Secuestrando cadáveres

El secuestro de los cadáveres incómodos del enemigo por parte del poder ha sido una constante a lo largo de la historia de la humanidad, desde que Creonte condenó a muerte a Antígona por enterrar el cadáver de su hermano. En el siglo XXI tenemos aviones, calefacción central e internet, pero algunas costumbres permanecen. Como ésta.

Recordemos a los nazis enterrando apresuradamente miles de cadáveres antes de la entrada de las tropas aliadas en los campos de concentración. Recordemos el enterramiento en cal viva de Lasa y Zabala. Recordemos la paliza a sus familiares por parte de la Ertzaintza en el mismo cementerio… Y ahora, con Jon Anza, la historia se repite.
Secuestro de once meses, durante los cuales los poderes públicos se han reído de la angustia de sus familiares y amigos, han insultado al muerto llamándole ladrón y traidor. Secuestro tras su "milagrosa" reaparición, impidiendo a su familia ver el cadáver (¿alguien puede imaginar una crueldad mayor?), presenciar la autopsia… Denunciando a quienes pedimos claridad, investigación, responsabilidades… Hay que ocultar las pruebas de la infamia: pero también, y sobre todo, aterrorizar y humillar al enemigo.
La Alemania de Hitler, la España de la Reforma Modélica, la France de las Libertades… Estados asesinos, putrefactos, que sólo piensan en aplastar a la disidencia a toda costa, pero que luego no dan la cara… Esconden los cadáveres. A Lasa y Zabala, en cal viva. A Jon, bajo una montaña de mentiras.
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