Ser mujer en el siglo XXI

Por Patrocinio Navarro Valero

En todo el Planeta desde la aparición de la propiedad privada, la mujer ha sido objeto de conquista y apropiación por el hombre. Da lo mismo la clase de civilización, raza, creencias, religión, o lugar geográfico: donde hay grupos humanos, la mujer vive sometida al varón desde la primera infancia hasta la muerte, prematura a menudo  por su causa.

Machismo, patriarcado, explotación sexual, laboral y doméstica van íntimamente unidos a una forma de ver el mundo donde la mujer tiene que ser dominada, explotada y objeto de placer. Y para que tales cosas sean posibles, la sociedad patriarcal  del capitalismo utiliza la educación escolar y mediática,  la tradicional familia machista, leyes, tradiciones culturales, religión y  literatura romántica donde la mujer o es idealizada, o es castigada  si se rebela. En el occidente supuestamente cristiano y supuestamente partidario de los derechos humanos – oh, hipocresía-  o es musa que se aspira a conquistar, o musa conquistada para ser convertida en Cenicienta, madre y trabajadora fuera de casa. O sea: se ha conseguido su liberación triplemente explotada, dicen los voceros del Sistema dominante. No cabe mayor cinismo.

El nefasto papel de las religiones

¿Qué tienen en común la religión musulmana, la católica,  luterana o judía  con respecto a la mujer? El desprecio real  a la condición femenina y la asignación de un papel de servidora del varón y de la familia. Y eso es lo mismo  en todas las religiones y en toda la geografía mundial. El catolicismo, que durante siglos fue dominante en Europa, afirmaba que la mujer carecía de alma,  era un ser humano imperfecto, o un instrumento del enemigo de Dios  para perdición de los inocentes hombres. Santos fueron nombrados por la Iglesia s. Agustín o s. Tomás de Aquino que defendían esas ideas perversas.  Con ellos a la cabeza, la Iglesia justificaba  moralmente toda clase de atropellos al sexo femenino satanizado desde Eva y su cuento de la manzana tentadora.  Y esa ideología misógina es aún  la que subyace en el inconsciente colectivo  de los varones  adiestrados por todas  las religiones desde hace milenios para creerse el sexo superior. El catolicismo, con su obsesivo culto a la madre de Jesús, a la que llama nada menos que Madre de Dios, pretende ocultar el desprecio real que siente hacia el sexo femenino, impidiendo a las mujeres tener responsabilidades más allá de servir a ensotanados que tan a menudo resultan pederastas. Una degeneración en toda regla que se sigue manteniendo a lo largo de los siglos.

Expresiones machistas del asesino celoso como la maté porque era mía, las numerosas violaciones, asesinatos, maltratos domésticos, raptos y otras formas de agresión o menosprecio   hacia  la mujer, como la separación de sexos en edad escolar, la desigualdad  racial y salarial con respecto al varón, o la posición secundaria en las empresas y hasta en el mundo de la política,- salvo excepciones decepcionantes –  revela hasta qué punto ha calado en el alma del varón la idea eclesiástica de que la mujer es inferior y debe estar a su servicio indistintamente o todo  a la vez  como secretaria, como criada  o como prostituta

Reto para la civilización

La superación de este estado de cosas se presenta como un verdadero reto para una civilización que merezca tal  nombre, y  no parece hallar una solución en ningún modelo de sociedad en todo el mundo, y  hasta los propios jueces a la hora de juzgar la violencia machista son más proclives a desconfiar del maltratador que de la maltratada.  Y es que también muchos de esos jueces  andan contaminados por el machismo, incluidas mujeres juezas, lo que muestra el grado de degeneración a que se ha llegado, que hace posible que  hasta las propias mujeres pueden llegar a desconfiar entre ellas, contaminadas por el ambiente machista y patriarcal que respiramos por todas partes, familia incluida.

En el seno familiar, los varones jóvenes suelen ser servidos por sus jóvenes hermanas.  El padre, pero también  la madre, apoyan que esto sea así, cargando sobre ellas las tareas domésticas que podrían hacer ellos. Hacerse la cama, ordenar la habitación, barrer, quitar el polvo, fregar o lavar la ropa son tareas que el varón  considera ajenas a su condición de ser superior, y el padre, ay,  es el modelo.  Esta educación machista con la complicidad de la propia mujer a niveles domésticos ha contribuido grandemente a perpetuar la explotación femenina más allá de las paredes del hogar y a hacer creer a muchos hombres y a muchos empresarios que realmente son superiores y pueden permitirse abusar de su situación. Y no hay lugar donde esto  no suceda: ejército, empresas, instituciones religiosas, hospitales, negocios, y largo etc.

La  mujer se rebela

Ante las dimensiones que ha adquirido el machismo, con tanta violación, tanta explotación, tantos abusos y tanto asesinato, las mujeres están hartas y comienzan  a reaccionar como colectivo. Recientemente ha dimitido una periodista de la BBC en señal de protesta por recibir un salario inferior al de sus compañeros varones con la misma responsabilidad. Y eso es algo nuevo que merece ser imitado, pues  ¿cuántas, además de ella, se hallan en esta situación de desventaja salarial? Prácticamente todas y en todas partes.

Estamos asistiendo, partiendo de los abusos sexuales que parecen ser tradición en la industria del cine y en centros deportivos a una reacción en cadena de mujeres que ahora ponen nombre a sus abusadores empresarios, actores, médicos, entrenadores o profesores, y les denuncian tras años de soportar en silencio la vergüenza y un sentimiento de culpabilidad y miedo a hacer pública su desgracia. En EEUU, muchas actrices han venido denunciando recientemente a  productores y a otros actores por abusos sexuales, dando pie a que el colectivo de actores y actrices se manifiesten contra las prácticas repugnantes de encumbrados  personajes del viejo Hollywood sobradamente conocidos por su fama.

También algunos gobiernos también comienzan a reaccionar. En Islandia, a partir de este año 2018,  una reforma laboral obliga a los empresarios equipar los salarios de ambos sexos si hacen el mismo trabajo.  En Alemania, más tímidamente de momento, la mujer tiene legalmente derecho a conocer lo que gana su marido. Es de desear que  sea un primer paso..

Algo está cambiando. Espero que sea incesante este cambio, que se generalice en todos los sectores sociales, religiosos, económicos y políticos y en todas las áreas  donde se halla presente  la mujer;  que haya reyes magos y reinas magas en las fiestas navideñas, y que llegue un momento en que la igualdad entre sexos sea efectiva a todos los niveles partiendo de la propia familia. Ahí se precisa urgentemente una verdadera revolución.

Verdadera y falsa liberación

La liberación de la mujer no es que pueda trabajar fuera de casa y luego Cenicienta y madre a la vuelta, o ser soldado o policía o jefa de gobierno como un hombre  en esta sociedad machista y patriarcal, incorporándose a ella para perpetuarla. Es otra cosa, y esa otra cosa debe decidirla la propia mujer sin interferencias. Aquí existe una verdadera batalla espiritual del género humano, una batalla de la conciencia donde la mujer ha de ser la vencedora para dejar de ser la esclava. Y esta es una tarea de todo hombre civilizado, de toda organización política y de toda la sociedad. No esperen, sin embargo, que los poderes fácticos  y las religiones acudan en ayuda de nuestras hermanas cuando son los responsables principales de su condición. Por eso sería hermoso poder leer esta llamada en los grandes diarios y medios de comunicación:

“Mujer, libérate. Abandona las iglesias, saca a tus hijas de escuelas  supremacistas y segregacionistas por razones de raza o sexo, y haz que tus hijos varones compartan el delantal con sus hermanas. Libérate para que la sociedad sane de sus miserias ancestrales. No te dejes dominar ni hagas caso de adulaciones ni cantos de sirenos. No formes parte de organizaciones machistas. Denuncia a quien te maltrata. Tienes mucho poder: ejércelo”.

 

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