Siete lecciones del inmediatismo sufragista estadounidense

Publicidad

El pasado tres de marzo tuvo lugar una de las rondas electorales más importantes en las contiendas intrapartidistas, en Estados Unidos, para elegir a los personajes que hacia el segundo semestre del año habrán de disputarse la presidencia de aquella nación. El Super Tuesday —como simpátrica y colectivamente se le conoce al día en el que se juegan catorce entidades de la Unión y alrededor de mil trescientos cincuenta y siete delegados—, concluyó y sus resultados no únicamente fueron distintos, en diversos ordenes de análisis, a lo que en las semanas previas se estimaba, tanto por parte de los equipos de campaña de los candidateables cuanto de observadores externos, sino que, además, arrojan un par de datos a tener en cuenta para leer la trayectoria a seguir por los aspirantes a la presidencia —por lo menos en el terreno demócrata, el único partido que realmente se encuentra en disputa dada su heterogeneidad.

Primera. Las abdicaciones y subsecuentes respaldos electorales por parte de algunos candidatos y candidatas, buscando cerrar filas y fortalecer una postura común al interior del partido, demostró que tiene el potencial para redefinir las preferencias electorales de las masas en el último momento. Los casos específicos de O’Rourke, Buttigieg y Klobuchar, instantes antes de celebrarse el Super Tuesday, dan cuenta de ello, y de la manera en que incluso si las diferencias entre candidatos son palpables y en ocasiones hasta irreconciliables, al final del día, en el nivel de las bases populares de apoyo de cada aspirante que abdica, esas diferencias se matizan lo suficiente como para atemperar las confrontaciones directas en los temas más apremiantes para cada estrato poblacional.

Segunda. Uno de los fenómenos más interesantes que tuvo lugar durante toda la jornada lectoral tiene que ver con la definición del voto el mismo día de la elección, respecto de las preferencias electorales en las semanas previas. Y es que, por lo menos hasta donde se alcanza a observar en términos de la aritmética electoral obtenida, una enorme proporción de los sufragios obtenidos por Biden el martes pasado tuvo su momento de mayor determinación justo el día de las votaciones, lo cual, por supuesto, lleva a cuestionar la eficacia del despliegue territorial ensayada por su contendiente más próximo (Sanders) y los efectos que ese trabajo de campo (y no el financiamiento de publicidad) tiene en las preferencias colectivas en su favor.

No es azaroso ni casual, en este sentido, el haber observado que condados y entidades en las que Biden nunca —desde el comienzo de la campaña— tuvo una presencia territorial efectiva y sistemática (ni siquiera en términos financieros y publicitarios), fueron precisamente aquellos condados y aquellas entidades en las que obtuvo algunos de sus mayores triunfos, a pesar de que, en casos muy particulares (como el de Minnesota) Sanders tuvo una mayor presencia, hizo una mayor inversión en promover su persona, y desplegó un aparato publicitario más sólido y amplio. Ello, en general, da cuenta dos fenómenos muy concretos: por un lado, de la efectividad mostrada al interior de las filas del partido demócrata para movilizar y articular el voto en una agenda y una candidatura comunes, a partir de los apoyos políticos manifestados, desde un bajo perfil, por las personalidades mejor posicionadas en la política local; y por el otro, que Sanders, al parecer, se mantiene como la fuerza de arrastre popular más consolidada en la mayor parte de los grandes centros urbanos, pero sin ser capaz, aún, de traducir esa fortaleza en el resto de las regiones.

Tercera. Que los centros urbanos más desarrollados de la unión sean los principales bastiones del voto en favor de Sanders significa, en principio (y a riesgo de invisibilizar o pasar por alto una multiplicidad y una diversidad de intereses y estratos sociales puestos en cuestión), que, a diferencia de lo que expresan sus detractores desde el comienzo de las campañas, su base de apoyo popular no es tan homogénea como se piensa, más allá del fuerte apoyo latino y juvenil (por debajo de la línea de los treinta y cinco años) que lo acompaña desde hace cuatro años, cuando se enfrentó a Hillary Clinton por la candidatura demócrata. Y viceversa, que Biden haya encontrado en los espacios de menor urbanización su principal bastión quiere decir que, a diferencia de lo que ocurre con Sanders, su campaña está llegando, a pesar de su poca resonancia, a más estratos y más intereses sociales en cada entidad, particularmente en lo que se refiere a los grupos poblacionales con menores grados de imbricación cultural.

En los hechos, ello evidencia que si bien es cierto que Sanders sobrevive en la carrera comicial por los efectos que su discurso tiene en los centros más poblados, más industrializados y más culturalmente heterogéneos, Biden está siendo capaz de desplegar su propia campaña en más lugares. Si se contrasta este escenario con nominaciones anteriores (la de hace cuatro años, por ejemplo), algo que se vuelve a comprobar es que Sanders apuesta fuerte a ganar los espacios que más delegados le pueden aportar a su candidatura, sin prestar mucha atención a que, en el resto del país, esos otros condados y esas otras entidades con poca población, poca diversidad cultural y poco desarrollo económico importan sí por los pocos votos que son capaces de sumarle, pero sobre todo porque en el escenario de las votaciones presidenciales (y ya no las definiciones internas del partido), es ahí, en esos espacios, en los que más se debe de disputar la influencia que tiene el discurso conservador del presidente Donald J. Trump.

Cuarta. No deja de ser sintomático de la influencia que ha tenido el discurso conservador del presidente Trump en el reforzamiento del nacionalismo y el excepcionalismo estadounidense en amplias capas de los sectores populares, el que en los comicios del martes Sanders obtuviese un menor apoyo popular en los condados y las entidades en las que hace cuatro años tuvo un gran desempeño y un apoyo mayor para contender en contra de Clinton. En general, eso, sin duda, tiene varias explicaciones. Sin embargo, lo que es un hecho es que dos de las determinantes más importantes en esa tendencia tienen que ver, por un lado, con la no participación de Clinton en la contienda —lo cual elimina del imaginario colectivo nacional un desprecio palpable tanto por la persona y la familia Clinton, en particular; como por todo lo que ella y su familia representan simbólicamente en la conformación de la identidad nacional del país. Y por el otro, con los alcances tan amplios y tan profundos en los que logró introducirse el conservadurismo personalizado por Trump, luego de cuatro años de presidencia en los cuales, por supuesto, el discurso del presidente no tuvo oposición y resistencia discursiva, ideológica, efectiva.

En este sentido, es importante observar que no es menor el apoyo popular retirado a la campaña de Sanders, porque en ese evento no sólo se juega o no sólo está teniendo efecto la disputa interna, demócrata, sino que, antes bien, opera, de manera profunda y simultánea, un desplazamiento ideológico hacia la derecha dentro de los propios sectores demócratas y de izquierda del partido que, en teoría, hoy es la oposición con mayores probabilidades de sacarlo de la presidencia o, por lo menos, intentar resistir o revertir sus efectos más perversos.

Habría que cuestionar, en ese orden de ideas, y pensando en el escenario de la elección general, qué tanto lo que hoy se acusa como pura retórica y demagogia de Trump es en verdad una realidad: que su gestión en la presidencia ha logrado revitalizar la economía doméstica (por muy precaria que sea esa revitalización), y que ese éxito tiene impactos directos en las preferencias inmediatistas y puramente instrumentales y pragmáticas de las masas electoras, sobre todo en lo que atañe al reforzamiento de ciertas posturas conservadoras (como las raciales) que de cara al desempeño de la economía nacional estadounidense únicamente refuerzan la idea de que vale la pena pagar ese alienamiento ideológico con el discurso del presidente si ello se traduce en una mejor posición social, aunque sea efímera y precaria.

Quinta. En el análisis del debilitamiento relativo de Sanders frente a Biden ocurren dos cosas: primero, hoy más que nunca antes en lo que va del proceso electoral es cada vez más visible el alineamiento discursivo de los grandes capitales de la información y la comunicación en la tarea de construir narrativamente a Biden como la mejor opción, la más eficaz y eficiente, pragmáticamente, para vencer a Trump en las elecciones presidenciales; y segundo, la idea de que Sanders no está siendo capaz de remontar ni su desempeño de hace cuatro años ni el actual debido a su postura socialista y revolucionaria, es, antes que una constatación de hechos, un discurso que gana fuerza en el imaginario colectivo nacional no porque Sanders en verdad sea ese gran personaje incendiario y antisistémico del que tanto se habla, sino porque esa imagen de él y de los peligros socialistas que acarrearía está siendo empujada  a fuerza de retórica y dogmatismo.

El problema más apremiante de la campaña de Sanders no radica en el rechazo colectivo a su posición socialista y revolucionaria: en los hechos, el hoy senador por Vermont no pasa de ser un socialdemócrata más que apenas y exige las condiciones básicas de supervivencia que el New Deal de Roosevelt inauguró, y que sostuvo el American Way of life estadounidense hasta la década de los años ochenta del siglo XX. Los verdaderos problemas de Sanders, por lo anterior, radican en el imperativo de hacer frente a dos dinámicas simultaneas: por un lado, a las resonancias que tiene el conservadurismo de Trump y el círculo rojo republicano en las filas de los electores demócratas; y por el otro, en contrarrestar la narrativa de los medios que lo perfilan como un socialista, un revolucionario y/o un comunista, cuando en realidad su agenda social ni siquiera se escapa de los márgenes manejados por los sectores medianamente progresistas del partido demócrata.

Sexta. El pretendido socialismo y radicalismo de Sanders ha sido sistemáticamente empleado para explicar por qué el aspirante a presidente no es capaz de captar a un espectro mayor de votantes dentro de las comunidades afrodescendientes del país. Sin embargo, acá, de nuevo, no es ni la revolución ni el socialismo de Sanders lo que aleja de su campaña el apoyo afroestadounidense. Y es que, si Biden ha sido capaz de captar un mayor apoyo electoral de ese sector poblacional en específico —a pesar de no ser el candidateable con la postura más radicalmente opuesta al racismo del presidente Trump y de ser un símbolo, también, del modus vivendi personificado por Clinton—, ello se debe, en gran medida, al trabajo que como vicepresidente de Estados Unidos realizó a un lado del primer presidente afrodescendiente de esa nación: Barack Obama.

Qué tanto las mejoras en las condiciones de vida de los sectores afro obtenidas por Obama durante su mandato son vistas como triunfos compartidos en los que Biden tendría su propia parcela de reconocimiento de autoría material e intelectual es algo que aún está por verse. Sin embargo, lo que es innegable es que ese registro biográfico y político, en particular, tiene un peso específico en el electorado que Sanders, por progresista que sea su postura individual y su trayectoria política en torno del tema, no tiene.

Séptima. Más allá del fortalecimiento de Biden (que sin duda podría incrementarse en los días por venir si logra que el resto de aspirantes presidenciables abdiquen y lo apoyen en su campaña), y del relativo debilitamiento de Sanders (que, en el mejor de los escenarios para él, quizá podría llegar a replicar lo sucedido en las elecciones entre George W. Bush y Al Gore: con el primero ganando el colegio electoral, y el segundo el voto popular), algo que queda cada vez más claro es que la polarización al interior de las filas demócratas es creciente, y cualquiera que sea el contendiente que alcance los delegados suficientes para ser contendiente por la presidencia, ese personaje, debido a la polarización en la que se encuentra su base electoral, no será capaz de llegar a las votaciones generales para presidente desde una posición de fortaleza, entereza y unidad como la que sí goza la candidatura de Trump.

De ahí la imperiosa necesidad de los y las aspirantes demócratas de comenzar a dirigir su discurso en dirección hacia Trump, pues todo lo que han hecho hasta el momento ha sido minar las bases ideológicas de su propia unidad electoral —acrecentado la fractura con el enorme dispendio de energías y tiempo que significó el proceso de impeachment a Trump, evento que únicamente terminó por fortalecerlo, más que denostarlo. Algo es seguro: en los días por venir, mientras Trump se enfoca en su propio genio y figura, Sanders y Biden estarán entrampados en la lógica de demostrar a sus electores quién de los dos es una mejor alternativa: Biden con el discurso de que lo apremiante es derrotar a Trump —para lo cual solicita pragmatismo e inmediatismo sufragista—, y Sanders desde una posición de más largo plazo que pone en el centro de su agenda sí la derrota de Trump, pero sobre todo la modificación del modelo de gestión política y económica hasta ahora imperante en su país.

Análisis publicado originalmente en la página del Centro Latinoamericano de Estudios Interdisciplinarios

https://celaei.org

También podría gustarte

Los comentarios están cerrados.

This website uses cookies to improve your experience. We'll assume you're ok with this, but you can opt-out if you wish. Accept Read More