Sidney Lumet un cineasta en los límites del sistema

Considerado por la crítica conservadora norteamericana como uno de los más enérgicos exponentes de la “izquierda dura” de Hollywood.

Creo que tiene su importancia la reivindicación de la obra de Sidney Lumet, considerado por la crítica conservadora norteamericana como uno de los más enérgicos exponentes de la “izquierda dura” de Hollywood…aparte de los detalles de su biografía, se detalla su medio siglo de trayectoria con un comienzo y un final de trayecto deslumbrantes: Doce hombres sin piedad (Twelve Angry Men, 1957), Antes de que el diablo nos lleve (Before the Devil Knows You’re Dead (2007), una de las mejores películas de los últimos años, y un vibrante alegato contra la mentalidad depredadora del neoliberalismo. Un año antes había realizado En nombre de todos, una valiente denuncia de las “razones de Estado” que llevaron al gobierno norteamericana a impulsar la guerra contra el pueblo de Irak.

Entre una y otra se pueden obviar nos cuantos títulos mediocres: Esa clase de mujer (That Kind of Woman, 1959); Piel de serpiente (The Fugitive Kind, 1960); Una cita (The Appointment, 1969),; Supergolpe en Manhattan (The Anderson Tapes, 1971), una buena idea lastrada por un enfoque excesivamente sincopado y sardónico. No carece de títulos olvidables, pero el grueso de su obra tiene un indudable valor, es el caso con todos sus defectos de Serpico (1973), en la que Al Pacino se impone como estrella, lo contrario de lo que sucede en la magnífica Tarde de perros (Dog Day Afternoon) (1975), una película plena de connotaciones libertarias.

Lumet fue un cineasta nutrido en las mejores tradiciones teatrales. Dedicó una amplia parte de su filmografía a la adaptación de autores como Chejov, Tennessee Williams, Arthur Miller, Eugéne O’Neill, Peter Shaffer o Ira Levin. El grupo novela homónima de Mary McCarthy, abordaba la nueva psico-sociología nimbada de una ligera audacia vanguardista con su punto de homenaje al trotskismo, aunque cabría anotar que la película fue muy “aligerada” en la sala de montaje, de manera que su trama da la sensación de apretar demasiado argumento para tan poco metraje. Pero la mayoría de sus títulos son de los buenos,  algunos incluso deslumbrantes: Panorama desde el puente (A View From the Bridge, 1962), magnífica versión de una obra de Arthur Miller, un film olvidado cuando representa uno de los mayores logros del neorrealismo norteamericano; Larga jornada hacia la noche (Long Oay’s Journey into Night, íd.), una de las mejores adaptaciones de Eugene O´Neil en el cine, una obra que nos recuerda a Lumet como uno de los puntales de la “generación de la televisión”, un apartado de su carrera que solamente está siendo recuperado entre nosotros en los últimos tiempos gracias al DVD.

Cineasta del conflicto, Lumet traduce según sus propios términos, “la lucha dei hombre por un mejor conocimiento de sí mismo frente a un mundo hostil”. Coloca a sus héroes en situaciones dramáticas sin salida aparente, les enfrenta a la violencia totalitaria (The Hill), al racismo (El prestamista) a la dictadura (Network) al holocausto nuclear en Punto límite (Fail Safe, 1964), una escalofriante aproximación a una de las crisis nucleares más serias sufridas por la humanidad, y que más tarde sería objeto de un vigoroso “remake” de Stephen Frears producido por George Clooney; El prestamista (The Pawnbroker, 1965); The Hill (id), una de las evocaciones más rigurosas al drama de la supervivencia de los campos de extermino; un intenso alegato antimilitarista, parte de la rica colaboración de Lumet con Sean Connery de la que destaca igualmente La ofensa (The Offense, 1973), un “thriller” oscuro donde los haya en el que todo indica que el psicópata perseguido puede ser el mismo policía; Llamada para un muerto (The Deadly Affair, 1967), una de las mejore adaptaciones de John Le Carre, digna continuadora de El espía que regresó del frío…

Pero el mejor registro de Lumet fue el del policiaco “glaciar”, la serie de películas sobre el mundo del hampa y de la policía vistos como fenómenos complementarios en títulos del valor de  El príncipe de la ciudad (Prince of the City, 1981); Veredicto final (The Veredict, id); Distrito 34: corrupción total (Q & A) (1990); El abogado del diablo (Guilty as Sin) (1993); La noche cae sobre Manhattan (Night Falls on Manhattan) (1997); Declaradme culpable (Find Me Guilty) (2006), y claro está, Antes de que el diablo nos lleva, que viene a ser como la culminación de la carrera de un director situado siempre en los límites de lo “permitido”, un valioso representante de una generación, la de la televisión, en la que se incluyeron otros que hace tiempo dejaron el cine y la vida: John Frankenheimer, Sidney Pollack, Arthur Penn, Martin Ritt…

 

 

 

 

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