Se trataba de no hacer nada

Entre los pobres los peores son los resignados. Para que la civilización nos alcance, para que a los ricos nos libren de nuestros pecados, hace falta que la riqueza se reparta, para que la civilización se difunda, hacen falta agitadores. Sin ellos la modestia, la resignación, la impotencia propician el abuso, el que a algunos no les llegue y los otros no sepan qué hacer con sus demasiados.

   “Inmediatamente después de la conformidad a la muerte, la conformidad a la ley, que hace imprescindible el trabajo para el mantenimiento de la vida, es el acto de obediencia más perfecto que le ha sido dado cumplir al ser humanos”. decía Simone Weil. No se trata de compensar inferioridades que demandan altas prestaciones, sino de estados de ánimo de congoja, insignificancia y superfluosidad, que por la huida a lo indispensable postula su contrario. La misma que decía que, después de trabajar unos meses en la Renault, si le mandaban levantarse del autobús o la insultaban consentía sin resistencia por lo humillada que ya salía de la fábrica. También decía que luego sólo podía leer el Vogue porque entonces lo encontraba más anestésico que el opio. La necesidad real de crear un comité de defensa de la dignidad del trabajo se sustituye por la farsa de un psiquiatra: “Vaya a un territorio psiquiátrico, aséptico y lejano, cambie allí sus adentros para volver aquí a vivir de nuevo con buen ánimo la misma vida. 

  El trabajo que hay que hacer es el que devuelve sentido a la vida, a la existencia como ser humanos, a la palabra. Me comentaba hace poco Paco, un amigo, la dificultad de estar bien, bien, si se seguía mucho tiempo sin hacer nada, que el bíos theortikós era cosa sólo al alcance de budas, de santos, de sabios. Que el trabajo es un don, un don de Dios. Que hay que hacerlo incluso ni no necesitas a Dios para resolver ninguna de tus ecuaciones. Y no porque sea una necesidad, ni una obligación, sino porque es un don.

   A los agitadores, a los profetas que nos rodean, que nos invaden se les podría recordar eso, que se trataba de no hacer nada. En la vida de hoy, el mundo sólo pertenece a los estúpidos, a los insensibles y a los agitados. El derecho a vivir y a triunfar se conquista hoy casi por los mismos caminos por los que se conquistaba antes el internamiento en un manicomio: la incapacidad de pensar, la amoralidad y la hiperexcitación. Para Macbeth la vida sólo era una sombra caminante, un mal actor que durante un tiempo se agita y pavonea en escena, y luego no se le oye más. Un cuento contado por un idiota lleno de ruido y furia, y que no significa nada. 

   No si en principio era o no Verbo o qué relación puede tener la Palabra con la Nada cuántica de la que procedemos y a la que nos encaminamos. Hay que actualizar el viejo dilema sobre qué fue primero, si la Palabra o el Acto. Lógicamente todo empezó con la Palabra; el Acto que la siguió fue un agitado arrebato que atestigua el atolladero de la Palabra. Y lo mismo cabe decir del acto par excelence, el divino acto de la Creación: también señala el punto muerto de los raciocinios de Dios. En suma, también aquí es aplicable el aspecto negativo de la prueba ontológica: la creación del mundo por parte de Dios no es una demostración de Su omnipotencia y exceso de de bondad, sino más bien de sus debilitantes limitaciones. 

   La necesidad de agitadores duele. La agitación es poco más que una forma desencajada de la estupidez humana. Contemplado por un astrónomo lejano, en una compresión del tiempo, el espectáculo que damos se parecería a la agitación de un enjambre de moscas que hubiese olido un gran cadáver. Si el viejo grito” ¡Muerte a los explotadores!” no resuena ya en las ciudades, es porque deja su sitio a otro grito, venido de la infancia y de una pasión más serena: “¡La vida ante todo!”

   Que se propague no en la cabeza sino en los corazones, y no os inquietéis más por la apatía en la que se prolongan inútilmente los arcaísmo de la sumisión y la insurrección. Nos cansan todos esos que empujan a todos a sentir el impulso histórico de luchar por los derechos de los demás; y, en fin, que consideran indiscutible y fuera de toda duda el hecho de que, entre explotadores y explotados, los infelices son los explotados.

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