Siempre nos tendrán enfrente. Sobre el auge de Vox y nuestra respuesta

Por Todo por Hacer

La entrada de Vox en el Parlamento de Andalucía, sumando doce escaños de un total de ciento nueve gracias a sus casi cuatrocientos mil votos, ha puesto de actualidad a este partido de ultraderecha. Si con anterioridad a las elecciones, la presencia de este partido en los medios de comunicación ya estaba sobredimensionada (y tal vez ahí esté una de las claves de sus resultados electorales), en estos días copan cualquier debate político en televisiones, radios, bares y comidas familiares.

Por ello, y porque entendemos que es un fenómeno con el que tendremos que vivir (y combatir) en los próximos tiempos, creemos interesante analizar quiénes son, en qué contexto nacen, cuáles son sus ideas y, desde luego, pensar en cómo vamos a plantarles cara.

La derechización del mundo

Una forma de tratar de entender la irrupción de Vox es echar la mirada un poco más lejos de nuestras fronteras: en los últimos años podemos ver el auge de partidos de ultraderecha, algunos abiertamente neofascistas (Amanecer Dorado en Grecia, Jobbik en Hungría, etc.), por todo el mundo.
Si bien en Europa en pocos casos alcanzan el poder (la victoria de Salvini en Italia, o de Libertad y Justicia en Polonia es por ahora alguno de ellos), su importancia radica en que son capaces de introducir sus ideas en las agendas políticas de otros partidos que así asumen posiciones que en un principio les deberían ser ajenas, bien porque buscan evitar la fuga de votos a opciones más extremistas, o porque les dan entrada en el Gobierno (el conservador ÖVP austríaco pactando con los ultranacionalistas xenófobos del FPÖ, por ejemplo) .

El ejemplo más sencillo, por su cercanía geográfica y por su larga trayectoria es el Frente Nacional francés de la saga de los Le Pen que logrando alcanzar la segunda vuelta en las elecciones francesas en más de una ocasión, ha derechizado a sus rivales políticos en su intento por contentar a los posibles votantes de este partido.

Lo mismo apreciamos en Alemania, donde el partido de Angela Merkel, en un primer momento abierto a la acogida de personas solicitantes de refugio, ha ido modificando su discurso ante la presión electoral y callejera del ultraderechista Alternativa por Alemania (AfD).

Si cruzamos el charco y echamos un ojo a América, tenemos los casos más sonados de Trump y Bolsonaro (que nada más tomar posesión anuncia medidas de desprotección del Amazonas y de sus pueblos indígenas, de la comunidad LGTB, purgas ideológicas entre el funcionariado y “una nueva era donde las niñas vistan de rosa y los niños de azul”) y que en prácticamente todos los países que tenían gobiernos de centro izquierda la derecha se ha hecho con el poder (Chile, Argentina, Honduras, el mismo Brasil) o los partidos gobernantes han perdido gran parte de su componente de izquierdas (el Ecuador de Rafael Correa o el Uruguay de Mujica no tiene nada que ver con el sus sucesores). Incluso en México, el único país que el centro izquierda ha arrebatado el poder a la derecha, lo ha hecho integrando en la candidatura de López Obrador al partido evangélico ultra conservador Partido Encuentro Social).

Resumiendo, no solo la derecha está alcanzando el poder en cada vez más Estados, sino que ésta está adoptando discursos y políticas más agresivas.

La derecha española

Visto el panorama internacional, comprobamos que nuestro país no es una isla desconectada del mundo. Si bien el apoyo electoral a la derecha no ha subido en los últimos años, sí podemos observar cómo su discurso en la calle y en los medios se expandía y se alejaba de ese centro derecha al que el Partido Popular manifiesta pertenecer. Hace unos años, solo viejos rancios se enorgullecían de considerarse franquistas y hoy podemos ver a niñatos en manifestaciones en defensa del Valle de los Caídos o a toreros-tertulianos grabándose vídeos en un bar falangista y escuchar al despreciable de Pablo Casado burlarse de los/as luchadores/as antifascistas muertos/as en la Guerra Civil. Hablar de la migración como una invasión, era difícil escuchárselo a Rajoy, pero su sucesor habla con normalidad de “millones de africanos esperando en las fronteras para entrar en España” mientras plantea derogar la ley del aborto e intervenir de forma indefinida la Generalitat de Catalunya. Así, tenemos un Partido Popular cada vez más a la derecha, sin esos complejos que los más reaccionarios achacaban a Rajoy.
A la vez, y como consecuencia, tenemos una sociedad más derechizada que asume sin problema, cuando no aplaude, una represión desmedida a las formas más tímidas de disidencia cultural o de opinión (recordemos la detención y encarcelamiento de los titiriteros de Alka-Eta, el exilio del rapero Valtonyc o la que le ha caído a Dani Mateo por sonarse los mocos con un trapo español). Eso por no mencionar el odio exacerbado a todo lo que suene a catalán, con propuestas de ilegalización de los CDR o partidos independentistas, exiliados/as y encarcelados/as por cortar una carretera u organizar un referéndum que nos recuerda a la salvaje represión sufrida por miles de vascos/as en la época del “todo es ETA” (con la sutil diferencia de que entonces existía una organización armada con cientos de muertes a sus espaldas).

Hace unos años, solo viejos rancios se enorgullecían de considerarse franquistas y hoy podemos ver a niñatos en manifestaciones en defensa del Valle de los Caídos

Es ese contexto de normalización de ser facha lo que ha hecho que mucho/a votante del PP apoye a Vox. Y aquí está una de las oportunidades que cualquiera de nosotras tiene en su mano: recordar en todo momento a estos indeseables que ser un fascista de mierda no es normal, no está bien visto y no va a ser tolerado.

Vox: amigo de los ricos, enemigo del débil

Como decíamos el mes pasado sobre Bolsonaro, el programa de Vox es fascista en lo social y ultraliberal en lo económico. A diferencia de otros partidos ultras, como el Frente Nacional, no compite con los partidos clásicos de izquierdas con medidas económicas destinadas a acercarse a la clase trabajadora. Si nos leemos su programa económico (y no nos estalla la cabeza con medidas como “derogar cinco normativas por cada una promulgada para el comercio y la industria”), podremos ver cómo todo se basa en ayudas a los que más tienen: eliminación del impuesto de sucesiones y donaciones (que a las rentas bajas prácticamente no les afecta), reducción del impuesto de sociedades, introducción de un sistema mixto de pensiones (que significa dejar un sistema público de subsistencia y fomentar los planes privados), eliminación del PER (el subsidio agrícola que permite sobrevivir a los/as jornaleros/as), etc. La única parte del programa supuestamente destinada a trabajadores/as consiste en reducción de la cuota que pagan las empresas a la Seguridad Social, lo que supone bajada de costes laborales a éstas y menores pensiones para los/as de siempre. Además, hay que destacar que entre sus cien medidas, ni una sola se destina a mitigar el cambio climático, que tiene mayor incidencia con quienes menos tienen.

Por tanto, tenemos un programa económico que beneficia a las empresas y un programa social que se ceba con quienes menos medios y derechos tienen: criminalización del migrante (con mayor saña si es musulmán) y eliminación de su derecho a la asistencia sanitaria gratuita, tanto si tienen o no permiso de residencia, desprotección de la mujer con la eliminación de las leyes contra la violencia machista, imposición de la custodia compartida y restricciones al aborto, contra el colectivo LGTBI (eliminación de la cirugía de reasignación de sexo, defensa de la familia “natural”)…

Conocer el programa que estos fascistas quieren imponer, yendo más allá de sus rebuznos en televisión y gritos de “a por ellos”, nos permite poder hacer esa imprescindible pedagogía en nuestros barrios para dejar claro que es un partido que va contra la amplia mayoría de la población.
Pero también nos debería servir para no caer en el discurso que empieza a calar entre cierta izquierda de culpar del ascenso de la ultraderecha a sus futuras víctimas. Nos explicamos: resurge la idea de que las “luchas parciales”, que son todas aquellas que no conducen inmediatamente a la toma del poder por un idealizado proletariado (desde luego, varón, blanco y heterosexual) nos alejan de ese objetivo revolucionario y dan alas a la extrema derecha que se centra en un discurso obrero clásico. Culpar al feminismo, al antirracismo, a las luchas por la diversidad sexual y de género, al antiespecismo, al ecologismo, etc., además de dejar a más de la mitad de la población fuera de tu proyecto político revela la situación de privilegio de quien sostiene estas patrañas.

Europa empieza en los Pirineos

Una vez que hemos posicionado a Vox como uno más de los partidos de ultraderecha que se extienden por todo el mundo, hay que destacar una anomalía que ocurre en nuestro Estado. Si, al menos hasta hace poco, era impensable que un partido de derechas europeo pactara con los fascistas (recordamos las llamadas al voto a la oposición antes que al FN en las segundas vueltas francesas, el cordón sanitario frente al AfD alemán o Bloque Flamenco belga y en nuestras fronteras frente al catalán de Plataforma per Catalunya), en España han caído las caretas a la primera ocasión.

Obviando su máxima de que gobierne el más votado y contra los “pactos de perdedores”, el Partido Popular ha sumado escaños y ha visto que para alcanzar el poder necesitaba no solo pactar con Ciudadanos sino ser apoyado por Vox y está haciendo todo lo posible para ello. Ante la única petición de los fascistas, derogar la ley contra la violencia machista, Pablo Casado se ha plegado y ha comenzado a hablar de violencia doméstica (término que oculta que quien sufre la agresión es la mujer) y ha prometido destinar ayudas a los hombres que la sufran.

No al Racismo, En mi barrio, No al Fascismo

Mientras, Ciudadanos, en su clásica indefinición de partido de centro-derecha-liberal-progresista, se aferra en la defensa de esas leyes que hace pocos años quería derogar y admite que sea Vox quien apoye su pacto con el PP.

A su vez, desde el PSOE andaluz, Susana Díaz combatía por ser la mayor garante de la indisoluble unidad de España y desde Podemos se aferraban a recuperar la bandera y el concepto de patria, asumiendo los términos de debate impuestos por la ultraderecha y en los que se mueven como pez en el agua.

Está en nuestras manos

Hay que tener claro que el ascenso electoral y mediático de Vox y la normalización de las ideas fascistas es un peligro para la gran mayoría de la población, pero también que está en nuestras manos impedir que vaya a más. Como decíamos al principio del artículo, una de las claves para su crecimiento estaba en esa “pérdida de complejos” o salida del armario de muchos derechistas que se sienten legitimados para decir sus barbaridades en público. Y no, no puede parecer normal ni tolerable decir “pues Franco también hizo cosas buenas”, quejarse de que los/as migrantes viven de ayudas sociales y que hay que expulsarles, que alguien debe pudrirse en la cárcel ni que las feminazis viven de poner denuncias falsas, así que una de nuestras acciones diarias es devolver a esa gente a la cueva de la que nunca debieron salir: ni un solo comentario racista, sexista, homófobo en el médico, en el bus o en la frutería sin su correspondiente respuesta que calle al bocazas.

Hay que acallar esos discursos de todas las maneras posibles, trabajando en nuestros barrios y curros para desmentir los bulos sobre migración y feminismo, únicos argumentos de esta gentuza.

Potenciar nuestras organizaciones, sindicatos de barrio, de clase, movimiento de vivienda, grupos feministas que nos permitan ser fuertes y centrar el debate y las conversaciones en lo que realmente son los problemas que directamente nos afectan a todos/as

Y potenciar nuestras organizaciones, sindicatos de barrio, de clase, movimiento de vivienda, grupos feministas que nos permitan ser fuertes y centrar el debate y las conversaciones en lo que realmente son los problemas que directamente nos afectan a todos/as: la violencia machista, la precariedad laboral, la violencia y criminalización contra nuestros/as vecinos/as migrantes, la expulsión de nuestras casas por la especulación inmobiliaria y la turistificación, la falta de lugares de ocio sano y la proliferación de casas de apuestas, la degradación de la sanidad, de la educación y del transporte público en beneficio de lo privado.
Y desde luego, no cederles nunca el espacio público. Que ningún acto en la calle de reparto de su mensaje de odio quede sin una respuesta que les haga volver por donde habían venido.

Y para todo esto, por coherencia y por necesidad, tenemos que contar con la gente que peor está y peor le va a ir si estas bestias siguen creciendo, así que tenemos la tarea de construir y hacer fuerte un antifascismo diverso y multicultural que les pare los pies.

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