Sierra de Teruel (L´ Espoir) (*), una obra maestra de André Malraux

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Por Pepe Gutiérrez – Álvarez

Suele repetirse la queja de que la República no tiene su película, detalle que hay que puntualizar. Primero que “la República” fue muchas cosas, pero la que consiguió derrotar a los militares fascistas en algunos capitales claves, fue el pueblo trabajador, el militante que arrastró a la gente obrera y campesina. Segundo, que sí hubo una República viva fue la social, la democrática radical y no la que se se llevó los despachos desde Madrid a Valencia. Luego que en la España libre se hizo buen cine, ahí están “Tierras de España” del documentalismo Joris Ivens con el apoyo de los novelistas norteamericanos Hemingway y Dos Pasos; también conviene tener muy en cuenta “Sierra de Teruel” de André Malraux con la ayuda inapreciable de Max Aub y otros, que adató una parte de su novela “L´Espoir”.
La esperanza es una de las grandes del autor de La condición humana, y que dio a conocer en 1937, mientras combatía en España junto a los defensores dé la República, y cuya traducción al castellano se había negado a autorizar mientras no se aboliera el régimen franquista, nos parece realmente «un acontecimiento cultural de fundamental importancia».

Y esto por más de una razón. Como suele decirse, en la jerga actual de los críticos a la moda (a la moda de París o de Londres o de otras grandes capitales, por supuesto), este libro permite varias «lecturas». Una tarea por lo demás facilitada por el tiempo, cuando ya sabemos que Malraux no volvió a volar como un águila como lo hizo con esta novela que respira pueblo. Es una obra que resiste muy bien las comparaciones con las grandes aportaciones, republicanas por supuesto.
“L´Espoir”. permite las comparaciones con otras grandes como el homenaje a Cataluña, de Goerge Orwell (la mejor según un criterio admitido), del Hemingway de Por quién doblan las campanas, sin duda la más popular gracias a Hollywood y al Nobel; comparable a George al Bernanos de Los grandes cementerios bajo la luna; aunque inferior a mi juicio a las grandes de Juan Eduardo Zúñiga, Largo noviembre en Madrid y Capital de la gloria; a obras de teatro como Las bicicletas son para el verano, y a otra escala de las grandes cimas poéticas del Neruda de España en el corazón; del González Tuñón de “La rosa blindada” y “La muerte en Madrid”; pero sobre todo del César Vallejo de “España aparta de mí este cáliz”, obras que resultan palabras mayores que están esperando que el personal se entere de que existen.

Con esta obra, Malraux asume con su “hora lírica” —sentida auténticamente al ser “ganado” por un pueblo que acabará admirando con fervor-, desde la que asume inmensa significación que asumió la heroica y espontánea resistencia del pueblo español ante la rebelión franquista, de inmediato apoyada por sus correligionarios internacionales: los nazis alemanes y los fascistas italianos. Como en un auténtico cruce de la Historia, esa fue al mismo tiempo la última guerra de hombres y la primera guerra totalitaria. Como en la tragedia clásica, el Bien y el Mal se enfrentaban otra vez sobre la tierra; y dioses, semidioses y héroes (que —como siempre— no eran sino hombres) volvían a combatir entre sí, encarnizada y duramente, en una gesta horrorosa y magnífica, en la que todo un pueblo se encarnaba a sí mismo, encarnaba a la España que quería vivir, y otra facción encarnaba a la España de la muerte. Un esquema que precisó otro André –Gide-, cuando escribió que aunque la historia nunca puede dividirse entre buenos y malos, en la guerra española casi permitía decir lo contrario. De entrada no hubo nada bueno entre los militares fascistas, los mismos que obligaron a las tropas a hacer una guerra que odiaban.

Desde dentro de la tragedia, Malraux contempla otra tragedia: puesto que no sólo combatían hombres sino también ideas, y no sólo republicanos contra fascistas, sino también —al mismo tiempo— anarquistas, socialistas, comunistas seducidos por Stalin del que Malraux no supo distanciarse desde su pragmatismo, y comunistas que en las trincheras contra los “africanistas”, dijeron No a los acuerdos con los que la URSS, pactaba con los gobiernos de la no-intervención. Por su parte, Malraux, quien —siendo apenas un muchacho— ya había viajado, actuado y combatido en Asia, en China e Indochina, habiendo publicado ya dos novelas tan claves para entender lo que sí había entendió Albert Camus: que el siglo XX estaba siendo el de las revoluciones traicionadas.
Un Malraux ya consagrado volvía a escribir aquí, pero ^momento también clave de su historia personal. Nunca como entonces Malraux, auténtico representante del mejor humanismo ateo y progresista, agónico y existencial, pero lúcido y apasionado, había creído (o sentido, más bien) ver encarnadas en una acción, en unos hombres en acción, su ideal de la fraternidad —dura y severa, sí— pero única capaz de ofrecer a la humanidad —como después percibiría en el arte— su cuota de grandeza ante la muerte, antes de la muerte.

Todo ello en plena medianoche del siglo, en un tiempo oscuro que se preludiaba en esta España ocupada por su propio ejército en alianza con los nazi-fascistas implicados en une “ensayo” de guerra en la que se preludiaba Auschwitz, Buchenwald, Dachau, la larga hilera escalofriante de los campos de exterminio que tuvieron sus correlatos en nuestra posguerra, en lo que sería Hiroshima y Nagasaki destruida por los malos que hacían la guerra a los peores. Algo de todo esto se podía percibir en el avanza de la “columna de la muerte” por Andalucía y Extremadura, en la “desbandá” de la carretera de Málaga, en Guernica, en los fusilamientos de la guerra, y los de después de la guerra. En la España de los Yagüe, Serrano Suñer y Vallejo-Nájera, fallecidos tras recibir los sagrados sacramentos sin haber pagado ni una mala multa de tráfico.

Algo de eso lo veían venir los voluntarios, internacionalistas de todos los países del mundo, con Malraux entre ellos, comandando como aviador a la legendaria Escuadrilla Lafayette. Aquí conocieron, al mismo tiempo, el heroísmo anónimo del pueblo y las técnicas de la guerra total (que después de Guernica se harían universales), la suprema dignidad de dar la vida por un ideal limpísimo y los métodos de la policía secreta (que luego se harían universales), la delación y el sacrificio, la tortura y el coraje, la gloria y el horror (que fueron siempre universales). Nadie salió igual que antes de la guerra de España, nada fue igual. Nada lo siguió siendo. Como en una perversa novela gótica, hubo un horror interminable que todavía nos sigue cuando ni tan siquiera podemos enterrar a nuestros muertos.

Algo de todo esto se respira en esta novela publicada por la Editorial Gallimard, en 1937, apenas un año después de que “los cuatro generales” iniciara su rebelión, hace ahora 80 años. Una novela que está centrada también en el justo medio de ese torbellino. Manuel, el personaje central —que es un claro paradigma de Malraux—, discute con los otros y consigo, mientras no deja de actuar y ser actuado, en las ideas y en los hechos, por las ideas y por los hechos, elaborando a lo largo de toda la novela una concepción afín a las que en ese momento parecía encarnar la tesis comunista: había que pasar del heroísmo individual, del acto aislado, a la consciente construcción de un Ejército capaz de edificar la victoria.

Tan trascendente como la vida misma, que es simple y trágica, la literatura se entreteje aquí como nunca con la Historia, con la acción, y ya no sabemos a ciencia cierta quién escribe a quién: si Malraux a España, o si el pueblo español a Malraux. Por supuesto, hablar de Malraux, sobre todo el de los años treinta, es encender la llama de la polémica, por otro lado, tan necesaria.
No hay consenso posible sobre hecatombes como la guerra española con todo lo que le siguió, con todo lo que todavía sigue en el vientre de la Bestia. Aunque quizás lo pueda haber en el reconocimiento de esta lectura, de una obra en la que el autor se convirtió en un nosotros.

 

(*) André Malraux, “La esperanza” (Cátedra de 1995, reeditada por el diario El País den 2002). Por cierto, Malraux no la dejó traducir mientras Franco siguiera en el poder. En este punto al menos, el autor de La condición humana” fue consecuente.

 

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