis Gernet, Edouard Glissant, Anne Guérin, Daniel Guérin, Jacques Hoewlett, Edouard Jaguer, Fierre Jaouen, Gérard Charlot, Robert Jaulin, Alain Joubert, Henri Krea, Robert Lagarde, Monique Lange, Claude Lanzmann, Robert Lapoujade, Henri Lefebvre, Gérard Legrand, Michel Leiris, Paul Lévy, Jeróme Lindon, Eric Losfeld, Robert Louzon, Marcel Péju, Olivier de Magny, André Mandouze, Maud Mannoni, Jean Martin, Renée- Marcel Martinet, Jean-Daniel Martinet, André Marty-Capgras, Dionys Mascólo, François Maspero, André Masson, Fierre de Massot, Jean Jacques Mayoux, Jean Mayoux, Théodore Monod, Marie Moscovici, Georges Mounin, Maurice Nadeau, Georges Navel, Claude Ollier, Héléne Parmelin, Jean-Paul Sartre, Florence Malraux, André Pieyre de Mandiargues, Ernest Pignon, Bernard Pingaud, Maurice Pons, J. B. Pontalis, Jean Pouillon, Dense Rene, Alain Resnais, Jean-Franc.ois Revel, Alain Robbe-Grillet, Cristiane Rochefort, Jacques-Francis Rolland, Alfred Rosmer, Gilbert Rouget, Claude Roy, Marc Samt-Saens, Nathalie Sarraute, Renée Saurel, José Pierre, Claude Sautet, Jean Schuster, Robert Scipion, Louis Seguin, Geneviéve Serreau, Simona Signoret, Jean Claude Silbermann, Claude Simón, Rene de Solier, D. de la Souchére, Jean Thiercelin, Rene Tzanck, Vercors, Jean-Pierre Vernant, Pierre Vidal-Naquet, J. P. Vielfaure, Claude Viseux, Ylipe, Rene Zazza. (Estas son las firmas de los primeros momentos, más tarde se unieron muchos más)

Mientras leía el texto me asaltó un fugaz pensamiento: «Qué bien se está allí disfrutando tranquilamente de los jardines del Beverly…» Seguidamente pasé a insultarme: «¿No tienes deseos de comprometerte, eh? Miras la forma de encontrar algo a qué agarrarte…» Leía, releía… Claude guardaba silencio, sólo miraba… de súbito vi Ostende. Ostende. El viejo y cruel librero —pero justo— nada educado y despreciativo. «¿Y aparte de comprar libros, qué hace usted para compensar lo que los demás hacen en su nombre?» Ni hasta la vista ni gracias mientras me devolvía el cambio.

Ya tenía mi venganza. Esto me impulsó a firmar este papel que se hizo célebre con el nombre de Manifiesto de los 121. No podía asumir la responsabilidad de unir el nombre de Montand al mío, nunca lo habíamos hecho sin que el otro hubiese leído lo que había que firmar. Montand estaba al otro extremo del mundo, las diferencias de horarios y las múltiples ocupaciones me impidieron comunicárselo antes de la publicación, que en realidad era urgente, de esta especie de bomba verbal, que molestó a todo el mundo y creó un sinfín de molestias a todos los que la firmaron.

Cuando volvió, se molestó de que no hubiera asociado su nombre al mío, pero cuando volvió era también el momento en que nos hacían interpretar papeles en una escena en la que a mí se me había reservado el papel más airado. Todo se mezclaba entonces en la mente de algunos — no muy distinguidos por cierto—: la ausencia de su nombre cerca del mío por vez primera después de tantos años de firmas en comunidad, parecía una especie de divorcio moral.

 

  1. Z. Las vejaciones (a Lambrakis) se convirtieron en algo oficial. Se convirtieron en un tormento. Finalmente, muere asesinado, no es algo que uno desee tirar a la cesta de los papeles. Es algo que se guarda. Tal vez esperaba algo mejor, más duro, o una declaración exaltante: «el camarada Beloyanis… llorado por todos los comunistas del mundo…» Tuvo que contentarse con mi respuesta, era la única auténtica que podía ofrecerle. La conferencia de prensa terminó rápidamente. El pequeño avión-autobús que hace el viaje Atenas-Creta no salía hasta la mañana siguiente. Yaél, un poco inquieta, examinó cuidadosamente la prensa. Nadie se había atrevido a imprimir el nombre de Beloyanis, pero todos hacían alusión. Los periódicos de derechas hablaban de justicia bien ejecutada, algunos años antes, los de izquierdas hablaban de héroes y de claveles. Las dos esperábamos ser embarcadas. Dos muchachas muy jóvenes se me acercaron. Cada una tenía un clavel en la mano. Sin decirme palabra me los entregaron. A pesar de los claveles el avión no cayó.

Al llegar a término, una gran silueta negra aguardaba para hacer el camino inverso. Era Mikis Theodorakis. Me dijo: «Gracias, gracias, gracias. » El teléfono había funcionado entre Atenas y Creta. Tenía un gran temor de que Cacoyannis se enfadara. Antes que nada, deseaba hacer tranquilamente su film. Hubiera preferido que la rueda de prensa se ocupara más de Zorba, que de viejas historias del pasado. Yaél fue mi testigo.

No fui yo quien comenzó. Cacoyannis aceptó nuestras explicaciones pero me aconsejó que en adelante, antes de recibir en mi casa a corresponsales del país en que yo iba a iniciar un rodaje, hiciera recuento de mis objetos-recuerdo. Naturalmente, no se lo prometí. Desde el año 1964 nunca más he vuelto a ver al joven tímido que me hizo la entrevista, espero que no le haya sucedido nada después de la toma del poder por los coroneles en el año 1967.

Realmente nunca he adivinado la clase de mensaje que visiblemente quiso captar con su entrevista de apariencia benigna. Tampoco he sabido nunca en qué momento de la entrevista tuvo tiempo de examinar el «retrato del héroe». Quizá cuando me llamaron por teléfono o cuando fui a la cocina en busca de algo para beber. La foto es tan pequeña que más bien tuvo que reconocerla que descubrirla.

En Z, cuando Lambrakis-Montand toma posesión del pequeño despacho del Comité, o quizá cuando es llevado allí después del primer golpe en la nuca, no recuerdo bien, en la pared del despacho hay un enorme retrato. Es, diez mil veces agrandada, la pequeña foto que presté a Costa. Mientras la tuvo me prestó una reproducción de Picasso L’Homme a l’oeillet, después me devolvió la foto intacta.

Si la juventud griega deposita claveles en el lugar donde Lambrakis fue asesinado en Z (película rodada en 1968) es porque Vassili Vassilikos, joven autor, en 1964 leía los periódicos. Entonces se inspiró en la historia de Beloyanis cuando decidió contar la historia de Lambrakis en su libro Z. Esto explica la existencia de claveles en la película Z. Fue Vassili quien me contó estas cosas. Tal vez un día alguien se decida a contar la muerte de Pannagoulis…

Si Vassili no hubiese tenido la gran suerte de encontrarse en Roma durante el alzamiento de los coroneles, jamás el manuscrito de Z, todavía no traducido del griego, habría caído en manos de Costa… Si Costa y Semprún no se hubiesen puesto rápidamente a trabajar para sacar de este hermoso libro un soberbio guión que todos los productores franceses rechazaron por temor a enemistarse con los americanos…

Si Perrin no hubiese decidido convertirse en el productor con la participación de todos los que trabajaban en la película. Si toda esta gente no se hubiese tenido una  confianza mutua, contra todos los vaticinios que les prodigaban la gente oficial de la industria cinematográfica Z nunca se hubiese convertido en una película.

No fue Z quien hizo caer el régimen de los coroneles… Pero Z contribuyó a empeorar su imagen ante el mundo. Y no precisamente en América donde la alusión al papel de la CÍA en el asunto de la muerte de Lambrakis no llegó a impresionarles tanto como habían supuesto los productores franceses. En 1969, Z recibió dos Oscars: el del montaje y el de la mejor película extranjera del año.

 

  1. Shakespeare. Perdón, William Shakespeare, no lo haré más. No es para vanagloriarse, como se dice en Labiche, pero creo ser la persona que más veces ha interpretado el papel de Lady Macbeth en todo el mundo, cosa que no me ha impedido fracasar en mi intento. En el inicio, no fue un intento mío. Fue intento fomentado amigablemente en Londres, en 1966, por amigos que me querían bien. Alee Guinness tenía un gran deseo de reinterpretar Macbeth, y éste era un deseo que podía bastar a sí mismo. Sir Alee, gran star del cine, volvía a los clásicos con una producción sacudida del polvo de las tradiciones… Ingleses e inglesas, shakespearianos o shakespearianas, de todos los países, leéis esto en los periódicos y al punto, con dos meses de antelación, reserváis vuestras localidades en el Royal Court Theatre. Cuando, algunos días después, ingleses, inglesas, shakespearianos o shakespearianas, etc… leéis que Lady Macbeth será interpretada por Casque d’or-Ahce Aisgill… os formuláis ciertas preguntas pero seguís alquilando vuestras localidades en el Royal Court Theatre, como alquilaríais una localidad, dijo, me ha hecho conocer nombres que no conocía.

 

  1. La confesión. En el otoño de 1969 empezamos a rodar La confesión. Tampoco con la intención de disgustar al Partido Comunista Francés. Entre nosotros había comunistas. Sus nombres figuran en el reparto, excepto uno: una técnica que, después de haber percibido su sueldo durante unas treinta semanas, prefirió, en el momento del estreno, conservar el incógnito. El caso es que había trabajado muy bien.

Yugoslavia fue el único país socialista que proyectó La confesión. Allí no está prohibido contar cómo en 1953 uno podía hacerse prender por «titismo».

Parece ser que en Moscú existe una copia de La confesión que sólo algunos privilegiados pueden ver de vez en cuando. Supongo que está clasificada en la misma estantería que otras obras que nunca han sido ofrecidas al público soviético: Las brujas de Salem, Z, État de Siége, Casque d’or y el viejo y bueno La sal de la tierra del que nunca hemos sabido si el doblaje estaba terminado. Hoy, cuando escribo esto, tampoco es mi intención molestar al Partido Comunista Francés.

Voy a volver a mi vieja conversación con Maurice. Tal vez sorprenda que no nos tuteáramos. Poco antes, he escrito: «Vuelve, Maurice.» El tratamiento de usted no es precisamente una elegancia de estilo.

No nos conocíamos cuando iniciamos nuestra conversación. Tampoco te conocía, Dominique, cuando empezaste a grabarla. Puede resultar sorprendente que después de seis días de bucear en un pasado común, los tres guardáramos, en el lenguaje, nuestras respetuosas distancias. Soy la más vieja de los tres. Maurice, cuando contaba la Ocupación, seguro que te recordabas jovencísimo, y tú, Dominique, en el caso de que ya hubieras nacido estarías en la edad del balbuceo. Es a causa de La confesión que me he metido a descifrar todo esto. La falta de tuteo me ha parecido algo incongruente, pero da lo mismo, conservaré los hechos tal cual También me he dado cuenta de hasta qué punto las respuestas que uno podía considerar inteligentes y personales, dadas a preguntas inteligentes y personales, eran ahora, a unos meses de distancia, las respuestas más trasnochadas a preguntas cuyo rastro casi ni queda en el viento.

 

Filmografla A: Le prince charmant (Jean Boyer, 1941); Bolero (id.. 1942); Les visiteurs du soir (M. Carné, ¡d.); Le voyageur de la Toussaint (L. Daquin, 1943); Adieu… Léonard! (P. Prévert, id.); L’ange de la nuit (A. Berthomieu, 1944); Béatríce devant le decir (Jean de Marguenat, id.); Le morí ne recoit plus (Jean Tarride, id.); Service de nuit (Jean Faurez, id.); La bofte aux revés (Y. Allégret, 1945); Le couple ideal (Bernard-Roland, 1946); Les démons de l’aube (Y. Allégret, id.); Macadam (Marcel Blisténe, id.); Fantomas (Fantómas, J. Sacha, 1947); Dedée de Amberes (Y. Allégret, 1948); Against the Wind (Ch. Crichton, GB, id.); Impasse des deuxanges (M. Tourneur, id.); Swiss Tour(L Lindberg, SUI, 1949); Manéges (Y. Allégret, 1950); La ronda (M. Ophuls, id.); Acorralado (Gunnman in the Streets, F. Tuttle y B. Lewin, id.); Ombre et lumiére (Henri Calef, 1951); París, bajos fondos (J. Becker, 1952); Teresa Raquin (Carné, 1953); Las diabólicas (H.G. Clouzot, 1955); La muerte en este jardín (L. Buñuel, FR-MEX, 1956); ¿es somieres de Salem (R. Rouleau, 1957); Un lugar en la cumbre (J. Clayton, GB, 1958); í.os malos golpes (F. Leterrier, 1960); Adua y sus amigas (A. Pietrangeli, IT, id.); Amores célebres (M. Boisrond, 1961); Escándalo en las aulas (P. Glenville, GB, id.); El día y la hora (R. Clément, 1962); Dragées au poivre (J. Baratier, 1963); los raíles del crimen (Costa- Gavras, 1965); El barco de los locos (S. Kramer, EEUU, id.); ¿Arde París? (Clément, 1966); Llamada para un muerto (S. Lumet, EEUU; 1967); La muerte llama a la puerta (C. Harrington, EEUU, id.); The Seagull (Lumet, EEUU, 1968); El ejército de las sombras (J. P. Melville, 1969); L’américaín (M. Bozzuffi, id.); La confesión (Costa-Gavras, 1970); Cuenta atrás (Roger Pigaut, id.); El gato (P. Granier-Deferre, 1971); La viuda Courdec (id., id.); Las granjas ardientes (Les granges brülées, Jean Chapot, 1973); .Dura jornada para la reina (R. Allio, id.); La carne de la orquídea (P. Chéreau, 1975); Policía Pitón 357 (A. Corneau, 1976); Madame Rosa (La vie devant soi, M. Mizrahi, 1977); Judith Therpauve (Chóreau, 1978); L’adolescente (J. Moreau, 1979); Ciñere inconnue (Mizrahi, 1980); L’étoile du Nord (Granier-Deferre, 1982); Guyde Maupassarií(M.Drach, Id.).

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