Simone de Beauvoir como pretexto

Por Pepe Gutiérrez-Álvarez

Estos días, en el curso de un homenaje en la localidad de Ribes, Garraf, a la pensadora y activista feminista y de izquierdas, Simone de Beauvoir, la revalorizada autora de “El segundo sexo”, no hemos podido por menos que interrogarnos sobre el deterioro del “pensamiento fuerte” representado por el sólido referente del “intelectual comprometido” que prestaba su voz a los que no la tenían. Fueron los casos célebres de Jean Paul Sartre en relación al colonialismo (Cuba, pero sobre todo Argelia, llamando a los soldados franceses que desertaran en una guerra contra los argelinos que defendían su país), y el de Bertrand Russell denunciando desde un Tribunal Internacional los crímenes de guerra perpetrados por el imperialismo yanqui en el Sudeste asiático, en Vietnam en particular. Estas denuncias conseguían una victorial moral incuestionable que legitimaba las manifestaciones obreras y estudiantiles y alimentaban un buen número de revistas y de algunos diarios, dejando a los intelectuales cómplices tipo Raymond Aron en evidencia. Fue en este cuadro donde se forjó la figura imponente de Simone de Beauvoir que aportó una base teórica a un feminismo que, finalmente, parece haber encontrado su vía de conjunción plural para constituirse seguramente como el movimiento “contestatario” más amplio y profundo del escenario emancipador actual…

De esta manera se está cuestionando uno de los frentes en los que el neoliberalismo se manifestó en su época triunfal, a continuación de la caída del muro de Berlín convertido en emblema del Mal social cuando ellos creaban nuevos muros y provocaban nuevas guerras. Este fue posible porque en su victoria, el ultracapitalismo logró la descompuso el sistema llamado de “socialismo real”, el deterioro de lo que antaño se llamó el  movimiento comunista internacional fue generalizado, y sin embargo, el anticomunismo sigue gozando de muy buena salud. Esto ocurre, quizás no tanto por lo que significó en su momento, sino por cuanto todavía puede ser utilizado como referente fracasado, como escarmiento ante las tentativas –crecientes- de forjar nuevas alternativas.

Son numerosos los ejemplos de esta lógica, una de las evidencias de un tiempo en el que se invertía el concepto de “intelectual comprometido”, un concepto que ahora se utilizaba identificando la restauración conservadora como una garantía contra el “totalitarismo”, término en el que se incluían todos los adversarios del Imperio, del modo de vida norteamericano. Son numerosos los casos de inversión de los factores, pero para no largarnos podíamos escoger la necrológica aparecida en su momento dedicadas a Claude Lefort con ocasión de su muerte (1924-2010), y publicadas en La Vanguardia de Barcelona, el diario “liberal” del conde de Godó que, entre otras cosas, mantenía un corresponsal en Vietnam que aconsejaba a Washington el empleo del armamento atómico “contra los comunistas”. El diario dedicaba al antiguo socialbárbaro (cofundador de la revista “Socialismo o barbarie” y que se podía interpretar como una variante izquierdista del trotskismo) un obituario titulado muy en línea “La voz antitotalitaria”, y venía firmado como “Redacción”. El breve texto comenzaba diciendo: “Cuestionar a Jean Paul-Sartre cuando ejercía de incuestionable Papa de la izquierda europea, significaba la excomununión fulminante”. Lo probaron Albert Camus, y también Claude Lefort. “Si yo fuera patrón, sería lefortista” fue el anatema que lanzó Sartre, el filósofo que se atrevió a cuestionar el totalitarismo y la identificación automática del Partido Comunista con  la clase obrera…”.

El lector que lea algo así podrá pensar que Sartre no mandó fusilar a Lefort por alguna debilidad, pero que muy bien lo podría haber hecho. Sin embargo, el lector que quiera saber algo más podrá contrastar que las afirmaciones del diario barcelonés  no responden para nada a la verdad, y que cosas así se escriben porque existe una consigna de colocar a Sartre donde nunca estuvo con la intención de denigrar un intelectual comprometido con causas que no son la de la corte. Sartre cierto, polemizó con Lefort, pero desde su propia revista, “Les Temps Modernes”, no le excomulgó, le rebatió con mayor acierto. No estuvo nunca en el Partido Comunista, y sí se le puede tachar de  “compañero de viaje”, fue  uno de lo más incómodo. 1/.

En un nuevo alarde de erudición, la nota del diario añade: “Incluso cuando fue trotskista (y lo fue hasta 1958), se atrevió a cuestionar la palabra de Trotsky y a reconocer la fiabilidad del libro Yo escogí la libertad, del ruso Victor Kravcheyenko”. Curioso desafío con el “padre” (que dicho sea de paso, se cuestionó a sí mismo en muchas ocasiones, y que debatió de tú a tú con todo el que se encartó), el libro de Kravchenko como se traduce en diversas obras, fue editado en 1946, cuando ya hacía seis años que Trotsky había muerto. Pero en realidad todos estos datos funcionan como relleno, como muestra de que sus redactores “saben”  Lo que importa es el final, y el final deja lugar a dudas. Después de abandonar el marxismo, Lefort “veía la necesidad de que la democracia se reinventara constantemente, pues no garantiza espontáneamente ni la libertad ni la justicia”. De todo lo cual se desprende que esta operación –reinventarse-, es la que ha operado el neoliberalismo se respira intensamente, por más que en algunos apartados –como el del “Culturals” de los miércoles- sea ciertamente, harina de otro costal.

Semejante despropósitos es desde hace al menos tres décadas la pauta de “creadores de opinión”, editoriales y corresponsales como parte del ABC de la gente de orden,  sobre todo entre los numerosos “arrepentidos” que pululan en los pasillos del poder, y su adopción se percibe en el último concejal de CiU o del PP, y se acepta en los medios postsocialistas, también forma parte del “libro de estilo” de la prensa, incluyendo no hay que decirlo de El País, que “representa” a la izquierda. La cuestión es que, matices aparte, se trata de proclamar el dogma de “no hay alternativas”, y que la pudieron representar en otra tiempo, están sujetos a una denigración que amalgama sin escrúpulos el estalinismo con toda la cultura socialista y antifascistas, la todos aquellos que cuando Franco nos felicitaba cada año, eran tildados de “compañeros de ruta” o de “tontos útiles”.

Quizás el teórico más autorizado (y refinado) de este nuevo paradigma sea el antiguo comunista  François Furet, celebrado autor de El pasado de una ilusión subtitulado “Ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX”, y cuya premisa primordial es que existe una simetría entre los diversos totalitarismos. La historia del siglo XX se establece inicialmente a partir del “auge” de los “totalitarismos”, estableciendo un paralelismo entre los “extremos” que se distinguen por encima de cualquier otra consideración, por su oposición a la democracia liberal que se sitúa por encima de cualquier duda, una argumento que se refuerza mediante una maniobra de gran calado: ocultando el historial imperial y colonial, y el pequeño dato de que cataclismo histórico inaugural del silo XX fue la Primera Guerra Mundial, junto con el imperialismo, la madre de todos los fenómenos totalitarios ulteriores. 2/.

Desde esta regla de tres debidamente reforzada como normativa de obligado cumplimiento sobre el que se ha impuesto la narración “liberal superadora de los totalitarismos de un oro signo”, y sobre el que se legitiman consensos políticos que deja al margen todo lo que no sea centro derecha-centro izquierda (y de los que serían claros exponentes la Transición española y el berluconismo italiano), De ella se deduce que la intelectualidad de izquierda fue de una manera u otra cómplice del estalinismo. Con este término que puede abarcar a no importa que icono revolucionario comenzando por Lenin, se ha dicho que Trotsky hubiera sido todavía peor que Stalin (por Robert Conquest, Robert Service, Stanley Payne), y no han dejado resquicio ni para el “Che” o Rosa Luxemburgo; otro que tal Hugh Thomas, comparaba a Durruti con Ben Laden. La lista llegaba sin dificultad hasta también Tomas Münzer, Savonarola, todos ellos crucificados como “totalitarios”, y no descarta ni al mismísimo Akenaton 3/, de hecho toda “utopía” que trate de ofrecer otra salida a una situación que jamás se abordar desde sus dramas reales como lo son el hambre, la miseria, el desastre climático, y todo lo demás.

Desde una óptica de compromiso boca abajo –la libertad identificada con el juego político imperante en los países dominantes-, no es otra el relato de Mario Vargas Llosa en El paraíso en la otra esquina, y el nudo de su discurso en Estocolmo por un premio Nobel literario merecido que ha servido de legitimación  para clamar contra el “imperio de mal”, “y calificar de “dictaduras” las democracias que se someten al “consenso de Washington”.

Es cierto que, en su momento,  todos los discrepantes mencionados fueron arrojados a las tinieblas, y que suscitaron una reacción furiosa por parte de de los intelectuales “orgánicos” y de los “compañeros  de viaje”, y son conocidos los ejemplos, el rechazo de Gide durante el Congreso de Escritores Antifascistas en Valencia en 1937, con toda la oleada de fanatismo del que fueron víctimas todas las oposiciones comunistas, y singularmente el POUM, al que se le amputaba reuniones con Franco a través del hijo de León Trotsky, el “Gran Satán”. Aquel fue un contexto abismal,  de “medianoche en el siglo”, y la acusación contra el  “trotskismo” se extendió hasta los liberales que se negaron a prestarse al juego. Pero la regla general dentro de la izquierda tradicional fue la de aceptar la situación en la medida en que les convenía, al fin y al cabo, Stalin disparaba contra lo que más tarde será llamados “gauchistes”. Así, León Blum se negó a condenar los “procesos de Moscú”, Negrín y Prieto argumentaron que la URSS les daba armas y el que el POUM solamente les daba problemas con la revolución, Roosevelt patrocinó la película “Mission to Moscow” (USA, 1943), que explicó los “procesos” como una acto de limpieza de la “quinta columna” compuesta por la mayor parte de la vieja guardia bolchevique (y de una lista interminable de comunistas extranjeros exiliados en la URSS, entre ellos, casi la totalidad del Partido Comunista polaco) y por lo menos hasta Potsdam, incluso los “tories” fueron ocasionalmente “prosoviéticos”. 4/

Pero la prepotente escuela neoliberal aplica a la historia la misma lógica que con los negocios: todo tiene un precio, y todos estos detalles pueden ser dejado de lado. El precio era la necesidad de acabar de una vez por todas con la “amenaza comunista”, pero también con la “idea negativa” del antifascismo. Esta idea será ahora juzgada desde un nuevo rasero según el cual el totalitarismo comunista habría extendido su influencia vistiéndose con los ropajes del defensor de la democracia, supone darle la vuelta a los hechos, por dos razones, primera, porque el antifascismo fue una convicción generalizada en diversas tendencias socialistas y democráticas, especialmente, las que habían sido testigo “privilegiados” del ascenso fascista.

Furet y CIA escamotean deliberadamente el dato de que, al menos en Europa Occidental, no había manera de combatir al fascismo rechazando la aportación de la creciente militancia comunistas y de la propia Unión Soviética que era, el primer objetivo del programa de expansión fascista. Esta fuera de toda duda de que la alianza entre la cultura democrática europea y el comunismo fue producto del peligro fascista, y por lo tanto, la opción de “mirar hacia otro lado” en relación a la noche estalinista fue tan fuerte como lo fue entonces la amenaza fascista. Existían además otros motivos, a añadir, sobre todo el desprestigio del sistema capitalista que pasaba por su mayor crisis, una crisis que estaba en el fondo del desconcierto de las clases medias y de sectores proletarios desclasados que serían atraídos por las promesas fascistas. Igualmente se cuestionaba la política de “apaciguamiento” de los líderes políticos británicos y franceses (del Frente Popular), y que está en la base de un hecho como la cuantiosa presencia de artistas e intelectuales británicos combatiendo por la República española.

La historiografía neoliberal escamotea estos factores y pone el acento en la extraordinaria capacidad de propaganda del estalinismo, de la que el suizo Willi Münzenberg  es presentado como “maestro de ceremonias”. Tal interpretación, aparte de dejar de lado lo antes dicho, también olvida que los “cantos de sirena” de la propaganda comunista oficial eran visto, no por lo que realmente estaba sucediendo en un país ignoto, sino por otros espejos. Había uno que permitía que el imaginario de la revolución de Octubre pudiera ser fácilmente idealizado incentivado por la literatura, y sobre todo el cine. Los que veían películas como El acorazado Potemkin o como Octubre, creían ver en la URSS una enmienda a la totalidad del capitalismo, un sistema desprestigiado por una montaña de motivos. También los hubo que interpretaron el estalinismo como una fase de institucionalización revolucionaria inevitable (Otto Bauer). De hecho, no fue otro el argumento de la escuela eurocomunista, muy pródiga en los años setenta.

Hubo dos espejos más. Uno fue aquel que se derivaba de la desconfianza natural contra hacia la denigración constante que 1917 había conocido en la prensa conservadora desde el primer día, una denigración no muy diferente a la que padecían los revolucionarios de todo pelaje en sus respectivos países. La leyenda del bolchevique con el cuchillo entre los dientes  metido bajo la cama de un probo burgués, era una canción repetida hasta la saciedad. Finalmente, todo esto transcurría casi en la misma generación que había tomado como bandera la defensa de una revolución victoriosa cuyo perfil crecía –paradójicamente- después de cada derrota (China 1927, Alemana-Austria 1933-34, España…), derrotas en las que tuvieron una influencia nada desdeñable las exigencias de la política nacionalista exterior de la URSS, y a la cual se obligaba a ser instrumento la Internacional Comunista, atravesada desde principios de los años treinta por toda una cohorte de “especialistas” que velaban por la aplicación de los dictados de Moscú con un discurso  según el cual toda crítica a la URSS, o al sector dirigente de tal o cual partido, era darle munición al enemigo, servir a los intereses del Capital con el que, llegado un momento se pactaba. Todavía quedan “auténticos comunistas”, personajes para los que cualquier crítica a la Cuba de Fidel o la Venezuela de Hugo Chávez, no pueden ser más que maniobras del imperialismo.

El regreso de Simone de Beauvoir con el reconocimiento de la trascendencias de sus aportaciones en general –sobre la vejez sin ir más lejos-, y la emergencia de movimiento del “nuevo tipo” nos sitúan claramente en un momento  distinto. Un momento en el que el neoliberalismo sigue dominando, pero en el que la “contestación” sigue creciendo.

Notas

1/ La “Respuesta a Claude Lefort”  que le dedicó Sartre apareció en “Les Temps Modernes” nº 89, abril de 1953, y está incluida en «Situations» VII, Problemas del marxismo 2, editadas en castellano por la prestigiosa Losada (creada por republicanos españoles), Buenos Aires, 1966, en traducción de Josefina Martínez Alinari. Estas obras de Sartre se vendían en las trastiendas de las librerías comprometidas contra el franquismo, y fueron material de formación para mucha gente. La crítica de Lefort apreció en “France Observateur”, y ya quisiéramos que hoy en día que debates como estos  pudieran publicarse en la prensa democrática realmente existente.

2/ Tengo en mi mesa un trabajo académico sobre “La primavera republicana al penedés, 1913-1936”, un folleto editado en el marco del valioso proyecto “Tots els noms” que coordina el Instituto d´Estudis Penedesencs, que merece todo nuestro apoyo. Aún y así, abro en el primer apartado dedicado al “Context europeu i mundial”, dicho contexto queda precisado que hay dos ideologías “contràries a la democracia liberal: el feixisme i el comunismo (… Feixisme i comunismo disposovan, a mes, de sengles experiencias pràctiques: des del 1917 el bolxevics tenia el poder a l´URSS i, des del 1922 Mussolini exercia de dictador feixista a Italia”, y ahí queda eso, repetido hasta la saciedad hasta en los medios en los que –en principio- tendría que reinar cierto pensamiento crítico.

3/ Durante todo estos años, especialistas de la prensa diaria se han hecho eco del acoso y derribo de todo estos personajes como pioneros de un “totalitarismo” que querían poner el mundo boca abajo en nombre de “igualitarismos milenaristas”, pero la palma en lo que se refiere a buscar las huellas de Hitler y de Stalin amalgamados, la tiene hasta el momento el egiptólogo Nicholas Reeves (Rochdale, 1956), autor de Akenaton, falso profeta de Egipto (Oberón, Madrid, 2002). Reeves es autor de un buen número de las obras sobre el antiguo Egipto más sugerentes de los últimos tiempos, incluidas Todo Tutankamón (Destino) y Los grandes descubrimientos (Crítica), y se empeña en buscar las similitudes entre el pasado y el presente, logrando al menos que su obre fuese más reseñada que los son habitualmente este tipo de trabajo.

4/ En el “cero” que acompañó las ediciones de las dos primeras obras citadas de Orwell, intervinieron tanto afines al Partido Comunista británico como laboristas reconocidos –desde el Labour surgieron algunos de los teóricos más entusiastas de la URSS, tal el caso de la pareja formaba por Sidney y Beatriz Web, muy reconocidos entonces-,  y circunstancialmente, por los conservadores comenzando por Churchill.  El cineasta Anthony Asquith, hijo de un ex primer ministro conservador,  realizó en 1943, The Demi Paradise, cuya temática resulta ser algo así como el revés de la Ninotchtka (USA, 1939), de Lubistch, con un ingeniero soviético (Laurence Olivier) que lo sabe hacer todo y que además enamora a una conservadora muchachita británica.

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