Publicado en: 6 enero, 2019

Silenciosa cuchara

Por Jose Luis Merino

Un encuentro-desencuentro con el dramaturgo Fernando Arrabal.

Por José Luis Merino

Por medio de una tarjeta postal, fechada en junio de 1966, el dramaturgo Fernando Arrabal nos daba su asentimiento para elegir la pieza teatral suya que quisiéramos representar. “Tienes mi bendición”. Y aconsejaba: “De hacer algo: que sea exultante, nuevo, violento…”.

En nombre del grupo de teatro Akelarre de Bilbao, del que era miembro fundador, le escribí pidiéndole permiso para poner en escena una de sus obras. Nos decidimos por la titulada Fando y Lis.

Varias décadas después, Arrabal vino a Bilbao para dar una conferencia sobre su teatro en la Biblioteca Municipal. Al término del acto, el Alcalde de la capital invitó a una veintena de informadores a compartir, alrededor de una cena, un encuentro con el escritor. A la mesa, Arrabal daba lecciones de taxonomía, mofándose de aquellos escritores que él consideraba enemigos suyos o simplemente competidores literarios. El bachiller que lo sabía todo cocinaba su monólogo imparable en el microondas del ego.

Hacia el final de la velada, me dirigí a él para preguntarle si era posible entrevistarlo, en un aparte, para un libro que estaba preparando. Contestó: “nada de después, ahora mismo delante de estos señores”…

Creyó oportuno explayar su ingenio ante aquellos provincianos informadores de prensa, radio y televisión. Puse voz a mi primera pregunta. Su contestación, un poco balbuciente, no correspondía a la brillantez de los momentos anteriores. Tampoco se lució con la segunda pregunta. Ya preparaba la tercera, cuando no me dejó continuar. Dijo que las preguntas eran muy interesantes y harto difíciles de contestar de palabra. Requería que fueran contestadas por escrito. Lo haría gustoso y me dio su dirección de París.

Días después le envié las preguntas a su domicilio, sin recibir respuesta alguna. Insistí un par de veces. Como permanecía mudo como una cuchara de madera, le propuse un juego exultante y nuevo, recordando sus palabras de la tarjeta postal: yo contestaría por él. Traté de provocarlo. Nada. Ni rastro de quien se las daba de libérrimo anarco y anticonvencional. Creo que nunca me perdonó haberle privado de convertirse del todo en una prima donna de la noche bilbaína, nada menos que con el primer edil de la ciudad como testigo.

Dos años después, el gran cocinero del ego volvió a Bilbao por no sé qué motivos. Fui a entrevistarlo para el periódico donde yo colaboraba, a propósito de la fiesta de los toros (estábamos en plena Semana Grande). Durante el encuentro no me di a conocer. No valía la pena. Volvió a comportarse tan “estupendo” como un trago de aguarrás. Su fatuidad rebasaba todos los aranceles…

A partir de aquellas dos experiencias me olvidé para siempre del Fernando Arrabal de carne, hueso, barba egolátrica y espejuelos pegados a su exigua nariz. Prefería recordar sus piezas dramáticas, donde se funden influencias del teatro del absurdo y de la crueldad, además del surrealismo, con la tradición cultural española. Obras como Oración, Los dos verdugos, Fando y Lis, El cementerio de automóviles (su obra más ambiciosa), Ceremonia por un negro asesinado, El arquitecto y el emperador de Abisinia, entre otras…

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