Silvio Ambrogi: «la poesía y el significado»

Enviado por correo postal desde algún lugar de los Estados Unidos, tengo sobre mi escritorio un modesto volumen del poeta nicaragüense Silvio Ambrogi, el cual constituye el breve opúsculo de su poesía: La saga del jazmín.

Hay algo en los títulos, con los que Ambrogi adorna sus creaciones, que termina sorprendiéndome, sutil e imperativamente, por ser como inusuales catálogos de lúdica, variada y prolífica invención. Títulos como Thánatos alucinada, El laberinto de la raíz, y, El arquero invisible… acompañan al poeta en su particular existencia, configurando capítulos de ensoñada verbofanía. Es decir, como ese impreciso lugar donde la palabra busca descender de su recinto amurallado -la fortaleza hierática del signo- para seducir a los comensales reunidos gracias a los mundanos placeres de la música y la forma.

Al afirmar lo anterior, ¿estoy definiendo esta poesía como algo estrictamente formal? ¿Qué es forma en realidad? Si nos atenemos a Aristóteles, es aquello que hace que las cosas sean y por eso es la condición más esencial de la naturaleza. ¿Habitan esencias en Silvio Ambrogi?

Respondería a esa pregunta dando un largo rodeo: una de las últimas veces que he visto al poeta se encontraba seducido por lo que él llamaba el mundo mítico de Urantia -una curiosa noción extraída de la literatura esotérica, la astrología e incluso los naipes del tarot. Urantia es una saga sideral, relativa a la metempsicosis, donde a las almas predestinadas les son revelados, por vía ascensional, los más íntimos secretos del universo. En ese viaje cósmico el alma escogida realiza la decantación suprema del sentido y el significado de su verdad. O sea, al alma le es dado aprehender una esencia que, incorporándose a su propio destino, se traduce bajo la noción de forma, porque forma es aquello “que hace que una cosa sea lo que es”.

Para el pensador medieval no sólo el alma era perceptible, al ser captada a la luz de las ideas, sino porque aparecía ante nuestra inteligencia como el fruto formal más preciado de la intuición sensible. Esa intuición es la precondición indispensable para la existencia de la realidad, según lo entiende el alma del artista que es el reflejo individual de la verdad y el significado del mundo.

Sin embargo, uno de los más graves problemas que presenta el pensamiento contemporáneo, es el de no comprender a cabalidad las relaciones intrínsecas existentes entre la percepción sensible y la apercepción intelectual; relaciones que se unifican bajo la forma pura de una intuición que concibe la unidad formal de la idea y el mundo. La poesía habla así desde el corazón de la intuición y en su expresión se revela el sentido que entrega configuración al mundo. Porque sólo a la poesía le es dado acercarse a los misterios que rondan desde adentro a la creación, modernamente doblada -torcida- entre el sentido y su expresión; la realidad y su concepto; aquello que decimos y cómo lo decimos. De este modo la noción de forma, en cuanto tal, ha resultado desvinculada de significado. Y, ateniéndonos a estos presupuestos abstractos, originalmente estrechamente entrelazados, pudiera decirse que Ambrogi es esencialmente un poeta de la expresión, no del significado. Sin embargo, nos dice el poeta envuelto en las sutilezas de la significación:

“(…) un eclipsado lamento va pasándonos

tras el croar de ranas diminutas

no convidadas al festivo vergel, que abre sus pasos

de brevedad entretejida de múltiples seres

que van poblando los ramajes entremecidos”.

¿Cuál es aquí el significado? O, ¿cómo aislar aquí el significado de la expresión? ¿Son las ranas -“como brevedad entretejida de múltiples seres”- las que pueblan los ramajes? ¿Son ellas las que croan al modo de un “eclipsado lamento”? ¿Cuál es la causa de ese lamento? ¿No haber sido convidadas al “festivo vergel”? ¿Se remonta quizás, ese vergel, a la memoria de la especie degradada que busca remontar su experiencia hacia un tiempo perdido y fabuloso que ahora anuncia su nostalgia -su reprimida vocación de naturaleza- en el canto vocinglero de las ranas sobre el ramaje entremecido? ¿No es acaso la naturaleza misma la que canta y al poeta revela, como secreta intuición, el inquieto periplo por el que debe transitar con paciencia, aprehendiendo aquello que, desde milenios, su alma sabía?

No obstante, no parece ser el canto nostálgico a la naturaleza perdida -virginal e intacta y dispuesta según la ley semítica- lo que alienta el contenido de estos poemas. Por el contrario, creo ver en el poeta una obscura intención de abrir las puertas del paraíso a todo cuanto originalmente fuera degradado, -¿el vergel original debería así flanquear sus murallas a los catálogos más vastos del deseo? O, ¿lo que nos propone Ambrogi, a la manera de los poetas místicos, es hacer retornar el mundo a su añorado vergel? O a la inversa, ¿subvertir el mundo gracias a los placeres sin límites que se esconden en su vergel íntimo? O sea, ¿se dispone esta poesía a anunciar el fin de la prohibición mosaica en aras del gozoso disfrute? Lo que sí parece ser cierto, es que las palabras, con que el poeta nicaragüense construye sus poemas, simbolizan, en sus particulares sonoridades y caprichosas morfologías, los frutos más exquisitos para ser probados, u ofrecidos por él, bajo las frondas hechizadas de un paraíso recién descubierto.

Nos dice nuevamente el poeta:

“(…) se agita tu cabellera coronada de insectos

a la noche aquella: sin astros, preñadas de lluvias heladas,

arrastra tu cuerpo por las verdes ramas del rosal maduro

tu sangre pujante se confunde con las rosas rojas

que bordan tu piel de durazno reseco”.

¿Qué es lo que Ambrogi desea para su amante? -porque estamos (es necesario prevenir al lector) frente a un canto homosexual: una “cabellera coronada de insectos”, una “lluvia helada” que le arrastre sobre las ramas del “rosal maduro” y donde su sangre se confunda con “las rosas rojas” y su piel sea como la del “durazno reseco”. ¿Es éste el jardín verborante donde se escenifica el triunfo de la naturaleza pletórica? ¿La revancha del tiempo sobre la eternidad? ¿de la naturaleza sobre la idea? y, ¿de la sexualidad sobre las obscuras tablas del Decálogo?

Según el poeta cubano José Lezama Lima, un santo tuvo en una ocasión una visión del infierno, pero lo encontró vacío. ¿Es posible un universo sin culpa, sin prohibiciones donde, por tanto, las transgresiones carezcan de significado? Sin embargo, en el universo poemático de Ambrogi, la prohibición es necesaria porque sin ella no podría tener sentido ni lugar la transgresión; el mefítico goce de la insurrección. Para Ambrogi, como para Lezama, la concupiscencia, para ser perfecta, debe construirse con la sustancia misma de la prohibición.

El poeta nos pinta un paisaje, a ratos bucólico, donde el árbol, la fruta, la hierba, la lluvia, los insectos… participan al unísono de una cósmica rebelión, pues han sido implicados como parte del catálogo natural de su prohibido deseo. ¿Habita un contenido irracional en los textos de Ambrogi? El vergel del poeta no es el jardín volteriano -dieciochesco- donde la razón se encontraba jerarquizada y se agotaba en constantes figuraciones geométricas, es, por el contrario, la representación festiva -el vergel barroco, copioso, exuberante- de la fábula invertida de la Creación. Lo que nos fue prohibido en ese jardín fue el placer, y, es eso lo que el alma no quiere perdonarle a Dios. Regresar al jardín de los ejercicios prohibidos promete el retorno tenaz de la subversión. Los insectos que pueblan la cabellera de su amado hablan con elocuencia de la enorme fuerza lúdica de ese deseo, aunque inscrito dentro de los límites que fija el placer que es a la vez, el límite natural de cuánto y por qué se desea: habitar por siempre el insólito jardín, el selecto paraninfo de la prohibición.

Pero, acerquémonos un poco más al texto, La saga del jazmín provocativamente ilustrado por Omar d’ León: un dibujo realizado a plumilla prefigura los poemas, el cual, en el borde inferior, posee la siguiente leyenda: “El poeta Silvio Ambrogi recibe de su Ángel la revelación Lírica, al fondo Cronos guía al poeta desnudo hacia la Posteridad”.

La herencia grecolatina ronda la poesía de Jinotepe, pequeño pueblo nicaragüense cargado de tradiciones y situado en la fresca meseta de Carazo, del cual nuestro poeta es oriundo.En esta apacible y humilde región de Mesoamérica el legado clásico se contextualiza entre una noción arielina -docta, hipercivilizada- de cultura y otra calibanesca -autóctona, popular. Ambrogi es un poeta arielino que aboga por una Nicaragua ilustrada, la cual posee una específica historicidad que no sólo vibra en el verso plateresco de Rubén Darío, en la vocación civil de Salomón de la Selva y en las postulaciones metafísicas de Alfonso Cortes, sino además, en las magníficas confluencias con la gran poesía occidental y la mejor tradición de la poesía continental: Lezama Lima, Isidoro Ducasse… “tú, pequeño Isidoro, regresas a solas con tu capa roja.” Le saluda el poeta en un tuteo que se vuelve esencial.

Ambrogi es un poeta en el que se perciben claras resonancias grecolatinas; no quisiera negarle al lector el disfrute de estos breves versos virgilianos:

“(…) leve pecho de Artemisa: platina platos

pétalos puñales

plañe la sombra

hasta el octavo día de los cumplimientos…”

¿Por qué plañe la sombra? ¿Acaso tiembla el leve pecho de Artemisa? ¿Se cumplirá el destino del poeta, y la poesía, hacia el octavo día? La poesía de Ambrogi es un texto en busca de su mejor significado y un largo viaje hacia esa región de la intimidad donde eros -al decir de Darío- es la religión definitiva. Entre tanto, la idea de la posteridad, si es que ésta realmente existe, tiene que ver mucho más con la noción infranqueable de la eternidad que con un veredicto puramente humano.

Pero, ¿cuál es la órbita histórica – cultural de Ambrogi? ¿Su poética nace de una visión eminentemente pagana del mundo? O, ¿acaso como esos poetas latinoamericanos que han ido a beber de las fuentes primordiales del saber, ha llegado a la intuida certeza de que el gran péndulo de la civilización occidental -que oscila entre lo pagano y lo cristiano- se unifica hacia un centro de mayores esperanzas, y que el mismo proceso histórico que separa a Atenas -la civilización helénica- de Roma -católica e imperial- es el que las une?

¿Qué es, entonces, lo que le pide el poeta al mundo como una manera de resarcirse del enorme pasado cultural que sobre él pesa? Le pide que sea verdadero; es decir, que posea una forma y que esa forma sea hija de una expresión que albergue un significado. La poesía, la forma y el significado componen así el credo del artista, su trinidad devocional. La verdad del poeta descansa, por tanto, en la intuición en el secreto orden del mundo, en su significado y en su mejor expresión.

Veamos lo que, sin dejar de ser un texto erótico, se convierte para Ambrogi en un llamado a la complicidad cultural, al amor fiel que nace de su fijeza:

“No morderá la dura frialdad de la distancia

el visitado rumor de tu imagen

dulce tenacidad en la memoria

que ha guardado tu sonrisa (…)”

Hay algo que siempre nos une en la tela más invisible. ¿Qué es en realidad esa imagen que nos visita como un rumor, aunque invocada por la “dulce tenacidad” de la memoria? ¿El pasado rehecho por las manos de la poesía? ¿La memoria de Grecia transfigurada en su imagen?:

“Si el cántaro está roto, se ha derramado el canto.

Ceremonias de lunas en las bordadas nubes

rebasan los senderos del santuario de mármol (…)”

Grecia, tal como lo expresa Ambrogi, es un cántaro roto que ha derramado su canto en vías de encontrar en el tiempo otra forma posible, mensurable. La Modernidad representa un período de la humanidad que agoniza por su propia configuración histórica y en el que la noción del significado no debería de ser, en modo alguno, ajena a esa forma oportuna que la propia época quisiera deducir de sí. Nuestra Modernidad se debate así entre una expresión que no acaba de constituir la plenitud de su forma y un significado que parece volverse ajeno a su propia expresión. De ahí la enorme importancia del papel que pudieran desempeñar los poetas, quienes, mediante la intuición sensible, llegaran a avizorar, en el horizonte universal de la cultura, otra forma posible, deseable, y que vendría a contener el canto -una vez roto el cántaro milenario- en el que habita no sólo el alma extraviada de Grecia, sino aquellos antiguos significados que hablan de nuestras libertades y que, concebidos a partir de una poética del mundo, nos trasladasen al ágora pública; a los menesteres cívicos – ciudadanos.

Como formulación de inevitable optimismo el poeta, y la poesía, en tiempos de la Modernidad parecen destinados a asistir a una progresiva helenización de lavida y la cultura. El artista se encuentra llamado a convertirse en copartícipe y gestor de un nuevo espacio civil en el que la socialización del poder y la economía implique además, la socialización del arte; o sea, la reinscripción del artista, como sujeto autónomo y actuante, en el entramado social que en un momento determinado de la historia le diera nacimiento. La redefinición sociocultural de la sexualidad se encuentra, de este modo, inserta en uno de los núcleos neurálgicos de la Modernidad política, en su inevitable proyecto democrático, el cual sólo sería posible sobre la base de la restauración en el individuo de la soberanía de su conciencia y de un pacto social que le garantice con plenitud la capacidad de elegir.

Silvio Ambrogi nos ha dejado en La saga del jazmín esclarecido testimonio de su sexualidad homoerotica. El develamiento explícito de su intimidad se traduce así en circunstancia civil. Una sexualidad la cual, mediante su propia enunciación, pugna no sólo por ampliar los marcos jurídicos de su aceptación social, puesto que es la propia intimidad la que exige su reconocimiento; la otredad esencial en que esa sexualidad se manifiesta; el lado soterrado, indiviso, -su sentido y racionalidad- que compone su subjetividad y la dimensión moral en que esa develación se produce.

La sexualidad en sus formas más variadas, como toda actividad eminentemente humana, debería fundamentarse en una nueva escala de valores que condicione, no sólo la conducta de los individuos, sino, además, la forma en que esa sexualidad se manifiesta en la intimidad del pensamiento… Cuando en ocasiones nos entregamos a contemplar el tumultuoso y entrelazado devenir de la historia y la cultura, podemos pensar en cosas tan dispares, o ajenas, como el asesinato de un poeta, o en la curiosa elección que hiciera Zeus, metamorfoseado en un águila, del joven Ganimedes, leyenda que devino en uno de los más controvertidos paradigmas del amor griego. Muchos años después del asesinato de Federico García Lorca uno de sus asesinos puso de manifiesto uno de los motivos contextuales del crimen: humillar su sexualidad y socavar, con eso, la dignidad de su poesía. Tenemos también la opción de releer en silencio a Herman Hesse y recordar lo que él escribiera de los poetas, que ellos eran portadores “del más lejano y legítimo anhelo del hombre”: un mundo y una sensibilidad correctamente humanizados.

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