Ser comunistas

 La reducción de la filosofía de la praxis a una sociología ha representado la cristalización de la nefasta tendencia a reducir una concepción del mundo a un formulario mecánico, que da la impresión de tener toda la historia en el bolsillo.
A. Gramsci (Crítica a La teoría del materialismo histórico: Manual popular de sociología marxista de N.I. Bujarin).


Estas líneas pretenden ser una respuesta, lo más fraternal posible, a una crítica de Ángel Rojo al documento presentado como aportación por cuatro miembros del Comité Federal del PCE de cara al XVII Congreso de este partido. La respuesta me parece más necesaria que nunca porque pienso que es incuestionable que la crítica de A.R. está preñada de dogmatismo, prejuicios y conclusiones apriorísticas. Buena muestra de lo que digo es el juicio de intenciones que se establece en la citada crítica al suponer que nuestra propuesta para el siglo XXI, se reduce a una reedición mecánica de los frentes populares. Solo puede sacar esta conclusión quién piensa que el marxismo es algo sujeto a unos textos canónicos que no deben de ser interpretados al calor de la historia y de la lucha de clases. Nada más alejado de lo que realmente pretendieron hacer Marx y Engels, nada más alejado de lo que es una verdadera concepción del materialismo histórico. Volvemos a encontrarnos en este texto con el eterno desastre que supone la descontextualización histórica de la lucha de clases y de los diversos procesos sociales, seguimos encontrándonos con la confusión de atribuir estatuto de ciencia natural al estudio de los procesos sociales. ¿ Afirmar la infalibilidad de Lenin o de cualquier otro marxista no es negar su condición de pensador científico? ¿Piensa de verdad Ángel Rojo que Lenin, Trotski o el mismísimo Pierre Lambert acertaron siempre?.

Sobre los Frentes Populares y lo que proponemos

Los Frentes Populares, y el español en particular, deben ser entendidos en su contexto histórico. Por supuesto que el programa del Frente Popular español era extremadamente moderado, ¿era extraordinariamente radical el programa de los bolcheviques rusos en 1917?, y que en el se daba entrada a la parte más progresiva de sectores de la burguesía, sería estúpido por nuestra parte negar la realidad. Tan estúpido como negar que, a su alrededor, se consiguió concitar las esperanzas de la gran mayoría de las clases trabajadores y explotadas de nuestro país, llevando este entusiasmo generalizado a una victoria electoral en la que se dieron hechos sin precedentes como la participación en las elecciones de los anarcosindicalistas. No olvidemos que el Frente Popular llevaba en su programa una medida que satisfacía un anhelo que era clamor entre los trabajadores: la amnistía para los represaliados de la Revolución de Octubre. No se debería olvidar tampoco, tal como está reflejado en la crítica de AR, que el programa del Frente Popular fue firmado por todos los partidos mínimamentes significativos de la izquierda, incluido el POUM, y que fue firmado, también, por Juan Andrade (el único seguidor fiel de primera fila que le quedaba a Trotsky en España, una vez consumada la ruptura con Andreu Nin). Ante todo esto Trotsky comentaba, de modo poco equilibrado, en su obra La Revolución Española: «¿Cuál es el papel del Frente Popular? El de un freno gigantesco, construido y manejado por traidores y empedernidos canallas. ¡Y todavía ayer, Juan Andrade firmó el programa particularmente infame del Frente Popular».

Afirmar que la derrota de la República española fue debida a la política del Frente Popular es algo, cuando menos, aventurado. Tan aventurado como afirmar que la resistencia al golpe no fue organizada por los partidos del frente sino por parte de las organizaciones obreras. ¿Se pretende negar el estatuto de organización obrera al PCE al Partido Sindicalista o al POUM, por ejemplo?, ¿Las milicias de estos partidos, y las del partido socialista no hicieron nada? ¿La UGT no era parte del Frente? ¿Fue la CNT la única que organizó la resistencia en los primeros días?. Las respuestas parecen obvias. El Frente Popular como expresión unitaria de lucha contra una amenaza concreta, el fascismo, supuso, a mi juicio, la única posibilidad real de enfrentar a un enemigo muy poderoso, y ante el cual, la desunión y el aventurerismo hubieran hecho, como quedó demostrado, caer mucho antes nuestra República.

Nuestra República y los años del Frente Popular han dejado para la historia algo mucho más importante y que debemos empeñarnos en reivindicar porque, como parte fundamental de nuestra historia, debe tener un papel preponderante en el proceso constituyente del comunismo del siglo XXI, me refiero a la cultura popular antifascista. En unos días en los que se conmemora en toda Europa, y se ignora como algo ajeno en nuestro país, el sexagésimo aniversario de la liberación del fascismo no debemos olvidar que la Guerra Civil Española supuso un auténtico catalizador del antifascismo europeo y que miles de jóvenes, lo mejor de la juventud europea, vinieron a dejar sus vidas y sus carreras para dar una lucha sin cuartel al fascismo. Una pelea en la que las experiencias y la generosidad fueron consolidando una potente cultura antifascista que alcanzó su expresión máxima en las numerosas experiencias de lucha partisana que jugaron un papel fundamental en la derrota del fascismo durante la Segunda Guerra Mundial.

Los Frentes Populares, en general, surgen en el marco de la ofensiva fascista en Europa y como rectificación de la política suicida de la Komintern durante el llamado «Tercer período» en el que se identifica al «socialfascismo» como principal enemigo de la clase obrera. Esta errónea política tiene como consecuencia principal la llegada, vía victoria electoral, de los fascistas al poder en Alemania.

Uno de los principales aciertos de la política de los Frentes Populares consiste en la comprensión de la naturaleza de clase del fascismo, que había calado en una gran parte de la clase obrera, fundamentalmente en la más depauperada, que se encontraba desesperada ante la galopante crisis económica y una vez derrotadas las experiencias revolucionarias en occidente a principios de los años 20. Una muestra muy clara de la incomprensión de la naturaleza de clase del fascismo, por parte de alguien que si supo prever el final de los países del llamado «socialismo real», son las últimas palabras de un texto que escribía Trotski, acosado y aislado en su exilio por la feroz persecución estalinista, el 20 de agosto de 1940: «Los soldados alemanes, esto es, los obreros y los campesinos sentirán en la mayoría de ocasiones mucha más simpatía por los pueblos vencidos que por su clase dirigente. La necesidad de actuar en todo momento como pacíficadores y opresores disgregará rápidamente a los ejércitos de ocupación, los contaminará de espíritu revolucionario».

Para criticar la política del Frente Popular Democrático Antifascista, o Frente Único Proletario que es su nombre real, es necesario leer el informe político presentado por Jorge Dimitrov ante el VII Congreso de la Internacional Comunista. En este informe se critica el error de haber confundido la lucha contra el fascismo con pura propaganda ideológica y se incide en la «propia experiencia de las masas que deben comprender cuanto antes y por su propia experiencia lo que deben hacer».

En definitiva, el programa del Frente Popular es un programa para la acción, un programa que propone la creación de organizaciones estables en todos los ámbitos: «órganos de clase del frente único al margen de los partidos, elegidos en las empresas, entre los parados, en los barrios obreros, entre la gente modesta de la ciudad y en el campo. Sólo estos órganos pueden llegar hasta las masas no organizadas de los trabajadores y desarrollar la iniciativa de masas».

Un programa que además intenta vertebrar al resto de las clases subalternas organizándolas en plataformas unitarias que vayan más allá, abarcando masas mucho más extensas que los partidos. Además este programa intentaba constituirse en medio de lucha contra el sectarismo y las interpretaciones dogmáticas y manualistas del marxismo como queda expresado en los dos magníficos párrafos del informe de Dimitrov que se reproducen a continuación:

«En la situación actual, el sectarismo, ese sectarismo engreído, como lo calificamos en nuestro proyecto de resolución, entorpece ante todo nuestra lucha por la realización del frente único, ese sectarismo, satisfecho de su estrechez doctrinaria y de su alejamiento de la vida real de las masas, satisfecho de sus métodos simplistas, para resolver los problemas más complicados del movimiento obrero sobre la base de esquemas cortados por un patrón; ese sectarismo, que pretende saberlo todo y no cree necesario aprender de las masas, de las enseñanzas del movimiento obrero, en una palabra, el sectarismo, para el cual todo es una pequeñez».

«Este sectarismo engreído no quiere, ni puede comprender que situar a la clase obrera bajo la dirección del Partido Comunista, no se consigue espontáneamente. El papel dirigente del Partido Comunista en las luchas de la clase obrera hay que conquistarlo. Para esto, no hace falta declamar acerca del papel dirigente de los comunistas, sino que hay que merecer, ganar, conquistar la confianza de las masas obreras con una labor cotidiana de masas y una política justa. Esto sólo se logrará si nosotros, los comunistas, en nuestra labor política tenemos seriamente en cuenta el verdadero nivel de conciencia de clase de las masas, su grado de revolucionización, si apreciamos serenamente la situación concreta, no a través de nuestros de deseos, sino a través de la realidad. Tenemos que facilitar a las extensas masas, pacientemente, paso a paso, el tránsito a las posiciones del comunismo».

No debemos olvidar, tampoco, los efectos devastadores que para esta política tuvo el abandono de las «democracias» a la República Española y la decisión estratégica de Stalin de signar el llamado «pacto rusoalemán» el 23 de agosto de 1939. La política estatal, y su supuesta seguridad, soviética había sido puesta en primer plano, subordinando la extensión del movimiento comunista internacional.

Todo este programa, que intentó ser plasmado en las Repúblicas democráticas populares, fue definitivamente abandonado a partir del final de la Segunda Guerra Mundial. Una vez más la subordinación del comunismo internacional a los estrechos márgenes de los intereses de la política soviética y la ofensiva de las potencias capitalistas e imperialistas occidentales que se tradujo en la llamada «Guerra Fría» determinaron la cancelación de una oportunidad, ¿la última?, de regeneración del movimiento comunista internacional. Nosotros, que no creemos que el marxismo sea algo mecánico y limitado a la repetición cuasi religiosa de textos «sagrados», no defendemos la reedición de esta estrategia en el marco del actual estado de cosas del imperialismo y de la lucha de clases, lo que hacemos es reclamar una parte de nuestra historia que creemos supuso una oportunidad desaprovechada en gran medida. Una oportunidad que, a pesar de todo, dejó para nuestro días algo tan importante en toda Europa como la cultura antifascista.

Es erróneo pensar que las colaboraciones de gobierno surgidas en distintos países (Francia, Italia) sobre la base de la alianza antifascista que había derrotado al Eje, eran una especie de prolongación de los frentes anteriores a la guerra. El marco era absolutamente distinto y una colaboración que en primer término logró, en algunos casos como el italiano, elaborar constituciones con un carácter progresivo jamás conocido en Europa occidental, fue, en paralelo con la degradación del Estado soviético, perdiendo toda su fuerza y elaborando teorías propias, herederas del estalinismo, como fue el llamado «eurocomunismo» que terminó reduciéndose a un mero ejercicio de electoralismo de gestión del sistema.

En el marco del esquematismo reduccionista de la crítica de Ángel Rojo podemos enmarcar su afirmación según la cual la táctica del Frente Popular se extiende en nuestro país de 1956 a 1977. Nada más falso que esta afirmación. Confundir la lucha contra el fascismo y la necesidad de organismos unitarios para llevar a cabo esta lucha con la política entreguista y traidora llevada por el PCE durante la llamada «Transición democrática» no hace otra cosa sino sembrar la confusión. Sería solo necesario remitirse a la multitud de documentos y análisis, incluido el presentado al Comité Federal del PCE, que ha elaborado Corriente Roja para contestar a nuestro crítico, y demostrarle que Corriente Roja si ha abordado el papel del PCE durante la transición, y que lo ha hecho sin constricciones ni tapujos. El Partido Comunista de España es el principal responsable, en su condición de partido de la clase trabajadora, de la derrota que supuso para esa clase el proceso de legitimación y traspaso de poderes de la oligarquía franquista, que conocemos como «Transición democrática». La aceptación del marco impuesto por la oligarquía y su adaptación como parte integrante y necesaria para la reproducción del sistema capitalista, la aceptación, también, de la legalidad, impuesta vía decreto franquista, de la legalidad monárquica y de sus símbolos más queridos (bandera, himno, etc..) son consecuencia de la táctica eurocomunista, en un análisis equivocado -que pretendía reproducir los exitosos resultados electorales del partido italiano- , y tienen como consecuencia última el actual estado de cosas: un partido sin política propia y disuelto orgánicamente de facto.

La cuestión sindical

Como en anteriores epígrafes, nos encontramos con que la crítica de AR está plagada de «juicios de intenciones» con muy poco fundamento. Nuestra afirmación de que UGT y CCOO «no constituyen herramientas eficaces para la defensa de los intereses de los trabajadores, sino todo lo contrario», es interpretada como un llamamiento expreso a los comunistas al abandono de estas centrales sindicales. En Corriente Roja, creo que lo hemos demostrado, cuando llamamos a algo lo expresamos «a la manera comunista»: sin miedo a ocultar nuestras verdaderas intenciones. Así que no se vean fantasmas donde no los hay. Lo que si pretendemos es luchar, sin ambages, contra la política de la dirección del PCE: una política de entreguismo irredento y de adulación acrílica hacia las cúpulas burocráticas de los sindicatos llamados «mayoritarios». Ante esta linea política no cabe otro camino que la denuncia descarnada y el combate sin cuartel. No valen medias tintas.

La retahila de resoluciones del III y IV Congresos de la Internacional Comunista con la que AR pretende impugnar las afirmaciones de nuestro documento para el Congreso del PCE explicitan en su propio texto la contestación que pretendo esbozar: la resolución del III Congreso comienza con el siguiente texto: «Durante el próximo período, la tarea capital de los comunistas es trabajar con energía…». Ahí está la clave que no comprenden los que interpretan los textos desde el presentismo histórico, esto es, sin contextualizarlos históricamente; la Internacional comunista lo que está haciendo es explicitar un programa de actuación para un momento concreto. Un momento en el que la presencia de los obreros era masiva en los sindicatos reformistas y en los partidos socialdemócratas, un momento en el que los sindicatos y los partidos de masas actuaban como elemento fundamental de socialización de una parte muy importante de la clase obrera. Cualquier obrero podía educarse o tener acceso a la sanidad por medio de la red alternativa que habían levantado sus organizaciones durante la última parte del siglo XIX y la primera del XX. Se trataba además de un momento en el que el obrero taylor-fordista percibía su lugar de trabajo como medio natural en el que podía construir y desarrollar sus medios de resistencia y lucha -partido y sindicato-. Un momento, en definitiva, en que las condiciones de la lucha de clases y de la organización del proletariado eran muy distintas de las que conocemos en la actualidad: destrucción de la fábrica fordista, deslocalización, terciarización del trabajo, precarización, etc…

No podemos olvidar que la idea de trabajar en los sindicatos reaccionarios estaba ligada a una fase de crisis del desarrollo capitalista que hoy no se reproduce del mismo modo, por lo que es muy improbable poner en crisis a las direcciones reformistas de los sindicatos sin que en paralelo se desarrolle una crisis política. Si las tareas que abordamos deben estar ligadas a la fase concreta que vivimos, es evidente que ante un modificación de esta no podemos permanecer fetichistamente ligados a las viejas formas organizativas y, al mismo tiempo, debemos estar muy atentos a los efectos que los procesos de transformación objetiva que se producen en las estructuras sindicales existentes ni a las modificaciones en los procesos de toma de conciencia de los trabajadores. Podemos observar tres fases en el desarrollo del movimientos sindical a partir de 1917: una primera de movimiento en la se interviene en las contradicciones que explotaban en la fase de crisis imperialista y que ponen en cuestión la gestión socialdemócrata del movimiento obrero; esta fase va de 1917 al fin de la segunda guerra mundial, y en ella se inscriben las tesis incluidas en la crítica a nuestro documento, una segunda, que podemos calificar de hegemonía y en la que las organizaciones sindicales se constituyen en «correas de transmisión sindical» de los partidos comunistas y que dura hasta los años setenta, y una tercera que es la que se puede definir como de «declive en la fase imperialista» del movimiento sindical de clase, en la que la crisis del movimiento comunista las lleva a la condición precedente a la primera guerra mundial y a la subordinación de las direcciones reformistas al poder capitalista, cambiando su naturaleza de «correa de transmisión comunista» a «correa de transmisión de la burguesía» en un ejercicio de algo que podríamos llamar, con una mezcla de humor y amargura, «leninismo creativo».

Me parece que el mejor ejemplo para resumir y definir cual es la línea del trabajo en el movimiento obrero de Corriente Roja es nuestra actitud en la manifestación del Primero de Mayo en Madrid: lucha sin cuartel, en todo lugar y en todo momento, contra la burocracia. Otros vendían periódicos…

Sobre el estalinismo

Estoy absolutamente de acuerdo con AR en que no se puede ni se debe poner en el mismo plano a las victimas y a los verdugos, y, en mi modesta opinión esto no se hace en el documento presentado -nuevamente nos encontramos con un juicio de intenciones apriorístico-. Desde CR siempre hemos afirmado que la liquidación de las mejores tradiciones del bolchevismo y la liquidación física de miles de comunistas constituye el episodio más infame de la historia del movimiento comunista. La responsabilidad de Stalin y su grupo en todos estos crímenes es innegable y ha marcado de un modo indeleble el posterior desarrollo del movimiento comunista internacional con su consiguiente subordinación a la política exterior soviética.

No se puede negar, tampoco, que el grupo dirigente, constituido en aparato burocrático, fue poco a poco parasitando el ámbito de la distribución, no el de la producción, en defensa de sus intereses. Como todos sabemos llegó un momento, en el que el desarrollo de esos intereses necesitó de la reinstauración de la propiedad privada y del sistema capitalista y los mismos burócratas se convirtieron en propietarios de las empresas estatales que llevaban años parasitando. Esto supuso el final de la Unión Soviética.

El documento presentado por los miembros de CR no hace otra cosa sino afirmar que todos los indicios apuntaban a que de haber triunfado el grupo dirigido por Trotsky, no había garantías suficientes de un desarrollo «ideal» de los acontecimientos. Así por ejemplo, la postura de Stalin y Trotsky ante la colectivización y la industrialización forzosas eran muy similares, en contradicción con la opinión de Lenin. Lo que finalmente, en este campo, llevó a cabo el equipo de Stalin no fue otra cosa que mimetizar el proceso de creación de la clase obrera y de acumulación originaria capitalista, ver La formación de la clase obrera en Inglaterra. E.P.Thompson. seguido por parte de la burguesía, y lo hizo exactamente con la misma brutalidad y aplicando la misma violencia que usaron los burgueses en la proletarización de los campesinos. Al igual que en la Inglaterra de los siglos XVIII y XIX, con la destrucción del pacto con los campesinos, en la Rusia soviética hubo una auténtica destrucción violenta de la economía moral de la multitud.

A modo de conclusión

Por supuesto que los comunistas necesitamos de una organización que recupere las mejores tradiciones del comunismo y que realice un necesario balance de la actividad de los Partidos Comunistas durante el siglo XX. No una organización que se limite al propagandismo y a la recogida de firmas, ni una organización que se dedique a repetir mecánicamente las resoluciones de los Congresos de la Internacional que cree «puros». Lo que necesitamos es una organización que haga de la praxis su bandera de actuación, una organización en la que la dinámica reflexión-acción adquiera un carácter dialéctico, una organización para la lucha que supere, como decía Marx, los límites de la filosofía, y trabaje para transformar la sociedad.

Es un viaje que merece la pena, pese a las críticas y a las incomprensiones.Creo sinceramente que las gentes de Corriente Roja, sin autocomplacencia, estamos demostrando, al menos, que lo intentamos. Sabemos que no somos los únicos llamados a esta tarea y que tampoco somos suficientes. Sabemos también que no estamos en un momento en el que las masas están en la calle, pero sabemos también que la explotación y la lucha de clases continúan y continuaran mientras exista el capitalismo. La lucha no solo merece la pena sino que es el único camino posible para enfrentar la barbarie. Ser comunista es, hoy más que nunca, la única postura honesta.

* Carlos M. Gutiérrez (miembro de Corriente Roja)

Documento de los miembros de Corriente Roja en el PCE al Congreso del Partido: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=13129

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