Si de revistas hablamos… La Revuelta

Esa movilización pacífica fue brutalmente reprimida por el ejército y la policía que ametrallaron a miles de manifestantes y gente de paso por el lugar. En la historia se la conoció como la “Matanza de Tlatelolco”. A partir de ese momento, una premisa acompañaría a los sectores más revulsivos a lo largo de su recorrido durante los años setentas del siglo pasado: la desobediencia civil. Sin más, emergió un creciente activismo de resistencia al régimen del orden. El feminismo, especialmente en Distrito Federal, se nutrió de ese aguerrido movimiento estudiantil. A tal herencia, se sumó el peso del feminismo estadounidense que socavó en el mexicano de esos tiempos. Más allá de estas dos grandes confluencias, las feministas compartieron características similares al resto de América Latina: sus activistas provenían de sectores medios, universitarios, con una convocatoria reducida, concentrado en grupos autónomos y de concientización, sin estrategias de luchas a largo plazo. Tampoco necesitaban interpelar al Estado ni a las instituciones. No disponían de estructuras, ni había declaraciones de principios. Era más que nada una revuelta de revoltijos que se fue dando de manera improvisada y espontánea.[1] Entre 1970 a 1975, se constituyeron cinco grupos que fueron los pioneros de este movimiento: Mujeres en Acción Solidaria (MAS) y Movimiento Nacional de Mujeres (MNM). Del primero surgieron tres escisiones: el Movimiento de Liberación de la Mujer en 1974 (MLM), el colectivo La Revuelta en 1975 y en el mismo año el Movimiento Feminista Mexicano (MFM) [2].

Durante esta década, las mexicanas atravesaban procesos de cambios significativos en cuanto al intensivo ingreso al mercado laboral, a la educación superior, el uso de los métodos anticonceptivos y las transformaciones en su situación jurídica. A ello, se sumaba el  crecimiento de las izquierdas, en donde referentes del movimiento feminista se nutrieron para después abandonar sus filas definitivamente como ocurrió en todas partes. En efecto, ese recorrido lo hicieron todas las mujeres de las izquierdas europeas y estadounidenses, sin excepción. “Hablan primero de la revolución y luego de nuestros problemas” acusaba sabiamente las activistas del Norte. Y no se quedaban atrás al declarar que la mayor revolución que se está produciendo hoy no es en absoluto la del proletariado: es la de las mujeres.

Para la investigadora Estela Serret, las mexicanas se permearon de la influencia expansiva de los feminismos estadounidenses que esparcían sus acciones y conocimientos con una florecimiento gravitante que atravesaba sus fronteras.[3] Pero no solo se alimentaron del Movimiento de Liberación de la Mujer (MLM) norteamericano sino también giraron su mirada atenta en dirección a las corrientes europeas, en particular, Francia e Italia. Con todo ello, desparramaron idearios que germinarían tiempo después.

El activismo mexicano apenas asentó base muy pronto aparecieron discrepancias hacia su interior en cuanto las distintas posibilidades que se abrirían, a las formas de proceder o de cómo seguir las luchas para que se hiciesen oír, pese al número reducido de sus integrantes. A poco comenzado 1975, La Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU) declaró el “Año Internacional de la Mujer” (AIM). Así, fue que “La Primera Conferencia Mundial del Año Internacional de la Mujer” se convocó en este país de mariachis y consagrados muralistas. Se marcaron tres objetivos primordiales: la igualdad plena de género y la eliminación de la discriminación; la integración y su plena participación en el desarrollo. Por último, la contribución de las mujeres al fortalecimiento de la paz mundial. Ahora bien, gran parte del feminismo internacional impugnó el carácter ideológico de tales lemas contemplados por la ONU como las causas fundamentales que originaban la exclusión de las mujeres. Otro argumento que llevó a mantenerlas al margen de la Conferencia, fue justamente el tipo de delegaciones que enviaban los gobiernos para ser representados. Entonces hubo una necesidad imperiosa de concebir acciones públicas que hicieran mucho ruido y fueran espectaculares para mostrar un florecimiento de los grupos autónomos. Por ejemplo, el MLM mexicano acompañó la decisión unánime en no participar. Igual, muchas de ellas entraron en contacto con tantas figuras relevantes extranjeras que cruzaron océanos, continentes y fronteras para intervenir y contar sus experiencias en las reuniones previas a este suceso de magnitudes. De alguna manera, pese al repudio internacional este megaevento constituyó un engranaje desencadenante que estimuló a las feministas para un redoble de la apuesta.

Así, apenas pisado el terreno público las pioneras del movimiento feminista azteca se arrojaron como cometas en el espacio a cumplir sus objetivos. De esta manera, se resolvió crear algún tipo de publicación que les permitiese volcar sus inquietudes y hacer saber la existencia de un espacio que necesitaba una mayor visibilidad. Había quienes estaban tentadas por imprimir una revista, o  lo más próximo a un medio de comunicación, por más que tuviese una vida fugaz. El colectivo “La Revuelta”, de tendencia radical, que enarbolaba su autonomía de cualquier institución, se volcó a producir un órgano de difusión capaz de concientizar al mayor número de mujeres. De inmediato, apareció en septiembre de 1976, en Distrito Federal, el primer número del periódico La Revuelta. Algunas voces autorizadas llegaron a la conclusión que tuvo el honor de ser la primera publicación feminista en este país al ladito de Estados Unidos. Se sabe que salieron nueve números hasta julio de 1978. Eli Bartra, doctora en filosofía, profesora e investigadora en arte popular y mujeres desde una perspectiva feminista, fue una de las fundadoras del periódico. Los desvelos de ese feminismo pasaban por el aborto voluntario, la violación y el abuso sexual, el trabajo doméstico, la maternidad, la creación y pensamiento feminista, entre otros tantos debates centrales[4]. Por supuesto, también desarrollaban iniciativas públicas para difundir el ideario feminista y por un buen tiempo mantuvieron un taller sobre sexualidad en el Museo del Chopo[5]. En el lanzamiento del periódico La Revuelta, sus integrantes explicaban la necesidad de disponer de un medio gráfico: “Se creó para concretar en una publicación el proceso de nuestra toma de conciencia”. De acuerdo con el talante libertario de sus activistas, ellas lo redactaban, lo diseñaban y luego lo repartían a modo de entrar en diálogo con el peregrinaje urbano. Se vendía en la zona de los Bosques de Chapultepec, en las esquinas, en la entrada de los supermercados, de las escuelas y de los hospitales. En fin, en aquellos lugares que permitiese establecer un contacto cara a cara con otras mujeres. No era más que una estrategia para que sus integrantes invitaran a unirse a la colectiva para participar en diálogos e integrar los grupos de concientización. Ocupar las calles era parte también de su entretejido político.

Tomar la palabra escrita

Una década más tarde, Eli Bartra se convirtió en coautora del libro La Revuelta. Reflexiones, testimonios y reportajes de mujeres en México, 1975-1983. En el prefacio se proponían el siguiente desafío: “Escribirlo surgió de una necesidad. En general, la producción feminista latinoamericana es una producción efímera. Se basa en folletos, volantes, guiones, notas periodísticas o publicaciones con una distribución muy limitada. Entonces quisimos recoger reflexiones, testimonios y reportajes de mujeres en México de 1975 a 1983. Hacía falta un libro así: producto de ocho años de trabajo solidario, de cambios constantes, de militancia coherente”. Mientras que en el prólogo se mencionaban las recomendaciones a tener en cuenta por si las cruzabas: “Al ingresar a las filas del movimiento feminista, una de las primeras advertencias que se recibe es ¡Aguas, con las de La Revuelta! ¿Ya leíste su periódico? ¿A dónde van que revuelven tanto? Encontrarse entonces con LAS DE LA REVUELTA  era toda una experiencia. Seguras de sí mismas, estrafalarias sin ningún recato en ponerse una de esas faldas exóticas que una quiso llevar siempre”.

En relación a las temáticas eran de un variopinto colorido de anhelos e impaciencias. Además, ilustraban las preocupaciones de estas feministas que pensaban el mundo de acuerdo a las reglas de la época: el binarismo genérico; la heterosexualidad como norma; las tensiones de la maternidad; el descubrimiento del autoerotismo. En síntesis, hablaban en torno a la autonomía; el derecho a la diferencia, el feminismo o la lucha de clases; Igualdad efímera; Cuerpo y política; Violencia en la calle; Violaciones; Sexismo; Racismo; La sexualidad masculina; Defensa de nuestro cuerpo; Prostitución; Visiones patriarcales; Menstruación; Hervir el ardor; Menospausia; Maternidad forzada; Aborto como defensa de la vida; el amor; La cárcel de mujeres; La salud mental; Domésticas del mundo ¡Uníos! ; Vicios de la cocina; Crónica de una agenda feminista y la Creatividad de las mujeres.

Por último, en su tapa aparecen los nombres de las que firmaron este libro y que estuvieron en su producción: Elizabeth Bartra, Chela Cervantes, Beatriz Farth, Lucero González, Dominique Guillermet, María Bruñí. Sin embargo, muchas otras prosistas participaron en el grupo a lo largo de tanto tiempo y este material también encierra el fruto de un sinnúmero de esfuerzos mancomunados. De allí que La Revuelta las recuerda a todas.

Mabel Bellucci.  Activista feminista queer. Autora Historia de una desobediencia. Aborto y Feminismo. Editorial Capital Intelectual. Agradezco a la escritora feminista Tununa Mercado por  haberme facilitado este libro. A Ana Lau y a Eli Bartra por sus lindísimos testimonios.

 


[1] http://www.redalyc.org/pdf/884/88411129009.pdf

[2] Lau, Ana (2011): “El neofeminismo mexicano (1968-2010)”, en Gisela, Espinoza y Ana Lau ( comp.) Un fantasma recorre el siglo. Luchas feministas en México.1910-2010, México, Ítaca, Conacyt, UAM-, Ecosur,

[3]Serret, Estela (2000): “El feminismo mejicano de cara al siglo XXI”. El Cotidiano. Revista de la realidad mexicana actual. n°100. Vol.16.México: Edit Universidad Autónoma Metropolitana Azcapotzalco, p.48

[4] Ibídem.

[5] Ibídem.

 

 


 

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