«Servidores públicos y sirvientes»

Publicidad

Servidores públicos y sirvientes”

Para superar el tópico de los llamados servidores públicos, o sea, los que se dice que trabajan en el terreno reservado a la administración pública, sería conveniente, primero, descender al terreno real y contemplar el tema, más que desde la perspectiva de servidor, hacerlo desde la de señor. Hablamos de ese personal de la burocracia del papeleo, visible en cualquier lugar donde se palpe la presencia de la maquinaria estatal. Se dice que el llamado servidor, se pone al servicio de la generalidad, cuando en realidad lo está a las órdenes de la organización estatal que gobierna a los acogidos a la soberanía de un Estado.

En segundo término, ya matizado que el servidor a quien sirve es al Estado, como se insiste que presta un servicio al público, cuando quien lo presta es la organización estatal, se trata de ver a su representante como si se tratara del propio Estado. De ahí que por principio y en interés de la maquinaria estatal, lo de servir al público deba ser empaquetado como algo digno de elogio, puesto que suena a entrega desinteresada, aunque la realidad venga a decir que la medalla se le otorga mensualmente en forma de nómina, sin riesgo de entrar en la lista del paro. Por si no fuera suficiente esta recompensa por realizar un trabajo rutinario, actualizada al alza de vez en cuando, si se sale de lo acostumbrado y alcanza cotas de entrega más allá de lo habitual, entonces sí viene la otra medalla, casi siempre de hojalata virtual, como el homenaje, la consideración de los jefes y, ya en menor medida, la propaganda ante la sociedad. Todo conduce a empeñarse en blindar un trabajo considerado de superior categoría al común, cuando solo es una ocupación más.

Aclarando un poco el tema, si se está al tanto de cómo funcionan las cosas, el empleado de la burocracia pública probablemente en lo que menos piensa es en servir al público. Es solo un trabajo y no precisamente de servir a los que en su fuero interno considera inferiores. De lo que se trata es de cubrir el expediente diario de la mejor manera posible y llegar airoso a la fecha de cobro de una nueva mensualidad. No consiste en romperse la cabeza desarrollando el intelecto, porque a tal fin sirve el protocolo y también la ley ayuda mucho, dentro de lo establecido, para llevar a término la supuesta servidumbre. Aunque existan escalas administrativas en razón de la complejidad del asunto, el trabajo en cada nivel resulta sencillo, basta con no salirse del trazado, respetar la jerarquía, ojear las instrucciones, saber tocar las teclas del ordenador y este aparato se encargará de todo. Lo que pudiera resultar injusto, se diga lo que se quiera decir al respecto, porque quien realmente trabaja, es decir, la máquina, no percibe emolumento alguno, mientras que los méritos se los lleva el que toca las teclas. En cuanto a la responsabilidad laboral, siempre mira hacia arriba, de ahí revierte y se escurre hacia abajo, al final se suele diluir y quedar en poca cosa, si acaso en responsabilidad disciplinaria, lo que es decir menos que nada.

Hasta aquí lo del servir al público, lo del servicio público y lo del trabajo de servir al público A la vista de que cómo suelen funcionar las cosas, en este punto surgiría la duda ya resuelta de si se trata de servir al público o resulta ser a la inversa, o sea, que el público sirve al servicio.

El público es un ente abstracto vacío de contenido, solo representado por la persona que le da vida en el caso concreto. Si se mira desde este lado, se aprecia que quien sirve es el administrado, en cuanto debe pasar por la sumisión a la norma administrativa y a la voluntad del empleado. Sin embargo, de otro lado, da sentido a la propia administración pública, porque en otro caso no existiría. Pero hay algo más. Entre los resquicios que deja la norma es posible que juegue la discrecionalidad. Lo que podría resumirse, piensa el empleado, como una apreciación personal en el sentido de que a esta persona le considero así y a la otra de distinta manera, porque obro dentro de la ley, aunque esta no me vea las intenciones. Se trata de que el servidor público y no del público ejerce ese poder residual que va más allá de la norma. Aquí ya no hay servicio, al menos público. Al amparo de la ley, resulta que el público representado por la persona acaba por servir al servidor público.

No solo se juega, con más frecuencia de lo que parece, con la discrecionalidad, a veces anidan los prejuicios, la arbitrariedad, o la discriminación. Incluso, muy lejos de valorarse al administrado como fuente de la brota el salario, sucede todo lo contrario, siempre se le ve como un enemigo por su riesgo potencial, y para blindarse ahí está el procedimiento. Por otro lado, el empleado no asimila que, aunque cobijado bajo el techo estatal, del denostado usuario del servicio depende su existencia. Vamos que, pese a todo, por unos u otros motivos, suele suceder que el administrado no sea visto con buenos ojos.

Dejando en la papelera lo que dice la propaganda de quienes viven del negocio que procura el Estado, resulta que el servidor publico en realidad a quien sirve es al servicio que le da trabajo, no piensa en el público y menos en la persona como parte del público. Por supuesto que este es siervo del Estado, en cuanto que a él está sujeto, pero el asunto va más allá, porque ese poder residual permite escapar de toda fiscalización a través de los resquicios que dejan las normas. Así resulta que en el terreno real esta relación se podría entender como algo parecido a que el llamado servidor pasa a ser señor y los administrados sus sirvientes.

Ahora, en los tiempos de las libertades, cuando a la ciudadanía le cabe decir algo en la organización estatal —aunque sea poca cosa—, el lenguaje rimbombante de antaño debiera de estar en franca decadencia. Parece no sonar bien eso de servidor público, para etiquetar a quien es un trabajador que opera en el terreno de lo público y cobra por su trabajo, o de administrados, que a veces pasan a ser sirvientes tanto de las leyes como de sus aplicadores. Todo ello aunque, en el caso del trabajador público, se trate de un trabajador especial que en la práctica trabaja ante un público de siervos del Estado y sirvientes del servidor estatal, que les manda al amparo de la legalidad, pero con dosis de discrecionalidad. Sin embargo las cosas no son así, como hay que repetir con frecuencia, el progreso se ha estancado a las mismas puertas del aparato estatal.

Antonio Lorca Siero.

Publicidad

También podría gustarte

Publicidad

Los comentarios están cerrados.

This website uses cookies to improve your experience. We'll assume you're ok with this, but you can opt-out if you wish. AcceptRead More