«Sembrar vientos»

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Por Antonio Lorca Siero

La doctrina de la burocracia internacional, que hoy avanza imparable en sus exigencias, impone a los Estados que aparquen las convicciones de sus respectivas sociedades y sigan al pie de la letra sus instrucciones, porque son las mejores para la buena marcha del negocio. Con independencia de lo que opine el pueblo, las burocracias locales acatan las órdenes superiores ciegamente y sin pararse a reflexionar sobre las consecuencias —craso error—. En algunos casos, tal vez se plantean que esa especie de comunión con ruedas de molino pueda afectar al sentido del voto y se resienta su cotización electoral. Pero no es una reflexión seria, si acaso, una simple llamada a la prudencia, en virtud de la cual basta con desviar la atención colectiva y dirigirla hacia otros puntos de la propaganda oficial. Con lo que al final la prudencia inicial acaba en saco roto, pensando que, contando con el apoyo internacional, lo del voto es fácil de manipular porque la memoria de las masas suele ser frágil. En cuanto a la obediencia al poder supremo se entiende que es fundamental porque garantiza el prestigio de los gobernantes locales.

Los problemas a nivel nacional parecen ser insignificantes, al menos eso dice la doctrina dominante, de ahí que sean obviables para la gran orquesta mundial interpretando unos copases alegres para animar la fiesta. Lo realmente importante son los intereses supranacionales en este mundo interconectado y globalizado. La resolución a tomar es que en este plano los ciudadanos de un Estado en concreto deben aguantarse, porque el que manda manda y lo hace por su bien —en realidad atendiendo a la ideología de intereses que representan—. En este juego de la apariencia las cosas no se hacen abiertamente por decreto, se invoca la ley, los derechos, las libertades y toda la parafernalia propia de la modernidad jurídica capitalista. Pero esa racionalidad de conveniencia no es más que humo, porque el hecho es que lo que se impone sin contemplaciones son los mandatos supranacionales sobre lo nacional. De manera que mucho parecen haber cambiado los planteamientos del capitalismo dirigente, puesto que en otros tiempos colocaba al Estado-nación en la cúspide de sus intereses y ahora lo deja a ras de suelo.

Puede servir a manera de ejemplo sobre el funcionamiento del sistema doctrinal supranacional el tema de la inmigración. Justificada su superior protección al amparo de dar cobertura a los derechos humanos —en la práctica simple negocio para algunas empresas—, obliga a los Estados directamente afectados —los más avezados procuran mantenerse alejados del problema de fondo— a tragar lo que se les eche, a cambio de limosnas económicas —a veces ni eso—, sin tener en cuenta en absoluto la problemática social local. Nadie parece querer plantearse seriamente que políticamente se trata de resolver prioritariamente los problemas que afectan a los propios nacionales —a tal fin debiera estar el Estado-nación respectivo—, en lugar de dejarlos en el olvido —aunque no del todo, porque siempre está presente la caridad de las personas sensibles—, para abordar los de personas de fuera del Estado. Siguiendo con los ejemplos, no es infrecuente ver, acuciados por la pobreza, a nacionales durmiendo en las aceras de las ciudades bajo techos de cartón y a inmigrantes cobijados por un techo confortable en el mismo Estado o casos de carencias infantiles, mientras los gobiernos se desvelan por la infancia inmigrante. Aunque siempre existen argumentos para tratar de justificar cualquier despropósito, la realidad social no se deja impresionar y en lenguaje sencillo clama a plena voz exigiendo atender primero a los necesitados de dentro y, si es posible, a los de fuera.

A la vista de estas cosas y otras similares que pululan por los noticiarios mundiales sin pena ni gloria, resulta evidente que no hay interés en hacer examen de conciencia local y poner coto a la doctrina supranacional, muy razonable en teoría pero orientada a defender los intereses de los que obtienen beneficios anejos a la actividad. Las consecuencias de la táctica del avestruz se ponen clamorosamente de manifiesto cuando un grupo se decide a despertar el sentido común de la ciudadanía y sus propuestas adquieren relevancia política. Entonces suenan las alarmas porque se han salido de los cauces impuestos por la doctrina oficial. Pese al supuesto respeto al juego democrático, una mayoría se muestra indignada y dispuesta a formar una piña para combatir agresivamente el supuesto radicalismo de quien llama a recuperar en algunos aspectos un principio de racionalidad en las actuaciones públicas.

Conviene recordar a los mandatarios elegidos por los votantes que están ahí para resolver la problemática que afecta a los ciudadanos de su propio Estado, más que para figurar en los foros internacionales haciéndose publicidad personal y partidista. La cuestión pudiera resumirse en que los desbordamientos que afectan a las previsiones políticas, como en el caso del surgimiento de partidos que no siguen —al menos aparentemente— las líneas marcadas por la doctrina oficial dominante, responden a la simple imprevisión de quienes controlan las claves del poder. En cuanto a las burocracias políticas locales, al entregarse a la tarea de figurar en el plano internacional, han cometido el error de limitarse a cumplir fielmente la doctrina supranacional, abandonando la resolución de los problemas de fondo de sus propios países, de lo que se derivan imprevisibles consecuencias. De ahí que pusiera ser oportuno tomar nota de aquel viejo refrán español que dice: Quien siembra viento, recoge tempestades. Sabiduría popular aplicable a casi todo y a todos e incluso a los profesionales de la política.

Antonio Lorca Siero

Enero de 2019.

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